Leyenda 060

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LX

¿CONSPIRACIONES?

       Devastador Estelar Nisroc.

       En el puente de mando de la gigantesca astronave imperial, Tiamat, Aicila, Sombrío, Talión y los demás oficiales presentes observaban con cuidado el Santuario de la diosa Atena a través de la pantalla principal. En pocos minutos su nave estaría a la distancia apropiada para iniciar un ataque que terminaría definitivamente con los defensores del Santuario y los miembros de la Alianza que se les habían unido.

       —Objetivo a trescientos metros y acercándonos rápidamente, señor —anunció un técnico sin emoción alguna en su voz—. Cañón de Fusión listo y calibrado.

       Tiamat sonrió, festejando por anticipado la inminente destrucción del Santuario, así como la de los Santos dorados y Caballeros Celestiales que ahí se encontraban. Solamente era cuestión de esperar unos cuantos minutos más.

       —Prepárense a disparar —ordenó.

       —Señor —Uno de los oficiales se levantó de su asiento—. El radar está detectando la presencia de dos naves enemigas que se aproximan al área rápidamente. Las siluetas concuerda plenamente con las de las naves que atacaron a los destructores endorianos en el planeta Noat.

       Aicila llevó su rostro hacia el Khan del Dragón para mirarlo.

       —Las famosas Águilas Reales —murmuró con el rostro ensombrecido por la rabia que le producía el imaginar que quizás sus enemigos pudieran escapar—. Escuche que esas naves son bastante rápidas y que están muy bien equipadas.

       Tiamat le soltó una sonrisa de absoluta confianza.

       —Oh, pero eso no va a servirles de nada —dijo mientras se volvía hacia el monitor central—. Destruyan esas naves antes de atacar el Santuario. Primero los haremos sufrir antes de acabar con ellos.

       Casiopea alzó la mirada para observar nuevamente la envergadura de la enorme nave imperial que se aproximaba. Era extraño, pero por alguna razón que no alcanzaba a imaginar todavía el Devastador imperial aún no había disparado contra ellos.

       —¿Qué será lo que están tramando? —murmuró en voz baja.

       —Quizás quieran matarnos de la desesperación —teorizó Eclipse que se encontraba a su costado.

       Marin y Shaina, por su parte, se quedaron completamente paralizadas al ver aquella impresionante astronave de procedencia extraterrestre que surcaba los cielos por encima del santuario. Ciertamente, cuando Seiya les había advertido que todos tenían que abandonar el Santuario porque una nave espacial estaba acercándose, ambas imaginaron que quizás no habían entendido bien aquellas palabras. Sin embargo, ahora todo cobraba sentido.

       —Por Atena —musitó Shaina arrastrando las palabras—. No puedo creer lo que veo.

        La princesa Leona estaba terminando de curar las heridas de Moose cuando el sonido casi imperceptible del Devastador imperial recorrió el Santuario. Al igual que todos los demás, alzó la mirada al cielo y se puso rígida cuando el enorme platillo comenzó a colocarse por encima de sus cabezas.

       —¡Oh no! —exclamó—. ¿Qué es lo que haremos ahora?

       Cadmio apretó los puños con verdadera furia y después lanzó una mirada de odio contra la nave enemiga que los amenazaba. Dentro de aquel enorme cacharro estaban aquellos infelices Khans que se habían apoderado de la gema sagrada y que además les acababan de dar una buena paliza. Por unos momentos sintió unos deseos incontenibles de desplegar su aura para lanzarse por los cielos y atacar la nave él solo. Sin embargo, esa acción, por muy valiente que fuera, no serviría de nada. Por experiencia propia sabía que sus ataques no dañarían a la nave imperial, a menos claro que ésta no tuviera un endemoniado campo de fuerza.

       —¿Por qué no nos atacan? —La pregunta de Shun de Andrómeda lo sacó de sus pensamientos.

       —Es cierto —convino Cadmio bastante extrañado—. A esa distancia ya era para que hubieran usado sus armas contra nosotros —hizo una pausa y giró el rostro hacia donde estaba Lance como esperando que éste pudiera aclararle sus dudas—. ¿No lo crees?

       Su hermano menor pensaba de la misma forma. El Devastador abbadonita ya estaba a una distancia apropiada para usar sus baterías Turbo-láser y sin embargo aún no lo hacía. De pronto, el sonido de las Águilas Reales que se acercaban por el extremo contrario llamó su atención a sus espaldas.

       —¡Son nuestras naves! —avisó Astroboy con un grito.

       Respondiendo al mensaje de Lance, el Águila Real 32 y la 4 aparecieron en el firmamento cruzando el cielo a una velocidad dos veces superior a la del sonido. Cuando los capitanes de ambas naves se percataron de la presencia del enorme Devastador imperial que estaba frente a ellos, decidieron aumentar todavía más la potencia de los motores.

       De repente, unas compuertas se abrieron en la torre negra dejando entrever la punta de un enorme cañón que se asomaba lentamente. El sonido de las puertas que se abrían en la nave abbadonita atrajo la atención de algunos de los defensores.

       —¡Van a dispararles! —advirtió Seiya.

       Lance y Casiopea concordaban plenamente con aquella observación. Ahora todo era obvio. La única razón por la que la nave imperial todavía no había disparado contra el Santuario era porque los Khans deseaban destruir la única vía de escape que aún tenían. Sin perder tiempo, Lance alzó su brazo y encendió el comunicador de su armadura de batalla.

       —¡Atención Águila Real 32 y 4! ¡No se acerquen! ¡Van a atacarlos!

       En ese momento, antes de que alguno de los capitanes de las naves aliadas pudiera responderle, el Devastador imperial finalmente abrió fuego. Un poderoso rayo salió disparado del cañón de fusión y avanzó por el aire a una velocidad impresionante.

       Los pilotos del Águila Real 32 reaccionaron a tiempo y disminuyeron su altitud para evitar la ráfaga que pasó zumbando a pocos metros de la nave. Desgraciadamente, el Águila Real 4 no tuvo tanta suerte. El rayo de fusión la embistió de frente antes de que los pilotos tuvieran tiempo de maniobrar. La nave aliada se incendió y en un segundo explotó en mil pedazos ante la mirada impotente de todos.

       —Le dieron a una de nuestras naves —murmuró Casiopea con evidente preocupación.

       —¡Profesor Ochanomizu! —exclamó Astroboy con todas sus fuerzas, temeroso de que la nave en la que viajaba su mentor fuera la misma que el enemigo acababa de derribar.

       —Tranquilízate, Astro —le calmó Lance luego de consultar la computadora de su armadura—. Le dieron al Águila Real 4, el profesor Ochanomizu aún se encuentra a salvo a bordo de la otra nave.

       —¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Shiryu sin dirigirse a nadie en particular.

       Cadmio resopló con desesperación. Sí los imperiales llegaban a destruir el Águila Real 32 entonces todo estaría perdido. Sólo les quedaría escoger entre rendirse o morir combatiendo contra una nave que de seguro no podrían ni siquiera dañar.

       —No tenemos opción —dijo después de pensar bien las cosas—. Tenemos que llegar de algún modo a la nave antes de que la destruyan. Es nuestra única esperanza.

       —¿Cómo demonios haremos eso, Cadmio? —preguntó Ryoga al borde de la histeria—. La mayoría de los que estamos aquí no podemos volar como tú.

       —Ryoga tiene razón —admitió Ranma, llevando la mirada hacia los Caballeros Celestiales—. Pero quizás Cadmio pueda llevarnos como lo ha hecho anteriormente.

       Rápidamente, el Caballero Celestial observó los distintos rostros de sus aliados y empezó a evaluar la situación. Llevar a tantas personas por el aire con las armas del Devastador Estelar apuntándoles a sus espaldas iba a ser bastante difícil. No obstante, al parecer, no había otro camino para salir de ahí.

       —Está bien, alístense para salir volando —asintió de mala gana.

       Casiopea se abrió paso apresuradamente entre Dai y el joven Saotome.

       —¡No, esperen! ¡No hagan eso! —exclamó en voz alta—. Sí escapamos volando nos derribarán con sus armas como lo hicieron con el Águila Real 4. Tenemos que pensar en otra cosa.

       —Perfecto —dijo Lance—. Es el momento para otro de esos lúgubres silencios.

       —Y que lo digas —convino Eclipse—. Y pensar que N´astarith está planeando aligerarnos la existencia.

       Mientras todos discutían una nueva estrategia que les permitiera ponerse a salvo, los cañones del Devastador Estelar lanzaron sendas ráfagas de proyectiles hacia los restos del Salón del Gran Maestro, que explotaron lo bastante cerca para duchar a Cadmio, Milo, Shiryu, Kanon, Poppu y Leona con metralla pétrea.

       —¡Pónganse al cubierto! —Hyoga dio el aviso desde una zanja que había encontrado entre las ruinas—. ¡Seiya, Shun! ¡Traigan a Atena!

       Ranma, corriendo a toda prisa hacia la zanja, miró hacia arriba. Cuatro cazas imperiales salieron disparados del Devastador y se acercaban a toda velocidad. Al verle, ambos pilotos dispararon al mismo tiempo. Cuando las cuatro potentes bolas explosivas trazaron una larga estela en el cielo, Ranma se giró y saltó de cabeza hacia unas rocas cercanas un segundo antes de que gran parte de los escombros saltaran por los aires hechos pedazos.

       —Estamos perdidos —murmuró Eclipse—. ¡Vamos a morir!

       Nueva York (Estados Unidos de América)

       En su residencia de descanso, el general americano Alexander Yaner se encontraba frente a una puertaventana que le proporcionaba una espléndida vista del bosque cercanos. La noche estaba tan despejada que podía verse la luna en el cielo sin mucho problema. No obstante, la imagen del satélite natural de la Tierra palidecía de insignificante debido a la cercanía de la estación imperial Armagedón, la cual todavía se mantenía en órbita alrededor de la Tierra como una detestable maldición.

       —¿Señor? —Entró su mayordomo—. El senador Soul de Francia y sus demás invitados ya lo esperan en la sala.

       Alexander se volvió y vio que su leal mayordomo le había abierto la puerta que conducía a la sala. Cuando finalmente salió de su despacho, sus invitados, expectantes, se volvieron hacia él.

       —Hola, Alexander, cuanto tiempo sin vernos —dijo uno de los presentes en tono de broma—. ¿Cómo ha estado todo en New Washington? ¿El presidente Wilson sigue pagándote lo mismo?

       El jefe del estado mayor inspeccionó los rostros de cada uno de los presentes antes de responder. Estaban el general Ryoji Kunasagi de Oceanía Unida; el mayor Kamui y la teniente Satsuki de la armada de Asia; la embajadora Tania de Sudatlántica y el senador Julián Soul de Francia. Por diferentes razones, Alexander confiaba en todos ellos como en nadie más.

       —Hola, Ryoji, tienes razón, ha pasado mucho tiempo —murmuró mientras se sentaba en un cómodo sofá y despedía a su mayordomo con un ademán—. Me alegra bastante que todos hayan podido venir.

       —Bastante tiempo —repitió Julián mientras inclinaba la cabeza en señal de deferencia hacia Alexander—. ¿Cuál es el motivo de esta inesperada reunión, Alexander? Cuando me llamaste por teléfono mencionaste que se trataba de un asunto muy importante, y la verdad espero que así sea. Mi hija se rompió una pierna y tuve que dejarla en compañía del ama de llaves para poder venir.

       —Yo también tuve muchos problemas para poder venir —confesó Kamui, ansioso por averiguar el verdadero motivo de la llamada telefónica de Alexander—. Con todo lo que está sucediendo tuve dificultades. A pesar de que la armada extraterrestre ya abandonó el planeta, todavía continuamos en alerta roja.

       Alexander se acarició la barbilla levemente. Aunque no se atrevía a confesarlo abiertamente, estaba sorprendido de que Julián Soul hubiera aceptado participar en aquella reunión después de las rivalidades que ambos habían tenido en el pasado.

       —Pueden estar seguros de que sí no fuera algo importante no los habría llamado. Sin embargo dado la gravedad del problema no supe a quien más recurrir.

       Satsuki puso cara de no entender nada.

       —¿De qué estás hablando, Alex? —le preguntó la joven con preocupación—. ¿Acaso te enteraste de algo malo? Pensé que todo marcharía bien ahora que por fin las fuerzas extraterrestres por fin abandonaron la Tierra.

       Julián se recostó pesadamente en el sofá que ocupaba.

       —Eso podemos agradecérselo al todo servicial presidente Wilson, el paladín de la democracia —murmuró en tono sarcástico lo suficientemente alto para que nadie se quedara sin escucharle—. ¿O no, Alexander?

       Pero para sorpresa de todos, Alexander solamente se limitó a mirar a Julián en silencio. Sí alguien hubiera hecho ese tipo de comentarios seis meses antes probablemente él habría iniciado una discusión para defender a su presidente. Pero ahora todo había cambiado. Ahora la situación era muy distinta y Alexander lo sabía mejor que nadie.

       —¿Acaso van a discutir otra vez? —intervino Ryoji con evidente fastidio. En realidad el general no estaba de humor para quedarse a presenciar una discusión que ya se sabía de memoria—. Les advierto que sí empiezan con esas estupideces otra vez entonces mejor me marcho.

       Yaner se volvió hacia él y extendió una mano para indicarle que no se moviera de su lugar.

       —Aguarda un momento, Ryoji —hizo una pausa y giró el rostro hacia Soul—. Julián, este no es el momento para pelear entre nosotros. Te llamé porque, a pesar de nuestras diferencias, sé que siempre te has interesado por el bienestar de la Tierra.

       Julián llevó su mirada hacia el rostro de Kamui, quien negó con la cabeza en señal de desaprobación, y luego asintió como lo haría un niño recién regañado.

       —De acuerdo, Alex. ¿Cuál es el maldito problema?

       Alexander tomó aire y esperó pacientemente a que las miradas de todos sus amigos se volvieran hacia él antes de comenzar. Satsuki, por su parte, no pudo pasar por alto la mirada preocupada que percibía en Alexander, pero prefirió omitir sus comentarios hasta saber el motivo de la reunión. Aparentemente, el jefe del estado mayor norteamericano estaba por decirles algo muy serio.

       —Lo que voy a confesarles no es fácil de comprender y puedo entender sí alguno no me cree al principio —empezó finalmente—. Tengo serias razones para sospechar que quizás el presidente Wilson y algunos otros líderes importantes del gobierno estén tramando algo en complicidad con los extraterrestres que invadieron la Tierra.

       Se hizo el silencio, mientras todos asimilaban aquellas palabras. Los distintos rostros se miraron los unos a los otros, imaginando que de un momento a otro Alexander se retractaría de sus palabras. Sin embargo los segundos transcurrieron sin que eso pasara.

       —Espera un momento, Alex —Kamui se puso de pie inmediatamente, mirando a su anfitrión directo a los ojos con franco escepticismo—. ¿Acaso se trata de una broma? Sí es así quiero que sepas que no es nada graciosa.

       —Créeme que desearía que lo fuera, Kamui —respondió Alexander dejando escapar un suspiro—. He pensado bien las cosas y no les diría esto sí no estuviera absolutamente seguro. En las semanas posteriores a la invasión que sufrimos por las fuerzas de Abbadón, me he ido enterando de varios sucesos que me han hecho sospechar sobre el presidente Wilson y otros políticos de alto rango.

       —¿De qué sucesos estás hablando? —se apresuró a preguntar Ryoji, frunciendo el entrecejo—. Sí te refieres al asunto del por qué la armada norteamericana se desplazó a Venus en lugar de quedarse en la Tierra, déjame decirte que eso se debió a un mero error estratégico y no a una conspiración.

       —¿Un error estratégico, Ryoji? —repitió Alexander—. Todos los informes de inteligencia y de la Alianza Estelar coincidían en que el enemigo avanzaría hacia Marte luego de atacar nuestras naves en Júpiter. Eso de mandar a la armada a Venus y pedirles que se quedaran ahí por razones estratégicas es una explicación adecuada para un retrasado mental.

       Tania meneó la cabeza en forma negativa y luego dejó escapar una pequeña sonrisa.

       —Alex, sé que a muchos todavía nos molesta lo que sucedió. En lo personal, a mí tampoco me gusto que invadieran la Tierra. Sin embargo eso no es razón para suponer que existe toda una conspiración entre nuestros gobernantes y esperen extraterrestres.

       —No, esperen —intervino Kamui, atrayendo la atención de todos—. Quizás lo que dice sea cierto después de todo. Mi bisabuelo solía contarme que en el pasado había grupos de poder que solían hacer planes en secreto para encontrar la mejor manera de proteger sus intereses.

       —¡Oh, vamos, Kamui! —Alexander estaba intentando hacer un alegato apasionado para demostrar su teoría y Kamui salía con esos cuentos de las conspiraciones de los que hablaban los ancianos.

       —No es mentira, Alex —continuó el mayor—. Muchos no creen en esto, pero se dice que a principios del siglo XXI los gobiernos del mundo estaban controlados por sociedades secretas que actuaban desde las sombras. Lo que sugieres no me parece tan descabellado.

       —Eso son sólo cuentos para niños pequeños —intervino Ryoji a punto de perder la poca paciencia que le quedaba—. Todos esos cuentos de las conspiraciones no son más que una leyenda inventada por la gente que sufre de paranoia. Nadie sensato cree en eso.

       —Yo creo en esas leyendas —repuso Julián con absoluta tranquilidad.

       Sorprendidos, todos miraron al senador francés, un hombre que se había distinguido por luchar en contra de las pretensiones del gobierno Americano por hacerse del control del congreso mundial, sin poder creer lo que acababa de decir.

       —¿Qué cosa dices, Julián? —le preguntó Ryoji, volviendo el rostro hacia él lentamente—. Sé que el presidente Wilson no te simpatiza para nada, pero eso no es motivo para que digas que está relacionado con un grupo de extraterrestres. Creo que eso es algo muy bajo de tu parte.

       —Te equivocas completamente, Ryoji —le rebatió Julián, dispuesto a defender su postura—. Como todos ustedes saben, Alexander y yo nos distanciamos hace tiempo por razones políticas. Yo, por mi parte, siempre sostuve que el presidente Wilson y el gobierno norteamericano estaban tramando algo para tomar el control de la política mundial —guardó silencio y giró el rostro hacia el jefe del estado mayor del gobierno norteamericano—. Alexander, por el contrario, siempre argumentó que tales especulaciones no eran más que inventos, un producto de la envidia y la mala fe del gobierno francés. Sin embargo, ahora él era quien dice que hay algo turbio en el gobierno de Wilson. Para mí eso es prueba suficiente de que quizás lo que nos está contando sea verdad.

       Alexander sonrió en señal de agradecimiento. En realidad, Julián Soul era la última persona de quien esperaba recibir apoyo en aquella discusión. No obstante, era bueno saber que pesar de las diferencias y rencillas personales, aquel viejo amigo de la universidad aún conservaba su objetividad.

       —¡Por favor, Julián! —Tania desestimó el argumento con un ademán—. No aproveches lo que Alex está diciendo sólo porque te conviene. Únicamente la gente vieja cree en esos cuentos de las sociedades secretas.

       —Disculpa, Tania —intervino Satsuki, tratando de encontrar un punto medio en la discusión—. Pero quizás Julián tenga razón en creerle. Después de todo, Alex siempre se ha distinguido por defender la administración del presidente Wilson y las políticas del gobierno norteamericano. Sí ahora piensa de otra manera debe ser por algún motivo importante.

       Ryoji aún recelaba de que Alex estuviera hablando en serio  y la verdad le costaba trabajo creer que existiera una conspiración entre el gobierno de la Tierra y aquellos malditos invasores a los que tanto despreciaba. Él, como muchos otros, también había oído cientos de historias acerca de las sociedades secretas que manipulaban los gobiernos a finales del siglo XX y principios del XXI. Sin embargo, como casi toda la gente común, creía que esas historias no eran otra cosa más que inventos, leyendas creadas por personas que ansiaban únicamente llamar la atención.

       —Sí lo que Alex está diciendo fuera cierto, entonces tendríamos que empezar a dudar de todo lo que conocemos, incluso la historia misma —sentenció Ryoji con firmeza, seguro de que aquel argumento era tan sólido como para dar por terminada la discusión.

       —”La historia es, en gran parte, una fe de erratas” Vicente Gar-Mar —murmuró Julián tranquilamente—. Quizás te sorprenderías sí te enteraras de la cantidad de mentiras que el gobierno de la Tierra ha inventado desde la unificación del planeta. Nada perdemos con escuchar a Alex. Oigámoslo y luego juzguemos sí lo que está diciendo es verdad o mentira.

       Ryoji chasqueó la boca con frustración. El que Julián estuviera apoyando a Alexander en aquella aventurara teoría de la conspiración era todo un suceso para el que no estaba preparado. A su juicio, el jefe del estado mayor norteamericano había perdido completamente la cabeza. Sin embargo, aunque su suposición fuera correcta, Alex era uno de sus mejores amigos; al menos debía otorgarle el beneficio de la duda antes de condenarlo, tal y como se lo planteaba Julián.

       —Está bien, está bien —Se recostó en el sillón que ocupaba mientras los demás lo observaban—. Oigamos lo que Alex tiene que decirnos.

       Antes de retomar el tema de la conspiración, Alexander se volvió un segundo hacia donde estaba Julián Soul y asintió con la cabeza mientras sonreía. “Muchas gracias, amigo”.

       Reino de Papunika.

       La oscuridad envolvía la región en capas progresivamente más gruesas conforme iba anocheciendo. En una alejada meseta que permitía divisar el terreno en distintas direcciones, dos figuras contemplaban los vastos campos de Papunika y los destrozos ocasionados al reino por el súbito ataque de los guerreros de Abbadón.

       —¿Estás seguro de lo que dices, Saboera? —preguntó Baran al diminuto anciano de orejas alargadas que permanecía a un costado de él. Un hecho bien conocido por todo el Ejército del Mal era que el líder del Batallón de los Magos no solía recordar muy  bien los detalles a la hora de narrar un hecho en concreto y Baran deseaba saber todo con exactitud.

       —Completamente, Baran —Saboera, con las manos ligeramente entrelazadas tras de sí, avanzó unos cuantos pasos hasta emparejarse con su aliado—. Unos extraños guerreros llegaron del cielo en una especie de enorme isla voladora y atacaron el país de Papunika. El rey Ban está muy interesado en conocer la identidad de esos forasteros y esa fue la razón por la que decidió suspender todos los ataques.

       Baran entornó ligeramente la mirada. Su expresión era fría, carente de emoción, pero al cabo de un momento asintió con la cabeza. En su mente se esforzaba en descubrir la procedencia de aquellos guerreros venidos del cielo. ¿Quién otro que no fuera el gran rey Ban podía atacar los reinos de la Tierra de aquella manera tan devastadora? ¿Acaso se trataría de algún grupo de mercenarios contratados por Hadora? Pero sí así era, ¿por qué entonces no habían atacado otros países? Ciertamente, Papunika no era la nación más poderosa ni la más rica. Aparentemente, como había imaginado desde un principio, todo lo relacionado con aquella isla voladora y los guerreros del cielo era un completo misterio del que ni Ban podía dar una explicación.

       —Los guerreros que llegaron del cielo también lograron derrotar a ese maldito chiquillo que tantos problemas nos ha ocasionado en el pasado, Baran —las palabras de Saboera lo volvieron a la realidad—. Mis informantes afirman que durante la batalla, Dai y sus amigos recibieron la ayuda de un par de extranjeros que también llegaron del cielo en una especie de máquina voladora con forma de platillo y… .

       —¿Qué fue lo que sucedió con Dai? —preguntó Baran inesperadamente sin dejar de mirar los valles que había frente a ellos—. ¿Acaso murió durante la batalla con esos guerreros?

       —¿Eh? —El mago volvió la cabeza hacia él—. No. Creo que eso sería tener demasiada suerte, Baran. Según mis fuentes, Dai y sus amigos lograron sobrevivir gracias a la intervención de los extraños de los que te hablé hace un momento. Parece ser que luego de destruir el castillo y la aldea aledaña a éste, los guerreros venidos del cielo regresaron a su isla, la cual comenzó a elevarse en las nubes hasta desaparecer. Otro de mis informantes asegura que, según cuentan por ahí, Dai, Hyunkel, la princesa Leona y otros dos más subieron al platillo volador en el que llegaron los forasteros para partir hacia el cielo —Saboera comenzó a frotarse las manos mientras una diabólica sonrisa iluminaba su horripilante rostro—. Tal vez decidieron acompañar a sus nuevos amigos en busca de la isla voladora que atacó el reino, pero, sea como sea, no se les ha vuelto a ver por aquí desde entonces. Eso significa que el país de Papunika está relativamente indefenso… .

       —Ya veo —farfulló Baran, entornando nuevamente la mirada—. De manera que Dai no murió después de todo. Bien. Eso era todo lo que me interesaba saber.

       —Como podrás darte cuenta, Baran —siguió Saboera—. Sí atacamos en este momento, sólo tendremos que derrotar a ese odioso de Krokodin, el cual no es un rival del que debamos preocuparnos mucho y… .

       El mosaico del rostro de Baran siguió vacío de toda expresión, pero un destello de expectación ardió en sus ojos. Debía encontrar a su hijo a cualquier costo.

       —Olvídalo.

       —¡¡¿Pero qué cosas dices?!! —exclamó el diminuto hechicero—. Baran, el país de Papunika… .

       —No me interesa en lo absoluto, Saboera —sentenció el Caballero Dragón antes de volverse—. Por el momento mi único objetivo es encontrar a Dai. La última vez que nos enfrentamos consiguió eludirme y no estoy dispuesto a darme por vencido.

       Saboera se quedó completamente sin palabras. El hecho de ver que el poderoso líder del Batallón de los Dragones no quisiera tomar por asalto el reino de Papunika lo había dejado petrificado.

       —¡¡Oye, Baran, no puedes estar hablando en serio!! —le gritó el anciano con fuerza, tratando de hacerlo cambiar de opinión con sus argumentos—. ¡¡Sí atacamos ahora podríamos apoderaremos fácilmente del reino!! ¡¿Qué acaso no te das cuenta de lo que te digo?!

       Baran hizo como que no escuchaba nada y continuó alejándose mientras pensaba en la mejor manera de localizar a su hijo. Desde que había sido vencido por Dai, el líder del Batallón de los Dragones había pasado largos ratos maquinando la manera más efectiva de convencer a su hijo para que se cambiara de bando y decidiera pelear contra los seres humanos. Lo primero que debía hacer antes que cualquier otra cosa era encontrar al muchacho y luego apartarlo de sus amigos

       “Lo mejor será que recurra a mis Guerreros Dragón”, pensó. “Sí, eso será lo mejor”.

       Santuario de Atena, Grecia

       —Nos tienen completamente rodeados. Este será nuestro fin. No hay salida

       —Contrólate, Poppu —ordenó Casiopea.

       Ambos saltaron a un hueco profundo entre los escombros, que no suponía una gran protección frente a las armas de la astronave imperial. La princesa de Francus levantó la cabeza y examinó la situación con cuidado. Al parecer, el mago tenía razón.

       El ataque del Devastador Estelar los había tomado totalmente por sorpresa. Todo el grupo estaba diseminado por las ruinas, ocultándose en lo que pareciere un refugio y lo peor de todo es que no tenían un plan.

       Las descargas continuaron cayendo sobre la zona sin recibir fuego desde tierra. Como saliendo de ninguna parte, una de las naves caza lanzó una ráfaga, destrozando los restos de una columna y abriendo un agujero en su agujero como sí ésta estuviera hecha de espuma acrílica.

       —Estamos atrapados y lo saben —murmuró Ranma.

       —Sí es así entonces moriremos peleando —dijo Aioria.

       —¿De qué demonios estás hablando? —le preguntó Cadmio con insolencia—. Somos un blanco fácil y no tenemos ni siquiera un maldito plan.

       —¿Quieres un plan? ¡Pues mira! —El Santo de Leo saltó de la zanja donde se escondía y extendió su puño derecho hacia el cielo para atacar a los cazas enemigos—. ¡Lightning Plasma! (Plasma de Rlampago).

       Una potente ráfaga de luz dorada salió disparada del puño de Aioria y se dirigió velozmente hacia una de las naves alienígenas. El ataque del Santo de Oro explotó cuatro metros antes de alcanzar la superficie del caza imperial. La nave Abbadonita dio un enorme giro en el aire y luego al final retomó su camino como sí nada hubiera sucedido.

       —¡No puedo creerlo, no le hice absolutamente nada!

       —¡Te lo advertí, Aioria! —le gritó Lance desde su escondite—. ¡Esos desgraciados utilizan alguna clase de campo de fuerza! ¡Ocúltate!

       Otro de los cazas salió zumbado por la lateral de la montaña, a unos cuatrocientos metros, e inició un ataque en ascenso. La lluvia de blancos destellos destruyó algunas rocas provocando que Aioria saliera volando por los aires hasta caer cerca de donde se ocultaban Hyunkel y Leona.

       —¡Maldita sea! —exclamó Milo furioso—. Esto es tan irritante, no podemos escapar ni tampoco pelear. ¿Acaso todo habrá terminado?

       —Tiene que haber alguna manera de escapar  —gruñó Kanon mientras las ráfagas continuaban cayendo por todos lados—. Quizás sí todos atacamos al mismo tiempo.

       Saori, por su parte, dirigió la mirada hacia donde estaba Aioria de Leo por un momento y luego alzó la cabeza para observar el enorme Devastador imperial. Sí no hacían algo pronto para escapar todos morirían irremediablemente. “Tengo que hacer algo para salvarlos”, pensó. 

       En el momento que el enorme cañón de Fusión del Devastador comenzó a moverse para apuntar hacia abajo, Lance recordó la manera en qué Poppu había salvado su vida y la de Krokodin durante la pelea con Isótopo en el reino de Papunika. En el último instante, cuando todo parecía perdido, el joven discípulo de Aban había utilizado alguna clase de hechizo de teletransportación para salvarlos del ataque final del guerrero Meganiano. Quizás aquella vieja estrategia podría volver a funcionar.

       —¡Eso es! ¡La teletransportación! —gritó con fuerza mientras Seiya, Marin y Shaina lo miraban totalmente desconcertados—. ¡Usaremos la teletransportación para llegar a la nave!

       —¿De qué rayos estás hablando? —le preguntó Ryoga con un grito.

       El Endoriano sonrió con alivio e inmediatamente se volvió hacia donde estaban Poppu y Casiopea para mirarlos.

       —Poppu, ¿recuerdas esa técnica que hiciste para salvarnos a mí y a Krocodin del ataque final de Isótopo?

       —¿Esa técnica? —repitió el mago un tanto confundido. De súbito, su rostro se iluminó con una sonrisa—. ¡Es cierto, Lance! ¡Usaremos el Iura para salir de aquí!

       —¿El Iura, Lance? —gruñó Cadmio, alzando una ceja con suspicacia—. ¿Qué demonios es eso? ¿Acaso me estás diciendo que este mago de quinta nos puede sacar de aquí? Eso si no lo creo.

       —Aguarda, Cadmio —dijo Lance apresuradamente—. Deja que te explique, el Iura es una especie de hechizo de teletransportación. Cuando estuve en el reino de Papunika luchando, Poppu nos salvó la vida usando ese hechizo.

       La palabra “teletransportación” hizo eco en la mente de todos los Santos de Oro, pero especialmente en la de Mu de Aries. Aquellos que no eran del Santuario ignoraban que el guerrero que cuidaba la Casa de Aries poseía una habilidad única entre todos los Santos de Oro: la habilidad de teletransportarse a voluntad.

       —¡Esperen un momento, amigos! —exclamó el Santo de Aries, atrayendo todas las miradas—. ¡Yo poseo la habilidad de teletransportar objetos con la mente!

       —¿De verdad? —preguntó Ranma a su vez.

       Aquella declaración hizo que Seiya recordara su inesperada visita a Star Hill. Ahora estaba seguro de que había sido quien Mu le había teletransportado hasta ese lugar para salvarlo del ataque de Tiamat.

       —¡Tienes razón, Mu! —exclamó el Santo de Pegaso con voz potente mientras se incorporaba del suelo—. ¿Puedes teletransportarnos a todos hasta la nave de ellos?

       El Santo de Aries dirigió una mirada fugaz hacia la nave Águila Real que hacía piruetas en los cielos para evitar los disparos de la nave imperial y finalmente asintió.

       —Sí, Seiya —respondió finalmente—. Solamente necesito concentrarme para lograrlo.

       —En ese caso no pierdas el tiempo —le aconsejó Hyoga con premura.

       —Esperen un ciclo —intervino Eclipse.

       —¿Un qué? —preguntó Seiya sin saber de qué hablaba el enmascarado.

       —¡Un minuto, tarugo!

       —¡Eh, no me grites!

       —¡Dejen de pelear, maldita sea! —les instó Lance con desesperación.

       Devastador Estelar Nisroc.

       Tiamat consultó de nuevo la consola que le mostraba los datos referente al cañón de Fusión y dejó escapar una sonrisa de emoción. El nivel de energía del arma estaba casi al 95% y aumentaba rápidamente.

       —Sólo unos cuantos nanocliks más —murmuró malévolamente mientras contemplaba su reflejo en la gema estelar que sostenía frente a su rostro.

       —Esta vez los miembros de la Alianza Estelar no tienen escapatoria —dijo Talión que se mostraba más confiado que nunca—. Morirán.

       Aicila, a su vez, movió la cabeza en sentido afirmativo y sonrió malévolamente.

       Santuario de Atena.

       En las ruinas del Salón del Gran Maestro, los guerreros habían aprovechado que los cazas imperiales ya se estaban replegando hacia la nave nodriza para salir de su refugio y acercarse hasta donde estaba Mu de Aries y compañía. La teletransportación era su última esperanza.

       —¿Por qué razón se fueron las naves enemigas? —preguntó Astro, volviendo la mirada hacia arriba por un momento.

       Lance lo tomó del brazo para jalarlo hacia él.

       —Eso significa que nos van a disparar con su maldito cañón de Fusión —le respondió.

       Siguiendo las indicaciones de Aioria y Cadmio, todos se colocaron en derredor del Santo de Aries mientras éste se concentraba para hacer uso de sus poderes. Mu estaba consciente de que debía actuar con rapidez por lo que puso la mente en blanco y, acto seguido, dejó que toda su cosmo-energía fluyera con libertad a través de su cuerpo.

        —Date prisa, por favor —suplicó Leona con los ojos bien cerrados.

       —Y sí me salvas de esta te prometo no volver a leer revistas sucias… —estaba murmurando Eclipse mientras Lance, quien se encontraba a su costado, lo miraba con los ojos ligeramente entornados.

       Finalmente, un rayo blanco salió del cañón de Fusión e iluminó toda la cúspide de la montaña, incluyendo las ruinas del Salón del Gran Maestro. Algunos de los defensores apretaron los párpados y bajaron sus cabezas mientras se prepararon para lo peor. En los siguientes cinco segundos sabrían sí morirían o no. Inesperadamente, un chorro de luz salió de la boca del arma imperial al mismo tiempo que todos los defensores desaparecían.

       De golpe, parte de la montaña que contenía el Santuario de la diosa Atena explotó desde dentro, deshaciéndose en millones de trozos del tamaño de un naipe.

       Continuará… .

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