Leyenda 096

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO XCVI

PROPUESTAS INTERESANTES

Planeta Adur.

         Casiopea, Kurinrin y No.18 escuchaban con atención a Leona. En unos cuantos minutos la princesa de Papunika les relató a grandes rasgos la difícil pelea que habían sostenido con Baran y los Guerreros Dragón y sobre el sacrificio de Poppu y su recuperación. Cuando al fin terminó de hablar, Leona exhaló un suspiro y volvió la mirada hacia Dai y Poppu.

         —Por un momento pensé que no lo lograríamos.

         —Pero qué cosas dice, princesa —repuso Poppu en forma juguetona—. Yo ya lo tenía todo calculado. Baran y esos debiluchos que lo acompañaban no hubieran podido derrotarnos ni en un millón de años.

         —Gracias, Poppu, de no ser por tu ayuda quizá no hubiera ganado —le dijo Dai.

         —Pues ya que lo mencionas, amigo, nunca has podido hacer nada sin mí —murmuró el mago fingiendo una actitud de superioridad—. Admítelo, Dai, funcionamos mejor como un equipo.

         Dai y Poppu comenzaron a reír con entusiasmo. Aunque ninguno de los dos había confesado, lo cierto es que habían empezado a apreciarse como hermanos y eso era un hecho que saltaba a la vista de todos. Hotaru, Hikaru, Umi, Fuu y Setsuna sonrieron con alivio al ver que la recuperación de Poppu había sido total, pero aún seguían sin entender el porqué Baran los había ayudado.

“Aún no puedo creer que ese hombre fuera el padre de Dai”, pensó Hotaru, observando disimuladamente a Dai. “Se veían tan frío y calculador, pero me pareció que en realidad era un hombre triste. No tenía idea de que Dai estuviera en la difícil situación de luchar contra su propio padre”.

         —Todavía hay algo que no queda del todo claro —murmuró Casiopea mientras examinaba con la vista los cadáveres de Borahon y Garundadei—. ¿Cómo logró ese hombre llamado Baran llegar hasta este universo y supo exactamente que estaban en este lugar?

         —Hum, esa es una buena pregunta —musitó Leona en tono reflexivo—. No tengo ni la menor idea y creo que Baran tampoco lo mencionó durante la pelea.

         —Oye, Casiopea, tal vez utilizó una nave espacial —especuló Kurinrin.

         —Imposible, guapo —repuso la Celestial—. En el mundo de Dai no poseen la tecnología necesaria para construir una nave espacial y mucho menos para realizar viajes dimensiónales. Baran debió haber empleado otro método para llegar hasta este planeta.

         —¿Y qué me dices de la magia? —sugirió Mariana—. Baran demostró que podía usar hechizos mágicos, de seguro usó uno de ellos para localizar a Dai en este planeta y venir hasta acá con sus guerreros.

         —Es verdad, eso debe ser —asintió Poppu—. ¿Cómo no lo imaginamos?

         —¿La magia? —murmuró No.18 con escepticismo.

         —Tal vez, pero me gustaría estar segura —dijo Casiopea, dudosa—. No quisiera que nos lleváramos una sorpresa desagradable. Sí uno de los enemigos de Dai pudo encontrarlos desde otro universo, entonces debemos empezar a preocuparnos.

         Mariana echó un rápido vistazo a Rafaruto. El Guerrero Dragón de la Tierra todavía estaba vivos, aunque permanecía inconsciente debido a sus heridas. A juzgar por la situación, Rafaruto era el único que podía decirles la manera en que Baran había podido llegar hasta Adur desde un universo diferente.

         —Sí interrogamos a ese guerrero estoy segura de que obtendremos las respuestas que necesitamos. Ordenaré que lo transporten a la Churubusco lo antes posible y que le den tratamiento médico.

         —Debemos tener mucho cuidado —les aconsejó Sailor Pluto—. Aunque ese guerrero haya salvado la vida de Umi, no hay que confiarse. Todo esto podría ser una estrategia planeada por Baran.

         Mariana frunció el ceño en señal de desacuerdo. Aquel argumento le parecía tan inverosímil como ridículo. Baran había tenido la oportunidad de llevarse a Dai durante la lucha y no creía factible que hubiera urdido un plan tan descabellado como el que sugería Sailor Pluto. Estaba de acuerdo en manejar la situación con cuidado, pero desde luego le parecía paranoica la actitud de la Outer Senshi.

         —No creo que debamos preocuparnos —meditó Sailor Saturn en voz alta—. Rafaruto es un guerrero de buen corazón, Sailor Pluto, lo presiento.

         —Yo opino lo mismo que Sailor Saturn —convino Umi y luego volvió el rostro hacia donde estaba Sailor Pluto—. ¿Cómo se te ocurre decir esas cosas? Sí no fuera por Rafaruto, ese monstruo nos habría matado a todos.

         Sailor Pluto permaneció indiferente ante las críticas.

         —Sólo digo que debemos tomar precauciones, no hay que bajar la guardia.

         Pero la princesa de Papunika tampoco sospechaba que Rafaruto fuera un peligro y le parecía una verdadera pérdida de tiempo ponerse a pensar en eso. Consideraba más importante averiguar la manera en que Baran había llegado hasta el planeta Adur y el porqué éste había salvado la vida de Poppu.

         —No se preocupen por Rafaruto —las calmó Hyunkel—. Él nos ha demostrado que es un guerrero de honor y no creo que pretenda atacarnos a traición. Lo que quisiera averiguar en este momento es sí Baran está todavía en este mundo o sí ya regresó a nuestro universo.

         Casiopea dirigió su mirada hacia el horizonte y cerró sus ojos. Los segundos transcurrieron sin que su percepción detectara alguna aura poderosa. Sí Baran continuaba en Adur, como ella sospechaba, parecía saber perfectamente cómo disimular su presencia para no ser detectado.

         —No percibo ninguna energía poderosa en los alrededores.

         —Yo tampoco detecto nada —murmuró Kunririn—. Cuando volábamos hacia este lugar sentí un Ki poderoso, pero luego percibí cómo esa energía se iba alejado hasta que desapareció. Tal vez Baran sabe cómo controlar su Ki.

         —O quizá sus poderes se encuentran en un nivel bajo.

         No.18 se acomodó los cabellos que resbalaban por su rostro. No tenía pensado intervenir en la conversación, pero quería ayudar a Casiopea de algún modo ya que ésta había sido amable con ella. Gracias a su experiencia en peleas pasadas, No.18 sabía que cuando un guerrero tenía una batalla difícil, el aura de éste se reducía drásticamente. De hecho Kurinrin también debía saberlo, pero parecía que por algún motivo lo había olvidado completamente.

         —Piensen un poco —les dijo la androide—. Después de la pelea es posible que ese tipo se haya debilitado y necesite descansar un poco para recuperar sus energías. Probablemente su Ki se encuentre en un nivel tan bajo que difícilmente podrán detectarlo.

         —Que inteligente eres, 18 —dijo Kurinrin con una sonrisa.

         No.18 dirigió su mirada hacia el Guerrero Zeta y lo miró con aburrimiento, provocando que éste se ruborizara y luego agachara la cabeza. La androide reprimió una sonrisa y se encogió de hombros.

         —En realidad me extraña que no te dieras cuenta de eso, muchacho feo.

         Al ver aquella escena, Umi se acercó a Hikaru y Fuu para murmurarles. No había que ser un genio para darse cuenta que a Kurinrin le agradaba No.18, pero no quedaba del todo claro si aquella androide tan hermosa sentía algo por ese joven calvo de aspecto bonachón.

         —Oigan, chicas, para mí que a ese muchacho le gusta 18.

         —Es cierto, yo también me di cuenta de eso —convino Fuu luego de acomodarse los anteojos usando un dedo—. Se puso rojo cuando ella lo miró y no sabe cómo hablarle, que tierno se ve.

         —¿En serio? —preguntó Hikaru con una ingenuidad que incómodo a sus amigas.

         —No puedo entender que seas tan despistada, Hikaru —la reprendió Umi mientras su amiga adoptaba una mirada de cachorro perdido—. Es obvio que a él le agrada 18, pero parece que ella no siente lo mismo por él.

         —Que triste es eso —opinó Fuu con las manos entrelazadas—. Su amor no es correspondido, lástima que no haya alguien aquí para ayudarlo.

         Como sí las llamas de un volcán ardieran en sus ojos, Hikaru cerró un puño con ímpetu y se volvió velozmente hacia sus amigas, quienes se abrazaron entre sí temiendo lo peor. Cuando Hikaru tenía ese brillo tan característico en su mirada, Fuu y Umi sabían que su amiga iba a embarcarlas en alguna clase de plan loco.

         —Chicas, nosotras lo ayudaremos, es nuestro deber lograr que 18 se fije en Kurinrin.

         —¿Nuestro deber? —Umi arqueó una ceja—. ¿Desde cuándo?

         —Ay, Hikaru, pero que graciosa eres —murmuró Fuu riendo—. ¿Cómo crees?

         Pero Hikaru no prestó atención a las palabras de sus amigas y continuó hablando.

         —¿No les parte el corazón que Kurinrin no pueda estar junto a la persona que más ama? No podemos quedarnos sin hacer nada, tenemos que lograr que esas dos almas gemelas encuentren el amor. Ese será nuestro desafío ahora.

         —No puede ser —musitó Umi bajando la mirada al piso.

         —¿Para qué le mencionaste el asunto? —le preguntó Fuu.

         Ambas chicas expresaron su resignación exhalando un profundo suspiro al mismo tiempo. Hikaru, por su parte, cerró sus ojos y pasó los siguientes segundos imaginando una escena romántica entre Kurinrin y No.18.

Astronave Churubusco

         Los miembros del Consejo de Líderes estaban listos para comenzar la sesión. Para evitar los conflictos que habían ocurrido anteriormente, Lazar había tomado la decisión de excluir a todas las personas no esenciales. Debido a esto, sólo se encontraban presentes los máximos dirigentes políticos y militares de la alianza. El ambiente era de tensión. Muchos de los miembros más influyentes no estaban de acuerdo con la decisión de Lazar de conceder la amnistía a Jesús Ferrer y se temía que aquello pudiera dividir al Consejo.

         Andrea era consciente de ese problema, de modo que estaba dispuesta a hacer todo cuanto estuviera a su alcance para apaciguar las diferencias en la Alianza. En la reunión se hallaban presentes Dhatú, Bantar y Elnar como representes de la GAU, el comandante Antilles de la fuerza expedicionaria del mundo de Astroboy junto con el profesor Ochanomizu, la almirante Misa, el comandante Hikaru, el mayor Kageyama y el capitán Black de la Megaroad-01, Jesús Ferrer, el general MacDaguett y los agentes de MID. Estos últimos, también conocidos como los Hombres de Oscuro, no eran bien vistos por la mayoría de los miembros de la Alianza Estelar debido a los rumores que pesaban fuertemente sobre ellos.

         Los Hombres de Oscuro eran una agencia especial que laboraba en secreto para el gobierno de los Estados Unidos de América y se ocupaba de todo lo referente a extraterrestres. Sin embargo, las actividades de los Hombres de Oscuro estaban lejos de la diplomacia y se acercaban más a las labores de contrainteligencia llevadas en contra de gobiernos extraterrestres. Fuera como fuera, mentiras o verdades, los agentes de MID inspiraban la desconfianza de muchos de los presentes.

         —El Consejo de Líderes entra en sesión —anunció Lazar acallando los murmullos—. Ahora que el asunto del príncipe Ferrer ha quedado suficientemente discutido, pasemos a analizar los recientes sucesos ocurridos en el planeta azul. De acuerdo con los reportes de la Holo-Red intergaláctica, el gobierno terrícola negoció un armisticio con el imperio de Abbadón.

         MacDaguett se puso de pie de inmediato.

         —Sí me lo permiten, quisiera precisar algunos datos —MacDaguett espero hasta que Lazar le concediera permiso para hablar antes de continuar—. Lo sucedido en la batalla de Marte fue una terrible tragedia para la Tierra y todos aquí lo saben perfectamente. Mi gobierno perdió muchos de sus recursos militares en esta guerra y no podemos seguir peleándola, pero permitan que sea el agente K de la agencia de MID quien les explique la situación.

         Todas las miradas se volcaron hacia el Hombre de Oscuro. K guardó sus anteojos oscuros bajo su saco y avanzó hacia el centro de la habitación. Tras dirigir una mirada escrutadora hacia los principales miembros del Consejo, el agente de MID empezó su exposición.

         —Damas y caballeros del Consejo, ninguno de ustedes puede negar el enorme sacrificio que ha hecho la Tierra por la Alianza Estelar. Tal y como el general MacDaguett dijo hace un instante, la Tierra ha perdido a sus mejores hombres y mujeres en la guerra contra el imperio de Abbadón y ya no podemos seguir luchando. Por tal motivo, nos vimos en la necesidad de firmar la paz con N´astarith.

         Andrea Zeiva alzó la mano para pedir la palabra.

         —Agente K, todos sabemos de los esfuerzos que ha realizado la Tierra, pero no puedo creer que se rindan tan fácilmente. N´astarith es un maldito, estoy segura de que a la larga la Tierra perderá más con ese tratado de paz.

         —Comprendo su preocupación, majestad —concedió K—. Pero no porque hayamos firmado la paz, significa que dejaremos de luchar contra los abbadonitas. Ese tratado no es más que una pantalla que asegurara la independencia de nuestro mundo. Puedo confirmarles que la Tierra seguirá apoyando secretamente a la Alianza Estelar. Nosotros jamás abandonaríamos a nuestros aliados por ningún motivo.

         —Tal vez sea así —dijo Cariolano—. Pero debe entender que la decisión de su gobierno ha comprometido la seguridad de nuestra flota. Sí el enemigo descubriera que estamos aquí… .

         —¡Es suficiente! —exclamó Rodrigo Carrier al borde de la histeria—. No podemos confiar en la Tierra ni en esos agentes de MID. Debemos dispersar la flota antes de que N´astarith nos encuentre o de lo contrario todos moriremos.

         El general MacDaguett volvió su cabeza hacia Rodrigo y sonrió levemente.

         —Le aseguro, comandante Carrier, que no tiene nada de que preocuparse. La Tierra no revelara bajo ninguna circunstancia información que comprometa la seguridad de esta flota. No olvide que un gran número de naves terrestres se encuentran estacionadas en este sistema también.

         —¿Y esperan que les creamos? —inquirió Saulo en tono agresivo—. A mí me parece que la Tierra probablemente ya haya negociado nuestra localización a cambio de su seguridad. Todos aquí sabemos que cuando un Hombre de Oscuro está cerca es porque hay algo podrido.

         Después de escuchar las palabras de Saulo, el agente K frunció la mirada con malestar. Estaba claro que el príncipe de Endoria desconfiaba de la Tierra y eso podía ser un grave problema para la estrategia que se fraguaba en las altas cúpulas del gobierno terrestre. Sin embargo, de todos los Hombres de Oscuro, K se sabía el mejor y eso lo hacía sentirse tranquilo a pesar de las sospechas de Saulo.

         —¡¡Al diablo con todas esas tonterías!! ¡Tenemos que hacer algo! —gritó Rodrigo más exaltado que antes—. Todos los informes indican que la guerra está perdida. Es nuestra última oportunidad para salvarnos, debemos solicitar un armisticio ahora que es tiempo.

         —Le ruego que se tranquilice, comandante Carrier —dijo Lazar en un tono suave, pero firme—. Debemos escuchar al agente K antes de tomar una decisión con respecto a la Tierra..

         —Gracias por el voto de confianza, majestad —dijo K con una sonrisa—. Tenga por seguro que el gobierno de la Tierra sólo ha negociado la paz por el bien de la población, pero que seguimos siendo fieles a la Alianza Estelar.

         Saulo frunció en el entrecejo. Tal vez ese Hombre de Oscuro podía jurar y perjurar ante el Consejo que la Tierra siempre estaría del lado de la Alianza, pero él no iba a dejar de sospechar de los terrestres por nada del universo. Su experiencia en la política le aconsejaba no confiar en todo lo que K decía, pero enseguida recordó las críticas de Zacek y Areth a su forma de pensar y decidió no iniciar otra polémica.

         Al menos no por el momento.

         Cuando K terminó de hablar, los murmullos invadieron la sala del Consejo, pero Lazar los acalló con su poderosa voz. El rey de Adur sabía que la Alianza Estelar se arriesgaba demasiado sí la Tierra negociaba con N´astarith. Sin embargo, confiaba en que mientras hubiera naves terrestres dentro de la flota, no había razones para pensar que estuvieran realmente amenazados.

         —Agente K, le ruego que nos mantengan informados de todo lo que acontezca en la Tierra. Por ningún motivo debe ser revelado que la flota se encuentra oculta en este sistema o podría haber graves consecuencias para todos. —Guardó silencio un momento y luego prosiguió—: Bien, ahora debemos analizar nuestra situación y tomar una decisión con respecto a nuestro papel en la guerra contra el imperio de Abbadón.

         De pronto Jesús Ferrer se puso de pie.

         —Sí me lo permite, majestad, quisiera decir algo.

         —Adelante, príncipe Ferrer, ¿de qué se trata?

         —Quisiera ponerme en contacto con el alto mando militar meganiano. N´astarith destruyó mi planeta y los meganianos nos encontramos en guerra con el imperio de Abbadón. Sé que muchos de aquí me detestan y no voy a discutir eso, pero sí unimos la fuerza del ejército meganiano a la armada de la Alianza estoy seguro de que eso mejoraría nuestro potencial militar —Con el rabillo del ojo, Jesús notó que K se ponía tenso al escuchar aquello—. El ejército de Abbadón es poderoso, pero ustedes han reunido una armada capaz de derrotar a las fuerzas de N´astarith.

         —Me parece que te olvidas de un pequeño detalle —señaló Rodrigo—. Hasta la fecha no hemos podido ganar ni una sola batalla contra el imperio, es más ni siquiera una pequeña escaramuza. Los escudos que protegen a sus naves las hacen inmunes a cualquier ataque.

         —No lo he olvidado, Rodrigo, pero sé que los científicos de la Alianza han estado investigando una manera de neutralizarlos. Estoy seguro de que sí los científicos de Megazoar se unen a los suyos, encontraremos una manera de saltear ese problema y montar una ofensiva a gran escala.

         Andrea llevó la mirada hacia Lazar. Todos en el Consejo sabían que un grupo de los más destacados científicos, incluyendo al doctor Dreyfus, había estado estudiando los escudos de las naves abbadonitas durante mucho tiempo sin reportar grandes avances. No obstante, a partir de la llegada de los profesores Dhatú y Ochanomizu, la investigación había dado un salto importante. La propuesta que el príncipe de los meganianos estaba presentando ante el Consejo resultaba demasiado tentadora para ser pasada por alto, pero algunos aún mantenían su desconfianza hacia los meganianos.

         —¿Qué le hace pensar que lograremos encontrar una manera de nulificar sus escudos? —preguntó el mayor Kageyama, interesado en la idea—. Según leí en algunos de los informes que nos proporcionaron, ustedes han empleado todo tipo de armas y no ha servido de nada.

         —Yo aún creo que es mejor rendirse —insistió Rodrigo de nueva cuenta, causando el enfado de Kageyama, que no deseaba escuchar otra palabra sobre rendición—. Es mejor hacerlo antes que N´astarith mandé todas sus naves contra nosotros.

         —¿Rendirse? —exclamó el capitán Black de pronto—. ¿Está loco?

         Hikaru Ichijo dirigió su vista hacia el capitán Black y movió la cabeza en sentido negativo. Aunque en el fondo opinara igual que su subalterno sabía que Black estaba cometido un error al intervenir de ese modo en la sesión. En el camino hacia la sala del Consejo, el almirante Cariolano les habían explicado una y otra vez las reglas del debate y por ello sabían que nadie debía interrumpir a menos que se les diera permiso para hablar.

         —Capitán Black, compórtese —le llamó la atención Hikaru—. Estamos aquí como invitados y no nos corresponde juzgar las decisiones tomadas en este Consejo.

         —¿Pero qué dice, señor? ¿No lo escucho hablar sobre rendirse? —Black se levantó de su asiento y giró su cabeza hacia Misa—: Permiso para hablar, señor.

         —Olvídelo, capitán —replicó Misa con dureza—. No le han dado permiso para intervenir, así que le pido que guarde silencio —hizo una pequeña pausa y se volvió hacia los miembros del Consejo—. Les pido disculpas por esta interrupción, les aseguro que no volverá a pasar.

         Pero se iba a necesitar más que mera disculpa para aplacar la ira de Rodrigo, que deseaba desquitarse y humillar a aquel joven piloto que se había atrevido a llamarlo “loco”. Sí Misa esperaba calmar al comandante, pronto se daría cuenta que aquello no iba a ser tan sencillo.

         —No se moleste, almirante Ichijo —repuso Rodrigo y luego volvió el rostro hacia Black para mirarlo con desdén—. Joven, usted y su gente son nuevos en esto. No tiene los datos suficientes para expresar una opinión razonable. El imperio de Abbadón es la súper potencia más poderosa que jamás haya existido en esta galaxia y no debe ser tomada a la ligera.

         Hikaru se recostó sobre su asiento y dio un suspiro. Estaba seguro que la sesión continuaría su curso normal, pero cuando escuchó nuevamente la voz del capitán Black, se dio cuenta que éste no iba a quedarse callado ante aquel altanero comandante de la Alianza Estelar.

         —Oh, claro que si, he escuchado de cientos de mundos arrasados por un loco que se cree un dios, de millones de vidas perdidas —Black apretó sus puños mientras pensaba en su madre, quien había muerto durante la guerra con los gigantes zentraedis—. Tal vez yo sea un simple piloto, pero sé algo que usted parece olvidar.

         —¿Y qué es eso? —preguntó Rodrigo con petulancia.

         —Sé que nunca hay que rendirse ante nadie, aunque sean más que nosotros. En nuestro universo, nosotros luchamos contra una raza que casi destrozó por completo nuestro planeta Tierra. Sin embargo, sobrevivimos e incluso logramos que muchos de ellos se nos aliaran. Sabemos que luchar por lo que es correcto es la única forma de ganar.

         —Muy bonito discurso, amigo —se burló Rodrigo y luego añadió—: Pero hay que ser realistas y dejar los discursos con contenido emocional de lado. Si no mal recuerdo, ustedes fueron testigos del poder militar de las fuerzas abbadonitas. No me diga que su gran corazón les hizo traspasar esos escudos.

         Hiroshi se golpeó la palma con el puño. Cualquiera que conociera bien a Joseph Black, sabía que los engreídos como Rodrigo Carrier lo hacían perder los estribos, pero asombrosamente el capitán del escuadrón Wolf se mantuvo sereno ante las provocaciones de las que era blanco.

         —Si, así fue, perdimos a muchos de nuestros compañeros en ese ataque sorpresa, pero, usted señor, está sobreestimando la fuerza del enemigo.

         —Aguarden un momento —intervino Andrea a fin de restaurar el orden—. Este no es un foro abierto para que peleen por tonterías. Todos aquí sabemos que la fuerza del ejército de abbadón es realmente increíble, pero sí pudiéramos desactivar sus escudos, eso equilibraría las cosas.

         —Es verdad —convino Joseph—. Esos cazas son impresionantes, pero tienen un defecto.

         —¿Y cuál es? —preguntó el comandante Antilles con escepticismos.

         —Sus pilotos son torpes —aseguró Black ante el asombro de muchos.

         —¿Dice que los pilotos del imperio son torpes? —repitió Saulo con enfado y luego negó con la cabeza. Era absurdo—. Pues a mi no me lo parecen, capitán.

         —Claro que lo son, pude notarlo por su forma de volar. Esos escudos los han hecho muy confiados y torpes. Si encontramos una forma de apagar sus defensas, los acabaríamos en un dos por tres.

         —Capitán Black, le confieso que admiro su valor —Elnar levantó en su mano un disco magnético—. Sin embargo, de acuerdo con los reportes de los pilotos de nuestros cazas Tao, la potencia de las armas enemigas es muy superior a la nuestra. Debemos fortalecer nuestras fuerzas antes que cualquier otra cosa.

         —Exactamente, eso es lo que yo digo —asintió Jesús Ferrer, inclinando la cabeza en señal de deferencia—. Déjenme comunicarme con mis hermanos y les prometo que tendrán todos el apoyo de la armada de Megazoar.

         —O lo que quedé de ella —se mofó Rodrigo Carrier.

         Andrea se recostó sobre su asiento. Aunque Jesús no le agradaba del todo debía reconocer que el ejército de Megazoar sería una gran ayuda en la lucha contra N´astarith. Sin embargo aún quedaba un problema. Después de lidiar una guerra con el imperio meganiano, muchos de los del Consejo aún desconfiaban de estos y se necesitaba algo más que palabras para persuadirlos de que aceptaran la propuesta de Jesús de comunicarse con los mandos militares meganianos.

         —Jesús, sé que quizá le moleste lo que voy a decirte —murmuró Andrea, sintiéndose en desacuerdo con lo que decía—. Pero muchos aquí temen que los meganianos nos ataques sí tus hermanos y los militares de tu mundo saben nuestra localización. Lo lamento, pero debes darnos alguna garantía de que eso no ocurrirá.

         El príncipe meganiano bajó la mirada un momento. Se sentía ofendido por la desconfianza del Consejo, pero también sabía que no podía hacer nada para evitarlo. No obstante, no podía dejar que aquella desconfianza ayudara a N´astarith a triunfar. Sólo había una manera de que el Consejo aceptara su petición.

         —Sí este Consejo tiene sus dudas respecto a los meganianos, entonces me comunicaré con mis hermanos en presencia de todos. Les pediré que sólo ellos y los altos mandos vengan hasta aquí para iniciar conversaciones de paz y poner fin a la guerra entre el imperio meganiano y la Alianza Estelar.

         La nueva propuesta tomó por sorpresa a muchos, incluso a Saulo. El rey Lazar asintió con la cabeza y se volvió hacia Andrea. Sabía que ante tan proposición, el Consejo no objetaría la decisión de permitir a Jesús Ferrer entablar comunicación con las fuerzas meganianas. Habían logrado llegar a un acuerdo, pero aún quedaban muchas discusiones por delante.

         Sala de entrenamiento.

         Dos energías resplandecían dentro de la habitación ante la mirada de varios curiosos pertenecientes a diferentes universos. Los guerreros que se enfrentaban eran Shiryu, el Santo del Dragón, y el saiya-jin conocido como Son Gokuh; ambos habían empezado a intercambiar golpes y patadas en una lucha donde cada uno haría lo posible por alzarse con la victoria.

         Son Gokuh, quien según se decía era el hombre más poderoso de su universo, era un diestro guerrero. Arremetía con gran energía y esquivaba con velocidad. Sin embargo, desde el comienzo de la lucha, supo que su contrincante no debía ser menospreciado. Tras una finta y una rápida patada, Shiryu salió volando por los aires.

         —¡Vamos, Shiryu! —exclamó Hyoga para animar a su amigo.

         —Ese sujeto llamado Gokuh es muy veloz —observó Shun con preocupación—. No puedo creer que haya tomado por sorpresa a Shiryu de esa manera.

         —¡Adelante, papá!

         —Es increíble que haya sujetos tan fuertes —comentó Ryoga sin perder de vista el combate que se desarrollaba en la habitación de entrenamiento—. Él sí podría vencer a uno de los Khans.

         Pese a que la batalla entre Son Gokuh y Shiryu era un espectáculo impresionante, éste no interesaba en lo más mínimo a Sailor Mercury, Sailor Mars, Sailor Jupiter y Sailor Venus, quienes estaban más preocupadas en debatir sobre cuestiones amorosas. Desde que Makoto le había confesado a sus amigas su creciente interés por Trunks, Sailor Venus había tomado la decisión hacer todo cuanto estuviera en sus manos para ayudarla a llamar la atención de aquel joven.

         —¡La diosa del amor está lista para actuar! —exclamó Minako mientras levantaba un dedo en lo alto y guiñaba un ojo—. No lo olvides, Makoto, siempre que quieras atraer un chico no olvides enseñar un poco.

         Para dar un ejemplo de su idea, Sailor Venus se descubrió un poco el hombro derecho dejando entrever uno de los tirantes de su sostén. Sailor Mars y Sailor Jupiter, incómodas por la acción de Minako, inmediatamente saltaron sobre ella para hacer que se cubriera de nuevo.

         —¡Déjate de tonterías, Sailor Venus! —le recriminó Sailor Mars.

         —Chicas, no estoy segura de que debamos seguir con esto —murmuró Sailor Mercury, ruborizada—. Deberíamos enfocar nuestra atención en buscar una manera de enfrentar al enemigo.

         —Oh, vamos, Ami-chan, no creas que no nos hemos dado cuenta —le dijo Minako en un tono juguetón que hizo que Mercury se pusiera tensa—. ¿Acaso crees que no lo sabemos?

         —¿De qué hablas? —preguntó Mercury con la voz entrecortada.

         —Espero que no hablen sobre ese joven llamado Asiont —refunfuñó Sailor Mars.

         —Exacto, el segundo amor de Ami-chan —repuso Sailor Venus al tiempo que Mercury se volvía a sonrojar—. ¿A poco no hacen una linda pareja?

         —¿El segundo amor de Ami? —murmuró Sailor Mars—. Será el tercero más bien.

         —No, yo creo que es el cuarto —comentó Sailor Jupiter en tono reflexivo.

         —¡¡Dejen de estar hablando de mí!! —les gritó Ami con tal fuerza que incluso algunos de los que estaban viendo la pelea volvieron la mirada hacia las Sailor Senshi. Al ver esto, Sailor Mercury se encogió de hombros mientras interiormente deseaba que se la tragara la tierra ahí mismo—. Eh, es asunto de mujeres.

         Ten-Shin-Han observó a las Sailors Senshi por un segundo y nuevamente centró su atención en el combate. Mientras contemplaba el rápido contraataque de Shiryu, el peleador de artes marciales no pudo dejar de preguntarse qué hacían esas jovencitas tan extrañas entre ellos.

         —Ami-chan, no grites —le aconsejó Minako—. ¿Quieres que todo mundo se entere?

         —Entonces no digas esas tonterías —replicó Sailor Mars con enfado—. Además, ¿cómo se te ocurre pensar que Ami se va a fijar en ese idiota?

         —Oye, no es un idiota —murmuró Ami, atrayendo sobre sí las miradas de sus amigas. La Sailor hizo un esfuerzo por no sonrojarse, pero no pudo evitarlo—. Es-Es sólo que no me gusta que hablen mal de las personas.

         —¿Lo ven? —dijo Sailor Venus—. El quinto amor de Ami-chan.

         —El quinto —repitió Rei, molesta—. Estamos hablando de Ami, no de ti.

         Mientras Sailor Mars y Sailor Venus discutían sobre números y amores, Sailor Jupiter decidió ir a donde estaba Trunks nuevamente. No estaba muy segura de cómo iniciar una conversación con él, pero prefería arriesgarse que seguir escuchando a sus amigas. Estaba caminado hacia donde los Guerreros Zeta cuando de pronto Azmaudez se interpuso en su camino.

         —Disculpa, pero creo que no nos han presentado —dijo él.

         Makoto no supo que contestar en ese momento. Aunque había conocido a Azmoudez en su propio universo, esta era la primera vez que cruzaba palabras con él. Tan sólo lo había visto discutir violentamente con Asiont y con Andrea, pero no por eso se formó la idea de que era una mala persona. Volvió la mirada hacia sus espaldas para comprobar sí efectivamente se había dirigido a ella.

         —Sí —confirmó Azmoudez—. Te estaba hablando a ti.

         —Ah, lo siento —repuso Sailor Jupiter levemente sonrojada.

         El general sonrió.

         —Había querido disculparme con ustedes por mi violento comportamiento cuando estuvimos en su mundo, pero es que ese Asiont me colmó el plato. Lo lamento, pero el tipo es un imbécil.

         —¿No te llevas bien con él? —preguntó la Inner Senshi.

         —La verdad no, pero no hablemos de él —Azmoudez llevó su mirada más allá de Sailor Jupiter y observó momentáneamente a las demás Sailor Senshi—. Iba a disculparme con tus amigas, pero parece que están discutiendo.

         —¿Eh? —Sailor Jupiter se volvió un instante por encima del hombro—. Ah, sí, tal parece que no se ponen de acuerdo por algo.

         —Por cierto, también quería felicitarte por tu valor en la batalla. Sinceramente, no creí que hubiera chicas tan valientes como ustedes, y tan bellas.

         Sailor Jupiter se ruborizó ante la mirada de Azmoudez. Aunque rudo, el general se comportaba como un caballero y ése era un detalle que Makoto sabía valorar. Complacida por las sutiles palabras de Azmoudez, la Sailor le regaló la mejor de sus sonrisas. Aunque no tenía la intención de olvidarse de Trunks, Makoto pensó que no tenía nada que perder sí se ponía a flirtear un poco con Azmoudez.

         —Pensé que no te simpatizábamos.

         —Por favor, no me confundas con ese pesado de Cadmio.

         Las puertas de acceso se abrieron por la mitad y Asiont, Areth, Cadmio y Lance entraron a la sección de entrenamiento. Al percatarse de que se estaba desarrollando una pelea en la habitación principal, Areth corrió a la ventana panorámica para ver quiénes estaban combatiendo.

         —¿Quiénes pelean? —preguntó Cadmio.

         —Son Gokuh y Shiryu —le contestó Ryoga sin apartar la vista—. Esos dos sí que saben luchar, debieron haberla visto desde que comenzó.

         Asiont echó una mirada para confirmar lo dicho por Ryoga. Las energías de los dos contendientes no estaban al máximo, pero se mantenían en un nivel adecuado para desarrollar un buen combate.

         —Ahora veremos que clase de poderes posee Son Gokuh.

         —Sí, pero no toda la acción se desarrolla ahí —pensó Cadmio en voz baja, mirando de reojo a Azmoudez y a Sailor Jupiter—. No tenía idea de que ese tipo le gustaba hacerse el gracioso.

         Atraído por las palabras de su hermano, Asiont dirigió su mirada hacia Sailor Jupiter y accidentalmente se topó con las Sailor Senshi que aún discutían. Cuando notó la presencia de Sailor Mercury, alzó una mano para saludarla y le sonrió de oreja a oreja. Ami respondió del mismo modo,  pero Asiont se puso serio cuando Cadmio le dirigió una mirada escrutadora.

         —¿No vas a ver la pelea? —le preguntó a Cadmio.

         —Sí, pero quita esa cara de idiota por lo que más quieras.

Continuará… .

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