Leyenda 069

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXIX

¡¡VEJITA ESTALLA EN CÓLERA!!; EL DESAFÍO DE NAUJ-VIR

       Shinden (Templo de Kami-Sama)

       Nauj-vir estaba perplejo, por no decir horrorizado. La manera en que Gohan había cambiado su apariencia con ese enorme despliegue de fuerza, lo había dejado completamente estupefacto. El cambio en el color de cabello y en los ojos, el aura dorada que brillaba como el sol, la mirada fría… todo coincidía con la descripción del guerrero Káiser que se hacía en la leyenda de las doce gemas. O al menos eso parecía.

        La energía que Son Gohan estaba liberando era tan poderosa que incluso los demás Khans se habían olvidado momentáneamente de los Guerreros Zeta para centrar su atención en él. Leinad y Belcer se quedaron como petrificados luego de descubrir todos los cambios que había sufrido Gohan en su físico. Al igual que Nauj-vir, los demás Khans tampoco podían dar crédito a lo que sus ojos contemplaban.

        Sorlak, a su vez, clavó la vista en Gohan mientras repasaba mentalmente la descripción que hacía la leyenda acerca del famoso Guerrero Káiser. De acuerdo con ésta, el Guerrero Káiser era aquel que lograría una unión perfecta con el poder del aureus, un guerrero para el que no había ningún oponente.

        —No puedo creerlo —masculló Leinad—. Ese chiquillo es un guerrero Káiser… .

        —El emperador no va a creer esto —murmuró Belcer sin apartar la vista del muchacho, el cual todavía continuaba elevando su poder de pelea—. No tenía idea de que ese guerrero realmente existiera… .

        Gohan observó a Nauj-vir y a los otros guerreros imperiales con extrañeza. ¿A qué se referían con aquello de qué él era un guerrero Káiser? Francamente, no entendía nada de lo que decían e ignoraba el por qué los Khans lo miraba ahora con cierto temor.

        —¿Guerrero Káiser? —inquirió a su vez—. ¿Qué es eso?

        —¡No trates de engañarnos! —le recriminó Leinad—. ¡Tú eres un Guerrero Káiser!

        Al mismo tiempo, en el suelo, Piccolo alzó la mirada para contemplar uno a uno los rostros atemorizados de los guerreros Khans y no pudo evitar sentir curiosidad por lo que estaba sucediendo. ¿Por qué habían reaccionado así luego de ver a Gohan convertirse en un súper saiya-jin?

        “¿Qué demonios les sucede?”, pensó con la mirada puesta sobre Belcer. “Parece que hubieran visto una especie de fantasma”.

         —¿Qué es lo que haremos ahora? —preguntó Leinad sin dirigirse a nadie en especifico. Su voz denotaba claramente algo de temor—. De acuerdo con la leyenda, un guerrero Káiser no tiene rivales.

        Nauj-vir, siempre analítico y reflexivo, observó al súper saiya-jin que tenía delante por unos instantes más hasta que, finalmente, se tranquilizó. Antes de hablar, el Khan del Cíclope revisó una vez más los datos que su ojo cibernético había obtenido luego de revisar a Gohan y sonrió confiadamente.

        —”Y un grandioso guerrero vino desde cielo, con una aureola de luz y fuego y el cabello blanco como la plata… “.

        —¡En el nombre de la galaxia! —exclamó Leinad, totalmente confuso en tanto que Sorlack y Belcer se miraron entre sí creyendo que su líder estaba orando—. ¿Qué diablos estás balbuceando, Nauj-vir?

        El Khan del Cíclope miró de reojo a su compañero y sonrió.

        —Admito que la transformación de este chico es sorprendente, pero no es el guerrero Káiser, no es el verdadero.

        —Pero su cabello y sus ojos cambiaron de color.

        —Lo sé, Leinad, lo sé —asintió Nauj-vir sin dejar de mirar a Gohan—. No obstante, sí revisas tu escáner visual con cuidado te darás cuenta de que su nivel de combate es de unos 28,700,000 unidades de fuerza. Un guerrero Káiser debería tener más que eso, además su cabello es rubio y no de color plata como cuenta la leyenda.

        Belcer fijó su mirada en el cabello de Son Gohan. Su líder hablaba con la verdad. El color de cabello del chico era rubio y no blanco como se suponía que debía ser en un Guerrero Káiser. Una sonrisa malévola se insinuó en sus labios una vez que corroboró lo dicho por Nau-vir.

        —Tienes toda razón, aunque por un momento creí que había llegado nuestro fin.

        Gohan los continuó mirando con hostilidad. Aún no entendía bien todo ese asunto del guerrero Káiser, pero sentía que eso no era importante por el momento. Ahora que se hallaba transformado en Súper-Saiya-jin estaba seguro de poder vencer a los invasores.

        —Pero por qué puede cambiar su apariencia.

        —¡¡JA, JA, JA, JA, JA, JA!! —Sorlak soltó una sonora carcajada—. Es sencillo, Leinad. Según alcancé a leer en la mente de ese niño llamado Trunks, este mocoso se ha convertido en lo que ellos llaman un súper saiya-jin, lo cual sólo ocurre cuando muestran su verdadero poder.

        —¿Ah, sí? ¿Y qué más averiguaste, Sorlak? —le inquirió Belcer.

        —Ah, muchas cosas, pero prefiero guardármelas para mí.

        No. 18 estaba contrariada. No tenía la menor idea de qué demonios hacer en ese preciso momento. Por un lado tenía la posibilidad de huir del Shinden y abandonar a los Guerreros Zeta a su suerte, después de todo esa no era su pelea. Aunque, por otra parte, no podía olvidar que el hecho de que Kurinrin le había salvado la vida durante la lucha con Cell.

        Desesperada, la androide buscó con su mirada a Kurinrin. Éste aún seguía inconsciente en el suelo a un costado de Ten-Shin-Han; volteó hacia su derecha y descubrió que Yamcha y Trunks estaban en la misma situación. Tan solo quedaban Piccolo, Gohan, Dende y Mr. Popo, aunque la verdad los dos últimos no merecían ser tomados en cuenta ya que ni siquiera eran guerreros.

        —¿Quién se encargará de luchar con el muchacho? —preguntó Leinad a sus compañeros—. Quizás sea un trabajo digno para el poderoso Khan de Leviatán.

        —¡¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!! ¡¿Tú?! No seas absurdo, es obvio que yo puedo derrotar a este chiquillo con una mano atada en la espalda.

        Nauj-vir dio un paso al frente sin dejar de mirar a Gohan. Estaba fascinado con la mirada tan agresiva que le sostenía el muchacho; casi podía leer en ésta la promesa de un verdadero combate lleno de honor.

        —Yo me haré cargo de este muchacho —declaró al fin.

        —Oh, bueno, que remedio —El Khan del Grifo se volvió hacia sus demás compañeros—. El jefe se hará cargo de todo, así que nosotros buscaremos la gema estelar —Se llevó una mano a su escáner visual para empezar a inspeccionar el lugar—. Tal vez hasta nos topemos con un bono extra.

        —¿Por qué no peleamos todos juntos al mismo tiempo? —inquirió Leinad de repente—. Así aplastaremos a este mocoso más rápido y no habrá tanto problema.

        Nauj-vir se volvió rápidamente hacia el Khan de Leviatán y le arrojó una mirada acusatoria.

        —¡¡Es jamás!! —A continuación, se acercó a Leinad y le apuntó el pecho con su dedo índice hasta casi tocarlo—. Derrotaré a ese niño por mí mismo, lo que sugieres no es digno de un guerrero de honor como yo.

        Leinad frunció los labios y dejó entrever sus dientes con ferocidad. Como siempre, el estúpido de Nauj-vir volvía a sacar a relucir su maldito sentido del honor. Asqueado por lo que su líder había decidido, el Khan de Leviatán asintió de mala gana.

        —Sí, lo que digas.

        Nauj-vir se giró nuevamente hacia Gohan y lo miró directo a los ojos. Su ojo cibernético de color rojo comenzó a recabar datos acerca de la energía que Gohan emanaba a la vez que se preparaba para elaborar un registro de la batalla que estaba por comenzar.

        —Adelante —siseó Nauj-vir—. Te reto, muchacho.

        Como respuesta, Gohan se lanzó directamente contra el guerrero imperial. Nauj-vir estiró el brazo para tratar de asestarle un fuerte puñetazo en pleno rostro, pero su mano atravesó la cara del muchacho como sí fuera una especie de ilusión. Entonces se dio cuenta de que había sido engañado.

        Nauj-vir, un tanto desconcertado por lo que había sucedido, alzó la mirada al cielo y descubrió que Gohan lo estaba esperando en las alturas. Sin perder tiempo se arrojó contra el muchacho, quien lo recibió con una patada. No obstante, al igual que la vez anterior, la pierna de Gohan pasó a través del cuerpo del Khan como sí fuera un fantasma. Fue en ese momento que el muchacho se percató de que Nauj-vir había imitado su táctica.

        De pronto, el pequeño súper saiya-jin volvió el rostro hacia su derecha y se topó con la imponente figura de Nauj-vir. El Khan del Cíclope, a su vez, desplegó su aura y se arrojó violentamente sobre su rival con una mortal lluvia de patadas y puñetazos. Al principio, Gohan sólo se limitó a eludir todo los ataques de su rival, pero cuando el puño de Nauj-vir le pasó rozando el rostro por unos pocos centímetros, comprendió que debía tomar las cosas en serio.

        Usando su antebrazo, el súper saiya-jin bloqueó una de las patadas de Nauj-vir que le venía por el costado derecho. A continuación decidió pasar al contraataque. Tras dar un fuerte grito de batalla y desplegar toda su aura, Gohan arremetió contra el guerrero imperial con un fuerte puñetazo que le dio en el rostro.

        La cara de Nauj-vir se contrajo en una mueca de dolor mientras retrocedía en el aire lentamente. Gohan sonrió confiadamente, pero toda su seguridad se esfumó en un santiamén cuando descubrió como una leve sonrisa se insinuaba poco a poco en los labios del poderoso Khan.

        “No puede creerlo”, pensó Gohan. “Es más fuerte que Cell, mis ataques no le hacen tanto daño como imagine”.

        Astronave Churubusco.

        El Consejo de Líderes aún no había llegado a una decisión final. Mientras los delegados de la Alianza continuaban debatiendo sí se le hacía o no juicio a Jesús Ferrer por las distintas acusaciones que pesaban en su contra, Sailor Venus decidió ir a visitar a Josh, el cual permanecía confinado en una habitación desde que habían llegado a la base de operaciones aliada.

        No le habían permitido hablar con Jesús luego de que el Consejo suspendió la sesión y eso la había dejado un poco triste. Aún tenía tantas cosas que preguntarle acerca de su pasado y sobre las horribles acusaciones que le hacían en la Alianza.

        Finalmente llegó a su destino. Al final del pasillo había dos guardias francusianos custodiando la entrada de la habitación por lo que una duda asaltó su mente: ¿la dejarían pasar o simplemente le negarían el acceso como había ocurrido con Jesús Ferrer?

        —¿Qué se le ofrece? —le preguntó uno de los guardias con indiferencia.

        Sailor Venus sintió como un violento escalofrío le recorría el cuerpo cuando los dos corpulentos guardias la examinaron de arriba a bajo con la mirada. Frente a ellos, Minako se veía infinitamente insignificante.

        —Eh, bueno, yo, quería saludar a Josh un momento… sí, eso. —Los ojos de la Inner Senshi fueron de un guardia a otro; ninguno de los dos parecía ser capaz de expresar emoción alguna—. Por favor.

        Uno de los guardias se dio la vuelta e introdujo una tarjeta magnética en un escáner y las puertas se abrieron rápidamente emitiendo un sonido característico. Minako entró a la habitación, pero antes de que pudiera dar más de dos paso… .

        —Un momento, señorita.

        La chica casi se desmayó del susto cuando escuchó la tremenda voz del soldado Francusiano a sus espaldas. Lentamente volvió la cabeza por encima del hombro mientras miles de aterradores pensamientos cruzaban por su mente.

        —Le pido que no tarde, por favor.

        Sailor Venus movió la cabeza en sentido afirmativo sin emitir ningún sonido.

        Una vez que las puertas se cerraron, Sailor Venus dirigió su mirada hacia el fondo de la habitación para buscar a Josh. El chico estaba sentado en una cama con la mirada puesta en la ventana que daba al espacio; su mente vagaba por otro lugar del universo, transportada al pasado, a una tarde concreta, allá en el planeta Adon.

        —Josh… .

        —Señorita Minako —murmuró el chico en voz baja sin apartar su mirada de la ventana—. Gracias por haber venido a visitarme, pero creo que no era necesario.

        “¿Cómo conoce mi identidad secreta?”, pensó ella. “Ah, debe ser por su habilidad para percibir el aura. Tal y como Jesús lo hizo anteriormente”.

        Sailor Venus caminó hasta la cama y se sentó a un costado del chico, sin embargo éste ni siquiera la miró. Parecía como sí hubiera perdido todo interés por lo que sucedía a su alrededor.

        —¿Qué te ocurre, Josh? —inquirió Minako—. ¿Estás preocupado por Jesús?

        —Sí.

        —Estoy segura de que todo saldrá bien.

        —¿Usted lo cree?

        —Claro que sí, pero aún no me queda claro por qué Jesús ayudó a N´astarith en sus planes. Quisiera saber la verdad acerca de lo que pensaba cuando tomó esa decisión, pero no creo que él quiera contármela.

        Josh giró la cabeza hacia Minako y le sonrió afablemente. Después cerró los ojos e inició una comunicación telepática de alta velocidad con la Inner Senshi. Era un lenguaje de imágenes y sensaciones físicas, una transferencia a velocidad relámpago, narrando un viaje espacial en realidad virtual a través de la memoria de Josh.

        En cuestión de segundos, Minako se vio a sí misma flotando en el espacio.

        —¡¿En dónde estamos, Josh?! —preguntó la chica a punto de sufrir un infarto por la impresión.

        —Tenga calma, estamos en su mente. Nada de lo que ocurre a nuestro alrededor es real. Está visualizando mis recuerdos.

        Sailor Venus exhaló un suspiro de tranquilidad y se limpió la frente. Al menos sabía que no estaba flotando en el espacio como parecía. Emocionada por la real que se veía todo lo que había a su alrededor, comenzó a volar de un lado a otro hasta que se detuvo y visionó un lejano planeta.

        —¿Cómo se llama ese planeta que parece un desierto?

        Josh bajó la mirada y habló con tristeza.

        —Se llama Adon y aunque no quisiera regresar allí es necesario hacerlo para que entienda todo lo que padeció el señor Jesús. Adon fue gobernado por el señor Jesús hace algunos ciclos estelares, pero fue devastado por un ser maligno y desde entonces ha estado abandonado. Venga conmigo, por favor.

        Volando por el espacio, Josh condujo a su acompañante hacia el planeta Adon, pasando por las nubes del cielo hasta llegar a lo que parecía ser una enorme ciudad destruida. Ahí, la llevó ante las ruinas del palacio imperial que en otros tiempos sirvió de hogar a Jesús y Kaila, los emperadores de Adon.

        Sailor Venus contemplo el tétrico panorama que se mostraba ante ella. Parecía que todo lo que había en ese mundo estaba muerto. La mayoría de los edificios habían sido arrancados de sus cimientos y derribados. El suelo tenía el color gris de la ceniza y malsano, y en él se formaban remolinos de polvo y ceniza.

        —¿Qué sucedió con toda la gente que vivía en este lugar?

        Josh alzó el rostro y cerró los ojos como recordando lo que había sucedido hace tanto tiempo. A pesar de que ya habían pasado bastantes años desde la devastación de Adon, él recordaba todo como sí hubiese ocurrido un día antes.

        —Fue asesinada.

        Minako se llevó las manos al rostro.

        —¡Que horror!

        —Aquí es donde murieron la esposa del señor Jesús y su hijo mayor. La verdad es que este lugar me trae muy malos recuerdos.

        —Su esposa  y su hijo —musitó la Inner Senshi, recordando parte de lo dicho por Jesús durante su audiencia con el Consejo Aliado—Cuando lo conocí por primera vez, no tenía idea de que antes había estado casado. Dime, ¿cómo era su esposa?

        Josh bajó la mirada por un momento.

        —Ella era una persona muy amable y de buen corazón.

        De pronto la mirada de Sailor Venus quedó fija en un medallón que colgaba del cuello de Josh. Éste era dorado y tenía inscrito algunos símbolos que no alcanzó a identificar plenamente, pero que se parecían a algunos usados en la Tierra.

        —¿Es tuyo este medallón?

        —No, era del príncipe Kim Ferrer… me lo regaló hace tiempo.

        —¿Kim? ¿Así se llamaba el hijo de Jesús?

        —Ese era su nombre, señorita Minako —respondió Josh en un tono cargado de melancolía y tristeza—. Kim murió y no tuve el poder para protegerlo.

        —Lo siento mucho, Josh —dijo Venus—, pero no es bueno que te culpes por algo como eso.

        Casiopea condujo a Ranma, Dai, Eclipse y a los demás hasta uno de los enormes comedores de la astronave donde ocuparon una de las largas mesas que había ahí. Durante todo el camino, Poppu, Ryoga y Ranma habían estado haciendo bromas acerca del cómo sería la comida espacial que les darían y la forma en que la devorarían. Era evidente que luego de pasar por tantas cosas, todos ellos estaban muriéndose de hambre y cansancio.

        La mesa estaba preparada para veintidós personas. Unos androides aparecieron llevando toda clase de piezas de vajilla: platos metálicos, bandejas llenas de verduras; copas de oro, platos para aperitivos, servilletas, cuchillos y cucharas.

        —¡¿Qué vamos a comer?! —preguntó Ranma ansiosamente.

        Casiopea tomó la copa que tenía adelante y probó su contenido.

        —Es cierto, Casiopea —convino Leona, que jugueteaba con un trozo de pan—. ¿Qué clase de comida sirven ustedes?

        —Creo que tendremos que esperar un poco, la hora de la comida ya pasó y los androides que laboran en la cocina tendrán que prepararnos algo improvisado.

        —No puede ser —se quejó Poppu de mala gana.

        De pronto Eclipse se levantó de su asiento para hacer un importante anuncio.

        —No se preocupen, amigos, ¡yo sé cocinar!

        Leona, Casiopea, Ranma, Zaboot y los otros intercambiaron una serie de miradas que denotaban una completa desconfianza hacia lo que Eclipse había dicho. Hasta ese momento, ni siquiera la princesa del planeta Francus había escuchado que un Espía Estelar supiera cocinar en toda la galaxia.

        Dai, que se había sentado a un costado de Zaboot y frente a Sailor Saturn para poder mirarla disimuladamente, ni siquiera estaba poniendo atención a lo que los demás decían sobre la comida. Era curioso, pero aquella Outer Senshi llamaba su atención de una manera extraña. Quizás tenía que ver el que estaba sola y que no hablaba mucho.

        —¿De dónde eres? —susurró la Outer Senshi.

        Dai la miró, extrañado.

        —¿Qué dijiste?

        —Te he preguntado de dónde eres —Saturn sonrió levemente y se encogió de hombros—. Ese chico llamado Ranma dice que viene de un planeta llamado Tierra, pero que no es el mismo del que vengo yo.

        —Eh, yo, todavía no entiendo muy bien eso de los planetas —repuso Dai, poniendo cara de no entender nada—. Yo antes vivía en una isla llamada Duremín, pero luego tuve que dejarla para combatir al Ejército del Espíritu del Mal.

        —¿Combatir? —repitió ella sin ocultar su asombro.

        —Sí, en el lugar de donde vengo existe un ejército dirigido por un rey llamado Ban. Este ejército quiere exterminar a todos los seres humanos y no puedo permitir que esto suceda.

        Hotaru no supo que pensar en ese momento. Todo lo que aquel muchacho le estaba platicando le resultaba increíble. ¿Un ejército que pretendía acabar con todos los seres humanos? Por un segundo desvió la mirada y después volvió a contemplarle.

        —Eres muy valiente… —hizo una pausa al ver que no sabía su nombre.

        —Dai —dijo él.

        —Fly —Saturn ladeó la cabeza—. Lo que haces en verdaderamente noble, Fly.

        —Es Dai, no Fly —murmuró el chico, al parecer un tanto incómodo.

        En ese momento, Mariana apareció por la puerta del comedor en compañía de los Santos de Bronce. Al ver a Casiopea y a los demás sentados alrededor de una de las mesas, la princesa Lerasina se acercó a ellos junto con Seiya y los otros.

        —¿Podemos sentarnos juntos? —preguntó a Casiopea, esperando su opinión.

        —Claro, Mariana, así conoceremos más a estos muchachos —dijo la princesa de Francus—. Sí no mal recuerdo, ustedes se llaman Seiya, Hyoga, Shiryu y Shun, ¿cierto?

        —Sí, así nos llamamos —asintió Seiya, tomándose la nuca—. Es curioso, pero nunca creí que chica tan linda se hubiera aprendido nuestros nombres.

        —Bueno, de ti me acuerdo porque estabas discutiendo con Cadmio.

        Mientras los Santos de Bronce y Mariana ocupaban sus lugares en la misma mesa donde estaban todos, Eclipse se acercó un poco a Ranma para susurrarle al oído.

        —Esos cinco siempre andan juntos, me parece que hay algo gay entre ellos.

        Ranma alzó los ojos a un costado, meditando seriamente sobre lo que Eclipse había dicho acerca de los Santos de Bronce. Tras un momento de silencio, alargó el brazo para señalar al espía como sí estuviera acusándolo de algo.

        —¿Sabes? Tienes una actitud muy inmadura.

        Eclipse se levantó de la mesa y, clavando la mirada en Ranma, le sacó la lengua en señal de desafío. Cuando Ranma le dio la espalda para ignorarlo, el espía se dirigió a la cocina decidido a conseguir comida.

        Shinden (Templo de Kami-Sama)

        Nauj-vir y Son Gohan continuaban luchando ferozmente en los cielos por encima del templo sagrado. No. 18 trataba de seguir con la mirada el combate entre Gohan y el Khan del Cíclope, aunque ocasionalmente desviaba su atención hacia Kurinrin. Éste todavía continuaba desmayado a un lado de Ten-Shin-Han, pero al menos los Khans parecían haberse olvidado de él y del resto de los Guerreros Zeta.

        Piccolo, que todavía estaba en el suelo, observaba la batalla sin poder creer en los poderoso que era Nauj-vir. Aquellos guerreros eran mucho más fuerte que todos los enemigos a los que habían combatido anteriormente, y ése era un terrible imprevisto para el que no estaba preparado.

        De repente, Dende y Mr. Popo se acercaron corriendo hasta Piccolo.

        —¡Señor Piccolo! —exclamó el pequeño Namek—. ¿Está bien?

        —La lucha con Cell me debilitó bastante, Dende —repuso Piccolo, tratando de ponerse de pie con bastante dificultad—. Debemos hacer algo o Gohan será derrotado.

        Dende asintió con la cabeza. Enseguida alzó sus manos con la intención de reponer las fuerzas de Piccolo. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, una ráfaga de energía del tamaño de un puño salió de la mano de Sorlak, cruzó el aire y le alcanzó en un brazo, hiriéndolo en el acto.

        —¡Dende! —exclamó Piccolo, horrorizado.

        —¡Kami-Sama!

        “¡Oh no!”, pensó No. 18, y su mirada tembló.

        El desconcierto de Piccolo pronto se tornó en la más absoluta ira. Llenó de rabia, el otrora Piccolo Daimaoh se volvió rápidamente hacia el sitio de donde había venido el disparo para encarar al Khan del Grifo. Éste último le sonrió en forma macabra.

        —Uf, vaya, creo que se me pasó la mano —murmuró, tocándose la barbilla en una actitud de falso asombro—. Lo siento.

        —Maldito —masculló Piccolo mientras sentía como la sangre se le subía a la cabeza.

        —Lo lamento, hombrecito verde —dijo Sorlak—. Pero nada de trampas, je, je.

        De forma inesperada, el guerrero namek se abalanzó sobre el Khan en un intento por tomarlo por sorpresa, pero la maniobra no tuvo éxito. Tras esquivar un puñetazo de Piccolo haciendo la cabeza a un lado, el imperial levantó la rodilla y le asestó un fuerte golpe en el estómago que lo dejó sin aire.

        Piccolo se desplomó a los pies de Sorlak mientras sentía como se le nublaba la vista.

        —Se acabó la fiesta, hombre verde —siseó el Khan al tiempo que extendía su mano derecha sobre la cabeza del Guerrero Zeta. Una esfera de luz apareció en la palma del guerrero imperial anunciando el inminente fin del valiente peleador del planeta Namek.

        En esos instantes borrosos y líquidos que preceden al desmayo, Piccolo tuvo tiempo de ver como alguien le asestaba una fuerte patada en el rostro al Khan del Grifo y lo arrojaba a lo lejos. Justo a tiempo para salvarle la vida.

        Mr. Popo también lo había visto todo. Estaba a pocos pasos, petrificado de miedo.

        —¡¿Quién demonios se atrevió a golpearme?! —exclamó Sorlak, poniéndose de pie nuevamente y volviendo la vista hacia el sitio donde estaba Piccolo. Al lado del namek había un sujeto con el cabello levantado y que vestía un traje similar al de Trunks, pero a diferencia de éste último, aquel nuevo guerrero poseía una mirada que denotaba cierta frialdad.

        —Sí algún día alguien va a matar a todos estos idiotas, ese seré yo y nadie más —declaró el sujeto de cabello levantado—. Ustedes no tienen por qué intervenir, sabandijas.

        No. 18 se quedó boquiabierta sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo.

        —Ve… Vejita.

        Sorlak esbozó una sonrisa burlona de oreja a oreja. Había visto el rostro de aquel saiya-jin en la mente de Trunks y sabía algunas cosas sobre él, así como del resto de los Guerreros Zeta que luchaban en el Shinden.

        —Ah, tú debes ser Vejita, ¿no?

        —¿Hummm? —El saiya-jin alzó una ceja—. ¿Cómo sabes mi nombre, maldito insecto?

        —Me lo dijo Trunks —repuso Sorlak, mirando a Vejita directo a los ojos—. Él y yo nos hicimos íntimos amigos hace unos momentos. De hecho, estuvimos conversando acerca de muchas cosas.

        —¡¿Qué estás diciendo, imbécil?! —gruñó Vejita a punto de perder los estribos.

        De repente, los ojos de Sorlak emitieron un destello azul que paralizó por completo el cuerpo de Vejita. El saiya-jin apretó los dientes y los puños con fuerza mientras un aura de color azul iba cubriendo todo su ser.

        —¡¡No puedo moverme!! —masculló Vejita.

        —¡¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!!

        Vejita trató de liberarse del poder de Sorlak, pero fue inútil. Su mundo se volvió oscuro y confuso. Casi de inmediato su mente comenzó a girar y su cuerpo a hundirse en un profundo, enorme, casi infinito, agujero multicolor. Sintió que flotaba. En el sueño, unas voces suaves y distantes llegaron hasta él.

        —¿Qué te ocurre, Vejita? —se mofó la voz de Sorlak a lo lejos, como sí estuviera oculto en la oscuridad—. ¿No hay insultos o amenazas? Entonces seré yo quién hablé.

        —¡¿Dónde estás, maldito?! ¡Sal para que pueda matarte!

        El saiya-jin se volvió hacia el sitio de donde procedía la voz del Khan sólo para vislumbrar una luz en donde más tarde apareció Trunks. En la visión, Trunks se sujetaba la cabeza mientras daba una serie de desgarradores alaridos de dolor y era torturado por Sorlak.

        —Comenzaré contándote como fui adentrándome poco a poco en la mente de ese chico, claro que al principio trató de resistirse. Hubieras estado orgulloso de verlo tan fuerte, pero pronto mi poder surtió efecto y tu adorado hijo comenzó a compartir todos sus secretos conmigo, secretos que ahora yo también sé, príncipe saiya-jin.

        Vejita bajó la mirada y apretó los puños. Ahora entendía todo perfectamente; de alguna manera ese infeliz guerrero se había infiltrado en su mente usando alguna clase de poder mental y por ello tampoco podía moverse.

        —Es cierto, Vejita, yo lo sé todo sobre ti —continuó Sorlak con una sonrisa en los labios—. Y un poco como un niño que conoce la realidad, debo admitir que estoy bastante decepcionado. Detrás de toda esa faramalla no eres más que un pobre acomplejado que llora porque no puede superar a un guerrero de clase baja. Sería divertido sí no fuera tan patético —hizo una pausa, alzó los ojos como sí reflexionara sobre lo que acababa de decir y añadió—: Oh, al demonio, me reiré igual. ¡¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!!

        Aquello era demasiado. Ese maldito Khan había cruzado el casi inexistente límite de su tolerancia y no se le iba a escapar por nada del mundo. Aunando todas sus fuerzas, Vejita lanzó un potente grito de cólera con el que transformó en súper saiya-jin al mismo tiempo que se liberaba del ataque psíquico de Sorlak.

        El rostro del Khan del Grifo se transformó de inmediato, pasando del asombro al absoluto horror de saber que iba a ser apaleado. Vejita se abalanzó sobre Sorlak y le asestó dos rápidos golpes en el estómago con todas sus fuerzas para luego concluir el trabajo con un fuerte puntapié en el pecho que lo arrojó contra una pared.

        —Insecto —siseó Vejita con furia—. ¡¡’Te has atrevido a burlarte de mí, de mí, el príncipe de los saiya-jins!! ¡¡Eso jamás te lo perdonaré!! ¡¡Eres un animal estúpido y morirás como tal!!

        Sorlak cayó de rodillas, aturdido. Vejita estaba dispuesto a ensañarse con el enemigo vencido, pero antes de que pudiera convertirlo en un guiñapo ensangrentado, el Khan levantó la mirada y le disparó un par de rayos dorados con los ojos.

        Las ráfagas golpearon a Vejita en el pecho y lo inmovilizaron por unos cuantos segundos en los que sintió como sus fuerzas y poderes iban disminuyendo de poco a poco; parecía como sí le estuvieran drenando la energía por medio de esos rayos. Lentamente, su cabello y ojos volvieron a la normalidad y su aura dorada desapareció.

        —¿Qué diablos me hiciste, maldito? —inquirió Vejita, desesperado.

        —Simplemente robe tu poder y lo sume al mío —Sorlak sonrió nuevamente—. Detrás de esta pícara apariencia se halla la mente de un genio. Utilizando secretos que aprendí por aquí y por allá, logré perfeccionar una técnica que me permite robar la energía de mis enemigos.

        La mirada de Vejita tembló.

        —¡¿Qué?! ¡¿Robaste mi energía?!

        —Es correcto, príncipe de los saiya-jins. —Acto seguido, el Khan desplegó un aura de energía dorada similar a la producida por los súper saiya-jins—. Ahora me toca a mí pasar a la ofensiva.

        Sorlak se lanzó sobre Vejita y le asestó fuertes puñetazos en el pecho y en el mentón, que lo hicieron balancearse. Por último le golpeó con violencia en los dos oídos a la vez, provocándole un intenso dolor en el centro del cráneo.

        Astronave Churubusco (Comedor)

        Eclipse salió de la cocina llevando consigo una enorme sopera transportada sobre una bandeja dorada. Las miradas de todos se clavaron como flechas en la enorme sopera, deduciendo que ahí se encontraba la comida.

        —La comida está lista, amigos —anunció el Espía Estelar al tiempo que depositaba la sopera en el centro de la mesa—. Es mi platillo favorito y sé que les gustará a todos.

        —Ya, ya, vamos a comer —masculló Poppu ansiosamente.

        Seiya levantó el paño que cubría la pesada sopera que tenía delante. Cuando vio lo que había dentro, dio un salto de horror.

        Tendido sobre la salsa había un enorme lagarto ceñudo que habían cocinado entero, con piel, ojos y rabo. Tenía la misma piel grisácea y escamosa que los pescados crudos y, durante la cocción, se le habían abierto los labios, dejando al descubierto las amarillentas encías. La cabeza y los pies sobresalían del humeante recipiente, y daba la impresión de que había muerto plácidamente mientras tomaba un baño.

        —Voy a vomitar —murmuró Ranma medio en serio, medio en broma.

        —No esperarás que nos comamos eso.

        Todos a una, bajaron la vista para contemplar la mesa. Eclipse se llevó los dedos a la boca y se los besó, dando a entender que el platillo estaba en su punto.

        —¿Quién será el primero en probar? —preguntó animosamente.

        —No creo que debamos comerlo —masculló Leona en voz baja.

        Casiopea se inclinó sobre la mesa y comentó tétricamente:

        —No hagan eso, podría ofenderse.

        Todos sonrieron y volvieron a echar un vistazo al repugnante Reptile du jour. Esbozando aún una amplia sonrisa, Ryoga preguntó a Casiopea:

        —Pues sí no quieres ofenderlo, ¿por qué no lo pruebas tú?

        —No puede ser peor que cazar animales salvajes —repuso Hyunkel. Sabía que sí había algo de comer y estaba al alcancé de Dai y Poppu, no tardaría en desaparecer.

        —Podría ser venenoso —señaló Seiya—. No deberíamos comerlo.

        —¿Venenoso? —repitió Eclipse, claramente ofendido—. Escucha, mocoso torpe, esto es lo más delicioso que podrás probar en todo el universo —Tomó uno de los cuchillos de la mesa y cortó una pata trasera del reptil—. Ahora pruébalo.

        Seiya tomó la pieza de carne que el enmascarado la ofrecía. Nervioso, la dejó caer sobre la salsa, produciendo salpicaduras y una carcajada general en todo el lugar.

        —Vamos, pruébalo —insistió Eclipse—. Es una receta familiar.

        El Santo de Pegaso fingió una sonrisa, cortó un pequeño pedazo y se lo acercó a los labios. Aspiró profundamente, abrió la boca y se puso la carne alienígena en la lengua. Todos los demás, a excepción de Eclipse, estallaron otra vez en carcajadas al ver la cara de Seiya. Mascó una vez y, al ver que no pasaba nada, siguió masticando y se lo tragó.

        —Sabe a pollo.

        —¿A pollo? —preguntó Hyoga, incrédulo.

        —Sí, a pollo —dijo, cortando otro pedazo—. Está delicioso.

        —Te lo dije, mozalbete —murmuró Eclipse, que ya se había sentado en uno de los extremos de la mesa, antes de beber de una copa.

        Dai partió un pedazo y comenzó a comer con gusto. El sabor de la carne era exquisito y le recordó las veces en que su abuelo Burasu le había preparado la cena en aquellos pacíficos días en la isla Duremin. No pudo evitar sentir algo de nostalgia y preguntarse sí aún estaría a salvo.

        —Oigan, amigos —dijo el chico con la boca llena—. Necesito ir a una herrería, perdí mi espada durante la batalla en el Santuario.

        De pronto Poppu le asestó un fuerte coscorrón.

        —¡¡No hables con la boca llena, maleducado!!

        —Poppu, ese golpe me dolió —se quejó Dai mientras se acariciaba la cabeza.

        —¿Herrería? —repitió Casiopea, alzando una ceja—. Lo lamento, Dai, pero no creo que encuentres eso en esta astronave. Quizás podríamos darte alguna otra arma.

        —Es una lastima que no estemos en nuestro mundo —murmuró Hyunkel, serio como un juez—. Así podríamos ir con Ron Berku, el herrero que fabricó mi armadura y mi espada.

        Seiya giró el rostro hacia Dai.

        —¿No eres algo chico para luchar? —le preguntó mientras Hotaru seguía la conversación en silencio.

        —Oye, piensa bien lo que dices —repuso Poppu, algo incómodo—. Dai es muy fuerte, incluso pudo derrotar a un guerrero en el sitio donde conocimos a Astro.

        —Hey, no es para que te pongas así —le dijo Seiya en tono desafiante—. Sólo le estoy haciendo una pregunta.

        Antes de que Poppu pudiera decir algo más, Shilbalam entró al comedor seguido por el almirante Cariolano. Ambos lucían alarmados. Al verlos llegar tan apresuradamente, Casiopea se levantó enseguida.

        —¿Qué es lo que ocurre, almirante? —le preguntó.

        —N´astarith abrió otra puerta dimensional —informó el almirante—. Nuestros hombres la detectaron hace treinta y dos ciclos y, como la vez anterior, nos fue imposible rastrearla.

        Por la expresión de la princesa, Hotaru supo al instante de que algo malo había ocurrido. Lo suficientemente malo como para dejar la comida de lado.

        Armagedón (Sala del Trono)

        N´astarith sonrió. Gracias al enorme ventanal que había tras el trono, el señor de Abbadón podía contemplar como su estación espacial se alejaba lentamente de la órbita de la Tierra y se dirigía hacia la luna. Sabía que los humanos, especialmente ciertos políticos y militares, eran fáciles de manipular gracias a la ambición desmedida que sentían. A cambio de retirar Armagedón y a todas las naves imperiales del planeta azul, el gobierno de los Estados Unidos le darían toda la información que tenía sobre las actividades de la Alianza Estelar, así como de lo que el general MacDaguett sabía al respecto. Los norteamericanos, a su vez, quedarían como los héroes de la Tierra y aprovecharían ese fingido éxito para minar la autoridad del Congreso Mundial.

        De pronto, las puertas del ascensor que conducían a la sala del trono se abrieron dando entrada a Mantar. El almirante supremo de toda la armada de guerra Abbadonita atravesó la habitación, subió por los escalones que conducían al trono y se detuvo después de pisar el último peldaño.

        —Los terrícolas han accedido a darnos la información que les solicitamos —dijo.

        N´astarith se dio la vuelta y se sentó en su trono antes de hablar.

        —Perfecto, ¿averiguaste donde se esconde la Alianza?

        —Mí señor, de acuerdo con los informes terrestres, una enorme flota de naves aliadas se esconde tras el planeta Adur con la complicidad del rey Lazar. Tal parece que desde ese lugar el Consejo Aliado ha estado organizando sus fuerzas.

        El emperador de Abbadón apenas pudo contener su rabia, aunque en realidad la noticia no lo sorprendió del todo. Los adurianos siempre se mostraron recelosos de aceptar el dominio de Abbadón y no era raro que lo traicionaran. Aún así, maldijo el día en que había decidido perdonarle la vida de Lazar y de su asquerosos mundo en vez de vaporizarlos como Tiamat se lo había sugerido. Pero no era el momento para enfurecerse. Debía cultivar la paciencia e ir elaborando los preparativos para llevar a cabo el ajuste de cuentas.

        —Llama a mis generales y a mis aliados —ordenó luego de ponerse de pie. A continuación dio unos pasos al frente—. Tengo la impresión de que quizás podamos usar la traición de Lazar para provocar la caída final de la Alianza y de los Caballeros Celestiales.

       Continuará… .

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