Leyenda 116

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXVI

EVACUANDO LA TIERRA

        Geofrente de NERV

        Al igual que los pilotos de la Alianza Estelar que combatían en los cielos al lado de los Transformables, Musashi había visto la destrucción del monte Fuji ocurrida a lo lejos. Pero lo malo es que no tenía tiempo para averiguar lo qué había ocurrido en las instalaciones de la organización Apocalipsis. La pantalla digital del ordenador de Sephiroth mostró un aviso de alerta cuando el Súper Executor comenzó a acercarse peligrosamente. Musashi actuó por instinto y disparó una ráfaga láser que impactó en el pecho del enorme robot sin provocarle ningún daño. El Súper Executor continuó aproximándose y derribó a Sephiroth de un potente puñetazo.

        Al advertir que el robot enemigo estaba a punto de utilizar su perforadora nuevamente, Musashi se apresuró a contraatacar usando la cuchilla escondida en el brazo de Sephiroth. La punta de metal de la cuchilla se enterró en el abdomen del Súper Executor. Al mismo tiempo, el Eva-01 saltó sobre la espalda del gigantesco robot abbadonita y trató de arrancarle una plancha del espaldar. Pero aquello pintaba mal… no había manera.

        El Súper Executor sacudió los brazos para sujetar al Evangelion de un pie y lo estrelló en el suelo con fuerza. Entonces Sephiroth levantó ambos puños, apuntó y disparó a la cabeza del robot enemigo varias veces. Musashi estaba convencido de que si seguía disparando de aquella manera tal vez podría infringirle un daño al Súper Executor, pero el coloso se cubrió usando sus poderosos brazos. De repente, el robot enemigo extendió uno de sus brazos derechos y lanzó una bola de luz que golpeó a Sephiroth en el abdomen y lo hizo volar por los aires en medio de un potente estallido.

        El sonido de la explosión había dejado sordo a Musashi. Todo sonido había desaparecido, con la única excepción de los tenues ruidos aparentemente surgidos de la nada que aún conseguían filtrarse en él. Musashi ignoraba qué tan graves habían sido los daños; sólo sabía que aún estaba completo y que Sephiroth seguían funcionando. En su aturdimiento tuvo la impresión de que todo sucedía muy despacio. No obstante, consiguió distinguir una enorme columna de roca fundida y fuego que surgía del suelo entre Sephiroth y el Súper Executor.

        Mana despertó por fin. Olvidó sus heridas y levantó su robot para ir en ayuda de Musashi y Shinji. Estaba por lanzar un ataque con mísiles cuando el Súper Executor quedó encerrado en un campo de fuerza electromagnético. Desconcertada, Mana alzó la mirada al cielo y descubrió a un pequeño robot que flotaba en el aire. Se trataba de Magneto, uno de los Guerreros Estelares.

        —¿Quién es ese? —murmuró Mana.

        —No sé bien qué es lo que ocurre aquí, pero este gigantón tiene el emblema del imperio de Abbadón —murmuró el Transformable—, así que por lo pronto lo mantendré encerrado hasta saber qué pasa.

        El Súper Executor comenzó a golpear violentamente el campo de fuerza una y otra vez usando sus cuatro brazos. Magneto podía producir campos electromagnéticos lo suficientemente fuertes para soportar varios ataques, pero el robot enemigo era demasiado poderoso para poder contenerlo por mucho tiempo. Mana no sabía quién o qué estaba ayudándola, pero decidió averiguarlo después. Primero debía derrotar al enorme coloso.

        —Muchas gracias, quien quiera que seas —le dijo la chica.

        —Ya habrá tiempo para presentaciones —repuso Magneto con su voz metálica—. Lo que quisiera saber es si este mastodonte se pondrá quieto en algún momento. Da más lata que una suegra quejumbrosa.

        El campo de fuerza finalmente cedió y el Súper Executor quedó libre. Mana contempló la escena con una expresión de horror y decidió lanzar todos sus mísiles sobre el robot enemigo. Uno de los proyectiles logró impactar en la zona que Sephiroth había dañado con su cuchilla unos momentos antes, y esto produjo una terrible explosión que dejó un enorme cráter en la estructura blindada del Súper Executor. El resto de los mísiles estallaron en el robot sin producirle daño alguno.

        Un grupo de varios Transformables rodeó al coloso metálico y comenzaron a dispararle usando todas sus armas. En unos segundos se dispararon decenas de ráfagas de energía y mísiles que aparentemente daban en el blanco. Mana pensó que los disparos de los robots terminarían por dañar al Súper Executor. Pero al ver el fuego incesante de que era objeto, pronto se dio cuenta que los disparos no hacían mella en el coloso, que sólo se removía como lo haría una persona bajo un molesto enjambre de mosquitos.

        Con rapidez, el robot abbadonita cerró uno puño y golpeó a dos Transformables, que salieron despedidos por los aires. Al ver eso, Titán decidió usar su cañón de pulsos electromagnéticos, pero el Súper Executor fue más rápido. Antes de que el líder de los Transformables pudiera apuntar, su enorme adversario lo sujetó con una mano y luego lo estrelló contra una construcción. Titán desapareció bajó una tonelada de concreto y hormigón.

Tokio-3.

        N´astarith contempló la destrucción que lo rodeaba con una mirada tan impasible como indiferente. Mientras Ritsuko sollozaba y Masamaru miraba en todas direcciones tratando de asimilar lo que pasaba, el oscuro señor de Abbadón se dedicó a observar tranquilamente cómo la lava seguía emanando a la superficie a borbotones mientras la tierra temblaba y se abría formando enormes grietas. No era la primera vez que observaba de cerca la destrucción de un planeta, y quizá por eso podía mantener aquella expresión fría e impávida, como si experimentara esa clase de cosas todos los días.

        —Es hora de retirarnos, Tiamat.

        —Pero, mi señor, déjeme acabar con ellos —suplicó el Khan del Dragón.

        —Ahora no es el momento para eso —difirió N´astarith—. Aún si llegaran a sus naves, la explosión se encargara de aniquilarlos —Un nuevo terremoto, más fuerte que los anteriores, hizo que N´astarith se estremeciera, pero conservó el equilibrio—. Nos ocuparemos de la Alianza en su momento. —Se volvió y echó a andar hacia Sarah y Etzal.

        —Como ordene, mi señor —asintió Tiamat de mala gana.

        —¡N´astarith! ¡Eres un maldito cobarde! —exclamó Saulo a espaldas del señor de Abbadón—. ¿Acaso estás huyendo de nosotros? ¡Ven acá y pelea! ¡No creas que esto ha terminado!

        N´astarith se detuvo y se dio la vuelta para mirar con desdén a Saulo.

        —En aproximadamente quince ciclos este planeta y todo lo que hay en él dejarán de existir. ¿Crees que voy a desperdiciar mi valioso tiempo en un estúpido combate? Creo que me juzgas mal, Saulo. Busca una manera honrosa de morir, maldice en vano tu destino y apártate de mí camino.

        Preso de la furia, Saulo se levantó como pudo y dio unos pasos. Estaba por lanzarse tras N´astarith cuando Cadmio lo detuvo de los hombros. Saulo se volvió para encarar a su compañero de armas y advertirle que no interfiriera, pero Cadmio lo miró directo a los ojos y meneó la cabeza en sentido negativo. Era hora de replantearse la estrategia de cara a los nuevos acontecimientos que habían ocurrido. Si el planeta estaba a punto de explotar, no había tiempo para venganzas.

        —Piensa un momento, Saulo —le dijo Cadmio, como un maestro que sermonea a un alumno desobediente—. Tenemos que salir de aquí cuanto antes o todos moriremos. Hay que ordenarle a nuestras fuerzas que interrumpan el ataque y se preparen a abandonar este planeta ahora mismo.

        Un brillo de furia ardió en la mirada de Saulo, pero estaba atrapado. Por más odio y resentimiento que pudiera sentir contra N´astarith, su deber como líder de la Alianza y como príncipe de Endoria le dictaban que hiciera exactamente lo que Cadmio le estaba diciendo. Saulo dejó escapar un suspiro antes de hablar.

        —De acuerdo —gruñó.

        Fobos, por su parte, se acercó a Lilim y a Masamaru y les extendió una mano para ofrecerles la salvación. En medio de violentos estruendos, la tierra comenzó a abrirse vomitando ríos de magma hirviendo mientras las montañas se hundían. Grandes chorros de vapor se encresparon por aquí y por allá. Los bosques que rodeaban a la ciudad estaban siendo consumidos por el fuego infernal que brotaba de las más oscuras profundidades de la tierra. Lilim alzó la mirada para observar como los pájaros volaban caóticamente tratando de encontrar los cielos en vano.

        —Este mundo está condenado —declaró Fobos—, vengan conmigo si quieren vivir.

        La shito asintió con un movimiento de la cabeza y fue a reunirse con Fobos, pero no así Masamaru, que permaneció en su sitio mirando fijamente al Khan del Terror con ira y resentimiento. Fobos apartó la vista de Masamaru y luego tomó a Rei por una una mano para llevarla consigo. Antes de alejarse con las dos chicas, el Khan se detuvo un momento y miró por encima del hombro.

        —Es una lástima que hayas decidido quedarte —murmuró el Khan con decepción—. Si vinieras conmigo te mostraría la grandeza de Abbadón. Has desperdiciado la única oportunidad para escapar.

        Masamaru lo miró de igual a igual.

        —Yo confíe en ti. Creí que ibas a salvar a la Tierra de las maquinaciones de NERV y de SEELE y sólo por eso estuve dispuesto a seguirte incluso al mismo infierno. Pero nada más nos utilizaste como piezas de ajedrez para llegar a Lilim. Ahora has provocado el fin de la Tierra, mi mundo, mi hogar. ¿Cómo se te ocurre pensar que iría contigo?

        —Madura, Masamaru —dijo Fobos con fastidio—. ¿Te preocupa tanto este asqueroso planeta? De donde yo vengo existen millones de mundos más preciosos y perfectos que esta inmunda Tierra a la que llamas hogar. ¿Qué es la destrucción de una insignificante bola de fango comparada con la gloria de un imperio que gobierna sobre una galaxia? Puedo ofrecerte un planeta mil veces mejor que este si eso es lo que deseas, ¿qué te parece?

        Masamaru lo miró con el más absoluto desprecio.

        —Nada de lo que puedas ofrecerme podrá borrar el daño que has hecho.

        —¿El daño que he hecho? —Fobos alzó una ceja, desconcertado—. La riqueza y el poder son lo que forman a los individuos y a los grandes imperios que perduran. Donde hay esplendor también habrá sacrificios e incluso errores, Masamaru. Eso es algo que deberías aprender.

        —Quiera Dios darme vida suficiente para ver que pagues por lo que has hecho.

        El Khan se volvió y comenzó a caminar mientras reía a carcajadas. Una nueva explosión hizo temblar el lugar cuando una gran cantidad de rocas incandescentes salió despedida por los cielos y cayeron a lo lejos. Enormes lenguas de fuego surgieron de la tierra y se elevaron hacia los cielos, iluminando los alrededores. Con los dientes apretados, Masamaru observó con impotencia como Fobos se alejaba con Lilim y Rei Ayanami. Antes de retirarse, la shito le dirigió una mirada.

        —Haz lo que quieras, pobre estúpido —se rió el Khan.

        Asiont se puso de pie con lentitud y dio unos pasos. A pesar de los golpes que le habían pudo propinado había logrado mantenerse consciente y escuchar todo lo referente a la destrucción de aquella Tierra. Al llevarse las manos a la cara, reparó en la sangre que corría por su boca. Por su mente pasó la idea de atacar a los Khans antes de que estos pudieran escapar, pero recapacitó ya que en ese estado jamás podría vencerlos.

        —¡Tenemos que hacer algo! —exclamó Seiya.

        —Desgraciadamente no veo muchas opciones —repuso Karmatrón después de unos instantes—. Si lo que dijo ese Khan es cierto, este planeta hará explosión en muy poco tiempo. Debemos regresar a nuestras naves y tratar de evacuar a la mayor cantidad de personas que podamos.

        —¿Salvar a la gente? Eso es imposible —replicó Saulo echando una mirada a los alrededores—. Con suerte lograremos salir antes de que este mundo estalle en mil pedazos. No podemos detenernos a salvar personas.

        Seiya se enfureció.

        —¿Qué diablos te sucede? —le espetó con violencia—. No vamos a abandonar a estas personas mientras nosotros escapamos como ratas. Tenemos que ayudarlos de alguna forma.

        Armando se volvió hacia Karmatrón.

        —¿Estás seguro que no es posible detener la destrucción?

        —Es demasiado tarde para remediarlo. La energía del núcleo ya ha atravesado la corteza y el manto, lo cual desató una reacción en cadena que causa que el planeta se despedace desde su interior. De haber sabido que existía un succionador de energía nuclear en este mundo habríamos buscado una manera de evitar que Fobos lo destruyera.

        —¡Por favor, hagan algo pronto! —suplicó Ritsuko, temiendo lo peor—. Hay mucha gente que está en peligro. No disponemos de los medios para escapar y si nos abandonan todos moriremos.

        —Ella tiene razón —dijo Masamaru—. No sé quiénes son ustedes o de dónde han venido, pero sí tienen una forma de salvar este planeta les pido que lo hagan. No tenemos forma de huir de la Tierra.

        Completamente furioso por la situación, Cadmio se volvió para mirar con rabia a N´astarith y a los guerreros de Abbadón que se habían reunido a varios metros de distancia. El Celestial lanzó una maldición y alzó un puño para amenazarlos.

        —¡Les juro que esto no se quedará así! ¡Malditos sean!

        —Si yo fuera ustedes me apresuraría a huir antes de que fuera tarde —murmuró N´astarith con tranquilidad—. No crean que esto ha terminado. Dentro de poco las doce gemas estarán en mi poder lo mismo que toda la galaxia. Lo peor para ustedes aún está por venir.

        Súbitamente, N´astarith ardió en llamas y luego desapareció junto con las personas que lo rodeaban. Un relámpago brilló sobre la tierra, un trueno resonó en los extensos campos. La imagen no podía ser más desoladora.

        —¡¡Rei!! —exclamó Ritsuko.

        —¡Que sujeto más cobarde! —vociferó Seiya.

        Alzándose con lentitud, Vejita contempló el Devastador Estelar que se elevaba en las alturas mientras apretaba los dientes a causa de la furia y la frustración que lo embargaban. No sólo no había podido vencer a Odrare, sino que su rival, aquel fastidioso saiya-jin al que tanto detestaba por encima de todas las cosas, había vuelto a superarlo una vez más. Asqueado consigo mismo por su pobre desempeño, apretó un puño con fuerza y lo contempló mientras saboreaba la bilis que le subía a la boca.

        —Maldito Kakaroto y maldito N´astarith —musitó temblado de coraje—. No puedo dejar que las cosas se queden así. Tengo que volverme más fuerte y mostrarles que nadie puede superarme.

        —Señor Vejita, ¿se encuentra bien? —le preguntó Astroboy.

        —No me molestes —contestó Vejita—. Hazte a un lado y ve a fastidiar a otro.

        Cuando el pequeño robot se acercó para ayudarlo, Vejita le dio un manotazo para alejarlo y luego se dirigió hacia donde estaban los demás. Tal vez había perdido una pelea, pero tenía confianza de que al final demostraría ser el más poderoso de todos. Sailor Uranus y Shun quedaron impresionados por la resistencia de Vejita ya que, a pesar de las heridas que tenía y del cansancio que reflejaba en su rostro, éste aún era capaz de caminar por su propia cuenta.

        —¿Qué me están mirando? —exclamó Vejita—. ¿Acaso tengo monos en la cara?

        Aunque odiaba admitirlo, Karmatrón reconoció que no había mucho que pudieran hacer por los habitantes de aquel planeta moribundo. Aún cuando dispusieran del tiempo suficiente para evacuar a la población, apenas lograrían salvar algunos miles usando todas las naves. De hecho, la operación de salvamento, en caso de que decidieran llevarla a cabo, no podría extenderse a todo el planeta ya que eso sólo los retrasaría más tiempo.

        Desolado, Karmatrón cayó de rodillas al suelo y levantó la mirada al cielo.

        —No sé qué hacer.

        —¿De qué estás hablando? —preguntó Shun con preocupación.

        —No podemos hacer nada, salvo huir —dijo Saulo al fin—. Piensen un poco, no hay tiempo para explicarles a estas personas nuestras intenciones, y aún si pudiéramos hacerlo, el planeta explotará en menos de diez ciclos. ¿Adónde los llevaríamos? No sabemos nada de este universo, ni si existen planetas cercanos con un medio ambiente propicio para la vida. 

        —No… tenemos que ayudar… a esta gente —masculló Son Gokuh mientras luchaba por mantenerse erguido—. Sí al menos existiera… un planeta cercano… yo podría usar la teletransportación.

        El saiya-jin se bamboleó. Sailor Neptune y Ten-Shin-Han se apresuraron a sostenerlo de los brazos para evitar que se desplomara en el suelo. La pelea con Odrare y los ataques de Fobos habían mermado seriamente las fuerzas de Son Gokuh, que respiraba agitadamente mientras luchaba por mantenerse consciente. Cadmio se acercó para tomarle el pulso y examinarle los ojos.

        —Está muy mal —dijo después de unos instantes—. Tenemos que llevarlo a una cámara de recuperación o no sobrevivirá. Su sistema cardiovascular está trabajando al máximo y no sé cuanto más pueda resistir.

        —¿Oíste eso, Gokuh? —le susurró Ten-Shin-Han a su amigo—. Tienes que resistir.

        Sailor Neptune miraba a Son Gokuh con preocupación, que por un momento pareció observarla directamente a ella. La Outer Senshi se puso un poco nerviosa y le obsequió la mejor de sus sonrisas, lo cual ánimo un poco a Son Gokuh, que le devolvió el gesto.

        —No se olviden de Piccolo —les recordó Aioria.

        —Yo me haré cargo —anunció Astroboy. El pequeño robot se acercó al guerrero nameku que aún continuaba inconsciente en el suelo. Lo llamó varias veces por su nombre para tratar de despertarlo, pero no resultó—. ¡Señor Piccolo, reaccione!

        Los ojos de Piccolo se abrieron despacio.

        —¿Dónde está N´astarith?

        —No hay tiempo para explicaciones —le contestó Astroboy—. El planeta está a punto de explotar en cualquier momento. Tenemos que volver a las naves y ayudar a la gente a escapar. ¿Cómo se encuentra usted? ¿Necesita que lo ayude a volar?

        Piccolo se movió con mucho dolor y notó que tenía heridas por todas partes. Miró fijamente al pequeño robot y, tras un esfuerzo, empezó a ponerse de pie. Astroboy le devolvió la mirada, esbozando la más leve de las sonrisas.

        —Descuida, se necesita más que unos cuantos golpes para acabar conmigo, ¿en dónde están Gokuh y los demás?

        —El señor Gokuh derrotó a uno de los Khans, pero se encuentra muy herido. 

        Vejita volvió la cara hacia un costado y lanzó un escupitajo al suelo. En su opinión, todos se estaban comportando como un montón de incompetentes. De haber podido, habría tomado la primera nave para volver a la Churubusco él solo sin importarle lo que pasara con los demás. La acción más lógica a seguir era tratar de escapar; no quedarse sin hacer nada planificando un rescate que a todas luces era imposible.

        —¿Qué están pensando, conjunto de idiotas? ¿Van a quedarse todos parados mientras el planeta explota? Sí están pensando en ayudar a las sabandijas de este lugar, entonces será mejor que lo olviden de una vez porque no tenemos tiempo para eso. ¿Me están escuchando? 

        Armando bajó la mirada y se palpó la herida. Lo que Vejita acababa de decir era la más pura verdad por más cruda que pudiera escucharse. La gente de ese mundo estaba condenada a morir. No pudo evitar que la situación le recordara la terrible destrucción de Megazoar y el dolor de saber que su hogar había dejado de existir. Pensó en su familia y entonces tomó una decisión. Se miró las manos empapadas con su propia sangre por un breve instante y luego dijo:

        —Evacuen a toda las personas que puedan. Usaré mi poder para mantener la integridad del planeta y darles el tiempo necesario para escapar.

        —¿Qué has dicho? —preguntó Shiryu—. ¿En verdad puedes hacer eso?

        Como respuesta, Armando apretó los puños y expulsó toda la energía de su poderosa aura a través del cuerpo. A pesar de sus heridas y la debilidad que sentía, el meganiano pudo canalizar su asombroso poder para evitar que la Tierra continuara desintegrándose. Sin embargo, a juzgar por su rostro cansado y bañado en sudor, era notorio que le estaba costando mucho trabajo realizar tan titánica hazaña.

        —¿Cuánto tiempo podrás evitar la destrucción? —inquirió Astroboy.

        —No-no lo sé —repuso Armando con dificultad—. Es-es difícil saber… .

        Karmatrón decidió actuar con rapidez. No estaba seguro de cuanto tiempo Armando lograría evitar el colapso de la Tierra, pero no podían desperdiciarlos inútilmente tratando de adivinarlo. Se llevó una mano a la frente y activó su comunicador para hablar con los tripulantes de la nave Tao. Les ordenó que interrumpieran el combate con las naves del imperio y que se prepararan para evacuar un gran número de personas. Como no conocía ese mundo, se dirigió a la doctora Ritsuko.

        —Debe informarnos sobre los principales centros urbanos cercanos a esta área. Tal vez no logremos salvar a mucha gente, pero haremos lo que podamos —hizo una pausa y se giró hacia Saulo—. Hay que comunicarse de inmediato con las Águilas Reales para que estén listas.

        El príncipe de Endoria no pensaba lo mismo.

        —Esto es un suicidio, una verdadera locura. No sabemos cuanto tiempo Armando logrará soportar esa enorme presión. Lo más inteligente sería…

        —Lo más inteligente sería que cerrarás la boca —le interrumpió Cadmio con rudeza y luego extrajo un comunicador de su cinturón—. Sí tú no vas a dar la orden, entonces hazte a un lado y no estorbes. Tal vez ya lo olvidaste, Saulo, pero la labor de los Caballeros Celestiales es ayudar a quien lo necesite.

        Saulo le lanzó una mirada asesina, pero Cadmio se dio la vuelta y comenzó a hablar con la flota para informarles de la situación. El príncipe de Endoria se giró hacia donde estaban Asiont y Areth en busca de apoyo, pero no lo recibió. Saulo tal vez era la máxima autoridad de la Alianza Estelar en esos momentos, pero ninguno de los Celestiales estaba dispuesto a dejar morir a tantas personas.

        —Cadmio, interrumpe esa transmisión ahora —era una orden, no una petición. Los tres Celestiales se volvieron y vieron al príncipe de Endoria acercarse—. ¿Me has oído?

        —¿Y si no lo hago qué? —replicó Cadmio fríamente—. ¿Vas a obligarme?

        Saulo respondió sin titubeos.

        —No me provoques, Cadmio.

        Asiont intervino antes de que la sangre llegara al río.

        —No peleen, por favor —dijo interponiéndose entre ambos—. Tenemos poco tiempo y no debemos desperdiciarlo. Hay que actuar con rapidez si queremos salvar a toda la gente que podamos y escapar con vida.

        Saulo y Cadmio se miraron en silencio con un brillo casi amenazador en los ojos, y la magnitud de su reciente descubierto antagonismo se volvió casi palpable. Una enorme brecha acababa de abrirse en la relación de ambos y amenazaba con ensancharse todavía más. Tras unos breves momentos de incertidumbre, los asintieron con la cabeza y se relajaron. Saulo respiró hondo y permitió que Cadmio hablara con la flota para llevar a cabo la evacuación.

        Asiont y Areth se encaminaron hacia donde estaban la doctora Ritsuko, Masamaru, Astroboy, Son Gokuh y Karmatrón. Tras ellos, escucharon a Saulo hablando al cielo.

        —Oigan, ¿por qué siempre terminamos salvando a otros?

        Areth no pudo contenerse. Miró por encima del hombro y se dirigió al príncipe.

        —Tal vez ese sea tu destino —dijo, sin ocultar el placer que le proporcionaba.

Geofrente de NERV.

        Las gigantescas naves abbadonitas ascendieron y comenzaron a alejarse de la Tierra a una velocidad alucinante. En el mismo instante, todas las naves licántropas giraron sobre sus ejes para seguirlas. Todo el enjambre se fue volando a través de las nubes con rumbo al espacio. Incluso el temible Súper Executor abandonó la encarnizada batalla que libraba con los Guerreros Estelares y escapó volando para sorpresa de todos.

        Los Transformables estaban listos para iniciar la persecución, pero Karmatrón se comunicó con ellos para ponerlos al tanto de la situación. Sin perder tiempo, Titán y los demás robots zuyua se dirigieron hacia la nave Tao, a excepción de Magneto que se quedó un instante más al lado del robot de Mana. Las fuerzas lerasinas de Mariana, por su parte, recibieron ordenes de atravesar la atmósfera y vigilar los movimientos de las naves enemigas. Lo último que necesitaban era que las fuerzas de N´astarith dieran media vuelta y regresaran a atacarlos.

        —¿Te encuentras bien? —le preguntó Magneto a Mana—. Tal parece que las fuerzas de N´astarith se han retirado por el momento. Hemos tenido mucha suerte según puedo ver, pero parece que algo malo está ocurriendo. Estos fenómenos no parecen naturales.

        —Si, debo agradecerles que me ayudaran a luchar con ese monstruo —repuso Mana por el intercomunicador—. Por cierto, ¿quiénes son ustedes? ¿Acaso pertenecen a NERV o a SEELE? ¿Vienen de parte de las Naciones Unidas o de algún país?

        El pequeño Transformable negó con la cabeza.

        —No, nada de eso, nosotros somos los Guerreros Estelares y venimos de otra dimensión siguiendo las enormes naves que estaban atacando este mundo. Sé que es un poco complicado de explicar, pero esa es la verdad.

        —¿Otra dimensión? —repitió ella con incredulidad—. ¿Te refieres a un universo paralelo o algo así? Creo que no entiendo bien lo que estás diciendo, pero de todas formas les agradezco por su ayuda. ¿Adónde fueron tus amigos?

        Magneto se elevó algunos metros por el cielo y volvió la mirada por un instante hacia donde estaban las naves de la Alianza Estelar. Por mucho que el pequeño robot deseara quedarse a explicarle a Mana todo con lujo de detalles, no podía hacerlo, al menos no en ese momento. Titán lo estaba llamando insistentemente y debía acudir al llamado de su líder. Agitó su mano en el aire para despedirse.

        —Me están llamando, creo que algo grave está ocurriendo. Tengo que irme, pero sé que mis amigos te contarán todo más tarde. Será mejor que ayudes a tus compañeros por lo pronto.

        Antes de que la chica pudiera formular otra pregunta, Magneto se alejó volando hasta perderse en la inmensidad de los cielos. A lo lejos podían verse varias naves plateadas que estaban convergiendo sobre Tokio-3. Mana imaginó que quizá aquellas naves pertenecían a algún tipo de proyecto secreto que operaba bajo el auspicio de las Naciones Unidas, pero que no se había dado a conocer hasta ese momento.

        —¿Qué será lo que está pasando? —inquirió Mana y luego activó su comunicador—. ¿Musashi? ¿Estás ahí? Responde, por favor.

        —Afirmativo, Mana —se oyó la voz de Musashi desde la consola—. Estoy herido, pero aún sigo con vida. ¿Qué me dices de ti?

        Mana decidió consultar su ordenador antes de responder.

        —Mi Executor sufrió graves daños, pero aún se mantiene operativo. Estoy al veinticuatro por ciento de efectividad. La energía de reserva mantiene funcionando todos los sistemas principales, pero no sé por cuanto tiempo.

        —Tu robot me importa un pimiento —replicó Musashi—. ¿Tú estás bien?

        —Bueno, yo —Mana titubeó y respiró hondo, que sonó más bien como un sollozo—, tengo varias heridas, pero creo que estoy bien. ¿Cómo está Sephiroth?

        —Dime la verdad.

        Mana temblaba como una niña, con los guantes rojos por la sangre. Temerosa, extendió un brazo para abrir un pequeño compartimiento que contenía los suministros médicos y extrajo varias sulfamidas. Mientras se las frotaba en el brazo y el abdomen, su respiración se hizo más agitada.

        —Estoy bien, Musashi, ¿cómo está Sephiroth?

        —Sephiroth está al cuarenta y cinco por ciento de su capacidad, aunque muchos sistemas están fallando y no sé lo que pueda pasar. Las armas principales están inoperantes, pero al menos ese maldito monstruo ya se fue.

        Mana comenzó a sentirse débil por la pérdida de sangre. La vista comenzó a nublársele y los controles a su alrededor empezaron a desenfocarse. La herida del abdomen era la que más sangraba.

        —Mis instrumentos detectan leves señales de vida dentro del Eva-02, pero parece que Asuka está inconsciente ya que no responde a ninguno de mis llamados. ¿Dónde está Shinji? 

        —Está por allá me parece —señaló Musashi, alzando el brazo de Seohiroth para apuntar al Eva-01 con un dedo. El enorme Evangelion de color morado estaba tirado en el suelo sin moverse—. No sé qué demonios está ocurriendo —añadió—, pero la base en el monte Fuji explotó hace unos instantes y luego comenzó esta especie de cataclismo. La tierra ha estado temblando desde hace rato mientras que los cielos se llenaron de nubes oscuras. 

        —Si, algo grave está ocurriendo —murmuró Mana mientras analizaba las condiciones atmosféricas en su ordenador. Las lecturas mostraban un rápido incremento de dióxido de carbono en el aire—. Es como si se tratara de una especie de erupción volcánica, pero a una escala mayor… .

        De pronto, el pitido del sistema de comunicación llamó su atención. Mana apretó el botón de conexión y espero.

        —¿Mana, Musashi, están ahí?

        —¿Quién es? —preguntó la chica con desconfianza. Después de enterarse de las verdaderas intenciones del hombre que creían era el general Kymura, no podía fiarse de nadie más fuera de Musashi—. Adelante.

        —Mana, soy Masamaru, ¿te encuentras bien?

        —Sí, pero no gracias al general Kymura o… como quiera que se llame. Lo sabemos todo… y no dejaremos que nos vuelvan a engañar.

        —Quieres callarte y escucharme —Un tono de desesperación se deslizó por la voz de Masamaru cuando la tierra comenzó un nuevo terremoto—. Fui yo quien encendió el comunicador para que escucharan todo lo que ocurría dentro de NERV. No tenemos mucho tiempo para hablar de eso ahora. No sé cómo explicarlo, pero el planeta, es decir, toda la Tierra va a explotar.

        Mana tardó unos minutos en asimilar la información, y entonces sintió que le faltaba el aire. Bajó la mirada y apretó su herida una vez más a fin de contener la hemorragia. Lo que Masamaru le estaba diciendo no podía ser verdad. ¡Tenía que estar mintiendo! Pero todo parecía indicar lo contrario. Una nueva columna de roca fundida emergió del subsuelo con la fuerza suficiente para alcanzar las alturas.

        —No puede… ser —murmuró débilmente—. Esto no es real.

        La línea enmudeció durante un momento. La ruptura del campo magnético de la Tierra estaba causando una serie de interferencias en todos los sistemas de comunicación. La voz de Masamaru se esfumaba por instantes y luego volvía a escucharse, todavía enturbiada por la estática.

        —Escúchame bien… deben escapar al espacio. Sus robots están equipados para vuelos interestelares. Cuando… hayan atravesado la atmósfera se encontrarán con un grupo de… naves alienígenas. En estos momentos… no… tiempo para explicarles todo, pero… recibiendo ayuda externa.

        —Los Guerreros Estelares —musitó Mana.

        —Necesito que hagan lo que les digo. Dile a Musashi lo que te he dicho y traten de escapar de la Tierra. Si logró salir con vida les contaré toda la verdad, pero si por alguna razón no llego a sobrevivir, deben buscar a la doctora Ritsuko Akagi. Ella les dirá todo lo que quieran saber.

        —¿Qué hay de los pilotos de los Evas?

        —Tendrán que ayudarlos a escapar —contestó Masamaru en forma apresurada—. Salgan de aquí cuanto antes y… quiero pedirles perdón y desearles buena suerte.

        La transmisión se interrumpió súbitamente de golpe y el silencio engulló la voz de Masamaru. Mana permaneció inmóvil, mirando fijamente el vacío con cara de preocupación. Movía nerviosamente las manos en la consola sin poder evitarlo. Tras un breve instante, encendió el comunicador para hablar con Musashi de nuevo.

        —¿Qué rayos ocurre, Mana? —le preguntó el chico, enfadado.

        —Musashi, no vas a creer lo que voy a decirte.

        Después de presenciar la destrucción del Monte Fuji y de los continuos terremotos que sucedían uno tras otro, los hombres de la organización Apocalipsis habían tratado de comunicarse con el general Kymura, pero sin tener éxito. Nadie sabía qué estaba ocurriendo, pero algunos suponían que la misión había fallado rotundamente y que el fin del mundo estaba iniciándose. Los oficiales y técnicos de NERV capturados en batalla estaban concentrados en una improvisada zona de contención que los del grupo Apocalipsis habían establecido en las afueras de Tokio-3. Todos ellos parecían aturdidos, atónitos ante los desastres naturales que ocurrían.

        Cuando los temblores aumentaron, el pánico cundió rápidamente entre todos los terrestres. Un capitán de los soldados Apocalipsis, un hombre de mandíbula cuadrada y cabello recortado, sugirió ejecutar a todos los prisioneros de NERV en calidad de combatientes ilegales. La matanza hubiera tenido lugar de no ser por la inesperada llegada de Masamaru, que apareció a tiempo acompañado por los santos de bronce para detener aquella locura. Siendo el segundo al mando en la organización, Masamaru dio la orden para que pusieran en libertad a todos los prisioneros. Algunos soldados del grupo Apocalipsis se opusieron a tal decisión argumentando que sólo el general Kymura podía dictar ese tipo de ordenes, pero Seiya y sus compañeros se ocuparon de ellos sin mayor problema.

        De pronto, una de las Águilas Reales aterrizó en una carretera contigua a la zona de contención, la cual había sido acondicionada para que sirviera como una especie de aeropuerto. Fuyutsuki, Shigeru, Maya, Misato y Makoto no podían creer lo que sus ojos estaba viendo. La doctora Ritsuko Akagi apareció por la escotilla de la nave extraterrestre para indicarles que subieran a bordo. Si en vez de la científica hubieran visto a una alienígena de tres metros y cabeza rosada, probablemente no se habrían quedado tan desconcertados. Mientras los soldados Apocalipsis y los oficiales de NERV corrían a toda prisa por la rampa, Misato se detuvo delante de Ritsuko para hablarle.

        —Me puedes decir qué demonios es todo esto.

        —Créeme que nada me gustaría más que contártelo en este momento, pero ahora no hay tiempo. Sube a la nave y busca un lugar.

        Misato esbozó una enorme sonrisa de alegría y le dio una palmada en la espalda antes de irse. Aquel gesto tomó desprevenida a la científica que se volvió hacia Misato, quien miró por encima del hombro y le mostró un pulgar hacia arriba mientras caminaba. Antes de perderse en el mar de gente que corría por la rampa, Misato le gritó:

        —¡Es bueno saber que nada malo te pasó!

        —Lo mismo digo de ti —repuso Ritsuko con una sonrisa apagada—. ¡No pierdas tiempo!

        Una vez que todos estuvieron dentro de la nave, ésta cerró su escotilla y se elevó por los aires para dirigirse hacia el espacio. Un grupo de tres Águilas Reales llegó hasta Tokio-2 y aterrizó en medio de la ciudad, salvando un gran número de japoneses que abarrotaron las naves creyendo que se trataban de aviones enviados por las Naciones Unidas. La misma escena se repitió en Pekín, Moscú, Ciudad de México, Karachi, Tel Aviv y San Francisco, aunque desgraciadamente las naves aliadas no pudieron expandir demasiado su rango de búsqueda debido a la creciente destrucción. Cuando ya no hubo más cupo en las Águilas Reales y en la nave Tao, Karmatrón le ordenó a sus robots que se trasformaran en vehículos para seguir llevando más personas.

        Entre tanto, Armando estaba empezando a sentir como su poder se debilitaba más y más con cada minuto que pasaba. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, el príncipe meganiano dio un fuerte grito para contener una vez más la inevitable destrucción. Sin embargo, Armando se moría. Apenas podía seguir de pie. Su cabeza se meneaba sin control cuando escuchó la voz de Asiont que lo llamaba insistentemente.

        —Armando, Armando, ven con nosotros, debemos huir ahora.

        El meganiano lo miró y negó suavemente con la cabeza.

        —Mi hora ha… llegado, Celestial, será mejor… que te marches. Debo ir con mis ancestros. En compañía de… mis padres y mi hermano, no sentiré más la tristeza y el dolor que me han acosado por mucho… tiempo. Vete… antes de que sea tarde.

        —¿Qué dices? No puedes hablar en serio —Asiont abrió los ojos como platos—. Tienes que venir con nosotros ahora mismo. Las naves están llenas a toda su capacidad y han empezado a dejar este planeta.

        —No —dijo Armando secamente—. Este… es el destino que… he elegido. Por mi mundo… y por mi hermano. Escucha, Celestial, deben… ayudar a mi hermano… a soportar la carga que pesa… que pesa sobre sus hombros. ¡Prométemelo, por favor!

        Asiont lo miró fijamente a los ojos y asintió con la cabeza.

        —Lo prometo.

        Una potente explosión sacudió el suelo donde ambos estaban parados. Fue en ese instante, cuando la tierra empezó a desmoronarse, que Asiont comprendió que ya no había nada más que pudiera hacer para convencer a Armando. El Celestial se alejó por los aires usando el poder de su aura. Mientras se elevaba en dirección hacia las ruinas de Tokio-3 miró a Armando Ferrer por última vez y pensó en toda la gente que no había podido subir a las naves.

        —Buena suerte, amigo.

        Tras sobrevolar una breve distancia a una velocidad cinco veces superior a la del sonido, Asiont se introdujo en la última Águila Real que le esperaba sobre Tokio-3. Karmatrón y todos los demás ya estaban dentro de la nave. Saulo y Lis-ek estaban coordinando la evacuación con los capitanes de la flota cuando Asiont entró al puente de mando. 

        —¿En dónde está Armando? —le preguntó Seiya apenas lo vio.

        Asiont echó una mirada a Seiya que no daba lugar a dudas. Incluso en ese momento, a sabiendas de que era totalmente imposible hacer algo más, Asiont no podía dejar de pensar en todas las personas que estaban a punto de morir.

        —No vendrá.

        —¡Tenemos que volver! —exclamó el santo de Pegaso—. ¡No vamos a dejarlo!

         El Celestial respiró hondo y dijo:

        —Él se va a quedar para que todos podamos escapar, ¿lo entiendes? Ahora no hagas más difíciles las cosas y regresa a tu lugar que aún no hemos salido de ésta.

        En ese momento, Seiya perdió completamente los estribos. Tomó a Asiont por la ropa y comenzó a gritarle.

        —¡No me interesa lo que digas! Vamos a ir a salvarlo, ¿me escuchaste?

        —Aguarda, Seiya, tranquilízate —La voz de Shiryu atrajo la atención de Seiya, que soltó a Asiont lentamente—. Armando decidió sacrificar su vida por la gente de este mundo. Sé que es difícil, pero debemos aceptar su decisión.

        Seiya bajó la mirada al suelo. Estaba indignado por  lo sucedido. Tal vez no conocía mucho a ese meganiano, pero el hecho de verlo sacrificarse por los demás le había inspirado un gran respeto hacia él. Con un puño alzado, alzó la vista para contemplar a Shiryu.

        —N´astarith pagará por esto.

        En la pantalla de la nave, Cadmio observó una gráfica que simulaba la destrucción del planeta. De acuerdo con los cálculos de la computadora, las naves lograrían alejarse con tiempo antes de la explosión, pero había enormes probabilidades de que los escombros que saldrían volando por el espacio los embistieran. Tras hacer varios simulaciones y obtener siempre el mismo resultado, Cadmio soltó una maldición y le dio un puñetazo a la consola.

        —Muerto en medio de una estúpida lluvia de asteroides —murmuró para sí con frustración—. No era exactamente lo que tenía en mente.

        —¿Qué te molesta? —le dijo Saulo con sarcasmo—. Al menos habrá fuegos pirotécnicos en nuestro honor. 

         Mientras la nave ascendía, Masamaru miró por la ventana, y vio como Sephiroth y el Executor-03 surcaban los cielos llevando cada uno sobre sus espaldas a los Evas-01 y 02 mientras la ruinas de Tokio-3 se hundían en la tierra. Por unos momentos le pareció estar viendo una escena que había imaginado a las puertas del cielo: a unos se les concedía la salvación mientras que a otros se les dejaba fuera para que murieran. Se quitó esa idea de la cabeza y comenzó a culparse por todo lo que estaba pasando. Bajó su mano derecha hasta la cintura y extrajo su pistola con la intención de pegarse un tiro.

        —¿Quién diría que iba a contribuir a provocar el fin del mundo, Kaji? 

        —Ni se te ocurra hacer esa tontería.

        Masamaru se dio la media vuelta y quedó cara a cara con la doctora Ritsuko, quien le arrebató el arma con un rápido movimiento y luego la arrojó al suelo. La científica puso un pie sobre la pistola y observó a Masamaru con severidad. El hombre simplemente bajó la mirada al suelo con expresión compungida.

        —No sé por qué te molestas en evitar la muerte de un… .

        —¿Un gusano? —dijo ella, terminando la frase por Masamaru—. Sí, tal vez debería dejarte que acabarás con tu vida aquí mismo, pero no me malentiendas. Necesito que nos digas todo lo que sepas sobre ese sujeto llamado Fobos —hizo una pausa, recogió el arma y luego se la puso en las manos—. Cuando nos digas eso, no te detendré sí es que quieres volarte los malditos sesos… o tal vez yo misma te maté.

        Se produjo un estridente zumbido cuando la nave por fin salió al espacio. Las naves lerasinas esperaron hasta que la última Águila Real atravesara la atmósfera antes de dejar la órbita de la Tierra. Mariana dio la orden de retirada y puso el caza estelar al límite de su resistencia. Las estrellas dejaron de ser puntos luminosos y se convirtieron en hilos de luz mientras las naves ganaban velocidad.

        Con la vista puesta en las alturas, Armando dejó escapar una sonrisa de satisfacción cuando divisó como la última nave de la Alianza Estelar salía disparada hacia el horizonte, atravesaban las nubes para abandonar el planeta. 

        —Mi familia siempre luchó todos estos ciclos estelares para reguardar el legado del Káiser y yo siempre me burle de eso —murmuró Armando—. Nunca comprendí las intenciones de mi padre hasta este momento. No quisiera tener que sacrificar mi vida, pero N´astarith debe ser detenido.

        Cuando Armando contempló los ríos de lava y fuego que corrían frente a sus ojos y escuchó los terribles relámpagos que resonaban en los cielos poblados de turbulentas nubes, supo que su hora al fin había llegado. Cuando la Tierra explotara, él moriría junto con ella. Sólo le restaba una última cosa por hacer; se sumió en las profundidades de su ser, estableciendo contacto mental con Jesús Ferrer.

        —Hermano, he decidido quedarme y compartir el destino de este mundo agonizante. Antes de morir, sin embargo, quiero contarte la verdad sobre nuestros orígenes y revelarte la verdad que he mantenido en secreto por ciclos estelares. Sé que sabrás perdonar a nuestro padre por no decírtelo nunca.

        En su habitación de la astronave Churubusco, Jesús percibió, tan claramente como si hubiera sido en voz alta, el mensaje telepático de su hermano. En ese momento, Jesús cerró los ojos para concentrarse y tuvo una experiencia incorpórea. Se vio a sí mismo delante de su hermano, quien lo miraba con una expresión de afecto.

        —Armando, ¿qué es lo que sucede, hermano? ¿En dónde te encuentras?

        —Escúchame bien, mi padre me contó que le habían profetizado que el guerrero legendario, es decir, el Káiser, nacería dentro de nuestra familia, pero ocurrió algo que nadie esperaba y que originó la guerra civil de Megazoar. En vez de tener un hijo, nacimos tres y por esta razón las almas que formaban el espíritu del guerrero legendario quedaron separadas en cada uno de nosotros. Fue por eso que cuando David falleció nuestros poderes se incrementaron, ya que el alma que llevaba en su cuerpo se liberó y se unió con las nuestras. Eso significa que si yo muero, entonces todo será como debió ser y finalmente tú te convertirás en el guerrero legendario que destruirá al mal.

        Jesús inclinó la cabeza y las lágrimas afloraban de sus ojos.

        —Armando… no, por favor.

        —Te has vuelto muy fuerte, hermano —La imagen de Armando frunció una tenue sonrisa y le puso una manos en el hombro—. Tengo que confesar que cuando te conocí pensaba que nuestro padre me haría a un lado por preferirte a ti como su sucesor. Llegué a detestarte, y alguna vez hasta deseé que jamás te hubiéramos encontrado, pero ahora comprendo lo errado que estaba. Perdóname, por favor.

        Una nueva sucesión de violentos estallidos envolvió a Armando, que desapareció bajo el manto de fuego y destrucción que lo rodeaba mientras exhalaba un último grito de agonía. Las explosiones se extendieron por todos los continentes y océanos de la Tierra. El planeta azul se desgarró por completo desde su interior y reventó en millones de pedazos. La explosión fue tan poderosa que iluminó todo a millones de kilómetros a la redonda, formando largos arcos en el espacio. Grandes fragmentos de roca salieron despedidos por todas direcciones a una velocidad alucinante. De no ser por el sacrificio de Armando, que detuvo la explosión más allá de todos los pronósticos más optimistas, la mayoría de las naves aliadas habrían sido alcanzadas por el potente estallido que acababa de destruir la Tierra.

        La onda expansiva de destrucción continuó su camino arrojando miles de enormes asteroides que surcaron el espacio como cometas ardientes. Muchos de estos terminaron su carrera impactándose en la luna, la cual quedó reducida a un montón de rocas y polvo que se esparcieron por el infinito hasta perderse para siempre. 

Continuará… .

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