Leyenda 081

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXXI

EL AMOR ES AZUL ¡SÓLO PUEDE HABER UN KÁISER!

         Armagedón (Salón del trono)

         Aicila estaba empezando a sentirse ansiosa. Aún no había señales de Tiamat por ninguna parte y eso le preocupaba. Intrigada, empezó a sospechar que quizá el Khan del Dragón había retrasado intencionalmente su llegada. ¿Acaso N´astarith no deseaba verlo? ¿Se había entretenido en el camino? Fuera como fuera, estaba decidida a persuadir al emperador de que los Khan necesitaba un nuevo líder sí es que se presentaba la ocasión y para tal fin se había ganado el apoyo de Sarah, Allus y Suzú, lo cual ya era bastante si se tomaba en cuenta que los guerreros imperiales no eran muy partidarios de apoyarse entre sí.

         Las compuertas del ascensor se abrieron de nueva cuenta y otras tres guerreras penetraron en el salón del trono imperial. Se trataba de Fabia de Quimera, Astarte de Sirena y Maciel de Esfinge. De todas ellas, Astarte era la más poderosa debido a su poder para controlar la mente. Maciel tenía la facultad de crear ilusiones y era extremadamente veloz. Fabia, por su parte, podía manipular el fuego y la lava a voluntad.

         —Vaya, es algo raro vernos a todos reunidos —murmuró Odrare a Bal.

         Aicila dedicó una vaga mirada a Astarte y a las otras dos guerreras que acababan de llegar y murmuró una maldición entre dientes. Sabía que la presencia de aquel trío iba a constituir un obstáculo más para sus intereses, pero estaba lista. Desde hacía tiempo se había enterado por boca de Sigma que Astarte, Fabia y Maciel eran incondicionales de Tiamat a causa de la enorme fascinación que las tres sentían por éste.

         —Veo que aún no ha llegado Fobos —dijo Maciel, refiriéndose al Khan del Terror.

         —Él no vendrá en esta ocasión, Maciel —siseó N´astarith—. La misión en la que se encuentra requiere de toda su atención y es por ello que le he pedido que se quedé en donde está.

         Bal frunció el entrecejo, sintiéndose algo intrigado con las palabras de su emperador.

         —¿Qué será tan importante para que Fobos no venga? —se dijo a sí mismo—. ¿Tendrá algo que ver con las gemas estelares o será algo diferente? Ahora que recuerdo tengo mucho tiempo que no veo a Fobos. ¿En dónde demonios estará?.

         Aquella declaración no sólo había desconcertado a Bal, sino también a Aicila, Allus y Astarte. Un hecho conocido por todos era que Fobos había desaparecido desde hacía algún tiempo y hasta la fecha nadie sabía en donde se encontraba o cual era la misión en la que estaba. El Khan del Terror era uno de los mejores guerreros del imperio y el no verlo ahí dejó sumamente intrigados a algunos de los Khans.

         —Hablando de compañeros —murmuró Astarte disimuladamente, pasando sus dedos por el barandal de las escaleras que subían al trono—, ¿en dónde está Tiamat?

         —Aún no ha llegado —le respondió Isótopo—. Sin embargo no creo que tarde.

         —Otro que tampoco ha llegado es Sombrío —señaló Cyntial.

         Odrare soltó una risita burlona en ese momento.

         —Ese torpe, estoy seguro de que se quedó dormido en alguna parte.

         Eneri miró al Khan del Minotauro y torció la boca en un gesto de malestar.

         —Sombrío es un excelente guerrero —dijo ella entre dientes—. Él no haría eso.

         Falto muy poco para que Bal y Allus soltaran una risotada. Tal y como lo sospechaban muchos de los guerreros imperiales, Eneri sentía algo de simpatía por aquel sujeto al que la mayoría de los Khans tildaban de descerebrado. El Khan de la Gárgola se llevó una mano a la boca y se mordió un dedo en un intento por contener su carcajada.

         —Al menos con eso acallará los rumores que existen sobre ella —susurró Bal a Allus.

         —¿Qué rumores? —les preguntó Talión, que se encontraba cerca de ambos.

         —Ya sabes —repuso Allus mientras Bal sonreía—. Dicen que ella y Suzú… .

         Talión pensó en algunas de sus compañeras, tan depravadas como sus contrapartes masculinas. En verdad sabían combatir tan bien como los hombres, pero también se habían hecho afines a cierto tipo de relaciones que salían de lo convencional.

         —De las cosas que uno se entera —masculló Talión con una amplia sonrisa, observando a Suzú con el rabillo del ojo—. Así que esas dos era de quienes hablaba Sigma.

         De repente una enorme pantalla visora se encendió, mostrando en su interior los rostros de Nauj-vir y Leinad. En forma casi simultanea, los distintos guerreros de Abbadón interrumpieron sus respectivas conversaciones y dirigieron su mirada hacia el monitor.

         —Mi señor, la misión ha sido un éxito —declaró el Khan del Cíclope—. Recuperamos la gema de los Titanes tal y como se nos ordeno. En estos momentos estamos a punto de desembarcar en Armagedón para llevarle la gema hasta sus manos. 

          N´astarith dejó escapar una pequeña sonrisa de placer.

         —Excelente trabajo, Nauj-vir, te felicito —aprobó—. Ahora quiero que te dirijas inmediatamente al salón del trono junto con los demás. Hay ciertas cuestiones que necesito hablar con todos los Khans.

         —Sí, mi señor, puede contar con ello. No obstante, me temo que tengo que darle malas noticias y una de ellas es que Belcer murió a manos de uno de los Santos del Santuario donde lucharon Tiamat, Aicila y los demás.

         —¡¿Qué cosas dices?! —exclamó Odrare con un grito—. ¡¿Mi hermano está muerto?!.

         —Sí, tuvo un fin honorable —repuso Nauj-vir, bajando la cabeza con solemnidad.

         —¡Al diablo con el honor, idiota! ¡Quiero saber todo sobre el infeliz que lo mató para luego hacerle pagar cara su insolencia! ¡Voy a acabar con esos malditos santos!.

         N´astarith hizo seña para indicarle a Odrare que guardara silencio.

         —Nauj-vir, quiero que me expliques todo lo que sucedió detalladamente —ordenó el amo de Abbadón—. Ahora ven cuanto antes a la sala del trono con Sorlak y Leinad.

         El Khan del Cíclope asintió con la cabeza y la pantalla se oscureció. Una vez que la imagen de Nauj-vir se desvaneció, algunos de los guerreros imperiales empezaron a comentar entre sí sobre lo ocurrido. El hecho de que uno de los Santos estuviera presente en el universo en donde Nauj-vir había conseguido otra de las gemas, significaba que los guerreros de la Alianza Estelar aún les estaban siguiendo los pasos de cerca.

         —Alguien acabó con Belcer —dijo Fabia a Cyntial—. ¿Quién habrá sido?

         —Ah, sea quien sea estoy segura que no debió costarle mucho trabajo —se mofó Eneri con desdén—. Esa técnica que utilizaba para pelear era bastante deficiente.

         Al escuchar las palabras de su compañera, el Khan del Minotauro sintió como la sangre le hervía por las venas. Alzó sus manos para lanzar un ataque contra Eneri, pero Bal le sujetó rápidamente el antebrazo derecho para detenerlo. El Khan de la Gárgola sabía como todos que N´astarith detestaba que los guerreros imperiales pelearan entre sí y que además no dudaría en castigar a quien que se atreviera a desobedecerlo.

         —¡Maldita! —rugió Odrare—. Sí pudiera ponerte las manos encima.

         —¡Déjala en paz! —intervino Suzú.

         —¡Mucho que te ha de importar tu hermano, borracho! —contraatacó Eneri, mirando al Khan del Minotauro con furia—. ¡Cuándo estaba vivo decías que era un bueno para nada!

         —Silencio todos, ya fue suficiente —ordenó N´astarith, poniéndose de pie y atrayendo la atención de todos—. Estas disputas no tienen ningún sentido —Dirigió una severa mirada contra Odrare, quien bajó la cabeza con compunción—. Saben tan bien como yo que con el poder de las doce gemas podré traer a la vida a todos los que hayan muerto con anterioridad. 

          —Yo… me disculpo —masculló Odrare lentamente.

         El emperador asintió con la cabeza y se sentó de nuevo.

         —Una vez que Nauj-vir nos expliqué todo lo que sucedió en la dimensión en donde estuvo, sabremos quién se atrevió a matar a Balcer y entonces tendrás tu venganza, Odrare. Muy pronto todos aquellos que luchan contra nosotros sufrirán las consecuencias de sus actos y desearán no haber nacido nunca.

         Megaroad-01 (Puente de mando)

         Cuando Misa miró hacia la ventana frontal comprendió que, efectivamente, ya no estaba en el mismo sistema solar. Adelante de la nave había dos enormes planetas de color azul y más allá podía verse, no uno, sino dos soles. Los demás tripulantes del puente también estaban absortos, observando fijamente aquellos cuerpos celestes y haciéndose mentalmente la misma pregunta: ¿En qué lugar del universo estaban? La nave Tao permanecía a un costado de la Megaroad-01 junto con la Juris-Alfa, las naves de las Naciones Unidas y decenas de Lightnings que habían pasado por el umbral dimensional.

         —Santo cielo —murmuró Hikaru lentamente.

         Recordando quién era y en qué situación se encontraban, Misa se giró hacia su tripulación para empezar a repartir instrucciones. Ciertamente habían logrado escapar a la destrucción de Génesis, pero aún quedaba el problema de los sistemas de soporte vital a bordo de la astronave. Tenían que empezar a repararlos cuanto antes o de lo contrario la supervivencia de todas las personas que viajaban en el Megaroad-01 estaría en riesgo.

         —Shammy, necesito que hagas una rápida evaluación técnica de toda la nave. Quiero saber exactamente cuanto tiempo nos queda antes de que los soportes de vida empiecen a fallar —Guardó silencio un momento y se volvió hacia donde estaban Kim y Emily—. Chicas, tenemos que comunicarnos nuevamente con los zuyua y decirles que necesitamos ayuda para reparar nuestra nave.

         —Al momento, almirante —repuso Emily.

         Nave Tao.

         En el momento en que Karmatrón salió por el portal dimensional, Lis-ek, Uller y Areth empezaron a lanzar gritos de júbilo y abrazarse entre sí. Incluso Saulo cerró el puño y golpeó el aire, como si lo hiciera contra la mandíbula de uno de los Khans. El escape de Génesis había sido todo un éxito y afortunadamente no se había perdido ninguna vida gracias a los esfuerzos de Zacek. Ahora tan sólo quedaba informar al comando aliado de su regreso, así como de los nuevos visitantes que habían llegado con ellos.

         —¡¡Lo logramos, lo logramos!! —gritó Areth alegremente.

         Lis-ek guardó silencio un instante, juntó sus manos como sí fuera a orar, cerró los ojos y bajó levemente la cabeza. Sentía que todo lo ocurrido había sido gracias a la intervención del Gran Espíritu y por ello quiso darle las gracias mentalmente.

         —Sí no me equivoco, los radares en el planeta Adur y en la flota no tardaran mucho en detectarnos —dijo Saulo, mirando el espacio a través del monitor principal—. YZ-1, abre un canal de comunicación e informa a la astronave Churubusco sobre nuestra presencia. No quiero que vayan a pensar que las naves que nos acompañan son imperiales.

         —En el acto, príncipe —asintió el androide con su voz desprovista de inflexiones.

          Mientras tanto, en el espacio exterior, Karmatrón estaba acercándose a la nave Tao lentamente. Había gastado casi todas las energías que le quedaban protegiendo a la Megaroad-01 y ahora necesitaba descansar un poco. Alzó la cabeza para mirar hacia la nave Tao y usando su habilidad para teletransportarse, desapareció en el espacio. En cuestión de segundos, el Guerrero Kundalini redujo su tamaño y se materializó en el puente de mando de la nave Tao, justo detrás de Uller y Areth.

         Casi de inmediato, Lis-ek se volvió por encima del hombro y descubrió la figura de su esposo, que ya se había quitado la armadura de Karmatrón. Una enorme expresión de alegría le iluminó el rostro y algunas lagrimas de felicidad brotaron por sus ojos. Sobrecogida, la emperatriz zuyua corrió hacia Zacek y cayó en sus brazos.

         —¡Zacek, que bueno que estás bien!.

         —Por un segundo creí que no lo lograría.

         Areth, por su parte, sonrió y entrelazó los dedos de sus manos. Pese a que había dedicado gran parte de su vida al entrenamiento y las batallas, no podía dejar de ser una adolescente que disfrutaba de las escenas románticas. Muy en su interior ella también anhelaba encontrar a un hombre al que pudiera llegar a amar.

         —Ay, que lindos se ven —musitó embelesada.

         Saulo únicamente se cubrió los ojos con una mano y murmuró algo entre dientes.

          Astronave Churubusco (Puente de Mando)

         Rodrigo Carrier echó una ojeada a los oficiales del puente que estaban de guardia. Ninguno le estaba prestando atención. Se acercó a uno de los ordenadores, introdujo una tarjeta de identificación y comenzó a presionar algunas teclas rápidamente. Una de las pantallas cercanas cambió y mostró las palabras “Archivos clasificados”.

         Contuvo la respiración mientras el programa decodificaba una contraseña entre millones de posibilidades. Entonces, mucho antes de lo que él esperaba, la máquina mostró un nuevo mensaje: “Acceso completo”. En un instante, la pantalla mostró algunos informes elaborados por Cariolano en donde se hacía una descripción minuciosa de todas las defensas de la Churubusco.

         —Esto parece bastante interesante —musitó Carrier mientras leía los archivos. Un momento después oyó la voz del almiranta Cariolano, que le hablaba desde la puerta.

         —¿Qué haces aquí, Rodrigo? No sabía que tenías guardia en este momento.

         Acariciando fríamente el teclado digital, Rodrigo se dio la vuelta tranquilamente para mirar al almirante, con expresión impasible.

         —Eh, no la tengo.

         —Sí no podías dormir hubieras ido a mi camarote a conversar. Sabes bien que me gusta mucho debatir sobre política y religión —estaba diciendo Cariolano. Rodrigo deslizó la mano en el tablero y borró los archivos que estaba leyendo sin que el almirante se percatara de nada—. A algunas personas no les gusta compartir sus ideas, pero yo soy de la opinión de que hay que saber escuchar.

         —Opino exactamente lo mismo, almirante —convino Rodrigo—. ¿Qué sabe sobre la postura que tomara el Consejo respecto a ese inútil de Jesús Ferrer?

         —Bueno, parece que están esperando a que el príncipe Saulo regrese para dar a conocer su decisión. Creo que es apropiado que quieran esperar a que todos los miembros del Consejo estén presentes antes de hacer algún pronunciamiento. Sin embargo eso no me preocupa por el momento. ¿Supiste que la Tierra negocia un armisticio con el imperio de Abbadón?

         —Algo escuché por las noticias —farfulló Rodrigo—. Quizás ahora el general MacDaguett decida largarse de aquí con todas sus tropas. —Cariolano permaneció inmóvil, esperando que Rodrigo le dijera el motivo de su estancia en el puente de mando. Pero eso nunca ocurrió—. De hecho creo que algunos gobiernos de la Tierra están manejando la versión de que nosotros fuimos los culpables de todo lo que sucedió en Marte. Eso sí que es una ironía.

         —Sí, son tiempos difíciles. Algunos incluso temen que MacDaguett revelé al imperio nuestra ubicación una vez que vuelva a la Tierra. Como si no tuviéramos ya suficientes problemas ahora sucede esto.

         —Es por eso que insisto en que la negociación es nuestro único camino para sobrevivir a este conflicto. Mientras no tengamos posibilidades de derrotar militarmente a N´astarith, no podremos hacer otra cosa más que escondernos. 

          Cariolano se apoyó contra la pared y se frotó los ojos. Reflexionó un momento.

         —No lo sé —anunció finalmente—. Tal vez al final acabemos negociando un armisticio como dices, pero no me parece lo correcto. Como sea, lo mejor que podemos empezar a hacer es dispersar la flota. No es conveniente que todas nuestras fuerzas se encuentren en un mismo lugar.

         La expresión impasible de Rodrigo se convirtió en una mueca de perplejidad. La sola idea de enviar a las naves aliadas en diferentes direcciones no le agradaba para nada. Sí la armada se separaba tal y como Cariolano sugería, después iba a ser muy difícil volver a reunirla toda en un mismo lugar y eso era algo que él no deseaba. Pero a pesar de que difería de opinión con Cariolano, prefirió omitir sus comentarios al respecto. Después de todo, no tenía caso discutir sobre un tema que sólo le competían decidir al alto mando Aliado.

         —Creo que lo mejor será que trate de dormir un poco —murmuró Rodrigo, forzando una sonrisa—. Quiero estar en mis cinco sentidos cuando el Consejo dicte en público lo que vamos a hacer con Jesús Ferrer. Nos vemos, almirante.

         Cariolano asintió vagamente. En cuanto el comandante Carrier se fue, el almirante aliado se acercó al ordenador en el que Rodrigo había estado trabajando. Introdujo una secuencia numérica a través del tablero digital y enseguida la pantalla mostró un diagrama de la astronave Churubusco.

         Uno de los técnicos de comunicación se volvió hacia Cariolano para avisarle sobre una transmisión que acababa de llegar desde la nave Tao, la cual se encontraba atrás del planeta Seisho. Y le asombró ver la sombra casi imperceptible de una sonrisa en el astuto rostro del almirante.

         Águila Real 47.

         La nave acababa de atravesar el espacio dimensional y se aproximaba a los límites del sistema Adur en compañía de las otras nueve Águilas Reales que integraban el convoy que había viajado a Céfiro. Asiont Ben-Al estaba delante de una ventana que permitía contemplar el espacio. Luego de apartarse de las Sailor Senshi, Marina, Hikaru y los demás, el Celestial había estado reflexionando en varias cosas. Por lo que podía darse cuenta, aún no era capaz de deshacerse de toda su ira y eso le preocupaba bastante. También sentía algo de miedo y eso hacía que su desesperación fuera mucho mayor. Por otra parte, la muerte de Astrea no sólo le había dejado dolor, sino también una gran duda sobre su pasado. 

          —¿Qué era lo que Astrea sabía sobre mí? —se dijo a sí mismo—. Ella mencionó que le pidieron que no me dijera nada. ¿Sabría algo sobre mi verdadero origen? No entiendo cuál pudo ser la razón para qué le dijeron que no me contara nada. 

       —Hay algo que no sabes sobre tu pasado, algo que es de suma importancia que conozcas.

       Él la miró contrariado. ¿Qué era lo que ella  trataba de decirle?

       —¿Mi pasado? ¿Qué sabes tú sobre mi pasado? ¿Sabes algo de mis padres?

       —Se me pidió que no te lo dijera, pero debo decírtelo. Tú no naciste en Endoria, sino en… 

          Asiont miró su tenue reflejo en la ventana y suspiró. Hasta el momento no había encontrado el valor suficiente para ir con Lance o Cadmio en busca de respuestas. Imaginó que tal vez Saulo o Casiopea también sabrían algo al respecto, pero pensó que lo mejor sería acudir con alguno de sus hermanos adoptivos antes de hablar con otras personas.

         —Tienes miedo —murmuró una voz.

         Instintivamente, el Celestial se volvió hacia sus espaldas esperando encontrar a alguien, pero no fue así. Luego miró a su alrededor y comprobó que efectivamente estaba solo. No había nadie más en el pasillo y de no ser por la risita que escuchó a continuación, Asiont habría empezado a creer que estaba imaginándose voces.

         —¿Quién eres? —exclamó, mirando hacia su costado izquierdo—. ¡Muéstrate!.

         —Eso no es necesario por el momento.

         Asiont alzó la mirada al techo y luego bajó la cabeza. Cuando miró por la ventana nuevamente discernió la figura de una extraña sombra en vez de ver su propio reflejo. El Celestial abrió los ojos completamente y retrocedió un paso hacia atrás. Rápidamente, giró su cabeza por encima del hombro en busca de dueño de aquella sombra, pero no encontró a nadie.

         —Ah, tienes recelo de saber la verdad sobre tu origen, ¿no es así? —murmuró la sombra—. Sí, sientes temor de que lo que Astrea no te dijo en el planeta Noat pueda cambiar tu vida.

         —¿Cómo es que sabes eso? —preguntó Asiont, clavando sus ojos en la ventana.

         —Yo sé muchas cosas sobre ti y especialmente sobre todos tus nuevos amigos. ¿De verdad piensas que sí luchan todos juntos lograrán vencer a N´astarith y a sus guerreros? No seas ingenuo, eso nunca pasará.

         —No sé quién seas, ni cuáles son tus intenciones, pero te juro que… .

         —Ahora sientes ira y frustración. ¿Es ira porqué sabes que tengo razón o es ira porque no soportas la idea de saber que no lograrás vengarte de los Khans? En realidad a ti no te importa sí la galaxia se libra o no de N´astarith, lo único que deseas es satisfacer una venganza personal.

         —¡Cállate! —exclamó Asiont con vehemencia—. ¡No sabes nada sobre mí!.

         —Podrás decir lo que quiera, pero ello no impedirá que cumplas con tu destino. Pronto, cuando N´astarith consiga reunir todas las gemas de los Titanes, sabrás a lo que me refiero. Sí tus amigos insisten en pelear contra los Khans, lo único que encontrarán será el más terrible sufrimiento. Recuerda bien esto: ¡Sólo puede haber un Káiser!

         En ese momento, Asiont sospechó que tal vez algún Espía Estelar se había infiltrado en la nave y comenzó a buscar alguna presencia extraña en el Águila Real 47, pero lo segundos transcurrieron sin que pudiera percibir nada.

         —¿En dónde estás, maldito?

         Para cuando el Celestial volvió la vista hacia la ventana, la misteriosa sombra ya había desaparecido. Tocó la ventana con sus dedos. ¿Qué había sido todo eso? ¿Acaso se trataba de un sueño o era una proyección de sus propios temores ocultos? Como fuera, aquélla singular experiencia lo había dejado completamente anonadado. Se tomó la frente y exhaló un suspiro.

         —¿Qué es lo haces? —le preguntó Umi Ryuzaki a sus espaldas.

         —¿Qué? —murmuró Asiont como saliendo de un trance—. Estaba meditando un momento y… ¿y que haces tú aquí?

         —Buscaba el tocador de la nave —repuso la chica, señalando una puerta que había al final del pasillo—. Hace unos momentos te escuché gritar, ¿así es cómo meditan ustedes los extraterrestres?

         —¿Me escuchaste gritar? —preguntó Asiont, alzando las cejas—. Entonces también debiste oír la otra voz, ¿verdad?

         La Guerrera Mágica parpadeó un par de veces sin entender de qué le estaban hablando. Mientras recorría el pasillo en busca de los sanitarios había escuchado los gritos de Asiont y de nadie más. Alzó una ceja y miró al Celestial con extrañeza.

         —¿Otra voz? Yo nada más te oí a ti hablando solo.

         —No, no, no —murmuró Asiont, señalando la ventana repetidas veces mientras miraba a Umi—. Aquí había una sombra oscura que me estaba hablando. Seguramente también la escuchaste cuando mencionó algo sobre alguien llamado Lilim.

         Umi estaba empezando a impacientarse. No sabía a ciencia cierta si aquel guerrero le estaba jugando una broma o había sufrido de alguna clase de alucinación que lo hacía decir incoherencias. Se cruzó de brazos y esta vez observó a Asiont con desconfianza.

         —Me parece que bebiste demasiado licor y aún no se te pasan los efectos.

         —¿Estás diciendo que estoy ebrio? —inquirió Asiont, algo molesto.

         —Sólo así entendería que hayas visto una sombra en el espacio. ¿Te sientes bien?

         —La sombra estaba en la ventana, no en el espacio.

         —Aja, claro —murmuró Umi, apenas conteniendo su risa—. Sí que eres raro.

         —Olvídalo —repuso Asiont, convencido de que nada de lo que dijera podría persuadir a Umi de que hablaba con la verdad. Al menos ahora tenía claro que sí sólo él había escuchado la voz, entonces había sido contactado telepáticamente por alguien que quizás no iba a bordo de la nave.

         —¿Y qué te dijo tu amigo imaginario? —se burló la Guerrera Mágica, dibujando en su rostro una sonrisa maliciosa.

         —Búrlate cuanto quieras, pero yo sé que escuché esa voz.

         —¿Estás hablando en serio? ¿De verdad? —preguntó ella, que por primera vez parecía estar tomando las cosas en serio —. ¿Y qué es lo que quería esa voz?

         —No lo sé, pero a juzgar por lo que me dijo, parecía que sabía muchas cosas sobre mí. También mencionó algo sobre N´astarith, las gemas estelares y alguien llamado Lilim. No pude percibir ninguna presencia, así que supongo que quien que haya sido sabe muy bien como eludirme.

         La Guerrera Mágica dirigió una mirada escrutadora hacia la ventana. La oscuridad del vacío combinada con las luces del pasillo producía un leve reflejo en el cristal de la ventana; tal vez lo que Asiont había visto era alguna clase de ilusión óptica, pero eso no explicaba que también hubiera oído una voz. Finalmente, la joven creyó que era hora de cambiar de tema.

         —Por cierto, algunas de tus amigas están un poco preocupadas por ti.

         —¿Preocupadas? —Asiont alzó una ceja—. ¿Te refieres a las Sailors Senshi?

         Umi asintió con la cabeza.

         —Sí, especialmente Sailor Mercury. No sé bien, pero parece que todas están pensando en una forma de hacerte sentir mejor. ¿Qué opinas de eso, eh?

         —Mercury y las demás son aún muy jóvenes para entender ciertas cosas. Deberían preocuparse más por ellas y menos por mí.

         Molesta por ese comentario, Umi frunció el entrecejo y cerró un puño. Las Sailors Senshi estaban pensando en una manera para animarlo y él se mostraba en exceso indiferente, distante, como sí no le importara nada más en el universo que él mismo.

         —¿Cómo puedes decir eso? ¿Es qué acaso no te importa lo que sienten tus amigas?

         —No me malinterpretes. Sí ellas estuvieran en peligro o me pidieran algo, haría todo lo que estuviera a mi alcance para ayudarlas. Mas eso no quiere decir que necesito que me animen, yo puedo cuidarme solo.

         —¿Solo, eh? —repitió la Guerrera Mágica haciendo un marcado énfasis en la palabra “solo”—. Pareciera que no quisieras que nadie sintiera afecto por ti, ¿es eso?

         Asiont desvió la mirada en otra dirección. A pesar de que Umi era todavía muy joven, podía leer entre líneas y discernir los verdaderos sentimientos ocultos tras las palabras. Había que admitir que la chica era bastante perceptiva para su edad.

         —Sí algo he aprendido en todo este tiempo es que sentir demasiado aprecio por las personas no es algo conveniente. Menos aún cuando todos estamos en riesgo de morir.

         —¿De qué estás hablando? —refunfuñó Umi.

         —Digo que cosas como el amor y la amistad pueden llegar a ser algo triste. Hace tiempo conocí a una persona que me hizo cambiar de pensar, pero murió cuando menos lo pensaba. Así mismo, he perdido a muchos amigos en la guerra y todo eso sólo me ha dejado un gran vacío. El afecto y el amor son cosas tristes.

         Umi se colocó ambas manos en la cintura.

         —Miente quien dice que el amor es algo triste ¡Bah! ¡Es azul! ¡Tienes que ser azul!.

         —¿Azul? —Asiont pensó que había escuchado mal—. ¿Dices que el amor tiene color?

         —El azul es el color de la felicidad y no hay nada más feliz que sentir amor o afecto por los demás. Yo me siento feliz de saber que mis padres y mis amigas me quieren y se preocupan por mí, al igual que ellos están felices de saber que yo los aprecio.

         —Es lógico que hables así —razonó Asiont, mirándola directo a los ojos—. No sabes por todo lo que hemos pasado en este universo —Vaciló y luego apartó la vista hacia la ventana—. Sin embargo no puedo culparte, a tu edad es fácil ver el mundo color de rosa a pesar de los problemas.

         —No se trata de ver el mundo color de rosa —difirió Umi—. ¿Es que acaso no puedes dejar el pasado atrás? Es verdad, tal vez ignoro todo por lo que has pasado tú y tus amigos, pero tu vida continua adelante. ¿Vas a quedarte para siempre en el dolor o prefieres buscar el azul de la felicidad?

         Asiont no supo que decir en ese momento. Decir que el amor era azul era algo un tanto poético, pero había algo de verdad en las palabras de aquella Guerrera Mágica de larga cabellera. Desde la muerte de Astrea había evitado pensar en cómo rehacer su vida una vez que la guerra terminara y sólo se concentraba en buscar la forma de vengarse de los Khans. Su mundo, lejos de ser azul, se había vuelto oscuro.

         Tokio-3.

         Shinji miró hacia el inmenso lago creado a partir de la destrucción del EVA-00 y suspiró. A pesar de que la presencia de Mana lo hacía sentirse un poco más aliviado, lo cierto es que aún no podía olvidar los trágicos sucesos que habían nublado su vida. Parecía que no había más motivos para seguir viviendo; ahora todo le parecía gris y oscuro en su futuro.

         —Creo que debería estar muerto —murmuró en voz baja.

         Mana lo miró y le puso una mano en el hombro.

         —No digas esa clase de cosas, lindo.

         —Jamás podrías entenderme, no tengo ningún motivo para seguir viviendo.

         La joven guardó silencio y apretó un puño contra su pecho. Shinji tenía razón en una cosa: ella jamás lograría entenderlo del todo. Sin embargo no por ese motivo iba a dejar que se siguiera martirizando con pensamientos negativos. Tenía que sacarlo de esa depresión de alguna manera.

         —Tienes razón, Shinji-chan —dijo Mana luego de un momento—. Jamás podría entender como te sientes ahora, pero aún estás vivo y dudo mucho que a Kaworu le hubiera gustado verte así. Él era tu amigo, y si aceptó morir fue porque quería que siguieras viviendo.

         El chico giró su rostro hacia Mana. Por primera vez Mana pudo discernir un pequeño destello de interés en la triste mirada de Shinji. Fue en ese momento que Mana experimentó un remordimiento; ella había sido enviada por el general Kymura con la finalidad de espiar a los pilotos de los EVAs y ahora se había convertido en la confidente de Shinji.

         Entonces, por un instante, Mana sintió que ella y ese muchacho con el que estaba hablando se parecían en cierta forma. Ambos habían llevado vidas difíciles sin llegar a conocer el amor de una verdadera familia y realizaban tareas que en el fondo odiaban. Él pilotaba un Eva y ella espiaba para un grupo de hombres cuyos oscuros propósitos le atemorizaban.

         Su misión consistía en recabar información sobre lo sucedido en NERV con relación a Tabris, el último ángel. Pero cuando Shinji le relató con lágrimas en los ojos que ese ángel había sido uno de sus mejores amigos, Mana no tuvo corazón para permanecer impasible y decidió hacerlo sentir mejor.

         —Nunca volveré a querer a nadie —musitó Shinji con un hilo en la voz.

         —No puedes decir eso —repuso Mana con determinación—. Shinji-chan, no me gusta oírte hablar así. Tienes que seguir viviendo por las personas que te queremos.

         —Mana, ¿por qué te interesas en mí? —preguntó él frunciendo una débil sonrisa.

         ¿Por qué? Mana se tomó unos segundos para responder a esa pregunta.

         —Porque en el fondo eres una persona de buenos sentimientos. 

         —Tal vez sea cierto —murmuró él—. Pero querer a alguien implica sufrir… .

         —¿Tienes miedo de querer porque se sufre? ¡Cobarde! El valor es una cualidad fundamental y por consiguiente el miedo es un defecto. Amar es vivir, no te encoja el temor y te cierres a la vida. Ni ames con fronteras. Se amor. Entonces podrás hablar con los árboles, las estrellas te contarán sus secretos y quizás aún en vida verás a Dios.

         Shinji se quedó con la boca abierta: jamás había escuchado algo tan conmovedor.

         Se miraron en silencio. Los ojos de Mana eran de un color azul oscuro a la media luz. Se acercó unos centímetros de él, sin dejar de sostener su mirada. Shinji no reaccionó. Sus ojos continuaban trabados. Una tensión repentina e inexplicable floreció y entonces inclinó la cabeza al tiempo que Mana cerraba los ojos. Sus labios se rozaron y finalmente ambos se unieron en un beso.

         New York (Estados Unidos de América)

         Alexander Yaner entró a la cocina y se sirvió un poco de jugo. La conversación había durado toda la noche y habría continuado hasta el amanecer de no ser porque Ryoji recibió una inesperada llamada de sus superiores, los cuales le ordenaron volver a la base inmediatamente. Minutos después, Tania tuvo que regresar a su embajada a reportarse. Sólo Kamui, Satsuki y Julián habían decidido quedarse con él a desayunar.

         —Había olvidado lo mal que cocinas, Julián —bromeó Kamui mientras el senador francés preparaba un omelet—. ¿Qué pasó con la servidumbre, Alex?

         —Les di el día libre —bostezó Alex antes de beber un poco—. No quería que nadie se enterara de lo que íbamos a hablar.

         —Ahora me siento como un espía de la CIA —se burló Kamui.

         —Sí te sigues burlando haré que laves los sartenes, mon ami —sentenció Julián.

         Indiferente a las bromas de sus amigos, Satsuki cogió el control remoto del televisor y después de encender el aparato, seleccionó el canal de noticias. Enseguida apareció la imagen de una atractiva mujer que hablaba desde las oficinas de prensa del Congreso Mundial.

         —En una improvisada reunión convocada anoche por el senador de Israel, Ari Elket, varios senadores han decidido presentar conjuntamente una iniciativa que servirá para un posible acuerdo de paz con el imperio de Abbadón. Dicha iniciativa ha sido elaborada cuidadosamente por los senadores de Estados Unidos, Inglaterra, Israel, Japón, Pakistán, Polonia e Italia y se presume que empiece a discutirse a las seis de la tarde de hoy. Sin embargo el canciller supremo, Sergei Breminin, aún mantiene sus reservas.

         Julián dejó lo que estaba haciendo y se acercó lentamente al televisor. La pantalla mostró al canciller supremo, quien estaba en un podio frente a un grupo de reporteros y sonreía tensamente.

         —Quiero recordarles a todos que la Tierra firmó un tratado de adhesión con la Alianza Estelar, el cual aún es válido pese a lo que digan algunos. Estamos buscando una manera de solucionar esto sin caer en un conflicto diplomático.

         —Como pueden ver por medio de esta conferencia —interrumpió una voz desde el estudio del canal de noticias—, el Canciller no se muestra muy partidario de aceptar un tratado que terminé con las hostilidades entre la Tierra y el imperio de Abbadón. De hecho existen versiones extraoficiales de que varios de los senadores están molestos por la actitud adoptada por el Canciller Sergei y ya preparan una moción de censura. Sí esto llegará a concretarse, como algunos analistas creen, los senadores tendrían que elegir un nuevo Canciller.

         —No puedo creer lo que está pasado —murmuró Julián, que parecía comprender lo que se estaba cocinando en las altas esferas de la política mundial. Tras un momento, se volvió hacia Alexander, Satsuki y Kamui—. Sí me disculpan, tengo que hacer una llamada.

         Reino de Zefilia.

         Janer y Narat, ladrones de profesión desde la juventud, sabían que los aldeanos jamás los hallarían en aquel bosque por mucho que lo intentaran. No importaba cuanto se esforzaran por encontrarlos, ambos conocían el lugar como la palma de su mano y difícilmente alguien podría echarles la mano encima. Janer miró en todas direcciones antes de meter la mano en el pequeño saco de cuero que llevaba.

         —No sé porque insististe tanto en robarle a ese anciano —se estaba quejando Narat mientras su compañero hurgaba en la bolsa—. A juzgar por lo que vi en su cabaña, te puedo asegurar que no tenía nada de valor. 

         —Te equivocas, amigo —difirió Janer mientras extraía una hermosa gema triangular del interior de la bolsa—. Yo diría que el tipo tenía uno de los mayores tesoros del mundo.

         Los ladrones clavaron sus ambiciosas miradas en aquélla preciosa joya. Estaban tan absortos contemplando la gema que ninguno se percató de que eran observados  por un hombre alto y una hechicera de larga cabellera roja, los cuales se ocultaban tras un grupo de árboles cercanos.

          —El triángulo Zanatar. Al fin, después de tanto tiempo lo hemos encontramos.

         —Aún no entiendo, Rina, ¿qué tiene de valiosa esa piedra? —preguntó el hombre rubio, rascándose la cabeza y con una cara de desconcierto—. El otro día vi muchas como esa en el río.

         La hechicera miró a su acompañante con los ojos entornados. Delicadamente, cogió suavemente la barbilla de Gaury y, tras sonreírle fingidamente, la atrajo hacia ella con violencia. 

         —No es cualquier piedra, Gaury, el triángulo de Zanatar es una gema que encierra grandes poderes mágicos. De hecho existe una leyenda que habla acerca de que por medio de ella es posible viajar a otras dimensiones.

         —Ah, no sabía que querías irte de viaje —murmuró Gaury, provocando que Rina sintiera unos enormes deseos de azotarlo en el suelo.

         —¡¡Esa es una leyenda!! —exclamó Rina en voz baja—. De lo que sí puedes estar seguro es que es muy valiosa. Tienes que ser mía a toda costa.

         —Aquí vamos de nuevo —murmuró Gaury y exhaló un suspiro de resignación.

       Continuará… .

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