Leyenda 085

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXXV

LOS SLAYERS VUELVEN

Reino de Zefilia.

         Janer era tan esbelto como gordo era Narat. Alrededor de una diminuta e improvisada fogata, los ladrones estaban comiendo y bebiendo algunas de las provisiones que acababan de hurtar en la última aldea donde habían estado. Narat no tardó en dar cuenta de la fruta que estaba degustando con sus rápidos y voraces mordiscos. Janer, por su parte, comía de forma tranquila y serena, aunque sin dejar de vigilar la bolsa de cuero donde estaba la gema que habían obtenido en su último atraco. A diferencia de su compañero que lo único que hacía era comer como una bestia, Janer estaba pensando en la manera más apropiada de sacarle provecho a su botín una vez que el sol apareciera por el horizonte.

         —Ahora sí la hicimos —dijo Narat con la boca llena de jugosa pulpa—. Podremos vender esa piedra en un buen precio y luego comprar bastante vino. Quizás podríamos incluso comprar un caballo, ¿no te parece?

         —Estoy seguro de que sí se la ofrecemos a un hechicero podríamos obtener el doble de lo que ganaríamos sí se lo vendemos a un comerciante común y corriente —farfulló Janer y luego bebió un trago de vino de su viejo odre—. Ellos se interesan mucho más por las piedras exóticas y ese tipo de cosas raras.

         Narat se limpió la boca con la mano, echó a reír y cogió otra fruta.

         —Tomando en cuenta lo que nos costó quitárselo a ese estúpido anciano, creo que merecemos una buena suma de dinero. Quiero beber vino hasta perder el conocimiento y no saber ni quién soy.

         —Debemos tener cuidado de que nadie nos arrebate nuestro tesoro —murmuró Janer, echando una mirada a los alrededores para cerciorarse de que no había nadie cerca—. Tengo la impresión de que alguien nos vigila desde hace rato. Creo que no estamos solos.

         —¿Alguien? —exclamó Narat tras soltar una risita burlona—. Estás imaginando cosas. Además, sí alguien trata de quitarnos la gema, no tendrían nada que hacer conmigo —agregó al tiempo que se daba unas palmadas en la barriga.

         —¿Estás seguro de eso? —preguntó una voz femenina.

         Al instante siguiente, Janer y Narat se pusieron de pie de golpe y se volvieron hacia el sitio de donde venía aquella voz. Al pie de uno de los árboles más cercanos, los ladrones descubrieron a una joven de cabello rojo y ojos grandes que los observaba con un aire pícaro; portaba guantes, botas y unas enormes hombreras que le ayudaban a sujetar su capa oscura. A juzgar por aquella indumentaria, Janer tuvo la impresión de que se trataba de alguna clase de aventurera, pero estaba seguro de que no era nada que él y su regordete socio no pudieran manejar.

         —¡¿Quién diablos eres tú?! —le preguntó el bandolero con insolencia.

         —Sólo soy una pobre jovencita que se ha perdido por el bosque, mi nombre es Rina Inbaasu —repuso la chica pelirroja con una sonrisa en los labios—. Estoy segura de que un par de caballeros como ustedes compartirán de buena gana su comida conmigo y luego me ayudarán a encontrar el camino a casa, ¿o no?

         —No te daremos nada, estúpida bruja pestilente —replicó Narat, sacando un afilado cuchillo de entre sus ropas—. Por sí no lo sabes somos ladrones, y muy peligrosos. Sí aprecias en algo tu mugrosa vida será mejor que te largues de aquí ahora mismo.

         Sin dejarse amedrentar por las bravuconadas de aquel desaseado regordete, Rina dio un paso al frente y se acomodó los cabellos mientras fruncía una sonrisa. A Janer le estaba dando mala espina que aquella chica no diera muestras de sentir temor ante ellos, así que imaginó que tal vez era retrasada o algo por el estilo.

         —¿Son ladrones? Oh, vaya, entonces no me sentiré tan mal cuando les haya quitado sus pertenencias. Estoy segura de que deben tener algo valioso sí es que de verdad son ladrones tan peligrosos.

         —Miserable bruja —masculló Janer y enseguida desenvainó su espada—. Sí tratas de quitarnos lo que es nuestro lo lamentarás. ¡¿Acaso no sabes con quiénes te estás metiendo?! ¡Nosotros somos los ladrones más peligrosos de todo el reino de Zefilia!

         Rina, casi a punto de soltar una risotada, se cruzó de brazos.

         —¿Ah, sí? Pues jamás había oído hablar de ustedes en este reino. Estoy segura de que no son más que un par de mediocres que gozan robándoles los dulces a los niños pequeños, ¿o me equivoco?

         Al oír aquello, Janer y Narat sintieron uno deseo incontrolable de estrangular a aquella insolente chica hasta verla morir. Apretando el mango de sus armas con fuerza y con una vena hinchada en sus frentes, los dos ladrones miraron a Rina con furia asesina y se prepararon para darle su merecido.

         —¡¡Maldita, te mataremos por insolente!! —gritó Janer con tal fuerza que parecía que arrojaba llamas por la boca—. ¡¡Te vas a arrepentir de haberte metido con nosotros!!

         —¡¡Prepárate para morir, infeliz!! —exclamó Narat lanzándose a la carga.

         —Ay, por favor —murmuró Rina con desgano y exhaló un suspiro. Entonces, levantó sus manos y cerró los ojos como sí fuera a orar—. Vientos del este que vuelan, los necesito como mi fuente. En mis manos, enciendan toda su fuerza… ¡¡Furea Aro!! (Flecha de Fuego)

         En el acto, cinco flechas de fuego se materializaron alrededor de Rina, quien con un simple movimiento de sus dedos las arrojó directamente contra los bandidos. Janer y Narat abrieron los ojos presos de terror, pero no pudieron hacer nada para salvarse; las flechas de fuego los impactaron de lleno y causaron una violenta explosión que los arrojó por los cielos a gran velocidad.

         Mientras daban giros por el aire, Narat y Janer, que habían quedado literalmente tostados, no dejaron de gritar amenazas y consignas contra Rina. La pelirroja, a su vez, lo siguió con la mirada hasta que los bandidos se convirtieron en diminutos puntos y se perdieron en la inmensidad del cielo nocturno.

         —¡Me saludan a nunca vuelvan, a nunca vuelvan! —exclamó la chica agitando su mano alegremente. A continuación recogió la bolsa de cuero que estaba tirada en el suelo y empezó a hurgar en su interior. Cuando vio que dentro de la bolsa estaba la misma gema triangular que les había visto a Janer y Narat unos instantes antes, una enorme sonrisa le iluminó el rostro—. El triángulo de Zanatar, al fin es mío, mío, mío, mío, mío.

         —Pobres tipos, Rina, ni siquiera les diste una oportunidad para escapar —murmuró Gaury, saliendo de entre unos matorrales y sacudiéndose las hojas del hombro—. ¿Era necesario que los trataras de esa manera tan cruel?

         —Vamos, Gaury, no es para tanto —repuso Rina cerrando la bolsa y luego atándosela al cinturón—. Eran unos hombres muy malos ¿Acaso no viste que no querían compartir su comida conmigo? No les importó que fuera una linda e indefensa chica que estaba pérdida en el bosque.

         Gaury se llevó un dedo a la barbilla y alzó la vista mientras reflexionaba.

         —Humm, tienes razón, no tomaron en cuenta que se encontraban frente a una dama.

         —¿Verdad que sí? —dijo Rina con un extraño brillo en su mirada—. ¿Verdad que soy una dama indefensa que necesita ser colmada de atenciones?

         —Humm, ¿es eso comida? —preguntó Gaury, señalando con el dedo las provisiones que estaban cerca de la fogata—. Que bien, me muero de hambre.

         Al ver que Gaury prefería sentarse a comer en vez de prestarle atención, Rina resbaló y se fue de bruces al suelo sintiéndose profundamente humillada. Una cosa era que Gaury no le diera la razón en todo lo que decía y otra muy distinta que la ignoraran por unas asquerosas frutas.

         —¡Chomp! ¡Chomp! Mira, Rina, aquí hay mucha comida. ¡Chomp!

         Astronave Churubusco (Sala de Comedores)

         —Entonces, ¿tú cómo te llamabas? —preguntó Asiont alzando una ceja.

         —Yo me llamo Son Gokuh, mucho gusto en conocerlos a todos —respondió el saiya-jin con una sonrisa de oreja a oreja—. Este es mi hijo Son Gohan y aquel de allá es Piccolo, él es Yamcha, él Vejita y ellos son Kurinrin, Trunks y Ten-Shin-Han.

         —¿Y ella quién es? —inquirió Hikaru, señalando a No. 18.

         —E-Ella es No. 18 —repuso Kurinrin mientras se acariciaba la nuca.

         —¿Número dieciocho? —murmuró Umi con un marcado énfasis—. ¿Así se llama o así le dicen? Espero que no me vayas a decir que ese es un apodo que ustedes le pusieron, ¿eh?

         —¿Qué? No, claro que no —replicó Kurinrin en el acto—. ¿Cómo puedes pensar eso?

         —Que nombre tan extraño —comentó Sailor Moon por su parte—. Pero creo que es bonito después de todo, aunque tal vez sea un alías que utiliza para ocultar su verdadera identidad y en realidad es una heroína como yo.

         —Seguro —murmuró Eclipse entornado la mirada—. Y yo soy el 007 encubierto.

         La androide, que en todo momento mantenía una expresión de indiferencia hacia los demás, apenas y dirigió una mirada hacia las Sailor Senshi y las Guerreras Mágicas. En realidad estaba más interesada en examinar el lugar en donde estaban que en conocer a los amigos de Casiopea y Eclipse.

         —Pero, por favor, díganos ¿en dónde estuvieron? —intervino Marine, dirigiéndose a Leona y a Casiopea—. ¿Qué ocurrió mientras estuvimos fuera?

         Mientras Casiopea explicaba a grandes rasgos todo lo sucedido en la dimensión de Son Gokuh y la razón del por la que 18 tenía ese nombre, Sailor Jupiter se dedicó a observar los diferentes rostros de los Guerreros Zeta. Cuando llegó hasta Trunks, la Inner Senshi sintió como si el tiempo se detuviera y se desatendió completamente de su alrededor. Frente a aquel joven, todos los muchachos que conocía en su mundo y aún Saulo palidecían de insignificantes, a excepción, claro, del legendario muchacho que le había roto el corazón hacía tanto tiempo.

         —Ese muchacho llamado Trunks se parece a mi querido senpai —murmuró Sailor Jupiter sintiéndose entre las nubes—. Es como si lo hubiera conocido en otra parte.

         Al oír aquello, Sailor Mars se tomó la frente y arrugó el rostro como sí los comentarios de Makoto le provocaran dolor físico. Iba a decir algo referente a los hombres, pero se lo pensó mejor y se quedó callada; esta vez había decidido no intervenir más y dejar que su amiga hiciera lo que quisiera.

         —Oye, Makoto, ¿qué te sucede ahora? —le preguntó Sailor Venus, pasándole una mano por delante de la cara—. Oye, yujú, hazme caso. ¿Estás enferma?

         Pero Sailor Jupiter estaba lejos de prestarle atención a sus amigas o a lo que ocurría en torno a ella. Sin hacer el menor caso de Sailor Venus o Sailor Mars, Makoto decidió ir hacia donde estaba aquel joven para conocerlo. Trunks, por su parte, estaba tan concentrado examinando las auras de las distintas personas que estaban presentes que no reparó en la Sailor que se acercaba.

“Esos individuos a los que llaman Santos poseen unos Kis realmente poderosos”, pensó Trunks, observando disimuladamente a los guerreros de Atena. “Asiont también tiene un fuerte Ki, aunque me parece que ese no es todo su poder… “.

         —Hola.

         Trunks giró su cabeza lentamente hasta que se topó con el angelical rostro de Sailor Jupiter, que lo observaba con una leve sonrisa en los labios. Al principio imaginó que tal vez la chica estaba hablándole a otra persona, pero cuando se percató de que en realidad era él a quien le hablaba, parpadeó con desconcierto y trató de fruncir una sonrisa, aunque sin mucho éxito.

         —Eh… hola.

         —Yo soy Mako… eh, digo, Sailor Jupiter.

         —Ah, mi nombre es Trunks, mucho gusto —repuso el Guerrero Z, inclinando la cabeza levemente y devolviéndole la sonrisa. Sailor Jupiter, embelesada, sintió que iba a derretirse ahí mismo—. Tú, ¿eres amiga de Sailor Saturn, verdad?

         —¿Eh? Sí, así es, ¿cómo fue que… .

         —Bueno, realmente no es muy difícil deducirlo ya que usas un atuendo bastante similar al que trae ella —le interrumpió él, señalando hacia donde estaba Hotaru—. ¿Ves?

         —Ah, es verdad, que tonta soy —murmuró Jupiter algo sonrojada, luego de echar una rápida mirada hacia Saturn—. Yo también soy una de las Sailor Senshi y… —hizo una pausa imaginando que quizá Trunks no sabía lo qué era una Sailor Senshi y finalmente añadió—: Me imagino que Sailor Saturn ya te debe haber contado algo acerca de las Sailor Senshi, ¿no?

         —En realidad no. Veraz, Casiopea y la princesa Leona nos contaron sobre N´astarith y sus guerreros, así como de las gemas estelares. Fuera de esto no sé nada más acerca de todos tus amigos.

         —¿Todos mis amigos? —murmuró Makoto, extrañada—. Ah, hablas de las demás personas que fueron con Sailor Saturn a tú dimensión —Guardó silencio y soltó una risa que Trunks encontró deliciosamente agradable—. Para serte sincera te confieso que no conozco a la mayoría y eso es por que estaba en otro lugar cuando ellos llegaron aquí.

         —Entiendo, imagino que ustedes también proceden de dimensiones diferentes y por eso  no todos se conocen entre sí a la perfección. Yo apenas estoy aprendiéndome los nombres de todos los que nos ayudaron a pelear. Casiopea nos dijo que varios guerreros de otras dimensiones se habían unido a la batalla con N´astarith, pero jamás imagine ver a unas chicas como ustedes.

         —¿Ah no? —inquirió ella con una sonrisa coqueta.

         Haciendo una rápida relación de hechos, Casiopea expuso todo lo que había ocurrido en el templo de Kami-sama y más tarde en el planeta Namek. Les habló de como Shiryu había vencido a Belcer, la forma en que Nauj-vir les había perdonado la vida, su viaje a Namek y el cómo habían empleado las esferas del dragón para revivir a Son Gokuh y luego a regresar. Una vez que terminó de hablar, la princesa de Francus guardó silencio mientras algunos de los presentes realizaban un intercambio de miradas.

         —¿Así qué los guerreros de Abbadón lograron apoderarse de otra gema estelar, eh? —inquirió Asiont.

         Casiopea asintió sombríamente.

         —Lamento decir que sí, pero no hubo nada que pudiéramos hacer para impedirlo. La pelea que tuvimos en la dimensión donde conocimos a los Santos nos dejó muy cansados y eso se vio claramente reflejado en el enfrentamiento que tuvimos en el templo de Kami-sama.

         Asiont sacudió la cabeza y su rostro reflejo una gesto de frustración. Aún cuando sabía perfectamente que en tanto el imperio no tuviera en su poder todas las gemas sagradas, N´astarith no podría llevar a cabo sus planes de dominación, Asiont no podía soportar la idea de que los imperiales continuaran llevándoles la ventaja. Su ira comenzó a crecer nuevamente.

         —Tal parece que no importa nada de lo que hagamos —declaró en voz alta—. Esos malditos siempre logran salirse con la suya, sin embargo pronto me encargaré de hacerles pagar por todo lo que han hecho.

         Eclipse enarcó una ceja.

         —¿De qué hablas exactamente?

         —Aún no puedo creer que Shiryu haya podido vencer a uno de esos guerreros tan poderosos —murmuró Hyoga de repente, desviando el curso de la conversación.

         —Así fue, Hyoga, aunque desgraciadamente nuestras armaduras sagradas recibieron daños terribles durante la pelea —dijo Seiya, señalándose una de sus hombreras—. Espero que puedas repararlas, Mu.

         El Santo de Aries se acercó a Seiya y comenzó a inspeccionar la armadura de bronce con sumo cuidado. Los daños se veían mucho peor desde cerca y a simple vista le parecieron imposible de reparar. Mu tardó unos segundos en asimilar la mala noticia. Las profundas rasgaduras en los ropajes de los Santos de Bronce indicaban un grave deterioro que muy difícilmente podrían ser remediado.

         —Estas armaduras han recibido un daño terrible —anunció al fin—. Todavía sí pudieran usar su sangre para tratar de restaurarlas creo que sería inútil. Después de la batalla de las doce casas, sus armaduras recibieron la sangre de los Santos dorados para revivir y no hay que olvidar que durante la lucha con Poseidón volvieron a recibir daños una vez más. Yo pude restaurarlas usando el polvo de estrellas, pero ahora no creo que esto sea suficiente.

         —Pero, Mu, no entiendo —intervino Shun con preocupación—. Tú pudiste restaurar nuestras armaduras tras la pelea con Poseidón en el santuario del mar. ¿Por qué no puedes hacerlo ahora?

         —Las armaduras necesitan ser restauradas por un poder superior al de los Santos dorados sí es que pretenden luchar con los Khans otra vez —Para demostrar la seriedad de sus palabras, tomó el brazo de Seiya—. Estas rasgaduras indican claramente que sus ropajes sagrados están demasiado debilitados. Aunque tratara de arreglarlas, no serviría de nada ya que podrían ser destruidas con cualquier ataque por muy débil que fuera.

         Poppu, que sabía de armaduras lo mismo que de cocina, se rascó la cabeza mientras intentaba seguir la conversación, aunque era obvio que no entendía nada. Sin embargo, aquel tema le había hecho recordar momentáneamente la armadura de Hyunkel, la cual también había sido seriamente dañada durante la pelea con los Khans en el templo de Kami-Sama.

         —Oye, Hyunkel, ¿qué sucederá con tu armadura?

         —Mi armadura puede restaurarse por sí sola —se limitó a decir—. Lo que me más preocupa no es mi armadura sino es que los guerreros de N´astarith parecen conocer todas nuestras técnicas de pelea, lo cual indica que la batalla será todavía más difícil de aquí n adelante.

         —Es cierto, Hyunkel, será más difícil —convino Astroboy—. Ese guerrero llamado Leinad mencionó que los Khans podían transmitirse mentalmente sus experiencias en batalla y así saber de antemano nuestra forma de pelear.

         —Tampoco debemos pasar por alto que sus armaduras son inmunes a la magia —les recordó Fuu, sumándose a la conversación—. Cuando peleábamos contra ellos en Céfiro, nuestros hechizos mágicos no funcionaron a causa de las armaduras que portaban. Esa es una grave desventaja para Hikaru, Umi, Marine y yo.

         Marine giró la cabeza hacia donde estaban las Guerreras Mágicas y descubrió la expresión de desánimo que ensombrecía el rostro de Hikaru. Al igual que le había ocurrido a ella, Hikaru, Umi y Fuu también habían experimentado en carne propia la desesperación de ver que era inútil tratar de usar magia contra los guerreros de Abbadón.

         —Por lo que he podido escuchar hasta este momento, nuestros enemigos son bastante peligrosos —comentó Sailor Uranus con los brazos cruzados—. Pero aun así defenderemos nuestro mundo con la vida si es necesario. No me importa qué tipo de armaduras utilicen o sí pueden transmitirse sus pensamientos, nosotras seguiremos peleando hasta el final.

         Era una manera muy romántica de enfrentar la realidad, pero había que admitir que aquella chica afrontaba la situación con valor. La lucha con los guerreros de Abbadón no se vislumbraba nada fácil y la mayoría era consciente de ello. Por unos segundos se hizo un silencio sepulcral. Era como sí un manto de desesperanza hubiera caído de repente en toda la habitación.

         —Vamos, amigos —dijo Son Gokuh de repente—. No debemos ser pesimistas. Estoy seguro de que sí consigo aumentar mis poderes lograré vencer a ese sujeto de nombre N´astarith. No hay que perder las esperanza.

         —No seas iluso.

         Todos a uno dirigieron sus miradas hacia Vejita. El saiya-jin estaba cruzado de brazos y su rostro reflejaba aquella expresión malhumorada y de pocos amigos que lo caracterizaba. Asiont, Hyoga y los Santos dorados lo observaron con el ceño fruncido, extrañados con aquella declaración. No lo conocían aún, pero el aura que sentían en él les indicaba que poseía una personalidad mezquina y cruel.

         —Eres un estúpido, Kakaroto —dijo Vejita con desdén—. No entiendo cómo puedes pensar que unos sujetos con tan bajo nivel de pelea como los que hay aquí podrán luchar contra N´astarith y esos Khans. Lo mejor que pueden hacer estos inútiles es hacerse a un lado y no estorbarnos.

         Seiya ya había soportado bastante a aquel pedante. Incapaz de contenerse un segundo más, señaló a Vejita y gritó:

         —¡Será mejor que te calles!

         El saiya-jin frunció aún más el entrecejo y dejó entrever sus dientes mientras sentía como la sangre le hervía por las venas. Acababa de llegar al punto de ebullición y el ver a Seiya hablarle de esa manera le hacía bullir aún más.

         —Oh, oh —se lamentó Kurinrin.

         —¡¡Ya tuve suficiente de ti, sabandija estúpida!! —rugió Vejita, dando un par de pasos amenazadoramente en dirección a Seiya—. ¡Voy a ahorrarle el trabajo a ese N´astarith matándote yo mismo!

         Cuando Sailor Moon vio que Vejita estaba echando chispas por los ojos, empezó a sudar tinta y se sujetó del brazo de Tuxedo Kamen. Trunks y Sailor Jupiter, por su parte, interrumpieron su conversación y se acercaron rápidamente al lugar de la discusión. Asiont, en tanto, vio que Seiya, lejos de contenerse por las amenazas de aquel sujeto malencarado, ya había alzado los puños y se preparaba para comenzar a pelear; había que evitar de algún modo que las cosas llegaran más lejos.

         —Oigan, no se peleen —La voz serena del Celestial atrajo la atención de Vejita sobre de él, pero no convenció a éste de tranquilizarse.

         —¡No te metas, basura o serás el siguiente! —exclamó el saiya-jin, mirando al Celestial con ferocidad—. Quítate de mi camino o te haré mil pedazos —Y se sentía capaz de hacerlo en ese mismo instante, así que le dio un envión y Asiont cayó de espaldas en el suelo.

         —¡No, papá! —gritó Trunks, abalanzándose sobre el otrora príncipe del planeta Vejita para interponerse entre él y Asiont—. ¡Ya basta, por favor! ¡Esto no ayudará en nada!

         Vejita miró a Trunks con indiferencia y con veloz un manotazo lo lanzó hacia Sailor Jupiter, que lo detuvo de los hombros. Ya habían evitado en una ocasión que le ajustara las cuentas a Seiya en el planeta Namek y esta vez no iban a detenerlo.

         —¡No te entrometas, Trunks!

         Aunque no quería iniciar una pelea, Gokuh estaba listo para meter en cintura a su acérrimo rival si era necesario. Sin embargo, antes de que pudiera hacer o decir algo, Asiont se levantó bruscamente del piso y quedó cara a cara con Vejita.

         —¿No tuviste suficiente, basura? —le preguntó Vejita con una sonrisa desafiante.

         Como respuesta, Asiont levantó los brazos y le dio al saiya-jin un fuerte empujón que lo hizo retroceder. Vejita alzó los puños con la intención de darle su merecido a aquel imbécil. Pero antes de que pudiera hacerlo la voz de Saori lo contuvo.

         —Por favor, no peleen más.

         —Espera un momento, Saori —se apresuró a decir Seiya, golpeándose una palma con el puño—. No quiero que este miserable engreído piense que le tengo miedo. Ya es hora de que le dé su merecido de una buena vez. Desde que estábamos en la dimensión de Gokuh y Gohan este tipo se la ha estado pasando menospreciándonos.

         —¡Seiya! —exclamó Saori mirando al Santo de Pegaso duramente—. ¿No escuchaste lo que dije? ¡Compórtate!

         —Hazle caso a la mocosa, sabandija —se mofó Vejita, observando a Seiya con una sonrisa burlona—. No tenía idea de que una niña jalaba el cuello de tu correa… .

         —Escúchame, enano malencarado —le interrumpió Asiont, blandiendo un dedo frente al rostro del enfurecido Vejita—. O te callas o sacaré de aquí yo mismo.

         —Dudo que puedas hacerlo —murmuró Sailor Uranus, entrando en la pelea.

         Casiopea se volvió hacia la Outer Senshi y la miró con malestar. Normalmente ella no solía inmiscuirse en las peleas de otros, pero cuando ofendían a sus amigos era una cosa diferente.

         —¿Y a ti qué mosca te picó?

         —Y como todas las veces hay una chica que sale en tu defensa —declaró Uranus, mirando ásperamente a Asiont y sin prestarle atención a Casiopea—. No entiendo cómo nos dejamos convencer para aliarnos con ustedes.

         —Puedes irte cuando se te dé la gana —repuso Asiont, dejando a Vejita de lado y aproximándose a la Sailor—. Da lo mismos donde quiera que te encuentres, los Khans te van a encontrar y luego te matarán. Sí crees que tú y tus amigas pueden pelear solas contra N´astarith no es porqué seas ingenua, sino porque estás demente.

         —¿A quién le dices demente? —refunfuñó Sailor Neptune, visiblemente irritada.

         —¡Ya cállense todos! —gritó Seiya de súbito.

         —Oye, tampoco nos des ordenes —replicó Poppu molesto—. Tú no eres nadie.

         —Calma, jovencito, no te alteres —le calmó Shilbalam, poniéndole una mano en el hombro a Poppu—. No debemos permitir que la ira nuble nuestras mentes.

         Mientras la discusión subía de tono, Sailor Mercury apretó un puño contra su pecho y empezó a observar los rostros de todos. Realmente había razones de más para que la mayoría se sintieran molestos y angustiados, así que el hecho de que estallara una pelea a la menor provocación era algo lógico. No obstante, había algo más en el ambiente; era como si una sombra de maldad hubiera caído de repente.

         —Amigos, debemos calmarnos todos —murmuró en voz alta—. Estamos bajo mucha presión y es natural que nos sintamos preocupados por la fuerza del enemigo, pero estas peleas no nos ayudarán a solucionar nuestros problemas. ¿No se dan cuenta de que para sobrevivir tenemos que estar unidos?

         La intervención de Ami probablemente evitó que se iniciara una batalla campal en la sección de comedores. Escuchar a aquella jovencita decir que necesitaban estar unidos ante la adversidad hizo que todos olvidaran su ira por unos instantes.

         —Sailor Mercury tiene razón —dijo Fuu luego de un momento de reflexión—. No debemos discutir entre nosotros. Tenemos que permanecer unidos antes que cualquier cosa.

         Hikaru, Sailor Mars, Astroboy y Umi volvieron la mirada hacia Gokuh, quien asintió con la cabeza. Vejita, por su parte, era demasiado obstinado para reconocer que necesitaba la ayuda de los demás, pero por otro lado sabía que lo que la chica de cabello recortado decía tenía algo de razón; al final optó por volver la vista en otra dirección y olvidarse del asunto.

         Asiont exhaló un profundo suspiró para dejar escapar algo de su enojo y se sentó en unos de los asientos cercanos. Mientras esperaba a que las cosas se calmaran comenzó a pensar en otras cosas y fue entonces cuando recordó que había dos gemas estelares en la nave.

“Estoy muy tenso, será mejor que vaya al laboratorio o de lo contrario voy a terminar dándole unos buenos golpes a ese enano”, pensó. “Tengo algunas cosas que quiero platicar con Lance, Cadmio, Saulo y Casiopea referente a la sombra que vi hace poco en el Águila Real. Espero que Ami no me lo tome a mal, pero no creo que ella y sus amigas puedan ayudarme a descubrir la identidad de esa presencia”.

          Otra persona que también creía que todos estaban demasiado estresados era Mariana. Como líder de escuadrón, sabía que las personas a menudo podían perder los estribos por cualquier tontería, y más sí se encontraban atravesando por situaciones precarias.

         —Bueno, yo opino que quizá deberíamos descansar un poco, amigos. Estoy segura de que si nos distraemos un poco con otras cosas podremos analizar las cosas desde otra perspectiva, ¿no les parece?

         —Estoy totalmente de acuerdo contigo, Mariana —dijo Saori, mirando a Seiya y a los demás Santos de reojo—. La batalla que nos espera es muy difícil y debemos prepararnos para ella.

         Leona sonrió y luego contempló a Dai y a Poppu. Ninguno de ellos había visto el cielo azul o sentido la brisa del ocaso en mucho tiempo, así que pensó que tal vez la idea de Mariana no era tan mala después de todo.

         —Oye, Mariana, ¿no podríamos salir un momento de esta nave espacial? Quisiera respirar el aroma de las flores o disfrutar de un atardecer, aunque fuera por una vez más.

         —Humm, es cierto, Leona —dijo Poppu luego de pensarlo un poco—. Quizás para la mayoría de los aquí resulte entretenido estar a bordo de este “castillo volador”, pero yo también quisiera ver árboles o algo que me resulte más familiar. El encierro me vuelve loco.

         Mariana se llevó una mano a la barbilla y después de un momento, miró a Dai y luego dijo:

         —Creo que ya sé lo que haremos, le diré a uno piloto que nos llevé al planeta Adur, que es el mundo sobre el cual estamos orbitando. Es un planeta bastante parecido a la Tierra y estoy seguro de que les encantará.

         —Que buena idea, yo también quiero salir de aquí —murmuró Dai, y luego se volvió hacia Sailor Saturn y Son Gohan—. ¿Nos acompañan, amigos?

         —Será un placer, Dai —repuso Hotaru con una sonrisa.

         —Claro, será emocionante —dijo Son Gohan guiñando ambos ojos.

         —¡Ya sé! —exclamó Hikaru—. Podemos hacer una excursión e ir todos.

         —Eh, no creo que todos quieran ir de paseo —murmuró Kurinrin luego de mirar la expresión de pocos amigos que tenía Vejita—. Pero pueden contar conmigo.

         —A mí lo que me gustaría ahora es comer un poco —anunció Son Gokuh, dándose una palmadita en el estómago—. No comí nada mientras estuve en el otro mundo y realmente me muero de hambre.

         —Despreocúpate por eso —le dijo Eclipse—. Antes de ir hacia su dimensión, estuve cocinando bastante comida. Sólo es cuestión de ir por ella y servirla en las mesas.

         —¿De verdad? —preguntó Gokuh con emoción—. ¡Que bien!

“Aquí hay sujetos con kis muy variados; algunos son débiles y otros son muy fuertes”, pensó Piccolo, entornado la mirada. “También percibo otras seis presencias poderosas que se encuentran muy cerca de aquí, ¿existirán más guerreros?”

         —Bueno, los que quieran ir a conocer el planeta Adur vengan conmigo —anunció Mariana—. Los demás pueden quedarse a comer o regresar a sus habitaciones a descansar si gustan. Más tarde nos reuniremos de nuevo para discutir lo que haremos de aquí en adelante si les parece.

Reino de Zefilia.

         Cuando Rina solía estar enfadada comía más rápido de lo normal, aunque, ciertamente, ella siempre devoraba sus alimentos con avidez. Para Gaury aquello era cosa de todos los días, aunque cada vez que la veía comer como desamparada se preguntaba sí es que Rina usaba algún tipo de embrujo para mantenerse siempre tan delgada.

         —Sí sigues comiendo de esa manera te vas a ahogar.

         —¿Y a ti que te importa? —replicó Rina con una expresión de indiferencia, dándole una enorme mordida a la fruta que tenía en las manos—. Que me acuerde a ti te preocupa más la comida que lo que me suceda, ¿o no?

         —¡Chomp! ¿Me decías algo?

         En ese momento, Rina sintió deseos de mandar a Gaury a volar usando uno de sus hechizos mágicos. Extendió una mano con la intención de realizar algún encantamiento, pero luego se lo pensó mejor y olvido el asunto. No quería admitirlo ante nadie, pero, en cierta forma, las tonterías de Gaury le agradaban un poco y hacían amenos sus viajes. Quizás el tipo no era muy inteligente, pero siempre había sabido ser un verdadero amigo en los momentos de mayor dificultad.

         La hechicera exhaló un suspiro. Iba a coger otra manzana cuando miró el saco que colgaba de su cinturón. Dentro de éste se encontraba el Triángulo de Zanatar, una gema legendaria de la cual se decían muchas cosas. Para algunos tal Triángulo no era más que un mito y para otros un tesoro perdido que encerraba grandes poderes, aunque también había una leyenda que decía que el Triángulo atraería un terrible mal para toda la Tierra. Como fuera, poderes o mentiras, Rina sabía que tenía mucho tiempo para estudiarlo y descubrir que de cierto había en todas las leyendas.

         —Rina, ¿escuchaste eso? —le preguntó Gaury.

         —¿Qué cosa? —murmuró Rina volviendo la vista en varias direcciones.

         —Me parece que escuche algo entre los árboles.

         De pronto dos figuras salieron de los arbustos con un salto y se plantaron frente a Rina y Gaury, que se voltearon a ver un instante con cara de no entender nada. Por un segundo, Rina imaginó que tal se trataba de los dos inútiles ladrones que había mandado a volar, pero pronto descubrió que estaba equivocada.

         —Más vale que se rindan, ladrones —dijo la voz de una chica, cuya identidad mantenía en secreto bajo las sombras de la noche—. Ha llegado el momento de que paguen por todas sus fechorías. Tarde que temprano la justicia siempre triunfa.

         Rina parpadeó un par de veces sin acabar de entender cómo es que existía alguien que pudiera hablar de esa manera tan ridícula y de mal gusto.

         —¿Qué cosa?

         —Creen que nosotros somos ladrones —murmuró Gaury.

         —Miserables ladrones —continuó hablando la chica, esta vez señalando con el dedo a Rina y a Gaury, que parpadearon nuevamente—. Van a pagar por haber atacado una pobre aldea indefensa y por… .

         —Ameria, por favor, ya no les des tantas explicaciones a estos dos —dijo una segunda voz en un tono monótono—. Vamos a darles su merecido y ya.

         —Ay, bueno, es que me emocione —repuso la chica tomándose la nuca y sonriendo.

         —¿Ameria? —inquirió Rina, acercándose a la pareja—. ¿Zerugadisu?

         —¿Rina? —murmuró la chica, dando un paso al frente y saliendo de la oscuridad. Cuando al fin reconoció el rostro de Rina Inbaasu, el rostro de Ameria se iluminó por una enorme sonrisa y se llevó las manos a la boca—. ¡Señorita Rina! ¡Es usted!

         —Lógico —masculló Rina entornando la mirada—. ¿Quién más podría hablar así?

         —Gaury, pero sí tú también estás aquí —dijo Ameria agitando una mano. Gaury inclinó la cabeza a manera de saludo y le hincó el diente a otra fruta—. Cielos, ha pasado más de un año desde que nos separamos. ¿Cómo han estado?

         —Pues estábamos bien hasta hace unos minutos —murmuró Rina con algo de desgano, pero cuando notó que el compañero de Ameria se acercaba, sonrió rápidamente y agitó una mano—. Hola, Zerugadisu, que gusto en volver a verte.

         El acompañante de Ameria era un joven alto, de piel gris y tenía unas extrañas marcas en el rostro. Anteriormente había sido humano, pero sus deseos de poder acabaron llevándolo a transformarse en un ser mitad hombre y mitad demonio. Zerugadisu miró a Rina de arriba abajo con indiferencia y luego dijo:

         —No tienes que ser tan hipócrita, Rina —frunció una tenue sonrisa y luego agregó—: Es bueno saber que aún sigues portándote igual.

         —¡Insolente! ¡Estás hablándole a una dama!

Continuará… .

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