Leyenda 107

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CVII

TERRIBLE REVELACIÓN

         Reino de Zefilia

         Eneri se arrojó ferozmente contra David Ferrer a pesar de que éste amenazaba con arrojarle una bola de energía. La Khan del Cancerbero hizo girar su cadena negra en el aire y lanzó un grito de furia al tiempo que avanzaba por el aire. El meganiano atacó sin contemplaciones y con la firma intención de lastimar. La proyectil de luz se dirigió velozmente contra la guerrera de Abbadón y le explotó violentamente sobre la hombrera izquierda de su armadura, pero Eneri continuó volando como si nada.

         El príncipe meganiano se inclinó hacia atrás para tomar impulso. Cerró su puño izquierdo para invocar el poder del Dragón Volador, pero no tuvo tiempo para ejecutar su técnica. Eneri lanzó sus cadenas negras a la velocidad de la luz.

         —¡¡Chain Shadow´s Hunter!! (¡¡Cadena Cazadora de la Sombra!!)

         Esta vez las cadenas lo hirieron en el pecho, las piernas y los brazos. Con cada golpe que David recibía, las fuerzas lo iban abandonado poco a poco. La sangre comenzó a fluir por sus heridas en grandes cantidades. Se sentía que iba a desfallecer, pero sus deseos de lucha le dieron la fuerza necesaria para resistir.

         —¿Esto es todo lo que tienes, miserable? —le gritó a la Khan—. ¡Aún estoy vivo!

         —No por mucho tiempo, basura —replicó Eneri antes de mandar una ráfaga de golpes a la velocidad de la luz que terminó por destruir lo que aún quedaba de la armadura de David. El príncipe meganiano salió despedido hacia los suelos, pero logró detenerse en el aire haciendo un gran esfuerzo y se elevó nuevamente mientras se sujetaba el brazo izquierdo.

         —No… será tan fácil como… crees.

         —Que sujeto tan estúpido eres —le espetó la Khan con desprecio—. Podrías haber esperado la muerte tranquilamente, pero prefieres sufrir y sufrir. De verdad no entiendo esa actitud sin sentido. ¿Por qué te interesa tanto jugar al héroe?

         —No pretendo que me entiendan —murmuró David. En sus ojos podía verse un brillo de determinación que se negaba a extinguirse—. Gracias a mi ayuda, N´astarith logró apoderarse de una de las gemas sagradas, así que es mi deber impedir que se quede con la que se encuentra en este planeta.

         Los guerreros de Abbadón comenzaron a reír a carcajadas. David imaginó que probablemente trataban de intimidarlo con sus burlas, pero no se amedrentó y continuó mirándolos fijamente.

         —¿Piensas que por arrebatarnos una o dos gemas podrán evitar que el gran N´astarith lleve a cabo todos sus planes? —le preguntó Allus de Caribdis a manera de burla—. David, me doy cuenta de que ignoras muchas cosas sobre el gran N´astarith. Él ya tenía previsto que no lograría tener reunir todas las gemas sagradas.

         —¿Qué es lo que estás diciendo? Eso es mentira.

         —¿Crees que no tenemos espías dentro de la Alianza Estelar? —murmuró Eneri en forma sarcástica—. Antes de que mueras te diré algo para que lo lleves contigo al infierno, traidor. Nosotros sabemos que la flota de la Alianza Estelar se encuentra estacionada en el sistema Adur y vamos a destruirla junto con todos sus líderes. Será un ejemplo para todos aquellos que traten de desafiarnos.

         David se quedó helado tras escuchar las declaraciones de la guerrera del Cancerbero. Ahora entendía el porqué N´astarith jamás había reaccionado con violencia ante la pérdida de la gema sagrada ubicada en el Santuario de los Santos o la que se encontraba en el mundo de las Sailor Senshi. Todo había sido fríamente calculado por el oscuro señor de Abbadón.

         —Son unos malditos, pero no se saldrán con la suya… .

         —También estamos enterados sobre el pequeño secreto que existe sobre ti y tus hermanos —le interrumpió Allus, provocando que el asombro de David fuera aún mayor—. N´astarith sabe todo sobre el guerrero legendario, pero lo malo será que no vas a poder decirle nada de esto a nadie porque morirás aquí mismo, escoria. Pero no te preocupes por tu pueblo ya que tenemos pensado exterminar a cada meganiano de la misma forma que hicimos con los Caballeros Celestiales.

         —Ese es el precio que pagarán por traicionar la voluntad de N´astarih —sentenció Eneri con un brillo de maldad en sus ojos—. Muy pronto tu maldita raza desaparecerá de la faz del universo junto con la Alianza Estelar y entonces nosotros controlaremos la existencia entera.

         En ese instante, una terrible sensación de desamparo invadió a David. Tenía que advertirles a los otros que se encontraban en un grave peligro, que N´astarith sabía el lugar exacto donde se escondía la Alianza Estelar y que iba a atacarlos en cualquier momento, pero desgraciadamente en ese momento no podía hacerlo. Trató de enviar un mensaje telepático a Uller, pero los Khans bloquearon sus intentos.

         —¿Querías avisarles a tus amigos, eh? —Eneri sonrió mientras hacia girar su cadena en el aire—. Lo siento, pero arruinarías la sorpresa y eso es algo que no podemos permitir, traidor. Es una lástima que nunca hubieras entendido cómo fue que N´astarith manipuló a toda tu familia para evitar el nacimiento del Káiser.

         —¡¡Malditos!!

         David reunió todo el poder que le quedaba aún a sabiendas de que eso aceleraría su propia muerte. Sí iba a morir, al menos debía llevarse consigo a uno de esos bastardos. Se arrojó contra Allus con la intención de darle un puñetazo en la cara, pero fue inútil. El Khan de Caribdis atrapó fácilmente el puño de David usando una sola mano y después soltó una risilla maligna.

         —Estás muy débil para luchar.

         Entonces, de repente, Eneri usó su cadena para golpear el rostro del príncipe, que lo hizo caer hacia atrás en una lluvia de sangre. Cuando el meganiano se desplomó hacia la tierra, la Khan manipuló sus cadenas negras para que éstas le atravesaran el pecho hasta salir por su espalda.

         El meganiano sintió un espasmo. Mientras su vista se oscurecía y la vida se le escapaba, David hizo una profunda inspiración que más bien parecía un sollozo. Allus contempló sonriente como el príncipe meganiano caía y se preparó para disparar una ráfaga de energía con la intención de rematarle. Pero no fue necesario hacerlo. El cuerpo de David Ferrer fue iluminándose paulatinamente y al final se convirtió en un montón de diminutos destellos que se esparcieron por el aire.

         Eneri observó como los pequeños brillos empezaban a desaparecer y después levantó la vista para mirar a Allus. El Khan de Caribdis dejó escapar una risa malévola y después volvió el rostro hacia donde se encontraban Uller y los demás al tiempo que activaba su escáner visual.

         —El gran N´astarith se sentirá muy complacido cuando sepa que logramos acabar con uno de los príncipes meganianos —murmuró el guerrero imperial mientras una serie de símbolos aparecían en el visor carmesí del escáner—. Ahora tenemos que ir por la gema sagrada y matar a las demás basuras.

         —El cuerpo de David desapareció sin dejar rastro —observó Eneri mientras los últimos destellos de luz se perdían en el aire—. Su esencia se transformó en energía como nos dijo el gran N´astarith. Ahora sólo debemos acabar con Armando y con Jesús.

         Allus asintió con una sonrisa.

         —Esos dos morirán a su debido tiempo y entonces la amenaza del guerrero legendario terminará de una vez por todas —hizo una pausa y esperó hasta que el escáner emitiera un ligero pitido—. Ah. Que Bien, parece que estamos de suerte. Podremos acabar con uno de esos molestos Guerreros Kundalini y también con uno de los Santos del Santuario.

         —¿Qué esperamos entonces? —dijo Eneri, desplegando el poder de su aura.

         Los guerreros de Abbadón salieron disparados a toda velocidad dejando tras de sí una larga estela de luz. En su apresurada carrera por apoderarse de la gema sagrada ninguno de los dos advirtió una minúscula partícula de luz que aún fluctuaba en el aire y se elevaba por los cielos.

         Gracias a su habilidad para percibir el aura, Uller, Hyoga, Ten-Shin-Han, Yamcha, Firia y Shaina habían estado siguiendo todos los movimientos del príncipe meganiano. Pero en el instante en que el aura de David se extinguió súbitamente, todos supieron que éste había sido derrotado por el enemigo.

         —El cosmos de David desapareció por completo —murmuró Hyoga—. Eso… .

         —¡Miren en el cielo! —prorrumpió Shirufiru con un grito.

         Cuando Uller levantó la vista logró advertir dos destellos que se aproximaban a una velocidad impresionante. Sabía que se trataba de los enemigos que David había tratado de detener, pero ignoraba sí se trataba de meganianos o Khans. Cerró los ojos y trató de percibir una energía hostil, pero no pudo sentir nada por más que lo intentó. El hombre de hielo se estremeció; sabía por experiencia propia que los únicos guerreros capaces de desaparecer su presencia, aún cuando usaban sus poderes, eran los Khans. Uller se dio la media vuelta y exclamó:

         —¡Rápido! ¡Sujétense de mí! ¡Usaré la teletransportación para escapar!

         —¿Teletransportación? —murmuró Ameria—. ¿Qué es eso que está en el cielo?

         —¿Qué hay de Asiont? —preguntó Yamcha—. Aún está convertido en piedra.

         El Kundalini giró el rostro hacia el Guerrero Zeta y extendió un brazo.

         —Lo llevaremos con nosotros, pero ahora debemos huir cuanto antes.

         —¿Huir de quién? ¿De qué están hablando? —preguntó Zerugadisu sin dejar de contemplar el enorme Devastador Estelar que seguía avanzando—. No sé bien lo que es esa cosa que vuela por los cielos, pero no pienso que debamos huir. Tenemos que quedarnos y hacerle frente.

         Uller le tomó por el hombro para llamar su atención. Por un breve instante, los dos se miraron de hito en hito sin pronunciar palabra alguna. Zerugadisu estaba agradecido con Uller y los demás por la ayuda que les habían brindado durante la pelea con Litón, pero eso no quería decir que confiara ciegamente en los forasteros. Aún conservaba algunas reservas sobre ellos.

         —Por favor, hazme caso —insistió el hombre de hielo—. Esos destellos que ves son dos guerreros que se aproximan. Ellos no son como Litón o Bórax, sino adversarios más peligrosos de lo que… .

         Pero no pudo terminar la frase. Los guerreros de Abbadón aparecieron sobre sus cabezas en un santiamén y luego descendieron rápidamente frente a ellos. Sin saber cómo reaccionar, Rina y sus amigos permanecieron a la expectativa mientras que Uller cerró los puños con desesperación. Hyoga, por su parte, levantó las manos y se colocó en guardia, lo mismo que Ten-Shin-Han, Yamcha y Shaina.

         —Ahora si ya nos amolamos —musitó Eclipse al ver a los Khans.

         Con una sonrisa en los labios, Eneri escudriñó a cada uno de los rostros de presentes con la mirada. Gracias a la experiencia que sus compañeros le habían transmitido telépaticamente, había podido reconocer a la mayoría de los guerreros con solo verlos un instante.

         —Pero miren que montón de patéticos perdedores.

         —¿Quién eres tú? —le preguntó Hyoga con insolencia.

         —Soy Eneri de Cancerbero y supongo que tú eres el Cisne Hyoga, ¿no es así?

         Hyoga frunció el entrecejo con desconfianza. Aunque ya había enfrentado con otros guerreros de Abbadón en el Santuario, le resultaba extraño que aquellos dos lo hubieran podido identificar tan rápido.

         —¿Cómo es que conocen mi nombre?

         —Es muy simple, Hyoga —intervino Allus—. Tú eres uno de los Santos que luchó contra nuestros compañeros en el Santuario de Atena. Ellos nos contaron todo sobre ustedes —Llevó la mirada hacia Eclipse—, y de cómo les arrebataron el ópalo sagrado de Lamed.

         —Ejem —Eclipse tragó saliva con dificultad—. Aún podemos negociar, amigos. La verdad es que estoy con los de la Alianza Estelar porque me deben algunos créditos, pero no es nada personal. Es más, ni siquiera comulgo con sus ideas ni sé cómo se llama este sujeto que parece paleta de hielo.

         —Cierra la boca —le ordenó Uller al espía—. No tenía pensando confrontar a estos sujetos, pero ahora tendremos que hacerlo. Antes que nada, ¿qué fue lo que hicieron con David?

         —Ah, eso. Simplemente acabamos con él —repuso Eneri como si hablara de un asunto sin importancia—. Es el precio que todos los traidores recibirán. Él y los meganianos cometieron el terrible error de ponerse en nuestra contra. Quien quiera que se ponga en nuestro camino morirá.

         Allus dio un paso al frente y dirigió su vista hacia Rina Inbaasu y Shirufiru. Una sonrisa macabra iluminó el rostro del Khan de Caribdis cuando advirtió que se trataba de los mismos hechiceros a los que había hecho referencia Bórax. El escáner visual le indicó que Rina era quien llevaba consigo la gema sagrada.

         —¿Conque ustedes fueron los que ayudaron a los de la Alianza a derrotar a Bórax y a sus gnomulones? Bueno, eso no tiene importancia ya que los gnomulones inorgánicos no tienen mucho poder —Los ojos de Allus buscaron con interés la mirada de Rina—. Les advierto que nuestras armaduras pueden repeler los hechizos mágicos, así que sus poderes no les servirán de nada. Soy Allus de Caribdis y quiero que me entreguen la gema sagrada ahora mismo.

         Rina cerró los puños y miró al Khan en forma desafiante. Ahora sabía que había cometido un error al no confiar en las palabras de Uller. No sabía lo que aquellos guerreros eran capaces de hacer, pero a juzgar por las advertencias de ese hombre llamado Allus, todo parecía indicar que la magia no podría salvarlos en esa ocasión.

         —Sigue fanfarroneando mientras puedas, bocón —le respondió a Allus—. Litón dijo lo mismo y ahora está muerto. Tal vez tu armadura te proteja de la magia, pero no soy una hechicera común y corriente.

         Eso fue más que suficiente para que Eneri se decidiera a atacar. La cadena surcó los aires a una velocidad alucinante e hirió a Rina en el hombro derecho, arrojándola a los pies de Shirufiru. Al ver eso, Uller arremetió contra la Khan con una descarga gélida, pero la guerrera imperial sólo ladeó la cabeza ligeramente para evadir el ataque.

         —Tus descargas de hielo son muy lentas para nosotros —murmuró Allus con una expresión de desdén—. Nosotros los Khans podemos movernos a la velocidad de la luz. Si quieres golpearnos con esos ataques tan débiles primero deberás hacer más fuerte tu aura, pero eso deber ser imposible para alguien tan patético.

         —¡Maldición! —exclamó Gaury al tiempo que se lanzaba al ataque seguido por Zerugadisu y Yamcha—. ¡¡Acabaremos con ustedes!!

         Allus dirigió su mirada hacia sus adversarios y levantó un brazo. Un destello de luz púrpura envolvió a Yamcha y los Slayers, quienes fueron vapuleados violentamente por miles de rayos de luz antes de ser arrojados al suelo como si fueran un montón de muñecos de trapo.

         Hyoga advirtió que el Khan de Caribdis estaba mandando golpes a la velocidad de la luz, de manera que decidió intervenir. Se abalanzó sobre Allus y lo atacó usando una ráfaga de aire congelado.

         —¡¡Diamond Dust!! (¡¡Polvo de Diamante!!)

         El guerrero imperial reaccionó con rapidez. El ataque de Hyoga venía a la velocidad de la luz, de tal forma que optó por contraatacar usando su técnica Great Whirl End. Allus abrió la boca y dejó escapar una potente descarga de energía que contuvo en su totalidad el poderoso aire frío lanzado por el Santo del Cisne.

         —No puede ser —musitó Hyoga, incrédulo—. Detuvo mi aire congelado con su ataque. Es muy poderoso.

         Allus rió en un murmullo apenas audible.

         —Escucha, Hyoga, sabemos que ustedes los Santos de Atena han logrado despertar su séptimo sentido, pero eso no es suficiente para enfrentar a los guerreros de Abbadón sin mencionar que tu armadura… .

         —¡Hablas mucho, Allus! —le interrumpió Eneri bruscamente, interponiéndose entre su compañero y Hyoga—. Estamos aquí para liquidarlos, no para darles cátedra sobre cómo incrementar sus poderes —Extendió la mano derecha en dirección al Santo del Cisne y atacó con sus cadenas oscuras—. ¡¡Chain Shadow`s Hunter!! (¡¡Cadena Cazadora de la Sombra!!)

         —¡¡Cuidado!! —advirtió Ten-Shin-Han con un grito, pero fue demasiado tarde.

         Atacando con la velocidad de la luz, las cadenas impactaron el cuerpo de Hyoga varias veces antes de poder derribarlo. Eneri soltó una risita malévola mientras las cadenas negras retrocedían hacia su mano. La armadura de Hyoga había quedado dañada por los impactos, pero aún parecía resistir.

         —¡Hyoga! —exclamó Shirufiru.

         —Si no hubiera estado usando mi armadura probablemente hubiera muerto con ese ataque —murmuró Hyoga en voz baja—. Es verdad, aunque mi cosmos sea tan poderoso como el de los Santos Dorados, debo incrementar mi cosmos si deseo derrotarlos.

         —¿Incrementar tu cosmos dices? —murmuró Allus en tono burlón—. Ni siquiera así podrás detenernos, Hyoga. Quizás lograron vencer a Litón, pero no será lo mismo con nosotros que somos invencibles. Es mejor que lo entiendan de una vez.

         El Khan de Caribdis se dispuso a matar a Hyoga y a los otros, pero antes de que pudiera hacer un movimiento, Zerosu le salió al paso para sorpresa de Rina y los demás Slayers. Allus arqueó una ceja al ver la expresión tan serena de Zerosu, que no parecía intimidado ante el asombroso poder mostrado por los Khans.

         —Lo lamento, pero me temo que no podrán hacerlo —dijo Zerosu.

         Los guerreros de Abbadón se miraron entre sí por un instante.

         —¿Quién demonios te crees que eres, imbécil? —le preguntó Eneri en forma amenazante—. ¿Acaso quieres ser el primero en morir? Bien, te mataremos antes que al inútil del Cisne.

         —Todo lo contrario, mi joven amiga —repuso Zerosu con voz suave—. Lamento contradecirlos, pero ustedes no van a matar a nadie más porque nosotros nos retiramos en este momento.

         “¿De qué está hablando?”, pensó Hyoga mientras observaba minuciosamente el rostro de Zerosu. “Siento un cosmos muy poderoso en él, pero pareciera que ese no es todo su poder”.

         —¿Qué fue lo que dijiste? No me hagas reír que tengo partidos los labios —Eneri estiró la cadena oscura entre sus manos y dio un paso al frente—. ¿Qué te hace estar tan seguro de que los dejaremos ir?

         —Es que eso es un secreto —respondió Zerosu con una sonrisa, causando que Firia, Rina y Shirufiru se estremecieran de pies a cabeza. Estaban enfrentando una situación de vida y muerte y Zerosu salía con esas tonterías de los secretos. De repente el hechicero levantó su báculo en lo alto para formar el Barisu Wooru.

         —Eres un tonto —se mofó Allus mientras contemplaba como la barrera envolvía a sus enemigos—. Esa barrera mágica no te protegerá de nuestros ataques. Es demasiada débil para resistir nuestro poder.

         —No fue por ustedes que puse esta barrera —repuso Zerosu sin perder la compostura—. Les diría la razón pero es que eso… también es un secreto.

         Como si fuera una fiera, Eneri frunció los labios dejando entrever sus dientes y sus ojos se tornaron rojos. Al ver el rostro enfurecido de la guerrera de Abbadón, Eclipse se hincó en el suelo y juntó ambas manos para comenzar a rezar. Un halo de luz púrpura emergió del cuerpo de Eneri, que empezó a avanzar hacia la barrera decidida a liquidar a Zerosu.

         —¿Te crees muy gracioso, gusano? Ahora verás lo que pienso de tus secretos.

         Como respuesta, Zerosu dejó escapar una sonrisa y después levantó el dedo índice para señalar hacia arriba. Desconcertados, los Khans levantaron la mirada y entonces sus rostros adoptaron una expresión de sorpresa. Una fracción de segundo después, una descarga láser de alta potencia y una andanada de mísiles fotónicos hicieron blanco sobre los guerreros imperiales, que desaparecieron en medio de una estruendosa explosión que levantó toneladas de rocas.

         Rina se agachó con sorpresa y luego contempló a Zerosu. La barrera mágica de éste los había protegido de la explosión y de los escombros, pero eso no explicaba de donde habían venido aquellos rayos. ¿Qué clase de encantamiento había sido ese? ¿Cómo era posible que ese ataque hubiera salido de la nada en ese preciso momento?

         Algo más lo había atacado a los guerreros de Abbadón. Chorros de llamas brotaban del sitio donde estaban los Khans. Hyoga, que estaba igual de sorprendido que Rina y los otros, escuchó un ruido sobre su cabeza y alzó los ojos al cielo. Se trataba del Águila Real 89 que había llegado justo a tiempo para rescatarlos. Al ver la imponente figura de la nave aliada flotando sobre ellos, a Uller y a los otros guerreros los invadió la alegría. Zerosu, por su parte, bajó su báculo, haciendo desaparecer el Barisu Wooru y entonces se volvió hacia los demás.

         —¿Qué es eso? —murmuró Zerugadisu.

         —¡Es nuestra oportunidad! —exclamó Ten-Shin-Han.

         Uller asintió con la cabeza para manifestar su conformidad. Aunque las armas del Águila Real 89 eran potentes, sabía perfectamente que los guerreros de Abbadón aún estaban vivos y que una vez repuestos de la sorpresa, saldrían de entre los escombros para matarlos a todos. El hombre de hielo se giró hacia Hyoga y los demás.

         —¡Rápido, sujétense entre sí!

         Actuando con la celeridad de un rayo, todos se tomaron de las manos al tiempo que Allus y Eneri usaban sus poderes para hacer saltar por los aires las pesadas rocas que los cubrían. Los Khans se veían furiosos y seguramente no estaban dispuestos a permitir que volvieran a sorprenderlos.

         —¡¡Malditos!! ¡¡Se van a arrepentir de haber nacido!! —vociferó la guerrera del Cancerbero con los ojos inyectados de furia asesina—. ¡¡Van a morir!!

         Eneri extendió los brazos con las palmas vueltas hacia delante y disparó dos poderosas descargas. Los rayos se dirigieron hacia los guerreros, pero antes de que pudieran alcanzarlos, todos desaparecieron en el acto. Eneri frunció el entrecejo y enseguida levantó la cabeza para ver como el Águila Real 89 daba un giro de ciento ochenta grados e inmediatamente después salía disparada hacia el cielo.

         —¡¡Se teletransportaron a la nave!! —señaló Allus con los puños crispados de rabia—. ¡Malditos! ¿Cómo fue que nos sorprendieron? ¡Toda la culpa la tiene ese imbécil de los secretos!

         —¡¡No dejaré que se escapen!! —vociferó Eneri al tiempo que desplegaba todo el poder de su aura. Con los cabellos alzándose sobre su cabeza, la Khan del Cancerbero dio un salto y se lanzó por los aires para perseguir a la nave aliada.

         Apenas entraron en el puente de mando, Uller, Hyoga y Shaina fueron al encuentro de Aioria, Ranma y Areth, que ya los esperaban. El Santo de Leo, que llevaba su casco en la mano derecha, esbozó una sonrisa de alivio cuando vio a sus amigos cruzar la puerta de entrada. Incluso Areth y Ranma se veían bastante alegres de ver a sus amigos de nuevo.

         —¿Cómo supieron que estábamos en aprietos? —les preguntó Uller.

         —No olvidemos que Aioria y yo podemos sentir el aura —explicó Areth con una sonrisa—. Hace instantes percibimos que estaban luchando, pero cuando sentimos que el aura del príncipe David desapareció creímos que algo malo estaba pasando.

         —Así es, amigos —asintió el santo de Leo—. Luego vimos ese Devastador Estelar y a los guerreros que salían de su interior. No sabíamos si estaban heridos y por eso no quisimos arriesgarnos a quedarnos a luchar.

         —Hicieron lo correcto, Aioria —Hyoga echó una mirada hacia los pilotos y oficiales que controlaban la nave—. No imaginábamos que ustedes vendrían a salvarnos, pero que bueno que lo hicieron.

         —Lo que aún no entiendo es cómo los Khans no se dieron cuenta hasta que fue tarde —murmuró Shaina—. Según tengo entendido, ellos pueden detectar la presencia de cualquier guerrero gracias al escáner visual que llevan.

         —No es algo complicado en realidad —le dijo Aioria—. Areth y yo desaparecimos nuestro cosmos y los sistemas de la nave se encargaron de interferir sus detectores.

         —¿Qué sucedió con Asiont? —inquirió Areth.

         —Lamentablemente lo convirtieron en piedra —repuso Uller causando que la chica se pusiera pálida y Aioria abriera los ojos de para en par. El hombre de hielo le puso una mano en el hombro a Areth y le sonrió para tranquilizarla—. Pero no te preocupes, aún puede volver a la normalidad con nuestra ayuda.

         —¿De verdad? ¿En dónde está ahora?

         —¿Dices que lo convirtieron en piedra? —murmuró Aioria, contrariado—. No lo creo, ¿quién fue capaz de hacer algo semejante?

         —Fue una criatura de nombre Bórax —explicó Hyoga—. Parece que proviene del mismo universo que Uller o al menos eso fue lo que entendí. No era muy poderoso, pero puede convertir a sus enemigos con sus ataques.

         El Kundalini asintió y se acarició la cabeza.

         —Sí, Bórax es uno de nuestros enemigos, pero no esperaba que se estuviera ayudando a N´astarith. Esto significa que Asura y su Alianza del Mal se han aliado con el imperio de Abbadón. Me temo que nuestros problemas se han incrementado.

         —¿Qué rayos es la Alianza del Mal? —preguntó Areth—. Creo que escuché algo de eso cuando estuve en Agarthi junto con Saulo. Acabábamos de luchar contra los guerreros de Abbadón y estábamos en la ciudad de Lemuria cuando Zacek nos dijo algo al respecto.

         Uller iba a explicarles todo cuando la nave se sacudió por lo que parecía ser una explosión en el exterior. Aioria se acercó a un ventanal y vio como una solitaria figura envuelta en un halo de luz púrpura los perseguía. Las manos enguantadas de los pilotos se tensaron sobre los mandos de dirección en un desesperado esfuerzo por recuperar el control de la nave.

         —¡Tratan de derribarnos! —le gritó uno de los pilotos a Uller—. Nuestros escudos no podrán soportar semejante castigo por mucho tiempo. ¡Debemos hacer algo o nos matarán!

         —No hay opción, inicia el salto trans-warp ahora mismo —ordenó Uller.

         —¡¿Qué cosa dijo?! —exclamó el piloto—. ¡No se hacen saltos trans-warp en la atmósfera de un planeta! Primero debemos salir al espacio antes de que… .

         Una serie de explosiones zarandeó al Águila Real 89 y las luces de un panel de control parpadearon. Una alarma comenzó a sonar, estridente y furiosa. El transporte se estremeció de nuevo. Una descarga de Eneri les dio de lleno, arrancando un chorro de chispas y humo a una de las planchas del casco.

         —Entonces prepárense para realizar el primer salto trans-warp en la atmósfera de un planeta —sentenció Uller con frialdad—. Los escudos han caído.

         El piloto asintió. Sabía que si la situación continuaba como hasta ese momento, la Khan que los seguía no tardaría mucho en derribarlos. Empujó la palanca que controlaba la potencia y la nave aumentó de velocidad. Un agujero apareció en medio de los cielos de Zefilia y comenzó a succionar las nubes en un violento remolino. El fenómeno sorprendió a Eneri, que detuvo su carrera de golpe cuando vio como la nave aliada se introducía dentro del remolino. Una llama de frustración ardió en sus ojos amarillos.

         Tokio-3, Japón
         Central Dogma

         La enorme metrópoli se había convertido en una ciudad fantasma. En una noche de luna llena era uno de los sitios más silenciosos del planeta. Central Dogma era el único lugar donde aún quedaba gente. Construido bajo la ciudad era una fortaleza subterránea inexpugnable, un GeoFront de alta tecnología donde la organización Nerv mantenía sus cuarteles generales. Las paredes del búnker habían sido diseñadas para soportar explosiones nucleares cercanas. Además, estaba profundamente enterrado bajo veintidós planchas de hormigón ultra reforzado, por lo que ofrecía mayor protección.

         Había sido ideada como una fortaleza desde donde la humanidad empezaría la reconstrucción una vez eliminada la amenaza de los Shitos. Pero ahora que estos seres habían sido derrotados y una aparente paz reinaba sobre la Tierra, nadie tenía la menor idea de lo que iba a suceder con aquellas instalaciones.

         Había algo que preocupaba a algunos. Pese a que ya no existía una amenaza real, los dirigentes de NERV habían dado ordenes para que nadie entrara o saliera de las instalaciones. Incluso se había declarado la alerta máxima y todo el personal debía mantenerse en sus puestos hasta nueva orden.

         Toda la magia tecnológica de Central Dogma funcionaba gracias un ordenador central denominado MAGI, que controlaba todo el sistema, lo que implicaba que tipos como el teniente Shigeru Aoba y sus compañeros tenían muy poco que hacer en aquella noche tan serena. Shigeru dio un sorbo de café mientras su compañera Maya Ibuki hablaba.

         —Aún hay una prohibición total de entrar y salir de las instalaciones del cuartel general —Maya volvió la mirada hacia el teniente Makoto Hyuga como si éste pudiera aclararle todas sus dudas—. ¿Qué será lo que está ocurriendo?

         —Aún estamos en alerta máxima, pero ignoró la razón —repuso Makoto.

         —¿Por qué? —insistió Maya—. ¿Por el último shito? Ese chico… .

         —Se supone que todas esas criaturas han sido eliminadas —murmuró Shigeru.

         —Así que ahora mismo hay paz, ¿no? —dijo Makoto, aunque no sonaba  muy convencido de sus propias palabras—. Deberíamos sentirnos contentos de eso, pero pareciera que aún estuviéramos en espera de otro ataque, ¿no les parece?

         —Eso pareciera, pero ¿alguien sabe qué le ocurrirá a este lugar? —inquirió Maya luego de beber un poco de su taza—. ¿Que les pasará a los Evas? Encima ahora que nuestra superior no está aquí.

         Shigeru se encogió de hombros.

         —Creo que la organización NERV será desmantelada. En cuanto a nosotros, no tengo la menor idea.

         —Supongo que nos reasignarán a otros proyectos —estaba diciendo Makoto cuando se escuchó una alarma que venía del tablero de control principal. Los ordenadores que clasificaban las miles de frecuencias de todo el mundo, habían captado algo anormal.

         —¿Qué rayos sucede ahora? —preguntó Shigeru sin dirigirse nadie en concreto.

         —Estoy captando una señal extraña —explicó Makoto luego de echar un vistazo a los controles—. Trataré de averiguar si proviene de algún satélite espía o sólo es un piloto pidiendo ayuda.

         —¿Crees que se trate de otro shito? —aventuró Shigeru algo temeroso con la idea.

         Maya ocupó su lugar y tecleó algunos números con decisión y asumió el control de una de las enormes antes receptoras ubicada en las montañas aledañas a Tokio-3. Al leer los datos de entrada, la antena giró hacia la posición exacta en la que estaba el inicio de la perturbación.

         Entonces oyeron una progresión total con toda claridad. El sonido resonante oscilaba arriba y abajo en el interior de una ventana de frecuencia. Sonaba casi como un instrumento musical, algo parecido a una mezcla entre un flautín y una sirena, y remotamente como un órgano de iglesia desafinado. Era un sonido totalmente nuevo para ellos y enseguida comprendieron que se trataba de una señal.

         —Sea lo que sea parece que proviene del espacio —apuntó Makoto luego de consultar un monitor—. No entiendo que ocurre, pero la computadora no puede interpretarla.

         —¿Qué fue lo que dijiste? —inquirió Shigeru, extrañado—. Maya, trata de ubicar la fuente de la señal mientras me comunicó con alguien más. Makoto, llama a los del ejército y diles que… .

         —Esperen un segundo, algo no anda bien —dijo Maya, sorprendida y un tanto asustada—. Según esto, la fuente de la señal se ubica a una distancia de sólo trescientos setenta y cinco mil kilómetros —hizo una pausa y agregó—: Está llegando de la luna.

         Shigeru dirigió su mirada hacia una pantalla que mostraba una magnifica imagen de la ciudad de Tokio-3 y escudriñó la luna llena con atención. Aún estupefacto, giró la cabeza hacia la bocina negra ubicada a un costado de la ventana de frecuencia y dedicó un instante a escuchar la señal.

         El Monte Fuji

         Escondida en las faldas de la montaña, se encontraba la base secreta de la organización Apocalipsis del general Kymura. Se trataba de un búnker mucho más pequeño que el GeoFront de Central Dogma, pero no por ello menos equipado. Los miembros tenía prohibido hablar de aquel refugio con alguien ajeno a la organización y cualquiera que cometiera la imprudencia de hacerlo era llevado ante el general Kymura y nunca más se volvía a saber de él.

         La base contaba con sofisticados ordenadores informativos, aunque curiosamente no se parecían a ningún otro usado en el resto del mundo. El general Kymura solía alardear que todas las computadoras de la base habían sido diseñadas por él mismo y por eso no se les podía encontrar en ninguna parte. Pero, ciertamente, aquella explicación no satisfacía a todos. La computadora central era un tipo de inteligencia artificial muy superior al más moderno MAGI de clase cinco, que era el ordenador más avanzado de la Tierra, lo cual constituía un hecho intrigante para ciertos miembros de la organización.

         La base también contaba con un enorme laboratorio de altísima tecnología donde se habían construido tres gigantescos robots de combate ideados por Kymura. Los científicos que habían trabajado en ellos estaban asombrados de los diseños del general y no pocos creyeron que éste era un genio adelantado por mucho años a su época. Muchos empezaron a considerar a Kymura como una especie de mesías, un líder que señalaba el comienzo de una etapa de perfección, y empezaron a venerarlo. Aquellos que ingresaban al grupo Apocalipsis lo hacían porque creían fanáticamente en las palabras del general, que desdeñaba el orden internacional y prometía la llegada de una nueva era donde aquellos que lo siguieran recibirían la vida eterna.

         Pero lo que más despertaba terror y suscitaba escabrosas leyenda entre los seguidores de la organización era el maestro de Kymura, una misteriosa figura conocida solamente con el nombre de Genghis Khan. Nadie sabía realmente de quien se trataba, pero muchos pensaban que era el líder de algún culto secreto cuyo credo era la base de la organización. Kymura siempre se negaba a hablarles de Genghis Khan y siempre que hacía referencia de éste lo hacía con sumo respeto, lo que indudablemente llevó a muchos a pensar que Genghis Khan era el verdadero poder tras el trono.

         Normalmente el ambiente de la base solía ser tranquilo y hasta sepulcral, pero aquella noche era todo lo contrario. Había una gran actividad a lo largo del complejo subterráneo. Todo el personal había sido llamado a ocupar sus puestos y a prepararse para el evento que marcaría el final de los tiempos, el momento anunciado por Kymura que marcaría la pauta en la historia de la humanidad.

         Los científicos de la organización habían recibido la orden para que los robots de combate estuvieran preparados para entrar en acción, razón por la cual los jóvenes pilotos habían sido llevados al laboratorio. Mientras cientos de técnicos realizaban los últimos ajustes a las enormes máquinas de guerra, Musashi pasaba el tiempo revisando un manual que le había sido entregado momentos antes. Aunque tenía únicamente catorce años, Musashi era un chico extremadamente inteligente y hábil; había sido seleccionado de entre trescientos aspirante para pilotar a uno de los enormes Executors y eso lo hacía sentirse muy orgulloso. 

         Por tal razón, Musashi se sentía sumamente orgulloso y tenía un gran respeto por el general Kymura. El chico estaba tan concentrado en su lectura que no advirtió cuando Mana apareció por la puerta de acceso.

         —Musashi, ¿qué estás haciendo?

         —Ah, eres tú Mana —repuso el chico dejando el libro sobre una mesa—. Estaba preparándome para pilotar al Executor-01 —hizo una pausa y dirigió la mirada hacia una ventana frontal tras la cual podía verse la cabeza de uno de los robots de batalla—. Que bueno que llegaste a tiempo porque un poco más y ya no me hubieras encontrado.

         —¿Está todo listo?

         Musashi volvió la vista hacia Mana.

         —Sí y la verdad no puedo esperar para probar al Executor-01. ¿Te das cuenta, Mana? He estado entrenando durante años para este momento y por fin ha llegado. Me pregunto que tan fuerte serán los Evas frente los Executors de… . —Mushashi se quedó callado cuando observó que Mana no compartía el mismo entusiasmo que él, sino que por el contrario, se veía afligida—. ¿Te ocurre algo malo?

         Mana bajó la vista y se miró la punta de los pies.

         —No sé qué es lo que me pasa, Musashi. Supuestamente debería estar contenta ya que pronto se cumplirán las predicciones del general Kymura, pero me siento confundida.

         —¿Confundida? ¿Por qué?

         —Es que no entiendo porque tenemos que atacar NERV y destruir a los Evas junto con toda la gente que se encuentra en el Central Dogma. Quizá si habláramos con ellos y les explicáramos nuestros motivos, entenderían que… .

         —¿Qué estás diciendo, Mana? ¿Te has vuelto loca? —le interrumpió Musashi en un tono repentinamente áspero—. NERV es el símbolo de todo lo malo y corrupto en este mundo y por eso merece ser destruido junto con los Evas.

         Mana tomó entre sus manos la mano derecha de Musashi y lo miró directo a los ojos.

         —Escucha, he hablado con el hijo del comandante Ikari y no parece una mala persona. Su padre lo obliga a manejar el Eva-01, pero no creo que comparta sus mismas ideas.

         Musashi endureció la mirada y retiró su mano. Una efusión de adrenalina lo hizo enfurecer.

         —Oye, Mana, se supone que tu misión era espiar a ese chico para conocer su personalidad, pero parece que ahora te agradara. ¿Es eso? ¿Te agrada ese cobarde?

         —¡No es un cobarde! —exclamó la chica—. Tiene buenos sentimientos.

         —¿Me quieres hacer llorar? —se burló Musashi—. No sé qué diablos estás pensando o porqué defiendes a ese llorón, pero eso no impedirá que lo que tenga que pasar, pase. El general Kymura está esperando que todos hagamos nuestra parte para salvar a la humanidad.

          —¡Lo sé, lo sé! Pero, tal vez podamos convencerlo de que nos entregue al Eva.

          —Escucha, sí el general oyera lo que estás diciendo, te haría encerrar en tus habitaciones. Será mejor que olvides lo que ese tal Shinji te haya dicho porque él es el enemigo y el enemigo no merece piedad. He estado esperando este momento por años y no voy a detenerme sólo porque sufriste de un ataque hormonal de último momento.

          Mana levantó su mano y abofeteó a Musashi con fuerza. El chico se acarició el pómulo derecho sintiendo una gran rabia, pero cuando volvió la vista hacia su amiga, descubrió que ésta estaba llorando por lo que no supo cómo reaccionar y sólo alcanzó a desviar la mirada. Sin decir una sola palabra, Mana se dio la media vuelta y abandonó el laboratorio.

         Continuará… .

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s