Leyenda 026

LA LEYENDA

por Asiant Uriel

CAPITULO XXVI

“NO VAYAS SOLO, CADMIO”

       Con una velocidad asombrosa, el Águila Real 77 emergió de un agujero dimensional y tomó rumbo hacia el planeta Tierra de aquella realidad. Tras hacer un rápido análisis de toda el área, Saulo y su tripulación concluyeron que la nave imperial aún no había abandonado aquella dimensión.

       —Señor, captó la presencia de un Devastador imperial en ese planeta —anunció uno de sus oficiales, levantándose de su asiento con urgencia—. Afortunadamente no hay evidencia de que haya más naves enemigas en el área.

       El príncipe endoriano caminó hasta el ventanal del puente y contempló con asombro la resplandeciente esfera de color azul suspendida en medio de las tinieblas del espacio. El parecido con el planeta Tierra que él conocía lo dejó estupefacto por un momento. Era como sí se encontrara en su propia realidad y no en otro universo diferente.

       —Gran Creador, ese planeta es idéntico al Planeta Azul —murmuró sin dar crédito a lo que veía. Cuando Mariana y Cadmio le informaron acerca del enorme parecido que el mundo de Ranma tenía con la Tierra, el príncipe endoriano creyó que estaban exagerando y que era imposible que existiera un planeta igual a otro, aunque estuviera en un universo diferente. Ahora comprendía que estaba equivocado en sus conocimientos con respecto a las similitudes entre las diferentes realidades.

       Areth se levantó de su asiento y fue a reunirse con Saulo.

       —Saulo, ¿qué plan tienes en mente?

       Como si estuviera despertando de un largo sueño; Saulo parpadeó varias veces frente al ventanal y a continuación se volvió hacia la tripulación.

       —¡Rápido! Vayamos hacia donde se encuentra el Devastador Estelar —hizo una pausa y puso su mano sobre uno de los hombros de Areth—. Percibo varias auras bastante poderosas, me temo que quizás haya un enfrentamiento.

       La joven Celestial asintió.

       —Estamos listos, maestro.

       La nave plateada se introdujo hacia el voluminoso planeta azul que iba llenando el ventanal a medida que atravesaban su atmósfera.

       Ciudad de Monterrey.

       Landa era un enorme coloso fuertemente armado. Construido por Zocrag como arma de destrucción masiva para apoyar a las fuerzas imperiales durante las invasiones; consistía una clara visión de lo que era el terror personificado. Dos enormes apéndices brotaban de sus mejillas. Su estructura le confería más el aspecto de un guerrero con armadura que el de un robot. Dotado de múltiples armas, sin duda era un oponente sumamente peligroso para quien quiera que se atravesará en su camino.

       —Asquerosas chatarras, prepárense a ser destruidos completamente —sentenció mientras desplegaba un látigo gigantesco—. Sólo me tomaré unos quince ciclos en aplastarlos a todos.

       Radegast, uno de los robots zuyua más fuertes y poderosos de todos los Transformables, voló a toda velocidad hacia el rostro del robot abbadonita para golpearlo usando todo el cuerpo. Su intención era desconcertarlo para que sus demás compañeros pudieran atacarlo en diferentes zonas al mismo tiempo.

       —Ahora conocerás el poder de Radegast.

       Landa clavó su mirada en el Transformable y a continuación levantó su látigo. Con un certero golpe, el robot imperial despachó a Radegast y lanzó lejos. Titán se quedó perplejo.

       —Sí ese es todo el poder ya estuvo que les gané.

       Estelaris fue el siguiente en atacar. Dotado con un potente cañón láser en su único ojo, el robot zuyua descargó un potente disparo en contra de la cabeza de Landa.

       —Rayos láser a la orden.

       Sin embargo el campo de fuerza del robot abbadonita bloqueó el ataque sin dificultad.

       —Tus lucecitas me hacen los mandados —repuso con una sonrisa burlona.

       —¡Chatarra, tramposa! —le gritó Estelaris—. Traes un campo de fuerza, eso no se vale.

       Con un rápido y ágil movimiento, Landa alzó su látigo nuevamente y golpeó a Estelaris, mandándolo a volar por los aires. El Transformable acabó su vuelo estrellándose en un enorme edificio.

       —¿Quién dice que no se puede? —masculló Landa en un tono burlón mientras recogía su látigo y se volvía hacia los demás Transformables—. Ahora siguen ustedes.

       Tiamat y Karmatrón continuaron incrementando sus poderes por un breve instante antes de reiniciar el combate. Lo que Zacek no sabía era que Tiamat estaba sumamente emocionado. Le encantaba pelear y demostrar su poder. Aniquilar a sus enemigos era lo que mayor placer le producía antes que cualquier otra cosa. Por aquella razón entre muchas otras, N´astarith lo tenía en alta estima.

       Dando un paso al frente, el Khan del Dragón se decidió a iniciar la pelea nuevamente, pero está vez Karmatrón lo estaba esperando o al menos eso creía. Usando su increíble velocidad, el Khan desapareció de la vista del Kundalini antes de que éste pudiera golpearlo con el puño.

       Karmatrón volvió la vista hacia atrás justo a tiempo para descubrir a su enemigo, pero antes de que pudiera reaccionar efectivamente, el Khan le propinó un potente puñetazo que lo lanzó por los aires. A continuación, Tiamat desapareció otra vez usando su velocidad.

       Aturdido completamente por el golpe del enemigo, Karmatrón atravesó los cielos volando verticalmente sin control. Cuando ya estaba a punto de estrellarse contra la parte inferior de la nave imperial, Tiamat apareció de la nada para interceptarlo. Juntando ambos puños, el Khan del Dragón lo golpeó nuevamente haciendo que se estrellará contra las ruinas de un edificio, convirtiéndolo en un amasijo de escombros en medio de una nube de polvo.

       Antes de que los escombros terminaren de caer al suelo y el polvo levantado por el impacto se asentará, Tiamat alzó sus manos con las palmas orientadas hacia el suelo y comenzó a disparar ráfaga tras ráfaga como desquiciado. Los rayos cayeron uno tras otro sobre el sitio donde Karmatrón se había estrellado, devastando toda el área en una poderosa y destructiva explosión.

       Una vez terminado su ataque, el Khan del Dragón descendió en medio de las ruinas para buscar a su enemigo. Tiamat miró el lugar, escudriñándolo con cuidado. Su aguda percepción le indicaba claramente que Karmatrón aún estaba con vida.

       —¡Sal de ahí, Karmatrón! No eres tan débil para morirte con ese ataque tan simple.

       Al principio fue casi imperceptible, pero el temblor que sacudía los escombros cobró mayor fuerza hasta que finalmente estos salieron despedidos por los aires. Tiamat sonrió malévolamente. Nuevamente tenía frente a él al Guerrero Kundalini más poderoso de ese universo.

       —No cabe duda de que tienes un gran poder —dijo Karmatrón—. Ni siquiera Asura pelea de la manera en que tú lo haces.

       Tiamat esbozó una sonrisa burlona.

       —Y eso que aun no he peleado con todo mi poder. Te advierto que de nada te servirá hacerte invisible. Al igual que ustedes los Kundalini, nosotros los Khans hemos desarrollado la telepatía y la percepción. Puedo ubicarte donde quiera que te encuentres.

       Karmatrón sintió un leve malestar en el brazo izquierdo y se lo sujetó con la mano. A pesar de su poderosa armadura energética, ese último ataque había conseguido lastimarlo ligeramente. Sí no hacía algo pronto aquel guerrero terminaría venciéndolo.

       Tiamat dio un paso al frente y clavó la mirada en el Kundalini.

       —Ahora será tu final.

       Abandonando cualquier pretensión de observar aunque fuera la menor cautela, Karmatrón se lanzó sobre el Khan del Dragón en una feroz acometida. Antes de que el puño del Kundalini tocara el cuerpo de Tiamat, éste volvió a utilizar su coraza de energía para protegerse.

       El Kundalini lanzó golpe tras golpe con sus puños y piernas, pero la coraza de energía del Khan guerrero bloqueó todos los ataques sin ningún problema. Cuando Karmatrón comprendió que por más golpes que le lanzará no conseguiría tocarlo, se detuvo para idear una nueva estrategia. La cara de Tiamat esbozó una sonrisa burlona. Desapareciendo su coraza, el Khan recuperó la ofensiva y contraatacó. Usando sus puños y piernas comenzó a golpear el cuerpo del guerrero Kundalini.

       Al principio, Karmatrón consiguió defenderse bien y eludió los ataques de su adversario, pero conforme la velocidad con la que atacaba Tiamat aumentaba a cada momento, la situación se volvió más desesperante. Atacando con una ferocidad que Karmatrón era incapaz de contener, Tiamat pudo encontrar una abertura en la defensa del Kundalini y aprovecharla.

       Con un potente golpe en el estómago, Tiamat dio casi por finalizada la batalla. Con las manos en el abdomen, Karmatrón se dobló por la mitad y cayó de rodillas al suelo mientras sentía que la vista se le nublaba. Aquel había sido un golpe extremadamente poderoso.

       —Tal parece que no eras lo que esperaba —sentenció el guerrero imperial—. Sólo eres un debilucho, pero debo admitir que peleaste con valor. Desgraciadamente, necesitas más que eso para ganarme.

       Karmatrón alzó la vista lentamente y titubeó.

       —La… la batalla aún no ha terminado, Tiamat.

       —¿Batalla? —repitió el Khan en tono burlón—. Acabas de perder por sí no te has dado cuenta. Ahora voy a… .

       Tiamat no alcanzó a terminar la frase. Una sensación conocida recorrió su cuerpo, una presencia de considerable poder se estaba acercando.

       —Siento una presencia conocida… .

       En la pantalla visora del puente de mando del Águila Real 77, Saulo y sus acompañantes observaron con detenimiento la enorme envergadura del Devastador Estelar Dagón mientras su nave continuaba acercándose al lugar de la batalla.

       —Al parecer el enemigo encontró alguna clase de resistencia —anunció el primer oficial—. Están librando una batalla contra esos platillos y unos robots. Quizás se trate de las fuerzas de defensa de este mundo. Intentaremos comunicarnos con ellos.

       —Percibo una aura muy poderosa —declaró Saulo, mostrándose algo preocupado—. No, son tres presencias y una de ellas tiene una aura increíblemente monstruosa. Es extraño, pero me parece que ya había sentido antes una de estas energías.

       Areth y Ezequieth se acercaron a su maestro.

       —Yo también lo percibo —convino Areth—. ¿Qué haremos?

       Sin perder más tiempo, Saulo se volvió hacia los oficiales de la nave para darles instrucciones.

       —Detengan la nave. A partir de este momento, Areth, Ezequieth y yo iremos solos. No es necesario que expongan sus vidas.

       El primer oficial de la nave fijó la mirada en Saulo y repuso:

       —Príncipe, allá abajo hay al menos doscientas naves de combate imperiales sin mencionar a un gigantesco robot. ¿No cree que seriamos de ayuda sí nos unimos a los defensores de este mundo que se encuentran luchando contra el enemigo?

       Saulo negó con la cabeza.

       —Lo lamento, pero no deben hacer eso —dijo para sorpresa de todos.

       Areth sacudió la cabeza, con un sentimiento de frustración.

       —Maestro, ¿está hablando en serio?

       El príncipe endoriano esbozó una mirada llena de tristeza y asintió.

       —Desgraciadamente sí. Sí esta nave se une a la batalla lo más seguro es que sea dañada o destruida. Por experiencia sabemos que es imposible dañar a las naves abbadonitas y necesitamos al Águila Real 77 para volver a nuestra dimensión.

       —¿Y qué haremos entonces, Maestro? —le inquirió Ezequieth.

       —Bajaremos para ayudar a los guerreros que están luchando contra los Khans e impediremos que se lleven la gema. Una vez que nosotros la hayamos obtenido volveremos a nuestra dimensión.

       Areth se cruzó de brazos no muy convencida con la decisión de su mentor.

       —Maestro, no me parece correcto hacer eso. Esos guerreros están peleando por su mundo como lo haríamos nosotros. Debemos derrotar a los Khans.

       Ezequieth abrió los ojos enormemente. Sencillamente, Areth estaba fuera de sí. Los Khans habían aniquilado a miles de Caballeros Celestiales por toda la galaxia, incluyendo a los más experimentados y fuertes. Ellos dos eran aprendices y jamás habían luchado contra algún Khan. Hacer lo que Areth proponía equivalía a suicidarse.

       —¿Acaso estás loca? No hay forma de ganarle a esos tipos.

       —¡Basta! —exclamó Saulo poniendo fin a la discusión—. Aunque no nos guste es lo único que podemos hacer.

       Areth enarcó una ceja.

       —Pues yo no lo apruebo, quizás lo que Astrea decía es verdad.

       Saulo la miró fijamente.

       —¿De qué hablas, Areth?

       —De que los Caballeros Celestiales ya no son lo que eran antes, maestro. La misión de la orden es luchar por la justicia y defender a los débiles. Si hacemos lo que usted nos pide le estamos dando la espalda a ese ideal.

       El príncipe endoriano bajó la cabeza molestó por la crítica. A pesar de su corte edad, Areth podía distinguir claramente lo que estaba bien y lo que estaba mal. Sí Asiont o cualquiera de sus amigos hubiera estado con ellos en ese momento, habría actuado igual. En el fondo, Saulo sabía que ayudar a quienes quieran que fueran que estuvieran allá abajo peleando, era lo correcto.

       —Tienes razón, Areth —asintió Saulo para luego volverse hacia la tripulación de la nave—. Escuchen, traten de hacer contacto con los pilotos de esos platillos y díganles que se retiren lo antes posible. Sí lo hacen entonces ayúdenlos a escapar.

       El primero oficial de la nave asintió de inmediato.

       —Cuente con nosotros, príncipe.

       Areth miró a su mentor y esbozó una sonrisa de satisfacción. No dijo nada, pero interiormente la joven Celestial sintió una gran admiración hacia Saulo por haber tomado aquella decisión tan difícil.

       Armagedón.

       La oscuridad cubría la habitación del emperador meganiano, pero el silencio de Francisco Ferrer superaba incluso el del vacío que reinaba en Armagedón. La familia real de Megazoar se había reunido a puerta cerrada para discutir ciertos asuntos relacionados con su alianza con Abbadón.

       —Lo que sucede es inadmisible, padre —dijo David visiblemente irritado. Alto, robusto y de piel clara, sus sagaces ojos no pasaban por alto ningún detalle de los que le rodeaban—. Ese miserable de N´astarith no es de fiar.

       —Tranquilízate, hijo —le calmó Francisco—. Debemos hacer algunos sacrificios sí realmente queremos lograr una galaxia por la que todos luchamos.

       —Si, pero no a ese precio —replicó David dispuesto a defender su postura—. Las cosas han empeorado para nuestro pueblo desde que nos aliamos a la maldita Unión Imperial.

       De menor estatura, pero igualmente robusto, Armando llevó su mirada hacia el rostro de su padre para escuchar su parecer.

       —Lo entiendo, hijos, pero deben creerme —insistió Francisco—. Es cosa de un momento.

       La expresión desmoralizada de David fue más elocuente que sus palabras.

       —¿Un momento? Padre, abre los ojos por favor. Desde que nos unimos a Abbadón nos hemos visto forzados a aceptar su intromisión en nuestras políticas internas.

       —Eso sin tomar en cuenta la cantidad de naves que hemos perdido los últimos ciclos solares estándar —añadió Armando—. De acuerdo con el ministro de defensa, las perdidas superan nuestra producción bélica.

       —¡No están utilizando! —estalló finalmente David—. Cuando hicimos esta alianza con ellos se nos prometieron adelantos tecnológicos, armas y otras cosas, pero el tiempo ha pasado y hasta la fecha no nos han dado nada. Sólo nos están utilizando como vulgar carne de cañón en conflictos que no nos benefician.

       David enmudeció y esperó para ver la reacción de su padre. Antes de que Francisco pudiera decir algo; Armando tomó la palabra.

       —También nos han exigido una gran cantidad de trabajadores para sus fabricas de armas y naves. Sí esto continua como hasta ahora nuestro pueblo muy pronto empezará a sufrir los estragos de estas políticas.

       Francisco meneó con la cabeza.

       —Sabíamos a lo que nos arriesgábamos al unirnos a Abbadón. Ustedes sólo ven lo negativo, hijos. No se han dado cuenta de que desde que nos aliamos con N´astarith, los conflictos dentro de nuestro territorio ya casi han desaparecido. Con tiempo la galaxia vivirá en completo orden y armonía.

       —Existe la posibilidad de que N´astarith nos haya mentido.

       La voz serena de Jesús Ferrer se impuso a las demás.

       —Quizás este planeando traicionarnos y sólo quiera usarnos para sus fines.

       Francisco puso la mano sobre el hombro de Jesús.

       —Hijo, N´astarith siempre ha tratado bien a sus aliados. No hay razones para que comencemos a dudar de sus promesas —hizo una pausa y esperó a que todos sus hijos lo miraran—. La siguiente expedición está por partir en cualquier momento. Quiero que David vaya al frente.

       David Ferrer frunció el entrecejo con desconfianza.

       —¿Yo? No puedo creerlo.

       —Pues créelo, el mismo N´astarith ha dado su autorización —repuso Francisco tranquilamente—. Esta será una misión llevada a cabo por guerreros meganianos y tú irás al frente.

       Armando dibujó en su rostro una expresión de incredulidad.

       —¿Quiénes irán con David? —le inquirió interesado.

       —Cuatro de nuestros guerreros reales. Yo mismo los he seleccionado.

       Los hijos de Francisco se miraron entre sí sin decir una sola palabra. Finalmente Jesús decidió tomar la palabra.

       —Entiendo, de esta forma demostraremos la fuerza de nuestros guerreros ante N´astarith y ante la Alianza Estelar.

       El emperador de Megazoar dejó escapar una leve sonrisa de padre orgulloso y asintió.

       —Exactamente, hijo, exactamente.

       Ciudad de Monterrey.

       Karmatrón intentó nuevamente ponerse en pie, pero fue inútil. Aún continuaba aturdido por el poderoso golpe de Tiamat. El Khan del Dragón escudriñó los cielos detenidamente con la mirada. Estaba seguro de que un momento a otro alguien aparecería. El rostro de Tiamat sufrió una transformación cuando contempló con claridad tres siluetas volando por los cielos a una gran velocidad. Impulsados únicamente por sus auras, las tres figuras volaron directamente hacia al campo de batalla.

       —Vaya, vaya, miren lo que tenemos aquí —siseó maliciosamente—. ¿Con qué al fin han llegado los miembros de la Alianza Estelar?

       Sin perder un segundo, Tiamat se llevó la mano a los controles de su escáner visual para comunicarse con Sepultura.

       —Atención, Sepultura, ¿ya encontraste la gema?

       —Estoy en eso, parece que se encuentra en una especie de museo —le respondió el Khan de la Muerte—. Tuve que matar a algunos idiotas que me topé en el camino… .

       —Bien, una vez que la hayas obtenido, reúnete conmigo. Parece que los miembros de la Alianza Estelar nos han seguido hasta esta dimensión.

       —¿Miembros de la Alianza? De acuerdo, en unos ciclos… .

       Antes de que Tiamat pudiera terminar de oír la contestación de su compañero, Saulo, Ezequieth y Areth descendieron justo frente a él. Un profundo silencio se produjo cuando el Khan y los Celestiales se miraron mutuamente. Tiamat fue el primero en romper aquel silencio sepulcral.

       —Pero miren nada más, sí se trata del gran Saulo. Como hace tiempo en que no veía tu rostro.

       Sin dejarse amedrentar, el príncipe endoriano levantó su mano frente a su rostro y apretó su puño.

       —¡Canalla! No conforme con lo que has hecho en nuestra propio universo ahora has venido a este otro a sembrar el caos. Vas a pagar por todos tus crímenes.

       El Khan del Dragón miró a los compañeros de Saulo y a continuación esbozó una sonrisa burlona.

       —Veo que no has venido tú solo, ¿quiénes son esos mocosos? Alumnos tuyos, ¿no es así? —hizo una pausa y dio un paso al frente—. ¿Sabes, Saulo? Jamás imagine que nos volveríamos a ver después de tantas cosas.

       Sin decir una sola palabra, el príncipe endoriano se despojó de su capa y a continuación volvió el rostro hacia Ezequieth.

       —Ayuda a ese guerrero a recuperarse de sus heridas mientras Arteh y yo distraemos a Tiamat, luego infórmale la razón de nuestra presencia.

       El joven Celestial asintió y se aprestó a cumplir la orden. Una sonrisa de fiera atravesó el rostro del Khan del Dragón mientras les hacía una seña con la mano, invitando a los Celestiales a acercarse.

       —Ten cuidado, Areth —le susurró Saulo sin apartar la mirada de su oponente—. Tiamat ha conseguido derrotar a muchos de los mejores Celestiales que he conocido.

       Saulo y Areth se separaron para dejar un espacio entre ellos y lentamente fueron al encuentro con Tiamat.

       A unas cuantas calles de ahí, Molécula y Kali se preparaban para combatir entre sí. Luego de haber puesto fuera de combate a Tritón, la guerrera Khan de la Destrucción permanecía en completa calma esperando a que Molécula tomará la iniciativa.

       —Vamos, ¿por qué no atacas? —le preguntó Kali, desafiante

       Como respuesta, la Kundalini se elevó por los aires con un poderoso salto y a continuación descargó varias esferas de fuego contra su enemiga. Kali sonrió y formando una barrera de energía alrededor de ella, bloqueó el ataque sin ningún problema.

       “Vaya, no tenía idea de que pudiera hacer eso”, pensó Kali.

       Molécula, por su parte, miró a la Khan de la Destrucción fijamente como estudiándola.

       “Al parecer sabe manejar el aura perfectamente”, pensó la Kundalini. “Me pregunto qué clase de poderes tendrá”.

       Kali dejó escapar una leve sonrisa y, antes de que Molécula pudiera atacarla de nuevo, desapareció.

       “¿En donde se metió?”, pensó Molécula, mirando en todas direcciones en espera de un posible ataque. “¿Acaso se hizo invisible?”.

       La Kundalini titubeó; después cerró sus ojos y se sumió en sí misma. Abrió los ojos de repente y volvió la vista hacia atrás. Ahí, a sus espaldas, Kali flotaba en el aire  cruzada de brazos, observándola fijamente.

       —Eres una guerrera excepcional, Lis-ek, pero debo decirte que por más que te esfuerces nunca podrás ganarme. Mi nivel de combate es muy superior al tuyo.

       Molécula retrocedió algunos metros en el aire.

       —La batalla aún no termina, Kali.

       La Khan de la Destrucción cerró sus ojos en un gesto de desdén y luego bajó la cabeza.

       —Parece que aún no comprendes el verdadero poder de los guerreros Khans —hizo una pausa y abrió los ojos de repente—. Te lo mostraré.

       Molécula cerró sus puños y se dispuso a golpear a su enemiga, pero cuando su puño atravesó el cuerpo de la Khan; Lis se dio cuenta de que solamente se trataba solamente de una imagen. Aparentemente, Kali tenía la habilidad de proyectar proyecciones de sí misma para confundir a sus adversarios.

       —No puede ser —masculló para luego llevar su mirada hacia un costado. Cuando finalmente se dio cuenta estaba rodeada por al menos siete imágenes de Kali. Idénticas a la original, aquellas fantasmales imágenes la miraban detenidamente como sí en verdad todas tuvieran vida.

       —Ya lo ves —se escuchó decir a la voz de la Khan—, no tienes posibilidad de ganar.

       Para mejorar su defensa, Molécula transmutó su cuerpo en metal indestructible y a continuación formó un par de bumeranes de energía aúrica en sus manos.

       —No importa que clase de trucos utilices. Nosotros los guerreros Kundalini nunca nos damos por vencidos porque tenemos el poder del silencio para superar cualquier obstáculo por grande que éste sea. Siempre podemos levantarnos después de cada caída. Aún después de la muerte podemos seguir adelante… Lo único que nos detendría sería la perdida de la confianza en nosotros mismos.

       Una de las imágenes de Kali bajó la mirada y repuso con tristeza.

       —En una ocasión conocí a un joven que hablaba igual que tú. Decía que a pesar de las adversidades podemos volver a levantarnos cuantas veces sea necesario. Desgraciadamente, esas son sólo tonterías.  Únicamente los más fuertes son los que permanecen y los débiles mueren —hizo una pausa y levantó el rostro, su mirada había cambiado por completo—. Asiont sólo era pobre un soñador.

       —¿Asiont? —repitió Molécula sin saber a que se refería—. ¿Acaso él es quien te dijo eso?

       Kali asintió.

       —Sí, pero dejémonos de pláticas. —Levantó una mano con la palma orientada hacia Lis—. Es hora de que mueras.

       Antes de que Molécula pudiera decir algo más, una de las imágenes de Kali le arrojó una potente descarga de energía, pero la Kundalini logró esquivarla a tiempo teletransportandose a otro extremo. La descarga pasó de largo y se estrelló en la cima de un edificio.

       Con la velocidad del rayo, Molécula atacó con un boomerang a la Kali atacante, pero éste paso volando a través de la imagen como si se tratará de un fantasma. Antes de que la guerrera Kundalini tuviera tiempo de atacar otra de las imágenes, una poderosa patada la golpeó por el costado.

       “No puede ser, no sentí su presencia”, pensó Lis mientras su visión se nublaba.

       Sin dejar que Molécula reaccionará; Kali junto ambos puños y con un rápido movimiento le propinó un poderoso golpe en la nuca que la lanzó directamente hacia abajo. El cuerpo inconsciente de Lis cayó totalmente sin control, estrellándose en el suelo como si fuera un potente proyectil que desapareció bajo una cortina de escombros y humo.

       Con la Molécula derrotada, las imágenes de la guerrera de la Destrucción desaparecieron al unísono y Kali quedó sola en el aire. Bajó la mirada y murmuró tristemente:

       —Sólo los más fuertes sobreviven… .

       En Armagedón todo estaba listo para enviar una nueva expedición a través del Portal Estelar. Luego de que el Devastador Estelar Devaki terminara de cargar combustible, y de que David abordará la nave en compañía de cuatro guerreros de la casa real de Megazoar, N´astarith dio la orden de abrir la puerta dimensional.

       —Todo en orden, mi señor —anunció el capitán del Devaki, dirigiéndose a David Ferrer—, los motores y el armamento se encuentran listos.

       El príncipe meganiano dirigió una vaga mirada hacia el espacio a través del ventanal frontal del puente de mando del navío.

       —Perfecto, preparen todos los sistemas…. no importa que esos canallas de la Alianza Estelar nos sigan. Yo, David Ferrer, guerrero del Gran Dragón de Megazoar obtendré la siguiente gema estelar caiga quien caiga.

       Fuera de la nave, una enorme abertura dimensional de enormes proporciones apareció frente al Devaki. Se produjo un breve y estridente sonido cuando la nave entró por el túnel de luz dejando atrás a la Tierra y Armagedón.

       Astronave Churubusco.

       El almirante Cariolano y su equipo de técnicos en comunicación y radar habían llegado a la conclusión de que los imperiales habían activado el Portal Estelar por segunda ocasión. A medida que los instrumentos del puente de mando reportaban las continuas distorsiones en el continuo espacio-tiempo, Cariolano decidió llamar al puente a la reina Andrea y a la princesa Mariana.

       —Majestad, será mejor que vea esto —exclamó el almirante aliado—, las coordenadas de los disturbios cronales son iguales a una de las contenidas en los datos que Eclipse nos trajo.

       Andrea acudió enseguida y echó un vistazo al enorme monitor principal.

       —Al parecer lo que Saulo temía se ha vuelto realidad. Ahora que N´astarith sabe que le seguimos los talones de cerca desea obtener todas las gemas estelares cuanto antes.

       —Afortunadamente para eso estamos aquí —señaló Cadmio de pronto.

       —Cadmio, ¿qué haces aquí? —le inquirió Mariana sorprendida de verlo.

       El Celestial esbozó una sonrisa burlona.

       —Sólo estaba escuchando —hizo una pausa—. Bien, sí no mal recuerdo Saulo nos dijo que sí volvían a abrir otra puerta, alguno de nosotros debería ir tras esos desgraciados para impedir que obtengan otra gema, ¿no es verdad?

       Andrea alzó los ojos al cielo como pidiendo ayuda. Mariana comprendió que esta vez nada que dijera haría al Celestial cambiar de opinión sobre ir tras los imperiales, pero afortunadamente había otras maneras de asegurarse de que no fuera a cometer una locura.

       —Madre, creo que Cadmio tiene razón. Alguien debe hacerse cargo.

       El Celestial sonrió.

       —Vaya, al parecer alguien aquí está pensando con cordura después de todo —declaró con tono triunfal.

       Se produjo un tenso silencio mientras Andrea y Cariolano se miraban entre sí.

       —Sin embargo —añadió Mariana—. Saulo también dijo que Cadmio no debería ir solo en la misión, ya que sería muy peligroso. Creo que Dai, Hyunkel, Poppu, Ranma y Ryoga deben acompañarlo.

       —¡¿Qué, qué?! —preguntó Cadmio.

       Esta vez fue Andrea quien esbozó una sonrisa burlona.

       —Tienes razón, hija, preparen el Águila Real 32 para salir —hizo una pausa y presionó el comunicador en su cinturón—. Atención, teniente: Quiero que traiga a los jóvenes que están entrenando en la sala de entrenamientos ubicada en el nivel C-Azul.

       —Sí, señor.

       Cadmio estaba furioso, pero logró controlarse. Para él, aquella decisión carecía totalmente de sentido. No podía permitir que Mariana se saliera con la suya.

       —Un momento, me rehúso terminantemente a llevar conmigo a un montón de mocosos babeantes. Sí he de ir acompañado prefiero llevar conmigo a Casiopea.

       Andrea negó con la cabeza y sonrió.

       —Lo lamento, Cadmio, pero eso no será posible. Sí Casiopea se va contigo no quedará ningún Celestial aquí para defender la flota. En caso de los imperiales abran otra puerta necesitaremos toda la ayuda posible.

       Cadmio apretó los puños con furia y escrutó con los ojos el rostro de Cariolano, pero no encontró la menor señal de ayuda en él. El Celestial se irguió y asintió con desgano.

       —De acuerdo, pero sí algo les pasa será bajo su responsabilidad. Esos mocosos no serán de ninguna ayuda.

       Andrea clavó la mirada en Cadmio con evidente malestar. ¿Acaso aquel hombre tenía que comportarse siempre de esa manera? Todavía no podía entenderlo.

       —Bien, entonces prepárate, la nave estará lista en diez ciclos.

       El Celestial se cruzó de brazos y llevó su mirada hacia la ventana frontal para mirar el espacio.

       “Tontas, no saben lo que hacen”, pensó.

       Ciudad de Monterrery.

       Gracias a los detectores instalados en su escáner visual, Sepultura encontró la gema sagrada en un gran edificio. A consecuencia del ataque, la gente había huido dejando abandonado todo a su paso y eso le facilitaba las cosas.

       —Así que aquí estás, preciosidad —dijo al descubrir la gema detrás de una enorme vitrina. Con sólo colocar su palma sobre el vidrio, la ventana estalló en mil pedazos. La gema era idéntica a las otras, salvo el color y su brillo eran diferentes. Sin perder más tiempo, el Khan la tomó entre sus manos y la examinó con cuidado. Tenía inscrita la palabra “Jet” en idioma antiguo. Sin perder tiempo, Sepultura desplegó su aura para elevarse por los cielos rumbo hacia donde se encontraba Tiamat.

       Saulo y Areth se enfrentaron a Tiamat entre un intercambio de golpes. Girando velozmente por el aire, los combatientes asestaron golpes y los detuvieron, atacando y contraatacando en una batalla sin cuartel donde cada bando haría lo posible para aniquilar al contrario. El Khan del Dragón era veloz y ágil, y maniobraba entre los Celestiales con la serenidad del rayo moviéndose de un lado a otro tan deprisa que apenas tenía que esforzarse para contrarrestar los intentos por alcanzarlo. Siguiendo las ordenes de Saulo; Ezequieth se había acercado a Karmatrón para ayudarlo.

       —¿Se encuentra bien? —le preguntó mientras lo ayudaba a levantarse.

       Karmatrón levantó la mirada para contemplar el joven rostro de Ezequieth.

       —Si, ¿quien eres tú? Siento una vibración positiva en ti.

       El Celestial volvió la cabeza por un momento para ver el enfrentamiento entre sus amigos y Tiamat.

       —Mi nombre es Ezequieth, señor —hizo una pausa y volvió su rostro hacia Karmatrón—. Soy un Caballero Celestial. Quizás no crea lo que voy a decirle, pero venimos de otra dimensión. Los guerreros que los atacaron son nuestros enemigos.

       El Kundalini se incorporó nuevamente a duras penas. Se sentía algo débil, pero aún podía continuar luchando.

       —Ya veo, no te preocupes, primero los ayudaré a vencer a Tiamat y luego me platicarás todo.

       Karmatrón y Ezequieth iban a unirse al combate contra el Khan del Dragón cuando Sepultura y Kali descendieron del cielo.

       —Un momento —dijo Sepultura—. Ustedes no irán a ningún lado, su destino está ahora en mis manos.

       Continuará… .

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