Leyenda 088

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXXVIII

INTRIGAS Y DESAFÍOS

Sistema estelar Saeti

         A bordo de la astronave insignia de la flota meganiana, que surcaba el espacio en dirección al sistema estelar Felm, el príncipe Armando Ferrer entró al puente de mando para reunirse con su hermano. David se encontraba parado junto al capitán de la nave delante de la ventana frontal. El oficial estaba dándole los últimos informes sobre el estado que guardaban las fuerzas armadas meganianas y el número de personas que habían logrado escapar de Megazoar.

         —A pesar de los esfuerzos de N´astarith y de sus huestes por destruirnos, logramos evacuar a la mayor parte de la población antes de que el planeta fuera destruido por el enemigo, mi señor —informó el capitán con optimismo—. Tal parece que el emperador Francisco ya temía que el imperio de Abbadón quisiera atacarnos y ordenó en secreto que comenzaran a fabricarse naves de evacuación en grandes cantidades.

         —Esa es una buena noticia, capitán Ganat —dijo David esperanzado—. Esperemos que haya más supervivientes y que estos puedan reunirse con nosotros en el sistema Felm conforme a lo previsto.

         El capitán Ganat asintió con la cabeza.

         —¿Cómo va todo? —preguntó Armando.

         —Mejor de lo que creíamos, parece que muchos pudieron salir de Megazoar antes de que éste fuera destruido —repuso David y luego dirigió una inclinación de la cabeza al capitán Ganat—. Capitán, siga recabando informes sobre el número de sobrevivientes que lograron escapar a la destrucción de nuestro mundo, por favor.

         El oficial meganiano se despidió con un saludo militar y luego fue a reunirse con los demás técnicos del puente. Una vez que Ganat se hubo marchado, David y Armando sabían que podían hablar con mayor confianza.

         —¿Has sabido algo sobre los guerreros de la Casa Real?

         Armando sacudió la cabeza.

         —Tal y como nos lo habíamos imaginado, todos nos han traicionado —hizo una pausa para dejar que David asimilara la noticia y luego prosiguió—. May-ra, Dead-Eye, Darkman, Axe, Arrow y Zero siempre estuvieron de parte de N´astarith y de ese maldito de Isótopo.

         —Ahora entiendo porque el sistema de defensa planetario estaba desactivado cuando la flota de Abbadón llegó hasta Megazoar —dijo David rojo de ira—. Esos traidores debieron sabotear el sistema, evitando que nuestros sensores detectaran a las naves de N´astarith a tiempo.

         —Tranquilo, hermano, cálmate —Armando le puso una mano en el hombro—. Estoy seguro de que muy pronto les ajustaremos las cuentas a esos infelices. Ahora lo que debe preocuparnos es llegar hasta el sistema Delm para reunirnos con Jesús.

         —Sí, quién diría que acabaríamos peleando al lado de la Alianza Estelar.

         Armando esbozó una sonrisa.

         —¿Crees que alguien en la Alianza esté trabajando para N´astarith?

         David miró nuevamente hacia el ventanal con expresión absorta y distante.

         —Sí logró corromper a la mayoría de los guerreros de la Casa Real de Megazoar, no me sorprendería que hubiera uno o varios traidores dentro de la Alianza Estelar. N´astarith siempre ha sabido cómo encontrar personas que estén dispuestas a venderse.

         Astronave Churubusco.

         Una nave espacial procedente de la Tierra emergió del hiperespacio y se acercó rápidamente hacia uno de los hangares. La nave era de color negro y se asemejaba bastante a un bombardero BS-2 Stealth de forma angular, aunque a diferencia de éste último la nave poseía dos potentes motores que le permitían viajar por el espacio trans-warp. Haces tractores envolvieron el crucero y lo guiaron con cuidado hacia el interior, donde abrazaderas magnéticas aseguraron la nave.

         El agente K esperó unos segundos antes de volverse hacia su compañero.

         —Bien, vamos allá.

         Descendieron desde las entrañas de su oscura nave hasta llegar a la escotilla principal, esperaron que las luces pasaran al verde y finalmente salieron por la rampa. Un contingente de guardias vretanianos estaban esperándolos para conducirlos hasta la sala del Consejo de la Alianza.

         —Bienvenidos —los saludó un joven sargento—. El general MacDaguett nos informó de su llegada, agentes K y J. Nosotros los llevaremos ante la presencia del Consejo de Líderes de la Alianza Estelar.

         K dedicó una fría mirada de indiferencia a los soldados y asintió.

         Sala del Consejo

         Algunos de los líderes de la Alianza Estelar comenzaron a hablar entre sí con susurros, sin apartar los ojos del príncipe meganiano que se encontraba ante ellos. Aunque algunos de los presentes morían de ganar por ver que Jesús Ferrer fuera sentenciado al exilio eterno o en su defecto a muerte, otros creían entender las razones por las cuales Lazar había dispuesto ofrecerle la amnistía. Ciertamente, el castigar a Jesús no iba revivir a los asesinados por el ejército imperial de Endoria, ni serviría para reconstruir ninguno de los mundos invadidos con anterioridad.

         Lazar era consciente de que al ofrecerle amnistía a alguien como Jesús Ferrer se había granjeado la enemistad de varios de sus conocidos y aliados, pero confiaba en que estos sabrían entender sus razones pasado algún tiempo. En su opinión, el comprometer a Jesús a ayudarlos a luchar contra N´astarith y al mismo tiempo a reparar todos los daños que había causado cuando la guerra terminara era de mayor utilidad para la Alianza que el condenarlo al exilio eterno.

         —¿Qué ha decidido, príncipe Jesús? —preguntó Lazar después de un momento.

         Jesús alzó la vista y miró al rey fijamente.

         —Debo confesarles que jamás imagine que ocurriría esto. A través de los ciclos estelares he aprendido a no confiar en nadie, pero ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba con respecto a ustedes. Siempre había pensado que la Alianza Estelar obedecía a los intereses mezquinos de algunos líderes que sólo trataban de beneficiarse con el caos que la guerra había causado en toda la galaxia. Sin embargo, acabo de darme cuenta con mis propios ojos que existen personas justa que trabajan por el bienestar de todos los pueblos.

         Y de repente hincó una rodilla en el piso ante los asombrado miembros del Consejo de la Alianza Estelar. Un murmullo de sorpresa brotó de la mayoría de los presentes.

         —Acepto todas vuestras condiciones, majestad —dijo Jesús, alzando la voz para que todos pudieran oírlo—. Después de que esta gran guerra haya terminado, los meganianos ayudaremos a todos los pueblos que sufrieron a recuperarse.

         Por un instante nadie dijo nada, pero al cabo de unos segundos Saulo se levantó de su asiento, listo para descargar toda la furia que llevaba dentro. Había regresado a la Churubusco con la esperanza de que el Consejo sentenciara a Jesús Ferrer al exilio eterno, y en vez de eso Lazar salía con lo de la amnistía y un discurso idealista acerca de lo que era y no justo.

         —¡¡Esto es una verdadera farsa!! —vociferó—. ¡No puedo creerlo! ¡Este miserable ayudó a destrozar media galaxia y al final le ofrecemos la amnistía a cambio de que nos prometa que va a portarse bien de aquí en adelante!

         Andrea se puso de pie enseguida.

         —Saulo, cálmate, por favor.

         —Ah, claro, ahora me piden que me calme, ¿no? —replicó Saulo y soltó una carcajada despectiva—. ¡Muy bien! Ahora veo que incluso sí logramos derrotar a N´astarith, éste no tendrá nada que temer de nosotros ya que también podemos ofrecerle la amnistía siempre y cuando admita que está muy arrepentido por todo lo que nos hizo.

         Todos observaban boquiabiertos al príncipe de Endoria… salvo Lance, que se había cubierto los ojos con una mano y meneaba la cabeza en sentido negativo.

         —Príncipe, le ruego que se comporte —terció Akinit con sequedad.

         Saulo se volvió hacia Akinit. Después tomó aire y en su rostro apareció una mueca de desprecio.

         —¿Ah sí? Bueno, pues por mí este Consejo se puede ir mucho al…

         —¡Saulo! —exclamó Lazar con indignación—. Este no es el momento para dejarnos llevar por venganzas personales. El príncipe Jesús cometió muchos errores en el pasado, pero tampoco olvide que le salvó la vida a la reina Andrea y a Asiont.

         Saulo no le hizo el menor caso.

         —Sí, le salvó la vida a Andrea, la hermana del infeliz que encerró a mi padre en un oscuro calabozo donde murió. Claro que, puesto que aquí lo que más importa es derrotar a N´astarith, ahora le ofrecemos la amnistía a este bastardo a cambio de que logre que los meganianos peleen de nuestra parte. Esto no tiene que ver con la justicia, es cuestión de política, ¿no?

         —Saulo —Zacek avanzó hacia él—. No hagas esto más difícil, siéntate.

         El príncipe de Endoria miró a su amigo de hito en hito de forma amenazante. Zacek calculó que había un cincuenta por ciento de probabilidades de que Saulo se arriesgara a golpearlo. Decidió arriesgarse. Se acercó más y le extendió una mano para indicarle que tomara asiento.

         —Por favor —insistió—. Ahora no es el momento.

         Saulo observó a Zacek directo a los ojos y finalmente se serenó, aunque no sin antes hacer una última declaración para dejar bien en claro cuales eran sus intenciones.

         —Está bien, pero de una vez les advierto a todos que no descansaré hasta que este miserable infeliz sea juzgado como lo merece. —A continuación llevó su rostro hacia donde estaba Jesús Ferrer y le dijo—: Tal vez lograste engañar al rey Lazar con tus absurdas mentiras y tus cuentos, pero el Consejo aún puede revocar su decisión por mayoría de votos, así que no creas que has conseguido escapar.

         —Creo que lo mejor será que se calme, príncipe —le advirtió Azmoudez.

         —¿Me estás hablando a mí, pedazo de basura? —Saulo lanzó una mirada llena de desprecio contra el general unixiano—. ¿Qué es lo que piensas hacer sí no me calmo, eh? ¿Es que quieres pelear conmigo, imbécil?

         —¡Te mataré ahora mismo, mal nacido! —vociferó Azmoudez a punto de perder los estribos. Sin embargo, antes de que pudiera dar más de dos pasos en dirección al príncipe de Endoria, Azrael lo sujetó del brazo para detenerle—. ¡Déjame, Azrael!

         —¡Basta! —gritó Andrea, poniéndose de pie—. ¡Orden, por favor!

         —¡Adelante, inútil! —exclamó Saulo, animando al general unixiano a que lo atacara al mismo tiempo que los murmullos entre los miembros del Consejo crecían—. ¡Patearé tu trasero hasta el fin del universo! ¿Qué es lo que pasa? ¿Es que acaso me tienes miedo?

         —¡Tienes suerte de que estemos ante el Consejo de Líderes, imbécil! —le contestó Azmoudez violentamente—. ¡¿Por qué no vienes a pelear en vez de esconderte, cobarde?!

         Aquello fue más que suficiente para que Saulo decidiera apartar a Zacek de su camino y se dirigiera furiosamente hacia donde estaba Azmoudez. Estaba a punto de arrojarse sobre el Unixiano, que lo esperaba ansiosamente, cuando Cadmio le salió al paso de improvisto.

         —Detente, Saulo —le dijo, extendiendo una mano—. No dejaré que lo golpees.

         —¿Ah no? —replicó Saulo, enfurecido—. ¿Y eso por qué?

         —¡¡Porque yo lo voy a hacer primero!! —Cadmio se volvió sobre sus talones y le asestó un fuerte puñetazo en la nariz a Azmoudez, mandándolo al suelo. 

         Mientras una decena de soldados corrían hacia el centro de la habitación, Lance, Zacek y Azrael se abalanzaron sobre Cadmio y Saulo para tratar de contener a Cadmio. Varios de los miembros del Consejo se levantaron de sus asientos para tratar de acallar los gritos de excitación que la violenta acción de Cadmio había suscitado.

         —¡Saquéenlo de aquí! —ordenó Lazar al tiempo que algunos guardias se acercaban a Cadmio para rodearlo—. ¡Llévenselo inmediatamente!

         Mientras los soldados comenzaban a forcejear con Cadmio y Saulo para sacarlos del recinto, Azmoudez aprovechó para ponerse de pie mientras se sujetaba la nariz y escupía algunas maldiciones. Tomando ventaja de la confusión que reinaba de momento, Azmoudez lanzó un rápido golpe contra el rostro de Cadmio, golpeándolo levemente en el pómulo derecho y causando un mayor alboroto.

         —¡Te voy a dar tu merecido, infeliz!

         —¡¿Tú y cuál ejército, hijo de…?! —replicó Cadmio, mientras Zacek, Uller y Lance lo empujaban hacia atrás con ayuda de los soldados. Areth, que sentía que su corazón le latía a mil por segundo, se apresuró a ir a donde estaban Zacek y a los demás para ayudar a sacar a sus amigos antes de que a alguno de ellos se le ocurriera lanzarse sobre Azmoudez o empezar a repartir golpes contra los guardias.

         —Y luego dicen que yo soy la inmadura —murmuró para sí.

         Azrael, a su vez, sujetó a su hermano por los hombros y comenzó a arrastrarlo hacia una de las salidas. Sabía que cuando Azmoudez estaba enojaba de verdad, ni siquiera la presencia de los miembros del Consejo o la expresión de severidad con la que Uriel los estaba mirando lo harían abstenerse de darle unos buenos golpes a aquel Celestial.

         —¡Saquéenlos de aquí ahora mismo! —volvió a gritar el rey Lazar.

         —¡Orden, por favor! —exclamó Andrea.

         La asamblea fue calmándose y los miembros del Consejo volvieron a ocupar sus asientos una vez que Azmoudez, Cadmio y Saulo fueron sacados del recinto. Andrea vio que el general MacDaguett estaba hablando con Cariolano rápidamente, en voz baja y tapándose la boca con la mano.

         De repente MacDaguett se puso de pie, y Lazar le concedió el uso de la palabra.

         —En vista de los penosos acontecimientos ocurridos hace unos instantes, la delegación representante de la Tierra cree conveniente solicitar un receso antes de continuar.

         Lazar llevó su mirada hacia Akinit, quien asintió con la cabeza apoyando la idea.

         —De acuerdo, daremos un receso de treinta ciclos y luego nos reuniremos de nuevo.

         Jesús, que había decidido permanecer en silencio durante todo el zafarrancho, no podía dejar de sentirse incómodo con aquella situación. Sabía que, aún cuando Lazar le hubiera ofrecido la amnistía, para muchos en la Alianza Estelar él seguía siendo el principal cómplice del tirano que había usurpado el trono del planeta Endoria y matado a miles. Aún tenía un largo camino por recorrer para alcanzar la redención.

         Megaroad-01.

         Min Mei estaba mirando el movimiento de las diferentes naves alienígenas que se observaban a lo lejos con interés. La mayoría de las personas que se encontraban en el refugio mantenían la misma conversación: ¿Quiénes estaban dentro de aquellas naves y cuáles eran sus intenciones? Algunos empezaron a argumentar que la nave había sido capturada por un grupo de extraterrestres hostiles y que ahora eran prisioneros. No obstante, muchos aún conservaban su optimismo. Decían que sí los extraterrestres los tenían dominados, entonces no deberían haberLightnings volando alrededor de la Megaroad-01.

         De pronto las puertas de acceso se abrieron de golpe, y dos guardias entraron al refugio con paso firme. Casi inmediatamente, varias personas se abalanzaron sobre ellos con diferentes preguntas. Los militares sabían que la gente necesitaba respuestas, pero sólo se limitaron a decirles que no tenían tiempo para hablar con ellos y que más tarde alguien contestaría a todas sus preguntas.

         —Estamos buscando a la señorita Min Mei —dijo uno de ellos secamente.

         En cuanto escuchó su nombre, Min Mei se abrió pasó entre la gente y se acercó hasta los guardias.

         —¿Qué es lo que ocurre? —preguntó ella.

         —Disculpe, señorita, pero tenemos instrucciones de escoltarla hasta el puente de mando de la nave. La almirante Ichijo desea hablar con usted a la brevedad posible.

         —¿Misa quiere hablar conmigo? —susurró—. Está bien, pero antes de eso quisiera saber qué es lo que está pasando, ¿por qué no nos dejan salir del refugio todavía?

         —No estamos autorizados para hablar de eso en este momento —contestó el soldado más joven—. Le ruego que nos acompañe.

         Min Mei titubeó por unos instantes. Por experiencia propia sabía que no importaba cuanto insistiera, los militares no iban a decirle nada. Después de pensar bien las cosas por unos segundos llegó a la conclusión de que la única manera que tenía para averiguar lo que había ocurrido era yendo con los soldados hacia el puente de mando.

         —¿Qué pasará con las demás personas?

         —Todos deben permanecer en los refugios hasta nueva orden. —El soldado extendió una mano hacia la puerta—. No se preocupe, todo estará bien.

         Min Mei se cruzó de brazos y se acarició los hombros mientras asentía levemente con la cabeza. Antes de dejar el refugio, miró un instante hacia atrás para contemplar los rostros de las demás personas y les dedicó una sonrisa con la intención de darles ánimo. Cuando los soldados le indicaron que se apresurara, Min Mei volvió la mirada al frente y siguió su camino.

         Astronave Churubusco.

         Mientras los dirigentes de la Alianza esperaban a que terminara el receso declarado por Lazar, el general MacDaguett fue a reunirse con los agentes K y J en su camarote y luego los condujo hasta un lugar donde no podrían ser escuchados por nadie.

         —¿Qué ha ocurrido últimamente, general? —preguntó K.

         —Ese inútil de Lazar le ha ofrecido la amnistía a Jesús Ferrer a cambio de que los meganianos se unan a la Alianza Estelar —informó MacDaguett—. Sin embargo, esa decisión provocó el malestar de muchos y hay quienes incluso desean ver muerto al príncipe meganiano.

         —Excelente —murmuró K—. Podemos aprovecharnos de ese desacuerdo para sembrar la discordia entre los miembros de la Alianza. El vicepresidente Jush nos dio instrucciones de hacer todo lo posible para hacer creer a todos que la Tierra sólo negoció la paz con el imperio de Abbadón para engañar a N´astarith.

         —Me temo que quizá no será tan fácil convencerlos de eso —disintió MacDaguett, mostrándose algo preocupado—. La reina Andrea Zeiva de Lerasi ha empezado a desconfiar del gobierno de la Tierra y creo que podría ser un peligro.

         El agente J le soltó una sonrisa de absoluta seguridad.

         —Despreocúpese, general, para eso fue que nos enviaron desde la Tierra. Nosotros nos encargaremos de engañar incluso a esa reinita. Recuerde que los Hombres de Oscuro sabemos cómo tomarle el pelo a la gente, confíe en nosotros.

         —Es verdad, pero no debemos subestimar a nadie, agente J.

         —¿Qué noticias tiene sobre los agentes de Abbadón que se encuentran infiltrados aquí en la Alianza? —preguntó el agente K, sacando un puro de entre sus ropas—. ¿Podremos conocerlos pronto?

         —Por supuesto, hace poco tuve una conversación con ellos y me dijeron que la flota de la Alianza comenzará a dispersarse en poco tiempo. Esto, desde luego, facilitará las cosas para cuando nuestras fuerzas ataquen este sistema.

         —Imagino que ya debe tener en su poder los planos del sistema de defensa de esta astronave, ¿o no, general? —inquirió K al tiempo que encendía su puro.

         MacDaguett movió la cabeza en sentido afirmativo. A decir suyo, el plan estaba marchando a la perfección. Nada podría salvar a la Alianza Estelar.

         Armagedón (Sala del trono)

         El holograma de Zocrag apareció en un extremo de la habitación ante las miradas de N´astarith, los guerreros Khans, Isótopo, José Zeiva y Malabock. El científico abbadonita juntó sus manos e inclinó un poco la cabeza antes de atreverse a hablar.

         —¿Me llamaba, mi señor?

         —Así es, Zocrag, quiero pedirte que hagas algo por mí —repuso N´astarith, mirando fijamente a su científico de cabecera—. Quiero que alistes el Portal Estelar para traer a varias personas desde dos universos diferentes a este . También quiero que le digas a Mantar que se dirija cuanto antes al laboratorio junto con una legión entera de Shadow Troopers.

         —Puede contar con ello, mi señor —murmuró el científico, bajando la cabeza nuevamente—. ¿Cuáles son las coordenadas de esas dos dimensiones?

         —Tú sólo ocúpate de preparar todo, ya luego te daré las coordenadas cuando me reúna contigo en el laboratorio. Por cierto, las personas a las que vamos a traer no son del todo de fiar, así que… debemos tomar ciertas… providencias, ¿me entiendes?

         Zocrag levantó la mirada y dirigió una sonrisita maliciosa a su emperador.

         —Completamente, mi señor.

         Mientras el holograma de Zocrag se desvanecía, Bal llevó su vista de vuelta hacia el emperador N´astarith y lo observó fijamente. A juzgar por lo que acababa de ver y escuchar, estaba claro para él que el señor de Abbadón no estaba dispuesto a correr ningún tipo de riesgo con respecto a Asura y a Ban. Para nadie en el imperio era un secreto que N´astarith desconfiaba de todo y de todos; así había sido siempre, y ésa era la principal razón por la que nadie conocía mucho acerca de la vida personal del emperador de Abbadón.

“La Alianza Estelar pronto será destruida y los Caballeros Celestiales al fin serán exterminados”, pensó mientras disimulaba una sonrisa. “Después de nuestra victoria final, también nos desharemos de Asura y de Ban y entonces sólo nosotros gobernaremos la existencia entera”. El Khan de la Gárgola miró de reojo hacia donde se encontraba Aicila y notó que ésta estaba hablando en voz baja con Sarah y Suzú. “Esas tres están tramando algo, lo más seguro es que estén planeando una manera de decirle al emperador que necesitamos un nuevo líder al frente de los Khans”.

         —Mi señor —dijo Aicila luego de separarse de sus compañeras—. Sé que tal vez este no sea el momento adecuado, pero creo que debe saber que algunos de nosotros no estamos de acuerdo en tener a Tiamat como líder de los Khans.

         Al escuchar aquellas palabras, Tiamar frunció los labios dejando entrever sus dientes y cerró un puño con fuerza mientras que en sus ojos se encendía una llamarada de ira. Aicila, que notó la iracunda reacción del Khan del Dragón, continuó hablando, segura de que Tiamat no se atrevería a tocarla mientras estuvieran ante la presencia de N´astarith.

         —Su reciente fracaso ante los guerreros conocidos como Santos, y la pérdida de una de las gemas estelares demuestran que él no es el más adecuado para dirigir a los guerreros del imperio más poderoso de la galaxia.

         Se produjo un tenso silencio durante el cual los guerreros de Abbadón realizaron algunos intercambios de miradas. Al cabo de unos segundos, N´astarih se decidió a hablar.

         —Entiendo —murmuró N´astarith con voz suave y tranquila—. Sé que a muchos de ustedes le molesta que Tiamat sea el líder, pero lo cierto es que no le otorgué ese título porque fuera el más popular o el más carismático, sino porque es el más poderoso de ustedes. Ahora, sí alguien cree que podría ser mejor líder que Tiamat, entonces todo lo que tiene que hacer es derrotarlo en un combate a muerte.

         Aicila se quedó helada, al igual que Suzú, Sarah y Talión. Los cuatro sabían a la perfección que la fuerza del Khan del Dragón no podía ser igualada, mucho menos superada, por ningún otro guerrero de Abbadón a excepción, quizá, de Nauj-vir. De pronto, la Khan de la Arpía se dio cuenta de que toda su seguridad se había esfumado y ya no se sentía tan segura de sí misma.

         —La gema que estaba en el Santuario pronto será recuperada y los Santos morirán junto con la Alianza Estelar —dijo N´astarith y soltó una risita malévola—. Ahora que Tiamat ha restaurado su armadura del averno es mucho más poderoso que antes, así que cualquiera de ustedes que quiera tomar su lugar debe pensarlo muy bien antes de retarlo.

         Con expresión de temor, Aicila dirigió su mirada hacia donde estaban Sarah, Suzú y Talión sólo para ver como los tres retrocedían un paso hacía atrás, claramente intimidados por las agudas palabras del señor de Abbadón. Bal, que no perdía de detalle de la situación en ningún momento al igual que el resto de los presentes, no pudo evitar sentir algo de gracia por la cobarde actitud de Aicila y sus compañeros. Él, como algunos de los otros Khans, también ambicionaba ocupar el puesto de Tiamat, pero consideraba que era inútil tratar de hacerlo mientras no se volviera más poderoso que el susodicho líder de los Khans.

         —Después de escuchar todo lo que has dicho, es probable que tal vez quieras retar a Tiamat para tratar de ocupar su lugar, ¿o no, Aicila? —inquirió N´astarith con una sonrisa y luego giró lentamente su rostro hacia Tiamat.

         —E-Eh, no, mi-mi señor, claro que-que no —tartamudeó Aicila con un hilo en la voz.

         —Ah, eres muy inteligente, Aicila. Hubiera sido lamentable ver morir a una de mis guerreras más leales, ¿no lo crees así, Tiamat?

         El Khan del Dragón entornó ligeramente la mirada.

         —Puede estar seguro de eso, mi señor.

         Aicila se apresuró a desviar la mirada, molesta por el desafortunado curso que había tomado los acontecimientos. Había creído por un instante que podría desacreditar a Tiamat frente a N´astarith, que con el apoyo de Sarah, Suzú y Talión iba a poder acceder al liderazgo de los Khans, y ganar más poder dentro del imperio. Entonces, lentamente, sus sentimientos de frustración y enojo se tornaron en ira y rabia; ira contra el destino que le había jugado una mala pasada y rabia contra N´astarith.

         El señor de Abbadón giró la cabeza hacia la Khan de la Arpía y la observó fijamente, como si Aicila estuviera hecha de cristal y revelara con toda claridad los sentimientos que se aglutinaban dentro de ella. N´astarith frunció una sonrisa maléfica. Sus agudos sentidos, desarrollados a lo largo de años de entrenamiento y meditación, eran capaces de percibir el inmenso odio que ardía en el corazón de su guerrera, y eso lo hacía sentirse invadido por una enorme sensación de satisfacción.

         —El odio y la ira son sentimientos que proporcionan mucho poder —filosofó el amo de Abbadón—. El odio puede desencadenar una fuerza absolutamente irrefrenable en todo el cuerpo. Al unirse la voluntad y la ira se forma un poder increíble, lo cual nunca fue comprendido por los Caballeros Celestiales.

         José arqueó una ceja, intrigado por las palabras de N´astarith. Luego llevó la vista hacia Malabock y notó que el hechicero estaba asintiendo lentamente con la cabeza. Nunca había tenido la oportunidad de escuchar la filosofía que profesaba N´astarith, pero ahora que lo hacía por primera vez, comenzó a sentir una enorme curiosidad por lo que éste decía.

“Al combinarse la ira con la voluntad, uno puede volverse poderoso”, pensó mientras una sonrisa ambiciosa se insinuaba en sus labios. “Ahora entiendo, los Celestiales sostienen que la ira es una emoción que sólo produce sufrimiento, pero esto no es del todo verdad. Ahora me doy cuenta de que sí permanezco cerca de N´astarith quizá pueda aprender algo que me ayude a volverme más fuerte y así, algún día, podré deshacerme de él y volver a controlar la galaxia”.

         Astronave Churubusco (Área de comedores)

         Son Gokuh tomó otro pedazo de carne y se lo comió de un solo bocado ante las miradas expectantes de de los presentes. No obstante, sí el saiya-jin parecía una fiera hambrienta, Eclipse, Ranma, Ryoga, Seiya, Vejita, Yamcha, Ten-Shin-Han y Sailor Moon no se quedaban atrás. Poco a poco, las enormes cantidades de comida que había sobre la mesa comenzaron a desaparecer hasta que no quedó nada.

         —Ah, que rico, comí mucho —suspiró Son Gokuh con alegría, sujetándose el estómago con ambas manos mientras echaba la cabeza hacia atrás—. No había comido así desde antes de la batalla con Cell.

         —Y yo tengo que admitir que todo esto estaba delicioso —comentó Seiya, que se sentía completamente satisfecho—. No tenía idea de que fueras tan buen cocinero, Eclipse.

         El espía sonrió levemente.

         —Son gajes del oficio, muchacho.

         —No deberías comer tanto, Seiya —le recomendó Hyoga, que permanecía a un costado con los brazos cruzados—. Sí sigues comiendo de esa manera vas a provocarte una indigestión o te pondrás tan pesado que luego no podrás pelear.

         —Pero qué cosas dices, Hyoga, después de tantas peleas es natural que tenga hambre. Ahora me siento con mucho más ánimo para luchar, de hecho siento que podría enfrentarme a cien guerreros Khans en este momento.

         Algunos comenzaron a reír por el despreocupado comentario de Seiya, entre ellos Sailor Mercury. Por un instante, Ami sintió que podía olvidarse de sus preocupaciones y relajarse con sus amigas. Sin embargo aquella sensación se vio eclipsada cuando vio que Asiont estaba sentado en una mesa lejana, apartado de todo y cabizbajo.

“¿Qué ocurre contigo, Asiont?”, pensó. “¿Por qué no puedes olvidarte de tus problemas y disfrutar de la compañía de los demás?”.

         De pronto, la puerta de acceso se abrió de golpe y Saulo, Cadmio, Zacek, Lis-ek, Uller, Lance y Areth entraron a la habitación a paso veloz. Los siete aún estaban discutiendo a gritos sobre el desagradable incidente suscitado durante la sesión del Consejo Aliado y por lo mismo no se percataron de la presencia de Asiont, Son Gokuh, Seiya y los demás.

         —¡Ese estúpido se merecía que lo golpeara! —vociferó Cadmio.

         —¡Sí continuas con eso, entonces no podremos hablar! —replicó Zacek.

         —¡Ah, claro! Lo que tú quisieras es que hubiera dejado que el inútil siguiera hablando con esas malditas ínfulas de superioridad, ¿no? Bueno, pues ve y predícale tu filosofía a alguien más, Kundalini.

         —¿Cadmio? —murmuró Shiryu—. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Quiénes son ellos?

         —Eso debería preguntarles yo —replicó Saulo volviéndose hacia los Santos—. ¿Quién eres tú? No recuerdo haberte visto antes.

         —¡Zacek! —exclamó Zaboot pasando junto a Marina—. Me alegra volver a verlos.

         —Yo también, hijos —murmuró Shilbalam—. ¿Cómo les fue?

         —¿Zacek? —susurró Ranma rascándose la mejilla—. ¿Son amigos suyos?

         Cadmio recorrió los distintos rostros de los presentes con la mirada hasta que sus ojos se posaron en la figura de Asiont. Con sólo verlo nuevamente, se olvidó de Azmoudez por completo para descargar todo el enojo que sentía sobre su hermano adoptivo.

         —Hola, Sailor Moon —dijo Areth, acercándose a las Sailors Senshi—. Me da alegría ver que ya regresaron de su misión. ¿No les ocurrió nada malo?

         —Ah, recuerdo que tu nombre es Areth, ¿cierto? —repuso Sailor Moon—. ¿Cómo… .

         —Vaya, vaya, vaya, pero sí el gran guerrero ha vuelto —exclamó un sarcástico Cadmio en voz alta, causando que todos, a excepción de Asiont, dirigieran sus miradas hacia su persona—. Y veo que no regresaste tú solo, sino que atrajiste más inútiles contigo.

         Asiont levantó la mirada, pero no quiso decir nada. La discusión que había tenido con Vejita y Sailor Uranus previamente lo persuadió de no responder a las provocaciones de su hermano adoptivo. Dio un profundo suspiro y únicamente se limitó a observarlo con el entrecejo fruncido.

         —¡¿Cómo que inútiles?! —exclamó Sailor Mars mostrándole un puño—. Si vuelves a llamarme inútil te juro que no respondo ¿Quién te crees que eres, patán?

         —No otra vez —Lance se tomó el rostro y empezó a menear la cabeza.

         —Alguien que sabe reconocer a los inútiles en cuanto los ve, mocosa —contraatacó Cadmio, lanzándole una mirada de desprecio a la Inner Senshi—. No sé de qué lugar provengas, niña, pero es obvio que deberías estar con tu mamá —hizo una pausa y se giró hacia donde estaban Piccolo y Son Gokuh—. ¿Y ustedes quiénes son?

         —¿Eh? —Son Gokuh miró al Celestial con los ojos bien abiertos—. Bueno, yo soy Son Gokuh y él es Piccolo. Nosotros vinimos desde otra dimensión con ayuda de una amiga de ustedes  llamada Casiopea.

         —¿Casiopea los trajo? —murmuró Cadmio con desenfadado—. Vaya, en ese caso espero que ella le haya hablado de todo porque la situación no está como para estar perdiendo el tiempo.

         —Pero que sujeto más fastidioso —se escuchó decir a Vejita.

         —¿Me dijiste fastidioso? —murmuró Cadmio, girándose lentamente hacia Vejita.

         —¿Por qué? —preguntó Vejita, desafiante—. ¿Algún problema?

         —¿Qué si tengo un problema? —repitió Cadmio, tronándose los dedos—. Despreciable enano cabeza de alcornoque, no he tenido un buen día y sí no te callas voy a desquitarme contigo ahora mismo.

         Al oír eso, la más incontenible furia se adueñó de Vejita, que dio un paso hacia delante inmediatamente y luego empezó a agitar los puños en el aire mientras temblaba de coraje.

         —¡¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera, sabandija?! ¡Te mataré!

         —¡Inténtalo, alcornoque!

         —¡Sabandija!

         —¡Alcornoque!

         —¡Sabandija!

         —¡Alcornoque!

         Eclipse se volvió hacia los demás y se encogió de hombros.

         —Dios los crea y ellos se juntan.

         —¡¡Y tú cállate, imbécil!! —Como sí fueran uno solo individuo, Cadmio y Vejita se giraron hacia el enmascarado para gritarle. Eclipse se apresuró a hacerse a un lado antes de que decidieran usarlo como blanco. Enseguida, ambos guerreros volvieron a mirarse de hito en hito y a proferirse amenazas entre sí. Vistos de lejos parecían un par de chiquillos malcriados.

         —Tenemos que detenerlos antes de que se maten —sugirió Sailor Venus.

         Areth contempló la escena y aunó fuerzas para reprimir una sonrisa de diversión. El ver a aquel par de hombres gritarse y amenazarse como si fueran un par de chiquillos revoltosos le resultaba algo bastante gracioso.

         —¿En serio? —murmuró la joven con indiferencia—. Déjalos, no se perderá mucho.

         —Estoy de acuerdo contigo —dijo Sailor Mars cruzada de brazos—. Detesto a ese par de patanes.

         Entonces, sucedió lo que algunos temían. Sin previo aviso, Vejita estrelló su puño derecho contra el rostro del Celestial. Lo había hecho sin miramientos y con el ánimo sincero de lastimar. El saiya-jin frunció una sonrisa maliciosa y retiró su puño.

         —¿Qué me dices ahora, sabandija?

         —Creo que te hace falta fuerza —respondió Cadmio, que le devolvió la sonrisa. Aunque un hilo de sangre escurría por la boca de Cadmio, Vejita se percató de que su golpe no había tenido el efecto deseado—. Y me parece que ahora es mi turno, alcornoque.

Continuará… .

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