Leyenda 077

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXVII

BUSCANDO SOLUCIONES

       Nave Tao (espacio cercano al planeta Génesis) 

        Durante los años de guerra contra los imperios galácticos, Saulo había tenido la desgracia de presenciar como, en ciertas ocasiones, la armada de Abbadón destruía planetas enteros para acabar con el enemigo. Tales actos eran considerados crímenes de guerra por gran parte de muchos pueblos ya que en el proceso se aniquilaban a poblaciones enteras; todo esto sin mencionar que los asteroides se convertían en un peligro para todos los mundos vecinos y las naves que surcaban el espacio.

       Saulo sabía que Génesis era un planeta con capacidad para albergar vida, pero no estaba seguro de que estuviera totalmente habitado. No obstante, eso carecía de importancia por el momento, sí el enemigo destruía el planeta la explosión acabaría con todas las naves que estuvieran en el área. Aún cuando pudieran escapar a la destrucción, seguramente todos morirían tras ser embestidos por los fragmentos.

       —¿Dices que el enemigo va a destruir el planeta? —le preguntó Lis-ek sin esconder su sobresalto—. ¿Estás completamente seguro de eso?

       El príncipe de Endoria se volteó hacia ella y respondió con un gesto sombrío.

       —Por supuesto que estoy seguro de eso. En este momento las naves imperiales preparan sus rayos antimateria para destruir el planeta. —Se volvió hacia el panel de control y tras aplastar unas teclas, modificó y amplió la imagen de las naves imperiales que estaba en la pantalla visora concentrándola en la base de las torres—. Miren eso, en estos instantes están cargando sus armas de antimateria para efectuar el ataque. Calculo que eso deberá tomarles a lo sumo unos siete ciclos. Luego, cuando tengan la potencia necesaria, abrirán fuego al mismo tiempo y entonces harán estallar el planeta para matarnos. Esa fue la razón por la que esa miserable de Kali nos dejó ir cuando estábamos en ese planeta. Cuando me contaron lo que esa Khan les dijo tuve algunas sospechas, pero ahora veo que estaba en lo correcto.

        Uller escuchó hasta la última palabra pronunciada por Saulo con atención. En la pantalla se veía una imagen clara de la larga aguja que salía de la parte inferior en la torre oscura de uno de los Devastadores Estelares. El hombre de hielo dedicó algunos segundos a imaginar lo que podría suceder si de verdad el pronóstico de su aliado endoriano era acertado. Finalmente, meneó la cabeza como negándose a aceptar la idea, y es que era un tanto difícil de aceptar que las naves de N´astarith pudieran hacer algo como eso.

       —Espera un momento, Saulo —expresó al fin—. Admito que esas naves poseen unas armas increíbles, pero aun así son demasiado pequeñas como para destruir un planeta entero. Aún cuando usarán cañones de rayos antimateria, me parece que no tienen la suficiente potencia para conseguir algo como eso. 

        —No para hacerlo con un solo disparo, tal y como lo haría si usaran una estación espacial como Armagedón. Lo que el enemigo planea hacer es concentrar todo el poder de sus armas. De esta manera provocarán que el planeta se despedace, estallando y destruyendo a todos los que nos encontremos cerca.

       —El príncipe tiene razón, emperatriz —convino VL-2, elevándose algunos centímetros más hasta colocarse a la altura del rostro de Lis—. Según mi análisis, las naves enemigas han orientado sus armas para disparar en un mismo punto sobre la superficie del planeta. Dada la composición geológica de ese cuerpo celeste y la potencia de fuego de los rayos antimateria, cálculo que el enemigo podría tardar alrededor de siete minutos en alcanzar su objetivo. De acuerdo con mi pronóstico, la explosión provocará una lluvia de fragmentos capaces de destruir cualquier nave en un área de 425,000 kilómetros.

       —¡Por el Gran Espíritu! —exclamó Lis-ek, horrorizada—. ¡Tenemos que hacer algo!

       Areth, que jamás había visto la destrucción de un planeta, pero que había oído hablar de ello en algunas ocasiones, dirigió la mirada hacia la esquina inferior derecha de la pantalla visora y observó la flota de naves terrestres que aún orbitaban el planeta Génesis. Si los imperiales acababan con el planeta, justo como su tutor aseguraba, lo más posible era que el Megaroad-01 sería destruido junto con todos sus tripulantes. Aquello iba a ser una auténtica masacre; casi podía imaginar los rostros de cientos de mujeres, niños, ancianos y jóvenes arrinconados en el interior de la nave sin saber que la muerte les acechaba.

       —¡Hay que avisarles ahora mismo! —prorrumpió con desesperación. 

        Consciente de que sólo disponían de algunos minutos, Uller se giró hacia el androide YZ-1 para darle ordenes. Quizás aún podían coordinar un plan de evacuación en conjunto con los delMegaroad-01 o realizar alguna maniobra conjunta que les permitiera entorpecer los planes del enemigo. Fuera como fuera, tenían que ganar algo de tiempo de alguna manera.

       —YZ-1, avisa a los tripulantes de la nave líder que se alejen del planeta ahora mismo. Los imperiales se preparan para destruirlo y tenemos poco tiempo para intentar alguna clase de escape. También transfiere la frecuencia en la que operan nuestras comunicaciones, así podremos hablar con ellos a través de nuestros monitores.

       —Al momento, gobernador Uller. 

        Mientras el androide zuyua acataba las ordenes que se le habían dado, Saulo clavó sus ojos en la pantalla y empezó a pensar en algún plan que les permitiera salir de aquel oscuro callejón sin salida. Ciertamente, a excepción de Andrea Zeiva, no le simpatizaba nadie que viniera del planeta Tierra, ya fuera el de su propia dimensión o el de otra paralela. Sin embargo, tampoco podía ver morir a miles de seres humanos inocentes y permanecer impasible. A pesar del gran resentimiento que sentía contra los terrícolas, estaba consciente de que debía actuar con justicia ante todo. Tenía que ayudarlos de alguna forma.

       Lamentablemente sus opciones eran escasas. Estaba seguro de que si los imperiales se daban cuenta de sus intentos por escapar, estos no iban a dudar en dispararles; por otro lado, quedarse tan cerca del aquel enorme planeta era lo mismo que suicidarse. Tampoco podían atacar a los Devastadores Estelares dado que era imposible vencerlos en un intercambio de disparos. El escenario se presentaba bastante complicado. 

       “Asquerosos malditos”, pensó al tiempo que cerraba un puño fuertemente. “Como la Nave Tao tiene la capacidad de traspasar barreras dimensiónales, nosotros podríamos escapar fácilmente sí lo deseáramos. Pero no creo que los terrícolas a bordo de esas naves posean este tipo de tecnología. ¿Qué podremos hacer?”.

       Armagedón.

       Odrare, Adnalo y Malabock tenían varios motivos para sentirse orgullosos. El emperador los había colmado de felicitaciones por su reciente éxito, y a consecuencia de ello les había prometido una gran cantidad de riquezas. Pero no era sólo la gema de los Titanes lo que había dejado sumamente complacido al amo de Abbadón, también estaba la información que le habían proporcionado sobre aquellas guerreras que defendían el planeta Céfiro y los miembros de la Alianza con los que se habían topado. Por todo lo anterior, N´astarith había decidido otorgarles un permiso para que hicieran lo que desearan en tanto no los necesitara alguna para otra misión. 

       A diferencia de Malabock, quien prefería pasar el tiempo perfeccionando sus artes oscuras, y Adnalo, que le encantaba pasar horas aplicándose tratamientos de belleza, Odrare decidió dedicar su tiempo libre a relajarse un poco. Para ello acudió a una enorme habitación que había sido acondicionada como sala de descanso para uso exclusivo de los Khans y demás guerreros que servían a N´astarith. En el interior había enormes pedazos de seda blanca suspendidos del techo y casi rozando el suelo, y ondulando entre las telas asomaban nubes de vaho.

       El Khan del Minotauro estaba cómodamente tendido boca abajo sobre una amplia mesa, disfrutando de un diligente masaje que le daba una esclava y bebiendo el mejor vino del imperio. Estaba planeando como emplear todas sus riquezas cuando, de repente, percibió la presencia de otro Khan entrando en la habitación. Imaginó que quizás alguien más había decidido ir a descansar, de manera que continuó dando riendo suelta a su imaginación. 

       —Así que, a diferencia de Tiamat, ustedes sí tuvieron éxito, ¿eh?

       Odrare miró hacia su derecha y luego lanzó un suspiro de hastío.

       —Bal, ¿qué diablos quieres ahora? ¿No ves que ahora estoy descansando?

       El Khan de la Gárgola, que permanecía cruzado de brazos, sonrió.

       —Solamente quería saber algo más sobre las oponentes a las que te enfrentaste en ese mundo llamado Céfiro. Escuché algo sobre tres chicas que empleaban la magia para realizar sus ataques y que, a pesar de sus enormes debilidades, consiguieron destruir a ese biodroide llamado Blastar.

       —Más tarde te transferiré mis recuerdos para que conozcas todo lo que sucedió con lujo de detalles, aunque te puedo adelantar que no eran unas rivales de cuidado. Tan sólo eran unas pobres niñas que apenas y pueden utilizar algo de magia. Si no hubiera sido por la ayuda que les dieron esos idiotas de la Alianza, quizás no hubieran sobrevivido al enfrentamiento con Blastar.

       —¿Con qué únicamente eran “unas pobres niñas”? —murmuró Bal luego de tomar la copa de la que Odrare había estado bebiendo. Aún estaba llena hasta la mitad—. Y dime, amigo, si tan sólo eran unas pobres niñas, ¿por qué razón no las eliminaste?

       El Khan del Minotauro resopló con impaciencia. Las palabras de su compañero pesaban sobre su conciencia y lo inquietaban. ¿Cuáles eran las intenciones de Bal? ¿Realmente quería saber algo más sobre las Guerreras Mágicas o simplemente trataba de molestarlo? La férrea competencia que existía entre los Khans por ocupar el liderazgo del grupo hacía imposible bajar la guardia. 

       —Anida, ya es suficiente, retírate —ordenó Odrare al tiempo que se incorporaba. La esclava se apartó del Khan y realizó una rápida reverencia antes de abandonar la habitación. Una vez que Anida se hubo ido, añadió—: ¿A qué viene esa pregunta, Bal? Te advierto que sí has venido a burlarte de mí, será mejor que te largues de una buena vez. No me interesa lo que pienses acerca de la manera en que manejo las cosas. Yo logré obtener la gema sagrada de los Titanes y eso es lo único que cuenta.

       Bal esbozó una ligera sonrisa burlona y bajó la mirada por un momento. Le parecía divertido ver como Odrare imaginaba que él, al igual que la mayoría de sus compañeros, recurría a la descalificación o a la mentira para desplazar a Tiamat y así convertirse en el nuevo paladín del emperador. Mas ése no era su estilo. Él prefería demostrarles a todos que el mejor Khan para dirigir a los guerreros de Abbadón era el mismo, y que las triquiñuelas políticas sólo eran propias de los cobardes. 

       —No malinterpretes mis intenciones. El día que desee convertirme en el líder de todos los Khan, retaré directamente a Tiamat o a quien ocupé su puesto. Yo no necesito recurrir a las intrigas o a los complots para alcanzar mis objetivos.

       Odrare, que sentía algo de sed, alargó la mano para recuperar su copa de las manos de Bal. Luego, se volvió hacia la botella de vino que reposaba en la misma mesa donde estaba sentado y se sirvió un poco de su contenido. No confiaba del todo en Bal, pero sentía que tal vez era sincero por aquella ocasión.

       —No las liquidé porque creí que el biodroide y los esbirros que Malabock había creado podrían vencerlas. Afortunadamente para esas niñas, dos payasos de la Alianza Estelar se presentaron en compañía de un grupo de chicas que se hacían llamar Sailor Senshi.

       —Así que las Sailor Senshi otra vez, ¿eh? —masculló Bal—. Tengo entendido que ellas pertenecen al universo donde estaba la séptima gema estelar y que obedecen las ordenes de una tal Sailor Moon, la cual utiliza un tipo de magia muy especial. ¿Quiénes eran los idiotas de la Alianza?

       —Uno de ellos era Uriel, el regente del planeta Unix, y el otro era un Celestial de nombre Asiont. Ambos poseen grandes habilidades, lo admito, pero de ninguna manera podría considerarlos buenos oponentes. No me explicó como es que ese Celestial con tan poco poder pudo derrotar a Sepultura, seguramente el muy idiota se confió durante la pelea y por eso lo mataron. 

       —En eso estoy de acuerdo contigo. No obstante, me preocupa un poco que quizá estamos subestimando a los oponentes que hemos encontrado en nuestra búsqueda por las gemas estelares. Temo que puedan convertirse en un serio problema si les permitimos seguir con vida.

       Odrare soltó una sonora carcajada de burla. La idea de que las Guerreras Mágicas, Uriel, las Sailor Senshi o los Caballeros Celestiales que quedaban pudieran ser considerados una amenaza, le parecía absurda por no decir ridícula. Tal vez habían causado algunos contratiempos, pero de ninguna manera podían ser consideraros un peligro potencial. 

       —¿Subestimando a esos gusanos? —bufó—. Me parece que estás exagerando demasiado, Bal, no digas esa clase de necedades. Quizás esos guerreros llamados Santos sean una amenaza, pero no las chiquillas inútiles a las que me enfrenté. Ni siquiera fueron capaces de mancharme la armadura con sus ataques.

       El Khan de la Gárgola apoyó una mano sobre la empuñadura de la espada que llevaba colgada en su cintura. Antes de hablar, lanzó una breve mirada hacia la enorme piscina que dominaba el centro de la habitación y suspiró.

       —No estoy tan seguro de eso.

       —¿A qué te refieres exactamente? —Odrare arqueó una ceja.

       —Como ya has de saber, hace poco derroté a Galford, el guerrero meganiano de la Justicia. Justo cuando estaba a punto de liquidarlo, decidí esperar un momento y hurgar en su mente para averiguar los motivos de su traición. —Y tocándose la frente con un dedo cordial, siguió hablando—. Fue de esa manera que me enteré de su pequeña pelea en el universo donde encontraron la segunda gema estelar, en un lugar llamado Papunika.

       —Hablas de la lucha con un niño llamado Dai, ¿no? También estoy enterado de esa batalla gracias a los recuerdos de Lilith —El Khan del Minotauro dio otro trago antes de volver a hablar—. Aparentemente ese mocoso poseía una extraña habilidad que le permitía aumentar y disminuir su poder de pelea. Sin embargo, eso no tiene la menor importancia ya que su fuerza no se compara con la nuestra.

       —En eso tienes razón, Odrare —convino Bal—. Pero a pesar de su aparente debilidad logró dañar levemente la armadura de Lilith y más tarde derrotó a Sword, uno de los guerreros meganianos de la Casa Real. Así mismo, no debemos olvidar que Asiont venció a Sepultura con la ayuda de Sailor Moon, y que también Jesús Ferrer y sus hermanos se han unido al bando del enemigo. Nuestros enemigos comienzan a hacerse fuertes.

       Odrare levantó la mirada y observó al Khan de la Gárgola fijamente. Lo que su compañero estaba infiriendo era una realidad que quizás se estaba negado a reconocer: los nuevos aliados de los Celestiales podían convertirse en un verdadero estorbo para sus planes de dominación.

       —En la leyenda de las doce gemas hay una parte donde se predice que habría numerosos guerreros venidos de otros universos —continuó Bal mientras su compañero tomaba otro trago—. A simple vista esto parece haberse cumplido, pero tal vez lo más grave aún está por ocurrir.

       —¿Te refieres al asunto del Guerrero Káiser, verdad?

       —Exactamente, de eso es lo que estoy hablando. Todavía quedan algunas gemas por recuperar y pienso que quizá ese guerrero se encuentre en algún universo que no hayamos visitado aún. Si el Guerrero Káiser aparece y todos unen sus fuerzas para luchar contra nosotros, tendremos muchas dificultades para vencerlos. Hay que liquidarlos a todos antes de que nos llevemos una sorpresa desagradable.

       El Khan del Minotauro sonrió maléficamente. La idea que Bal le estaba planteando resultaba sumamente atractiva para él. Después de todo, ellos eran los guerreros más poderosos de todo un universo y no tenían por qué tolerar que unos seres insignificantes les estuvieran causando tantos problemas.

       —Ahora comprendo, dices que debemos matar a todos aquellos que traten de apoyar a los Caballeros Celestiales, ¿cierto? Vaya, Bal, se nota que siempre analizas todo con sumo cuidado, ojala Tiamat fuera… .

       El Khan del Minotauro no había acabado de hablar cuando las puertas del recinto se abrieron inesperadamente. En el umbral estaban Allus, Sarah, Eneri, Talión, Aicila y Suzú, quienes penetraron en la habitación apresuradamente. Al verlos acercarse, Odrare y Bal interrumpieron su conversación y se giraron hacia ellos.

       —Vaya, no sabía que teníamos una fiesta programada —exclamó Odrare con sarcasmo—. Espero que hayan traído bastantes bebidas porque ya me terminé el vino que había.

       —Déjate de estupideces —gruñó Allus—. Los estábamos buscando para hablar sobre asuntos importantes.

       Bal alzó una ceja.

       —¿Ah, sí? ¿Y qué es tan urgente?

       —Hemos estado conversando durante un megaciclo y llegamos a la conclusión de que necesitamos un nuevo líder al frente de los Khans —declaró Aicila, echando una rápida mirada hacia Sarah y Eneri para asegurarse de que contaba con su apoyo—. La incapacidad de Tiamat ha quedado ampliamente demostrada luego de lo sucedido con los Santos guerreros del Santuario. Debemos ir con el gran N´astarith y decirle que deseamos elegir un nuevo líder. Claro que para lograr eso, antes necesitamos contar con el apoyo de la mayoría de los Khans.

       —Cuidado con lo que dices, linda —le recomendó Odrare—. Tiamat podría matarte sí escuchara lo que estás diciendo en este momento. Sabes mejor que nadie que él detesta que alguien se exprese así de su persona.
Aicila fingió absoluta indiferencia.

       —No me hará nada si tengo el apoyo del emperador y de la mayoría de los Khans.

       —Pero no lo tienes todavía, ¿verdad? —dijo Bal, desafiante—. Si tuvieras ese apoyo no estarías aquí tratando de convencernos para que te ayudáramos. Lo siento, pero creo que están cometiendo un error y no voy a unírmeles. 

       La Khan de la Arpía frunció los labios, dejando entrever sus dientes. Hacía unos instantes, Sarah, Eneri y Suzú le acababan de reiterar su apoyo para conseguir la destitución de Tiamat y estaba cerca de convencer a Talión. No podía permitir que estando tan cerca de su objetivo, alguien se manifestara tan abiertamente en contra de sus intenciones.

       —¿Es qué no lo entiendes, torpe? —le recriminó con rabia creciente—. Si todos nos unimos en este momento, podríamos elegir un nuevo líder, un líder que nos conducirá a la victoria.

       —¿Y quién será ese líder, Aicila? —inquirió Odrare burlonamente—. ¿Tú?

       —Todavía no lo hemos decidido —se apresuró a decir Sarah, interviniendo en favor de Aicila—. Pero más tarde lo decidiremos entre todos. Lo elegiremos con el consentimiento de la mayoría de los Khans. 

       —Así son las cosas, amigos —comentó Allus de repente—. Tiamat ha demostrado ser un guerrero débil y por eso no puede ser nuestro líder. Recuerden la ley de la vida: si eres fuerte prevaleces, pero si eres débil mueres.

       Bal, que había decidido guardar sus comentarios hasta no escuchar la opinión de todos, se giró hacia donde estaban Eneri, Suzú y Talión para escucharlos. Intuía que era probable que todos estuvieran de parte de Aicila, pero quería estar completamente seguro antes que nada.

       —¿Y ustedes que piensan? ¿Están de acuerdo con la idea de Aicila?

       —Ay, bueno, yo estoy de acuerdo con ella —dijo Suzú sin pensarlo mucho—. Creo que Tiamat no es el más apropiado para dirigirnos. Necesitamos una jefa, digo, un líder que sepa afrontar los retos con inteligencia y que tenga empatía con todos.

       —Tal parece que eres un idiota, Bal —profirió Eneri, que ya había perdido la paciencia—. ¿Acaso no te das cuenta que esta es la oportunidad que buscábamos para botar al maldito de Tiamat? ¿No me digas qué tu no deseas humillar a ese desgraciado infeliz?

       El Khan de la Gárgola pasó por alto los insultos de Eneri, inclinó la cabeza hacia Talión y aguardó. Odrare estaba divirtiéndose como nunca con el giro que había tomado la conversación.

       —Yo aún no he decidido que hacer —confesó el Khan del Fuego—. Creo que necesitamos otro líder, pero no estoy seguro de que sea el momento para ello. Quizás Aicila tenga razón en lo que dice y debemos apoyarla.

       —Claro que tiene razón —insistió Sarah, tratando de mostrarse convincente—. Hasta el momento el emperador ha conseguido siete gemas estelares y pronto obtendrá las demás. Es el momento para elegir a un nuevo líder.

       Justo en ese instante, Bal soltó una risita burlona que tensó todavía más el ambiente. Si de verdad Aicila esperaba convencerlo con aquella improvisada reunión, pronto descubriría que estaba completamente equivocada.

       —Vaya, pues parece que todo lo tienen muy bien planeado, ¿o no es así? Sin embargo ¿por qué no están Sombrío, Adnalo, Fobos y los demás con ustedes? Creo que no se molestaron en averiguar sus opiniones, o quizás es porqué saben que ellos no piensan igual que ustedes.

       Eneri frunció la mirada y su expresión se endureció.

       —¿Tratas de decir que estás con Tiamat, estúpido?

       —No trato de inferir nada, perra —replicó Bal en un tono desagradable—. Digo que son unos torpes si creen que voy a darles mi apoyo. La única forma de hacer a un lado a Tiamat es siendo el guerrero más poderoso de todos y yo pretendo ser ese guerrero.

       —¿Pero cómo puedes decir esa clase de tonterías, idiota? —vociferó la Khan de la Arpía a punto de darle una bofetada—. Nadie seguiría a un patético imbécil como tú.

       El Khan de la Gárgola miró a Aicila directo a los ojos y enseguida apretó los dientes, tratando de reprimir su creciente ira. Daba la impresión de que de un momento a otro, ambos Khan iban a atacarse el uno al otro.

       —¡Alto los dos! ¡Ya fue suficiente! —exclamó Talión, antes de que las cosas llegaran aún más lejos—. Saben muy bien que el emperador no tolera que peleemos entre nosotros. Estas disputas no tienen sentido, al menos no hasta que todos los Khan hayamos discutido este asunto a fondo.

       Bal tomó unos instantes para controlar su enojo antes de volver a hablar. Cuando al fin lo hizo su voz sonaba severa, pero controlada.

       —Talión tiene razón, debemos hablar de esto con todos los Khans.

       Aicila echó una mirada hacia donde estaban Sarah y Eneri. Ambas guerreras asintieron con la cabeza, dándole a entender que lo mejor era aguardar hasta que tuvieran el apoyo de otros guerreros Khans. La guerrera de la Arpía se sintió completamente frustrada. 

       De pronto, el comunicador en el escáner visual de Talión emitió un pitido.

       —¿Qué ocurre? —preguntó el Khan del Fuego luego de presionar un botón.

       —Señor, el emperador desea que todos los Khan se reúnan en la sala de trono.

       —De acuerdo, iremos todos para allá.

       Odrare, que había estado divirtiéndose a expensas de sus compañeros, terminó de servirse todo el vino de la botella y luego se giró hacia donde estaban Allus y Sarah. Los guerreros lo miraron con expectación.

       —Tal parece que vamos a tener que dejar nuestra interesante plática para otra ocasión. Mala suerte para ustedes, amigos.

       Aicila, por su parte, lanzó una mirada de odio contra Bal y apretó un puño. Aquella discusión le había demostrado que mientras no tuviera el apoyo de la mayoría de los guerreros de Abbadón, su sueño de convertirse en líder de los Khan aún estaba lejos de realizarse.

       Shinden (Templo de Kami-sama)

       —¿Cómo encontraremos esas esferas de dragón? —Casiopea miró a Zaboot como sí éste fuera capaz de decirle cómo llegar hasta el famoso planeta de los Namek.

       El terrícola sencillamente se encogió de hombros; sí bien los Guerreros Kundalini tenían la habilidad de crear puertas dimensionales hacia lugares desconocidos, hacer eso requería de una concentración mental que todavía no había alcanzado a desarrollar plenamente. Solamente Zacek y Shilbalam eran los únicos Kundalini capaces de crear portales estables y seguros.

       Tampoco podía recurrir a la teletransportación ya que, aunque sabía dominarla perfectamente, jamás la había empleado para viajar de un planeta a otro y menos a uno cuya ubicación le era desconocía. A menos que alguno de los guerreros del Shinden tuviera una nave espacial o supiera de alguna técnica especial, Zaboot no veía la manera de ir por las dichosas esferas del dragón.

       —Oye, Zaboot, ¿por qué no te concentras como lo hizo Shilbalam y nos llevas a donde se encuentran esas esferas del dragón de las que hablan? —le sugirió Astroboy.

       “¿Qué? ¿Qué fue lo que dijo ese enano?”, pensó Vejita, intrigado. “¿Acaso pueden viajar de un planeta a otro sin la necesidad de una nave espacial?”

       —Me temo que no es tan sencillo como parece, Astro —respondió el Guerrero Kundalini con expresión reflexiva—. Crear una puerta dimensional requiere de un nivel al que todavía no he llegado completamente. De hecho necesitaré de la ayuda de Shilbalam para hacernos volver a la astronave Churubusco.

       —¿Y ahora qué haremos? —preguntó Ryoga a Shun.

       —No tengo ni la menor idea —respondió el Santo de Andrómeda—. Sí al menos hubiéramos llegado en una nave espacial, hubiéramos podido utilizarla para viajar hacia el planeta del que hablan.

       —Pero, Shun, ninguno de ellos sabe donde se encuentra el planeta de Dende —le recordó Seiya—. ¿No escuchaste lo que dijo Piccolo? Aunque tuviéramos una nave espacial no nos serviría de nada.

       El Más Allá.

       —¡Rayos! —exclamó Gokuh, enfadado—. No contaba con ese detalle.

       Kaiou-sama percibía la desesperación de Gokuh por la manera en que éste le sujetaba el hombro. Ciertamente, la amenaza que cernía sobre el universo era mucho mayor que ninguna otra conocida en toda la historia. Kaiou-sama también era consciente de que sí los guerreros de Abbadón lograban cumplir con su meta, entonces incluso el otro mundo estaría en verdadero peligro. Comparados con los guerreros que habían atacado el Shinden, Freezer, Cold y Cell no eran nada.

       —Esto es inaudito, jamás había oído que alguien quisiera dominar varias dimensiones al mismo tiempo. Ese individuo llamado N´astarith debe ser bastante poderoso sí de verdad pretende lograr algo así.

       —Debo ayudar a Gohan y a los muchachos a pelear contra esos sujetos tan poderosos —dijo Gokuh con prontitud—. Kaiou-sama, ¿no existe una manera para que pueda ir a la Tierra, aunque sea por algunos minutos? 

       —Lo lamento, Gokuh, pero eso es imposible. Tú ahora perteneces al mundo de los espíritus —El dios del otro mundo guardó silencio unos segundos y luego añadió con voz queda—: Sin embargo, tal vez exista una posibilidad.

       —¿Eh? ¿De qué estás hablando, Kaiou-sama?

       —Esos sujetos que vinieron de un universo distinto para luchar contra los Khans, atravesaron una especie de puerta dimensional para llegar hasta el templo sagrado. Quizás sí les indico en que dirección se encuentra el planeta Namek, puedan hacer algo parecido e ir hacia allá.

       —¡¿De verdad puedes hacer eso, Kaiou-sama?! —exclamó Gokuh con alegría.

       —Claro que puedo —respondió Kaiou-sama con orgullo—. Pero para eso… —Tras esas palabras, volvió el rostro por encima del hombro y sus ojos destellaron con malicia—… ellos deben pasar una prueba.

       Al oír aquello, Gokuh observó a su antiguo maestro con una mezcla de desconcierto y sorpresa. ¿Una prueba? Con todo lo que estaba sucediendo resultaba impensable que Kaiou-sama estuviera planeando hacer pruebas.

       —¡Maldición! ¡Esto no puede estar pasando! —exclamó Kurinrin, arrugando la cara como si la falta de suerte le causara dolor físico—. Sí no hubiéramos utilizado todos los deseos de las esferas del dragón de la Tierra, podríamos usarlas para ir hasta el planeta de Piccolo.

       Yamcha volvió el rostro hacia su amigo y le apretó suavemente un hombro.

       —No digas eso, ninguno de nosotros tenía idea de todo lo que iba a ocurrir. Además recuerda que Gokuh nos dijo que prefería quedarse en el Más allá. No debes sentirte culpable. 

       No. 18 dirigió su mirada hacia Kurinrin y aunque tuvo deseos de decir algo para confortarlo, al final prefirió no hacerlo. Aún no sabía como comportarse con aquel joven que le había salvado la vida cuando todos los demás hubieran preferido dejarla morir. ¿Debía mostrarse amigable o indiferente?

       —Yamcha tiene razón, Kurinrin —convino Piccolo, atrayendo la atención de ambos peleadores—. Ahora debemos encontrar una manera de localizar el planeta Namek para luego usar las esferas del dragón y así revivir a Gokuh. 

       Mientras Piccolo hablaba, Trunks se dedicó a recordar una conversación que había tenido con su madre años atrás, una plática en donde se hacía mención de Freezer, Gokuh, su padre Vejita y la raza de los namek. Según había escuchado por labios de Bulma, los namek poseían otras esferas del dragón que, al igual que las de la Tierra, eran capaces de cumplir toda clase de deseos. En una ocasión le había propuesto a su madre ir a buscar tales esferas y luego usarlas para revivir a todas las personas asesinadas por los androides No. 17 y No. 18, sin embargo ella le respondió que era imposible y eso era porque ignoraba la ubicación del planeta a donde se habían ido a vivir los namek tras su breve estadía en la Tierra.

       El saber que existían otras esferas del dragón en algún rincón del universo y no poder utilizarlas, lo hizo hecho sentirse frustrado y triste por varios días. Afortunadamente con el paso del tiempo fue olvidándose de todo eso. “Sí al menos hubiera tenido la posibilidad de usar las esferas del dragón del planeta Namek”, pensó. “Las cosas habrían resultado totalmente diferentes. Pero también sí no hubiera viajado en el tiempo, no habría podido darle la medicina al señor Gokuh y las cosas en este tiempo podrían haber resultado peor”.

       —¿En qué estás pensando, Trunks? —le súbita pregunta de la princesa Leona lo hizo volver a la realidad—. ¿Te sucede algo malo?

       —Eh, no, no es nada.

       Leona escudriñó el rostro de Trunks y se percató de que algo le preocupaba en el fondo. A pesar de que el joven guerrero trataba de mostrarse indiferente, como si nada lo aquejara, lo cierto es que sus ojos decían claramente lo contrario.

       —¡Basta de tonterías! —gruñó Vejita impetuosamente—. Olvídense de ese idiota de Kakaroto. Estoy seguro de que sí entrenó un poco más en la habitación del tiempo, podré volverme mucho más fuerte. Además, ya lo escucharon, él tampoco es capaz de derrotar a esos sujetos.

       Ten-Shin-Han frunció el entrecejo. Pese a que hacía enormes esfuerzos por no prestar atención a las palabras de Vejita, la verdad es que ya lo estaba hartando con su altanería. Todavía no podía entender qué diablos es lo que hacía ese despiadado saiya-jin entre ellos. No obstante, tampoco podía ignorar el hecho de que había querido ayudar a Gohan durante la pelea con Cell. Eran acciones como esas las que lo hacían preguntarse continuamente sobre las verdaderas intenciones del saiya-jin.

       —No te precipites, Vejita —le calmó Piccolo—. Esos guerreros que nos atacaron son extremadamente poderosos y necesitaremos de la ayuda de todos para poder vencerlos.

       El príncipe de los saiya-jins observó fijamente a Piccolo y luego volvió el rostro en otra dirección. Su malestar fue percibido casi de inmediato por todos los presentes.

       —Hagan lo que quieran, pero igual perderán su tiempo.

       “Ay, sí, tú la traes”, pensó Eclipse, clavando la mirada en la espalda de Vejita.

       —¿Qué haremos ahora? —preguntó Kurinrin, cabizbajo y sin mucho ánimo—. Sí no podemos ir al planeta de Piccolo, entonces no podremos revivir nunca a Gokuh.

       Al escuchar aquello, las esperanzas de Gohan se fueron por los suelos. Por unos instantes había alimentado la idea de volver a ver a su padre vivo, pero ahora todo parecía indicar que ello no sucedería. La tristeza de Gohan no pasó inadvertida para Sailor Saturn, quien se alejó de Dai y se acercó a él. 

       —No te preocupes, estoy segura de que algo se nos ocurrirá —le dijo ella.

       Gohan alzó la mirada y asintió con la cabeza. Una tenue sonrisa se asomó por sus labios. Tal vez esa niña tenía razón y sí existía una manera de localizar el planeta de Dende. Sí algo había aprendido de su padre era a no perder el ánimo pasara lo que pasara.

       —Tienes razón, Sailor Saturn, tenemos que pensar en una manera.

       —Muchachos, tengo una idea —La voz de Gokuh hizo que todos alzaran la mirada al cielo—. Quizás Kaiou-sama pueda ayudarlos a localizar el planeta de Piccolo, pero aún así tendrán que ir a hasta allá por sus propios medios.

       —¿Kaiou-sama? —murmuró Eclipse—. ¿Y ése… quién es?

       —Es uno de los principales dioses del otro mundo —le explicó Piccolo—. Gracias a él es como podemos escuchar la voz de Gokuh.

       —¿Un dios? —musitó Seiya por su lado—. No esperaba que pudiéramos conocer a una de las deidades de este mundo tan pronto. 

       Casiopea llevó su rostro hacia Zaboot. Tal vez el Kundalini no podía abrir una puerta dimensional por sí solo, pero tal vez podría hacerlo con ayuda de ese ser llamado Kaiou-sama. Después de todo, él era quien hacía posible que la voz de Gokuh pudiera ser escuchada en el templo sagrado. 

       —Pero qué cosas dices, Gokuh —replicó Yamcha—. Ninguno de nosotros conoce la técnica de la teletransportación. De nada nos serviría que Kaiou-sama no indicará en donde está el planeta de Dende.

       —No opino igual, amigo —disintió Casiopea—. Nuestro amigo Zaboot podría crear un portal dimensional sí lo ayuda algún tipo de entidad espiritual. No olvides que él fue quien nos trajo hasta este universo con la ayuda de otro de nuestros amigos.

       Piccolo, dudoso y a la vez intrigado, dirigió su mirada hacia el Guerrero Kundalini.

       —¿De verdad puedes hacer eso?

       —Creo que puede ser posible —asintió Zaboot luego de pensar un instante. Si de verdad alguien más lo ayudaba a establecer un lazo astral con los namek, entonces le sería posible crear el portal dimensional adecuado—. Pero necesitaré que ese tal Kaiou-sama me ayude a encontrar el planeta.

       —¡Entonces ya está! —exclamó un eufórico Eclipse—. ¡Vayamos por esas esferas del dragón que pueden cumplir todos los deseos!

       Una sonrisa de alegría hizo resplandecer el rostro de Gohan. Ahora sólo era cuestión de ir al planeta Namek, reunir las esferas del dragón y luego desear que su padre volviera a la vida. Después de ello, todos juntos podrían planear los pasos a seguir para impedir que N´astarith alcanzará su objetivo.

        Zaboot se sentó en el suelo en posición de meditación, cerró los ojos y aguardó. Debía mantener su mente en silencio para después establecer un lazo de comunicación espiritual con Kaiou-sama. Sí todo salía conforme a lo planeado, entonces podría hacer aparecer un portal dimensional que los conduciría hasta el planeta Namek.

       —Estoy listo —anunció el Kundalini.

        Casi simultáneamente las miradas de todos los presentes se posaron sobre él.

       Continuará… .

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s