Leyenda 070

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXX

EL CÍRCULO DE LUZ DE SHILBALAM

       Megaroad-01 (Puente de mando)

       Emily no podía entender lo que estaba pasando, menos aún explicarlo. Las naves enemigas, que habían conseguido poner en jaque a todas las defensas del Megaroad-01, habían suspendido su ataque de manera repentina y ahora se estaban retirando rápidamente del campo de batalla. Extrañada, la primer oficial en el puente se giró hacia Kim Kaviroff, la jefa de las operadoras de radar, como sí ella pudiera aclararle sus dudas.

       —¿Qué es lo que sucedió, Kim? No entiendo por qué ahora se están retirando.

       —Yo tampoco lo sé, Emily. Quizás tenga que ver el hecho de que destruimos una de sus naves con ayuda del cañón principal. Además, hay que tomar en cuenta que ese gigante con apariencia de samurai acabó muy fácilmente con el robot enemigo que nos atacaba.

       —Cierto. Eso sin mencionar que esos hombres cibernéticos ayudaron a nuestros Lightnings a destruir otra de las naves enemigas —añadió Emily en tono pensativo, tomándose la barbilla—. Quizás todo eso provocó la desbandada de las fuerzas enemigas.

       —No se confíen, chicas —les reprendió Claudia La Salle mientras revisaba su puesto de control—. Tal vez sólo se están reagrupando para luego atacarnos con todas sus fuerzas. Es verdad que esos robots nos han ayudado bastante, pero el enemigo aún no ha usado todo su poder. Recuerden lo que le sucedió al Prometeo.

       —Claudia tiene toda la razón, chicas —afirmó Misa, compartiendo la misma suspicacia que su amiga—. No tenemos idea lo que esté planeando los alienígenas, quizás están preparándose para iniciar un contraataque a gran escala con ayuda de esas naves que poseen campos de fuerza.

       Shammy, la encargada de todas las comunicaciones en la astronave, estaba escuchando atentamente a Misa cuando, de manera súbita, su panel de control registró una transmisión proveniente de la nave Tao. Dicha transmisión consistía en una progresión matemática simple, un mensaje escrito por los androides zuyua YZ-1 y VL-2 en lo que ellos esperaban que fuera un lenguaje universalmente comprensible.

       —Almirante, no va a creer esto, pero estoy captando un mensaje que proviene de la nave de la que salieron esos robots que nos ayudan.

       —¿Una transmisión, Shammy? —Misa arqueó una ceja.

       —Sí, almirante, parece que se trata de una progresión matemática. Toda la secuencia se repite cada tres minutos, seguida de la palabra “paz”.

       —¿Significa que quieren hablar con nosotros? —inquirió Kim, desconcertada.

       —Quizás se trate de una trampa —sugirió Claudia, denotando toda la desconfianza que sentía por los alienígenas—. Tal vez están esperando que bajemos la guardia… .

        Kim se volvió hacia su compañera francesa para rebatir esa teoría.

       —Eso no suena lógico, sí quisieran hacernos daño ya lo habrían hecho.

       —Es cierto, Claudia —convino Emily en apoyó de Kim—. Entonces, ¿por qué no ayudarían a luchar?

       —¡Silencio, todas! —ordenó Misa con un grito. Con todo lo que estaba sucediendo, lo que menos necesitaba era una discusión sin sentido entre sus oficiales—. Shammy, responde el mensaje y diles que venimos de la Tierra.

       —¡A la orden, almirante!

       Mientras Shammy y las demás oficiales regresaban a sus respectivas tareas, Claudia volvió la vista hacia la ventana frontal, dio un largo suspiro y rezó mentalmente para que las cosas marcharan bien. En el espacio las naves enemigas continuaban alejándose.

       Astronave endoriana Juris-Alfa.

       El capitán Zerteth había pasado la mayor parte de su vida sirviendo en el ejército endoriano con lealtad. Su juramente como militar lo obligaba a obedecer a quien estuviera sentado en el trono de Endoria y a defender a su mundo contra cualquier peligro, ya fuera externo o interno. No obstante, desde que José Zeiva se había convertido en emperador con el apoyo de los nobles, sentía que había traicionado a su pueblo, a sus padres y a él mismo.

       —Señor, Lady Kali quiere un informe de nuestra situación.

       Zerteth dirigió una vaga mirada a su primer oficial, pero no contestó nada. En completo silencio continuó mirando la ventana frontal y fijó la vista en sus combatientes, muchos de los cuales aún continuaban retirándose. Aquella había sido una de las batallas más crudas que había presenciado. El espacio estaba lleno de restos metálicos de Lightnings y de cazas endorianos que flotaban en medio de la nada. No pudo evitar sentir un profundo remordimiento. ¿Cuántas vidas se habían perdido inútilmente para satisfacer los oscuros deseos de N´astarith y su imperio?

       —Capitán, Lady Kali ordena que iniciemos la retirada inmediatamente —dijo el primer oficial de pronto—. Tal parece que hirieron al comandante Zeiva gravemente.

       “Gran Creador, mis manos están manchadas con la sangre de millones de endorianos”, pensó Zerteth sin prestar la menor atención a lo que le decían. “Jóvenes, viejos, mujeres, inocentes. Miles de vidas”.

       Toda la tripulación del puente comenzó a intercambiar una serie de miradas que dejaban en claro que ninguno sabía lo que le ocurría al capitán de la nave. Zerteth se había destacado por nunca poner en tela de juicio las ordenes que se le daban; en ocasiones daba la impresión de ser una especie de robot sin emociones, pero lo cierto era que en su interior sostenía un terrible debate moral y ético que lo atormentaba.

       —Señor —volvió a llamarlo el primer oficial al ver que no reaccionaba.

       “Yo sólo obedezco ordenes, pero ¿eso me exime de mandar a mis tropas a asesinar a gente que no tiene nada que ver con nosotros?”, Zerteth se giró hacia su tripulación y los contempló por unos segundos. “Muchos de ellos tienen familia. Hijos, padres, esposas, esposos, novias. ¿Por qué están aquí y no con los suyos?”.

       —¿Capitán se siente bien?

       No hubo respuesta.

       “Yo sólo obedezco ordenes. No soy culpable de que mueran. Yo sólo obedezco ordenes. Soy un soldado. Sirvo a mi mundo. Soy leal. Yo sólo obedezco ordenes. No. Soy culpable. Culpable de ser cómplice. Culpable de dejarlos morir. Culpable de no hacer nada para salvarlos”.

       De repente, y sin que mediara palabra de por medio, Zerteth se dirigió apresuradamente hacia su puesto de mando y presionó el botón para activar el comunicador. Los tripulantes del puente se le quedaron viendo sin entender qué era lo que estaba a punto de hacer. ¿Acaso había enloquecido?

       —Apaguen los motores —ordenó sin preámbulos, y luego apagó el comunicador.

       —Pero, capitán —intervino el primer oficial sin ocultar su preocupación—. Sí hacemos eso la nave enemiga podría eliminarnos con un disparo de su arma principal, sin mencionar que también estaríamos desobedeciendo las ordenes de… .

       —¡Al diablo con la ordenes!

       El primer oficial enmudeció por completo. Ahora no tenía la menor duda, el capitán Zerteth había enloquecido. Tenía dos opciones: podía sacar su arma y deponer al capitán inmediatamente o permanecer a la expectativa para descubrir cuáles eran sus intenciones. Al final, por alguna extraña razón, decidió esperar.

       —Esto se termina ahora —dijo Zerteth mirándolo a los ojos—. Durante ciclos estelares enteros permanecí leal al emperador José Zeiva y acepté todos sus designios sin cuestionarlo jamás. Pero ahora veo que estaba equivocado. Mi deber como soldado no es para un individuo en particular, sino para todo el pueblo de Endoria. No soy una máquina al igual que ustedes, debemos tener el valor para admitir que estamos equivocados.

       —¿Qué es lo que quiere decir, capitán? —le preguntó uno de los técnicos.

       El capitán se giró hacia él.

       —He tomado la decisión de rendir esta nave ante la Alianza Estelar y sus aliados —anunció al fin—. Sí alguno de ustedes está en desacuerdo con mi decisión será mejor que hable ahora mismo.

       Unos cuantos oficiales se miraron entre sí sin saber qué hacer, otros simplemente se quedaron perplejos. Rendirse así nada más ante el enemigo bien podía considerarse un acto de deserción, lo cual era severamente castigado de acuerdo con la ley militar. Sí alguno de la tripulación decidía relevar al capitán en ese momento, estaría haciendo lo correcto e incluso se le podría considerar un militar leal. Aun así, la mayor parte de la tripulación de la nave, que era bastante joven, respetaba profundamente al capitán Zerteth y verlo tomar aquella decisión significaba mucho para ellos.

       —Capitán —dijo el primer oficial con una leve sonrisa—. Estamos con usted.

       Zerteth frunció una sonrisa con agrado y colocó una mano en el hombro de su primer oficial.

       —Gracias, muchachos.

       El primer oficial asintió con la cabeza y se giró hacia los técnicos de comunicación.

       —Avisen a los Transformables que deseamos rendirnos, y a los Devastadores Estelares díganles que un grupo de Transformables penetró en nuestra nave y la han capturado.

       —Sí, señor.

       Armagedón (Sala de Guerra)

       Las noticias sobre una flota de naves aliadas oculta tras el planeta Adur se esparció como reguero de pólvora por los altos círculos imperiales. N´astarith presidía una gran mesa redonda y estaba escuchando a Mantar dar un informe detallado sobre las actividades de la Alianza Estelar. Alrededor de la mesa estaban los oficiales de mayor rango del imperio de Abbadón, incluidos los líderes planetarios que habían hecho alianza con N´astarith.

       En la reunión también se hallaban presentes las holopresencias de algunos políticos de los Estados Unidos de América, concretamente el secretario de defensa Roger Barneer, el secretario de estado Polin Cowel y secretario del espacio Arnold Eagan. Tiamat, Aicila, Sarah, Allus, Eneri, Suzú, Bal, Isótopo y Luis Carrier estaban sentados a la izquierda de Mantar.

       Sobre la mesa había un holograma que mostraba una imagen de la galaxia. Mantar explicaba cómo los militares norteamericanos había proporcionado información sobre un gran número de naves enemigas que se ocultaban detrás del planeta Adur. Los puntos luminosos señalaban los emplazamientos enemigos descubiertos hasta el momento. Por lo menos había unos cuarenta destellos diseminados por toda la galaxia. Luis Carrier interrumpió la exposición.

       —Ya que sabemos donde se ocultan esos maldito, ¿por qué no mandamos una fuerza de ataque para que los haga pedazos? Me parece que estamos perdiendo el tiempo aquí sentados sin hacer nada.

       —Eso es exactamente lo que iba a proponerle al emperador —declaró Mantar, amplificando la imagen del sistema estelar Adur—. Lo que hemos pensado es lanzar un ataque a gran escala y destruir la flota enemiga estacionada detrás del planeta. Un golpe de esa naturaleza desmoralizaría a los demás mundos que pretendan luchar contra nosotros.

       —No será tan fácil tomarlos por sorpresa —intervino Tiamat de repente—. De acuerdo con los informes proporcionados por el general MacDaguett, ese traidor de Lazar los está protegiendo dentro de sus dominios. Los sistemas de rastreo emplazados en el planeta Adur podrían detectar cualquiera de nuestras naves y dar tiempo al enemigo para escapar de ahí. Luego, Lazar simplemente dirá que la Alianza lo tenía amenazado con bombardear su mundo y que por eso no nos había informado nada de esto. ¡¡Maldito viejo!!

       —Tiamat tiene toda la razón —afirmó N´astarith en tono pensativo, atrayendo las miradas de los presentes—. Lazar tiene la coartada perfecta para evitar cualquier represalia de nuestra parte por haber ayudado a la Alianza. Sí.

       —¿Y qué con eso? —Luis Carrier se encogió de hombros—. Ataquemos a esos malditos desgraciados. Qué nos interesa que ese tal Lazar alegue que la Alianza lo tenía amenazado, aplastémoslo y ya.

       —No es tan simple como parece —precisó Sarah—. Si atacamos a los habitantes de Adur  y las naves de la Alianza consiguen escapar a tiempo, entonces la buena imagen del imperio del Abbadón podría decaer y eso fortalecería a la Alianza.

       —Opino igual que Sarah —convino Bal en un tono casi solemne—. No vamos a darle la razón a nuestros enemigos para que nos expongan como un conjunto de asesinos inmisericordes. Tenemos el motivo militar para atacar, pero sin duda nos hace falta el motivo político.

       Luis miró primero a la Khan del Basilisco y luego al de la Gárgola. Desde mucho antes de que su primo decidiera unirse a los de Abbadón conocía de las maniobras políticas de N´astarith, pero era la primera vez que atestiguaba como éstas se tramaban. A pesar de haber hecho la guerra a mundos más débiles, el amo de Abbadón había logrado mostrar a su imperio como una entidad que luchaba a favor del bien y para ello, obviamente, siempre aludía a una justificación política.

       —¿Qué es lo que haremos entonces? —preguntó Mantar sin ocultar su malestar.

       —Me parece que la solución a este problema la tienen los terrícolas.

       Aicila, la Khan de la Arpía, arqueó una ceja, visiblemente sorprendida.

       —¿De qué está hablando, mi señor?

       —Es más simple de lo que parece, Aicila —N´astarith sonrió levemente—. Sí el enemigo detecta naves imperiales acercándose al sistema lo más probable es que trate de escapar, ¿no? Pero, ¿qué tal si las naves que se acercarán fueran terrestres? La Alianza Estelar no esperaría jamás que una flota de la Tierra los atacara.

       Tiamat sonrió maliciosamente. Como todas las veces anteriores, N´astarith volvía a demostrar su don para encontrar una solución que nadie más podría imaginar. La estrategia era en sí brillante; con la armada de la Tierra atacando por sorpresa el éxito estaba casi asegurado.

       Mantar miró al secretario de estado norteamericano en espera de su reacción.

       —Me parece una buena idea —repuso Cowel con absoluta tranquilidad—. Gracias al general MacDaguett conocemos a la perfección todos los movimientos del enemigo y podríamos usar el ataque para probar algunas de nuestras armas. Tan sólo es cuestión de planearlo con cuidado, aunque claro, necesitaríamos un poco de ayuda del imperio de Abbadón.

        —Sería cuestión de convencer a los habitantes de la Tierra que la Alianza Estelar pretendía establecer un gobierno alienígena en nuestro mundo —aseguró Barneer luego de meditar un poco—. De esta manera podremos minar la autoridad del Congreso Mundial y lograr el apoyo de las demás naciones de la Tierra. Quizás podamos convencer a los gobiernos del Reino Unido para que nos apoyen.

       Aicila volvió la mirada hacia su emperador y descubrió que éste estaba sonriendo. Seguramente los terrícolas habían accedido a conducir el ataque con la intención de hacerse de algún conocimiento bélico que luego les sirviera para usarlo en su beneficio. Nuevamente la ambición de los humanos se presentaba como una pieza clave dentro de los elaborados planes de N´astarith.

       —¿Qué pasará con las gemas estelares que el enemigo tiene en su poder, mi señor? No olvidemos que podrían ser destruidas durante el ataque y son esenciales para nuestros planes.

       —Eso no es ningún problema, Aicila —replicó N´astarith con serenidad—. Nuestro agente encubierto recuperara las gemas en medio del caos y luego se encargara de que las fuerzas enemigas no sospechen nada de los terrícolas. Los miembros de la Alianza Estelar jamás esperarán un ataque de los terrícolas y podremos tomarlos por sorpresa fácilmente.

       Mantar reflexionó un poco antes de hablar. Aún quedaba la cuestión de todo apoyo que la Alianza estaba recibiendo de varios planetas ajenos a su dimensión, lo cual podía inclinar la balanza en su contra.

       —¿Qué hay acerca de las fuerzas que el príncipe Saulo y sus amigos han traído de los diferentes universos? Tampoco podemos pasar por alto ese detalle, de acuerdo con los informes de MacDaguett… .

       Tiamat soltó una carcajada en ese momento.

       —¿Habla de ese mocoso tonto llamado Dai o de esas niñas de minifalda? No sea absurdo, almirante, el único riesgo real es ese maldito de Karmatrón y las fuerzas de la GAU que trajo consigo. He consultado con los demás Khans y puedo asegurarles que ni los Caballeros Celestiales a los que hemos enfrentado, ni los guerreros que están ayudando a la Alianza Estelar son un riesgo para nosotros. 

       —No te olvides de esos guerreros llamados Santos —dijo Luis Carrier.

       El Khan del Dragón lo miró con desdén.

       —Esos Santos no son una amenaza. Estoy seguro de que podremos eliminarlos.

       —Entonces está decidido —sentenció N´astarith—. Las fuerzas de la Tierra atacarán a las naves estacionadas en el planeta Adur mientras que nuestro agente secreto recuperará las gemas. Después de eso, aplastaremos a la Alianza Estelar de una vez por todas.

       Astronave Churubusco (Comedor)

       El aviso fue como una bomba entre todos los presentes. Seiya no sabía a ciencia cierta a que se refería el almirante Cariolano con eso de “una puerta dimensional”, pero por la expresión de preocupación en el rostro de la princesa francusiana intuía que se trataba de algo relacionado con el enemigo.

       —¿Cómo que no la pueden rastrear? —preguntó Casiopea, que no podía creerlo.

       —De alguna manera los imperiales interfieren los impulsos trans-warp que despiden las puertas dimensionales hechas por el Portal Estelar —explicó Cariolano, aunque Ranma, Dai, Hotaru, Leona y los otros no entendían nada—. Por esta razón, nos es prácticamente imposible calcular las coordenadas dimensionales exactas.

       —Ya veo, Zaboot me comentó algo al respecto mientras comíamos.

       —De manera que no podemos saber a que universo fueron los imperiales —resumió Eclipse en términos llanos—. Alguien les ha de haber dado un soplo. Hmmm, esto es muy sospechoso.

       —Oigan, esperen un segundo, por favor —Seiya se levantó inmediatamente de su asiento para llamar la atención de todos—. ¿De qué rayos están hablando que no les entiendo nada?

       Mariana se giró hacia el Santo de Bronce para tratar de explicarle lo ocurrido. No sabía bien que palabras emplear de modo que decidió expresarlo de la manera más sencilla que pudo.

       —Bueno, parece ser que los soldados de N´astarith han decidido atacar otro mundo, pero lo malo es que no sabemos exactamente el lugar a donde fueron.

       —¿Exactamente? —repitió Poppu—. Bueno, hagamos el intento de ir tras ellos.

       —¡Uy, sí! —exclamó Eclipse por su lado—. Viajar por el espacio dimensional no es como ir a dar una vuelta por el cerro, muchacho, un error y todos podríamos ir a parar al mundo de losCarebears para siempre.

       —Hay una manera de hacerlo —dijo Shilbalam de repente—. Hace poco nos topamos con el mismo problema, pero Zacek usó sus habilidades astrales para crear una puerta dimensional y así permitirles ir hasta los mundos atacados.

       ¿Habilidades astrales? La mayoría de los presentes, a excepción de Zaboot y Casiopea, se quedó como sí les hubieran hablado en Celta. Shiryu, a su vez, se quedó meditando en las enseñanzas de su maestro y recordó algo relacionado con el plano astral que le había enseñado años atrás, pero no nada de eso estaba relacionado con el viaje por otras dimensiones.

       —A ver, a ver —dijo Eclipse con las manos levantadas—. ¿Cómo vamos a ir hacia el mundo donde están los guerreros imperiales si no sabemos las coordenadas dimensionales exactas?

       —Shilbalam podría usar sus habilidades astrales para hacerlo, tal y como lo hizo Zacek —sugirió Zaboot como sí hacer puertas dimensionales fuera cosa de todos los días—. Así, todos podríamos ir tras los guerreros de Abbadón y evitar que encuentren la gema estelar.

       Todos a uno volvieron la vista hacia el viejo brujo del planeta Gualna y maestro de los Guerreros Kundalini. Shilbalam, por su parte, los miró, sonrió levemente y les mostró la señal de la victoria con una mano.

       —¡¡¿Qué cosa fue la que dijiste?!! —A Eclipse se le fue la mandíbula hasta el suelo—. ¡¿Confiar únicamente en este viejito?! ¡¡Estás más loco que una cabra, Zaboot!!

       —¡¡Oye, ignorante, viejos los cerros!! —le recriminó Shilbalam a su vez—. Cualquier Guerrero Kundalini con algo de experiencia puede hacer algo como eso. ¿Por qué no puedes confiar en nosotros?

       —¡Ah claro, pero por supuesto! —exclamó el Espía Estelar, tratando de oírse lo más irónico posible—. ¡Y sí luego acabamos en una dimensión desconocida tan sólo seguimos el camino amarillo y vamos con el mago de Oz!

       —¡Con el mago de Oz es con quién te voy a mandar! —sentenció Shilbalam, que ya se estaba arremangando la ropa. Zaboot corrió a sujetar a su maestro antes de que se lanzara sobre Eclipse, pero el espía ya había huido para esconderse tras Shun.

       —¡Basta de tonterías! —exclamó Hyunkel, consciente de que no podían estar perdiendo el tiempo con pleitos innecesarios—. Sí existe una manera para ir tras los guerreros de N´astarith, entonces muéstrenosla.

       Zaboot y Shilbalam se volvieron hacia el Caballero Inmortal y asintieron conjuntamente con la cabeza. Seiya, por su parte, se giró hacia el resto de los Santos de Bronce para mirarlos en silencio con un brillo de valentía casi temerario en los ojos. Shiryu, Hyoga y Shun lo miraron de igual manera y asintieron conjuntamente a manera de respuesta.

       —Muchachos —murmuró Seiya.

       —Lo sabemos, Seiya —repuso Shiryu.

       —Estamos contigo —afirmó Hyoga.

       Casiopea, consciente de que sí Shilbalam lograba abrir la abertura dimensional cómo afirmaba, tenía que formar un grupo para el viaje lo más rápido posible. Había otra cuestión además: ¿Abriría la puerta ahí mismo en el comedor o en el espacio? Sí lo hacía en el espacio entonces necesitaría una nave lo antes posible.

       —Mariana, necesitamos un Águila Real cuanto antes.

       —Enseguida

       —¡Nosotros iremos contigo, Casiopea! —exclamó Ranma con Ryoga y Moose a sus espaldas—. No dejaremos que vayas sola, además aún no localizamos a Akane.

       —Yo también iré —anunció Sailor Saturn ante el asombro de Dai y Astroboy.

       —Es demasiado peligroso, ¿estás segura? —le preguntó Poppu.

       La Outer Senshi se volvió hacia el mago y asintió.

       —Sí, sí mis amigas estuvieran aquí es exactamente lo que harían.

       Casiopea llevó su mirada hacia Ranma y sus dos amigos para contemplarlos por unos segundos. Prácticamente no habían descansado nada desde la lucha en el Santuario y eso presentaba un serio problema. Además, sin deseo de hacer menos a nadie, tenía que admitir que las habilidades de Ranma, Ryoga y Moose no le serían de mucha ayuda; de hecho tenía más oportunidad con Dai, Seiya o hasta Sailor Saturn.

       Eclipse, su vez, se quedó parado en su sitio sin decir nada. Estaba intrigado con los poderes de los Guerreros Kundalini y quería saber cómo es que podían abrir puertas dimensionales con sus habilidades, de modo que, secretamente, accionó un dispositivo que medía las fluctuaciones de energía oculto en sus ropas.

       Mariana se acercó hacia el almirante Cariolano para solicitarle que prepararan una nave Águila Real. El almirante aliado respondió accionando su comunicador para hablar con los oficiales del puente de mando.

       Rodrigo Carrier estaba sentado en un sillón, mirando por la ventana el espacio exterior. Un momento antes había estado jugando con una pistola, ensayando la mejor manera de volarse los sesos, aunque no había tenido el valor suficiente para apretar el gatillo.

       —Ahora ya nada tiene sentido para mí —murmuró mientras contemplaba una fotografía enmarcada de Mandora, la joven de quien se había enamorado y que había visto morir en la batalla de Marte—. Andrea, Saulo y Asiont están completamente locos, nadie podrá jamás vencer a N´astarith y a su ejército. Sí tuvieran un poco de inteligencia sabrían que la única manera de sobrevivir es aliarnos con el imperio de Abbadón.

       En cuanto oyó que alguien llamaba a su puerta, guardó el arma en el primer cajón de una mesa cercana. A entrar, un oficial Mintoriano sonrió vagamente antes de detenerse.

       —Señor, la princesa Mariana y Cadmio han vuelto con otra gema estelar. Además, parece trajeron con ellos a un grupo de guerreros llamados Santos, los cuales obedecen a una jovencita llamada Atena.

       Rodrigo le indicó con un breve ademán que tomara asiento y continuara.

       Palacio de Céfiro.

       Una de las Águilas Reales apareció en el firmamento y se detuvo a un costado del castillo usando sus dispositivos antigravitacionales. Los defensores de Céfiro, incluidas las Guerreras Mágicas, levantaron sus miradas al cielo para admirar como aquella nave alienígena de forma alargada se posaba dentro de los jardines reales del palacio como si fuera una enorme ave.

       Una vez que la escotilla se abrió, la rampa de abordaje descendió. Uriel dio un profundo suspiro y luego se volvió hacia las Sailor Senshi, Tuxedo Kamen, Marina y Asiont. Una ráfaga de viento le sacudió la capa y el cabello levemente.

       —Es hora de regresar a la astronave Churubusco —anunció con la vista puesta sobre Lafarga y el rey Ferio—. Esperemos que Lantis pueda reunir la ayuda que nos prometió y que luego acuda a ayudarnos.

       —Él volverá, Uriel, puedes créelo —le aseguró Ferio, dando un paso al frente—. Lantis jamás me ha decepcionado en todo el tiempo que tengo de conocerlo.

       El regente del planeta Unix asintió con la cabeza y observó a Ferio directo a los ojos. Por alguna razón que no supo explicar en ese momento, le pareció que el monarca de Céfiro estaba hablando con la verdad y que efectivamente aquel guerrero llamado Lantis conseguiría la ayuda prometida.

       —Bueno, ya tenemos que irnos ahora —dijo Sailor Mars, mirando a Guru Clef y a Umi por encima del hombro—. Gracias por la ayuda y descuiden, nosotras nos encargaremos de derrotar al enemigo.

       —Sé que lo harán, Sailor Mars —repuso Guru Clef con tranquilidad—. Pero aun así, tengan mucho cuidado. Esos guerreros son extremadamente poderosos y no sabemos cuantos de ellos existan.

       —Ay, me dio mucho gusto conocerlos a todos —se despidió Sailor Moon.

       Umi guardó silencio. No podía dejar de sentirse incómoda de ver cómo las Sailor Senshi tomaban parte activa en la lucha contra los Khans mientras que ella y sus amigas se quedaban en Céfiro sin hacer absolutamente nada. Sentía que debía ir con ellas para ayudarlas.

       —Es hora de regresar —le dijo Haruka a Sailor Neptune.

       Michiru movió la cabeza en sentido afirmativo y se dirigió hacia la nave en compañía de Uranus. Las demás Sailor Senshi, Tuxedo Kamen y Marina se despidieron de los defensores de Céfiro y se encaminaron hacia la rampa de abordaje. En el camino, Sailor Moon comenzó a acosar a Mercury con preguntas referentes a lo que había hablado con Asiont mientras éste se encontraba alejados de los demás, pero su amiga sólo se encogió de hombros y se sonrojó ligeramente sin dar ninguna respuesta concreta.

        “Es curioso”, pensó Sailor Neptune mientras abordaba. “Haruka parece algo distante”.

       Fuu contempló como sus nuevos amigos se introducían en la nave espacial y apenas consiguió ahogar un remordimiento. Ella poseía un estricto sentido de responsabilidad y por eso no podía dejar de sentirse molesta consigo misma. Al igual que Umi sentía que debía acompañarlos.

       Asiont, en tanto, estaba meditando en lo que haría al llegar nuevamente a la Churubusco. Quizás lo más recomendable por el momento sería esperar a que el príncipe Saulo regresara antes de decidir qué hacer; también tenía que ver qué había sucedido con Cadmio, Casiopea, Lance y la reina Andrea.

       Cuando Uriel le avisó con un grito que ya era hora de marcharse, Asiont se encaminó hacia la rampa de abordaje. Estaba a punto de subir cuando escuchó un grito a sus espaldas que lo hizo volverse.

       —¡¡Espera un momento, por favor!! —Era Hikaru, que lo había alcanzado corriendo—. Nosotras tres queremos ir con ustedes también. Queremos ayudarlos a luchar con N´astarith y sus guerreros.

       —¿Qué es lo que dices, Hikaru? —Asiont frunció el ceño con extrañes, pensando que quizás no había entendido bien a la chica—. ¿Es que no esperarán a Lantis?

       —Lantis prometió ir hasta su universo —dijo Umi, que también acababa de acercarse—. Sin embargo nosotras deseamos acompañarlos en su lucha contra los guerreros de Abbadón.

       —Proteger al mundo de Céfiro es nuestra responsabilidad como Guerreras Mágicas.

       —Fuu —masculló el Celestial en un susurro apenas audible—. Sí vienen con nosotros, podrían morir, piensen en eso, por favor. Piensen en sus familias, en sus amigos. Los guerreros de Abbadón son muy fuertes y no hay garantía de que podamos ganarles.

       —Por favor, Asiont, déjanos ir con ustedes a enfrentar a N´astarith —insistió Hikaru, mostrándose más decidida que nunca. A juzgar por el valor que observaba en los ojos de aquellas chicas, Asiont quedó convencido de que estaban completamente seguras de lo que decían.

        El Caballero Celestial exhaló un profundo suspiro sin saber qué decir. Quién lo diría, nuevamente se encontraba frente a la misma situación que en Juuban. A sus espaldas tenía un Águila Real a punto de despegar y adelante a un grupo de jovencitas decididas a defender un mundo.

       Astronave Churubusco (Comedor)

       Shilbalam estaba sentado en el suelo del comedor con los ojos cerrados en un estado de meditación profunda. En las manos sostenía su báculo mágico frente a su rostro tranquilo mientras repetía una serie de mantrams que para la mayoría eran incomprensibles. Casiopea, Zaboot, Ranma, Dai y los demás se encontraban a su alrededor observando detenidamente, pendientes de lo que pudiera suceder en cualquier momento.

       —Om mani padme hum, Om mani padme hum… .

       —¿Qué diablos está haciendo? —le preguntó Eclipse a Mariana en voz baja.

       —Lo ignoro completamente —respondió la princesa Lerasina de la misma forma.

       Shiryu, como el resto de los Santos de bronce, observó que la energía interna de Shilbalam se estaba incrementando más a medida que seguía repitiendo los mantrams, de modo que intuyó que algo pasaría. De pronto un aura de color dorada apareció alrededor del cuerpo del viejo brujo.

       —Su cosmos está aumentando de tamaño —señaló Hyoga.

       —Es verdad —concordó Shun—. Oigan, amigos, ¿no creen que deberíamos avisar de esto a los Santos dorados?

       —No hay tiempo para eso —dijo Seiya—. Además, alguien tiene que quedarse para proteger a Atena.

       En ese momento, una especie de circulo luminoso apareció frente a Shilbalam, flotando a escasos centímetros del suelo. Tenía el mismo aspecto de un pequeño charco, una superficie sólida y resplandeciente, como una delgada lámina de mercurio que flotaba en el aire.

       —Todo listo, amigos —dijo Shilbalam luego de abrir los ojos—. Esta puerta los conducirá hasta un lugar que apareció en mi mente. Creo que le llaman Shinden, ahí es donde se encuentra los guerreros de N´astarith.

       Poppu y Eclipse se miraron entre sí por una fracción de segundo; saltaba a la vista que sí esa era la puerta dimensional que los llevaría hasta el otro universo, entonces no podían llevar ningún tipo de nave a menos, claro, que el brujo tuviera un plan B oculto.

       —Espéreme un segundo, anciano —dijo el espía, dando dos pasos al frente y estirando un brazo para señalar el círculo de luz—. ¿Cómo vamos a meter una nave Águila Real por ese orificio de tamaño minúsculo que flota en medio del comedor?

       ¿Un nave Águila Real? Shilbalam llevó su mirada del rostro de Eclipse al orificio dimensional que había creado y viceversa. Era verdad, por hacerlo todo con rapidez había cometido un error garrafal en sus cálculos. Tras un momento de silencio, se tomó la nuca y comenzó reír tímidamente ante el asombro de todos.

       —Eh, tienes razón, hijo, creo que me equivoqué.

       Eclipse, Ranma, Ryoga, Dai, Shampoo, Leona, Mariana y Poppu casi se fueron de espaldas al suelo. Estaban atravesando por un momento crítico, N´astarith les estaba ganando todas las gemas, la galaxia estaba en peligro y ahora Shilbalam les salía con un “creo que me equivoqué”. Era el colmo.

       —Agh, maestro, sea más responsable —le dijo Zaboot.

       —Ejem, como sea —tosió Shilbalam, tratando de escucharse serio—. Con esa puerta podrán tomar por sorpresa a los sirvientes N´astarith. No necesitan de una nave, aparte, atravesar ese círculo de luz es la única oportunidad que tenemos.

       —¿Ah sí? —Eclipse se cruzó de brazos y frunció un ojo a Shilbalam—. ¿Y cómo regresaremos entonces? ¿Sólo levantamos el pulgar y pedimos que nos lleven?

       —Zaboot irá con ustedes y abrirá la puerta de regreso. Además yo lo ayudaré desde aquí para que no tengan ningún problema. Ustedes encárguense de detener a los malosos y ya.

       Casiopea observó el círculo de luz creado por Shilbalam. Jamás había viajado a otra dimensión sin ayuda de una nave y no tenía idea de lo que podría pasar luego de que atravesaran la puerta. ¿Y sí Shilbalam se equivocaba y se perdían para siempre? Sin embargo sí N´astarith continuaba apoderándose de las gemas de los Titanes, todos estarían condenados. No había opción, había que arriesgarse y confiar en el viejo brujo.

       —Bien, ¿alguna noticia de Cadmio? —preguntó a Cariolano, que acababa de apagar su comunicador para avisar que ya no iban a necesitar el Águila Real—. Lo necesitamos ahora mismo.

       —No ha respondido a nuestros llamados —repuso el almirante—. Hace poco envié a unos hombres a buscarlo, pero tardaran algo de tiempo en hallarlo.

       —Buen momento escogió para perderse —dijo Mariana con enfado.

       —Nosotros estamos listos —anunció Ranma con sus amigos detrás de él.

       Casiopea se volvió hacia ellos.

       —No está vez, Ranma, lo lamento. Me parece que tendremos más oportunidad sí vamos los Santos de Atena y yo solos. N´astarith debe estar enviando a sus guerreros más poderosos y experimentados y no quiero arriesgar sus vidas a la ligera.

       Ranma iba a insistir una vez más, pero la intervención de Mariana lo obligó a aguardar.

       —Casiopea tiene razón, amigos, además, ustedes no han descansado lo suficiente para tomar parte en otra misión. Sí de verdad quieren ayudarnos, mejor descansen un poco y luego sigan entrenando.

       Ranma desvió la mirada en otra dirección, asqueado con su mala suerte. No era que pensara que Casiopea los estuviera haciendo menos, sino que tenía razón en lo que afirmaba y eso le dolía en su orgullo. A lado de Seiya y los Santos, él y sus amigos se veían bastante insignificantes.

       —¡Aguarden un momento! —exclamó Ryoga—. No vamos a quedarnos aquí sin hacer nada mientras ustedes luchan nuevamente. Aún no sabemos nada de Akane y… .

       —Sí vienen con nosotros sólo serán un estorbo —intervino Seiya—. Entiende eso por favor. Nosotros podemos hacernos cargo por esta ocasión.

       Ryoga se volvió hacia el Santo de Bronce para encararlo. Cuando habló, su tono de voz estaba cargado de indiferencia, que en realidad no era otra cosa sino malestar reprimido.

       —No estoy hablando contigo, Seiya.

       —¿Qué fue lo que dijiste?

       Ryoga iba a contestarle que se metiera en sus propios asuntos, pero antes de que pudiera hacerlo, Ranma puso una mano en su hombro. Ryoga volvió la mirada por encima del hombro hacia su amigo, desconcertado.

       —¿Ranma?

       —Ellos tienen razón, Ryoga, debemos entrenar para volvernos más fuertes.

       Ryoga deseaba luchar con todas sus fuerzas para rescatar a Akane, pero tenía que admitir que Ranma hablaba con la verdad. Dio un respiro y finalmente asintió con la cabeza, aunque en el fondo estaba en desacuerdo.

       Casiopea sonrió con agrado. Se dio la media vuelta y encaró al círculo de luz que la conduciría hacía la dimensión en donde enfrentaría a los guerreros de N´astarith.

       —Avisen de todo esto al Consejo Aliado, y a Saulo cuando vuelva —dijo, volviendo la vista hacia Mariana por encima del hombro. A continuación, dio un paso dentro del círculo y desapareció en una mancha borrosa.

       Los Santos de Bronce, Astroboy, Dai, Hyunkel, Poppu, Sailor Saturn, Leona y Eclipse se colocaron frente al círculo de luz y se prepararon para penetrar en él. Hyunkel y Astroboy fueron los primeros, seguidos de Eclipse y Leona. Cuando le tocó su turno a Hotaru, ésta cerró los ojos con fuerza y avanzó.

       Continuará… .

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