Leyenda 047

LA LEYENDA

por Asiant Uriel

CAPITULO XLVII

EL LEÓN DORADO MUESTRA SUS COLMILLOS

Tokio, Japón
Distrito Juuban

       La nave Águila Real ya se veía en el horizonte. Andrea dirigió la mirada hacia ésta para verla venir, luego consultó su reloj de muñeca y sonrió con satisfacción. Sí las cosas salían como esperaba estarían de regreso en la astronave Churubusco en poco tiempo. Desde la derrota de Eneri y las otras guerreras no había ocurrido nada, de forma que imaginó que los imperiales se estarían reagrupando para lanzar un nuevo ataque. Tenían que actuar con rapidez.

       —Justo a tiempo —murmuró.

       Asiont, a su vez, suspiró con preocupación. Las palabras pronunciadas por Sailor Pluto, referentes a que el futuro de ese universo había desaparecido, lo habían dejado sumamente perplejo. Quizás los agujeros dimensionales creados por el Portal Estelar estaban causando alguna especie de interferencia que le impedían a la Sailor Senshi del Cambio ver el porvenir, aunque quizás el futuro realmente había desaparecido.

       Volvió la vista hacia a las Sailors Senshi y las observó fijamente mientras buscaba algún buen argumento para que no los acompañaran en aquella aventura. De pronto se le ocurrió una buena idea para convencerlas; iba a exponerla cuando a Azmoudez se le ocurrió expresarla de la peor manera posible.

       —Escuchen, chicas, sólo nosotros podemos pelear con esos guerreros —les dijo secamente—. Sus poderes no servirán de nada en esta batalla, así que no nos quiten el tiempo y váyanse a buscarse novio.

       Sailor Uranus se giró apresuradamente hacia el general de Uriel, evidentemente molesta con el comentario.

       —Pues sí no mal recuerdo, amigo, cuando te encontramos estabas en el suelo y medio muerto —le reprochó con su acostumbrado tono áspero—. De hecho, sí no fuera por nosotras quizás no estarías vivo.

       —No me fastidies, chica lista —la advirtió Azmoudez.

       La Outer Senshi dejó escapar una leve sonrisa de burla.

       —Vaya, parece que toqué un nervio o algo así.

       —¿Qué fue lo que dijiste? —le preguntó el general Unixiano, a punto de perder los estribos.

       Consciente de lo que podría pasar sí Uranus respondía, Asiont apartó a Azmoudez de su camino y se interpuso entre ambos con la intención de tranquilizar un poco las cosas. Lo que menos necesitaban en ese momento era una pelea innecesaria.

       —Lo que él está tratando de decirles es que a pesar de sus buenas intenciones no hay mucho que puedan hacer realmente —explicó—. Los poderes de los Khan son increíbles. Deben dejar esto en nuestras manos.

       Un nuevo relámpago iluminó los cielos. Tuxedo Kamen se apartó de Sailor Moon y caminó hacía Asiont.

       —Escucha, Asiont, te doy las gracias por haber ayudado a Sailor Moon y a las demás en el museo, pero comprendernos por favor. Este planeta es nuestro hogar y es natural que nos sintamos preocupados por lo que pueda pasarle. En el pasado, ya hemos luchado en varias ocasiones para salvarlo; defenderlo es nuestra responsabilidad.

       El Celestial reflexionó un poco en aquellas palabras. No podía culparlos por actuar así, en su lugar él hubiera actuado exactamente igual. Bajó la mirada y llevó sus ojos a la gema sagrada de Iod, que sostenía en su mano derecha. De acuerdo con la leyenda, aquellos que estuvieran cerca de las gemas sagradas serían los seres que ayudarían a derrotar al mal. Alzó la mirada y contempló el delicado rostro de Sailor Moon por encima del hombro de Tuxedo Kamen. Quizás sí no hubiera sido por ella, él no habría podido derrotar a Sepultura y por consiguiente tampoco estaría con vida en ese momento.

       Volvió a suspirar. Al parecer no había otra opción; ellos no cambiarían su decisión dijera lo que dijera.

       —Está bien, Tuxedo, o cómo te llames, pueden venir con nosotros —asintió luego de pensar muy bien en sus propias palabras—. Pero aun así debo pedirles que no se arriesguen más de lo necesario. Tengan en cuenta que N´astarith y sus guerreros son extremadamente fuertes y que todos estamos expuestos a perder la vida.

       Sailor Moon dio unos pasos y se colocó al lado de Tuxedo, mirando a Asiont fijamente.

       —Este es nuestro planeta, no podemos permitir que nada malo le pase.

       En ese instante, Sailor Galaxia terminó de curar las heridas de Josh y Jesús. Una vez que retiró sus manos, se irguió sobre sus piernas y se alejó algunos pasos hacia atrás. Josh se levantó lentamente, su cuerpo aún le dolía. Al ver a todos los presentes, decidió permanecer a la expectativa y llevó la mirada hacia la figura de su señor sin atreverse a hablar.

       El príncipe de los meganianos fue el último en abrir los ojos. Tardó unos minutos en respirar normalmente, sintiendo como sí el diafragma de sus pulmones, después de una breves vacaciones hubieran olvidado su función. Tosiendo y parpadeado, miró a su alrededor para ver donde estaba. Se sorprendió de ver a las Outer Senshi y a las demás esperando pacientemente a que despertara.

       —¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó, arrastrando las palabras mientras se sujetaba la cabeza—. ¿Quiénes son todas ustedes? ¿en dónde estoy?

       Sailor Venus se acercó rápidamente para ayudarlo.

       —Nos salvaste la vida, muchas gracias.

       Jesús puso cara de no entender nada, bajó la mirada y, al cabo de unos instantes, recordó todo lo sucedido en el museo; su plan para derrotar a las Khans había sido un éxito después de todo. De pronto se sintió débil y tuvo que dar un paso atrás para no caer.

       Tomando en cuenta los consejos de Asiont y el parecer de Sailor Uranus y Neptune; Sailor Galaxia había decidido curar las heridas de Ferrer y Josh, pero no restablecerles totalmente sus fuerzas.

       —Estoy muy débil —musitó Jesús en tono pensativo—. ¿Qué es lo que me sucede?

       —Eso es porque no les regresé todas tus fuerzas —le dijo Galaxia, llamando su atención—. Tardará algo de tiempo para que te recuperes totalmente. Lo lamento, pero no puedo hacer más por ti.

       El meganiano la miró un tanto extrañado, pero antes de que pudiera preguntarle algo, Andrea Zeiva avanzó hacia él, deteniéndose a unos pasos. Jesús volvió la mirada hacia ella, pero no dijo nada.

       —Te doy las gracias por habernos salvado la vida durante la batalla, Jesús —le dijo Andrea—. En verdad no esperaba que hicieras algo así.

       —No lo hice por ustedes sí a eso te refieres —replicó el meganiano—. Lo hice porque no tolero las injusticias.

       La reina hizo como que no escuchó nada y prosiguió.

       —Sin embargo, eso no te exime de tus responsabilidades —hizo una pausa y giró la cabeza hacia los generales de Uriel—. Azmudez, Azrael, pónganlo bajó arresto en nombre de la Alianza Estelar por el cargo de genocidio.

       Por un instante los generales se miraron entre sí sin saber que hacer. En realidad ninguno de los dos creía que Jesús Ferrer fueran una mala persona; ambos pensaban que sí éste había procedido en la forma en que lo había hecho era por una simple equivocación. Sin embargo, una cosa era defender sus posturas políticamente hablando y otra muy diferente desobedecer a una integrante del Consejo Supremo de la Alianza Estelar.

       En términos llanos, Andrea Zeiva tenía la autoridad suficiente para ordenarles que arrestaran a Jesús Ferrer; ella era una reina y también una miembro muy respetada del Consejo Supremo de la Alianza. No obedecerla equivalía a desacatar al propio Consejo.

       Andrea enarcó una ceja al ver que ninguno de los dos se movía.

       —¿Qué es lo que sucede? —les preguntó finalmente.

       —Lo siento, pero no lo haré, majestad —declaró Azmudez tras un instante de silencio—. No estoy de acuerdo con la decisión del Consejo de la Alianza. El príncipe Jesús de Megazoar no es la persona que usted afirma.

       Andrea no podía creerlo, aquello era sencillamente el colmo.

       —Yo tampoco obedeceré —declaró Azrael—. El señor Jesús no es el causante de esos desastres. Usted se equivoca.

       —¡¡Ustedes están completamente locos!! —les espetó la reina furiosa—. Decidir sí él es culpable o no le compete a la Alianza y no a ustedes. Los acusaré de desacato una vez que regresemos y juró por el Creador que los llevaré a juicio.

       —Haga lo que quiera —el enfado de Azmudez era evidente—. Nosotros no cometeremos injusticias.

       Completamente furiosa, Andrea llevó su rostro hacia donde estaba Asiont, quien al igual todas las Sailors Senshi no había perdido ni un solo detalle de aquella acalorada discusión.

       —Asiont, tú eres testigo del comportamiento de estos dos —dijo la reina—. Voy a necesitar que testifiques una vez que lleguemos.

       De pronto, Azmoudez se acercó hasta Andrea y se plantó frente a ella mostrándose amenazador.

       —Ya estoy cansado de sus mentiras. Usted y sus amigos son peores que N´astarith. Usted y su rebelión son un montón de patrañas. Tratar de echarles sus errores a otros para evitar que la culpen a usted y a su gente. Me dan asco debería dejar que señor Jesús los destruyera… .

       Asiont ya estaba harto de la misma cantinela del general Unixiano.

       —¡Ya basta, general! —gritó—. ¡Usted no es juez para decidir esas cosas!

       Las miradas de todos se dirigieron hacia el Celestial, quien continuó hablando.

       —La decisión de juzgar a Jesús Ferrer fue tomada por la mayoría del Consejo de la Alianza. Sí usted no quiere obedecer las disposiciones que dicta el alto mando aliado no lo haga, pero sí amenaza a Andrea o a cualquier otro miembro de la Alianza… —dio un paso al frente, alzando un dedo índice para señalarlo—, entonces se las verá conmigo, se lo advierto.

       El general bajó la cabeza y sonrió desquiciado.

       —No esperaba menos de ti —alzó el rostro para mirar a Asiont—. Después de todo, las ratas se protegen entre sí.

       El Celestial le sostuvo la mirada sin inmutarse.

       —No me interesa en lo absoluto lo que pienses de mí, Azmoudez —repuso con voz firme—. Desobedecer y amenazar a un miembro del Consejo de Líderes de la Alianza es una ofensa grave y como Caballero Celestial estoy obligado a defender la ley.

       —Quizás quieras que lo arreglemos aquí mismo, muchacho —le amenazó el general, golpeándose una palma con el puño—. O quizás salgas huyendo como la última vez. En realidad no me extrañaría que lo hicieras.

       Mercury y Jupiter llevaron sus miradas de Azmoudez a Asiont, temiendo que de un momento a otro ambos guerreros empezaran a pelear. Sailor Uranus, por su parte, se volvió hacia Neptune y le hizo una seña con la mano para indicarle que se alejara de ellos; en realidad la tenía sin cuidado lo que pasara entre aquellos sujetos.

       Sailor Pluto y Sailor Saturn observaban todo con atención, pero claramente se podía ver que tampoco tenían intenciones de intervenir. Sailor Moon, a su vez, sentía de deseos de gritar para que Azmoudez y Asiont dejarán a un lado sus diferencias.

       —Espera, hermano —intervino Azrael—. No ganas nada con pelear con él. Lo más importante por el momento es volver con el señor Uriel para informarle de todo lo ocurrido. No luches innecesariamente.

       Asiont miró a Azmoudez en silencio por algunos segundos y finalmente sonrió.

       —Escucha a tu hermano, Azmoudez, a mí tampoco me interesa perder el tiempo contigo en una pelea inútil —hizo una pausa y se giró hacia donde estaba Jesús Ferrer—. Yo vi lo que hiciste por nosotros y aunque no lo creas te lo agradezco. Ahora creo que la siguiente pregunta es: ¿qué harás ahora que has roto con N´astarith? No puedes volver con tus aliados y sí vienes con nosotros deberás entregarte. No te dejaremos en este mundo, eso tenlo por seguro, pero sí te entregas te prometo un juicio justo.

       Jesús miró al joven Celestial, luego se cruzó de brazos y suspiró. Lo que Asiont le decía era verdad, ya no podía dar marcha atrás. Miles de dudas asaltaron su mente de repente: ¿qué habría sido de su padre y hermanos? y otra cosa ¿Dónde estaba Galford?

       —Antes de que conozcas mi decisión quiero saber algo —farfulló Ferrer mientras el viento agitaba su cabello—. Dime, ¿qué ha sido de la nave imperial en la que llegué?

       —Esperaba que tú pudieras decírnoslo —le respondió Asiont casi sin pensarlo—. Cuando recién llegué a este mundo, había sentido la presencia poderosa de alguien más, pero desapareció hace unos momentos y desde entonces no he sabido nada.

       El príncipe meganiano se acarició la barbilla en tono pensativo.

       —Eso sólo significa que Galford decidió volver a Armagedón —murmuró—. Quizás haya tenido tiempo de avisarle a mi padre de lo sucedido —hizo una pausa y miró a Asiont, quien aun esperaba su respuesta—. Iré con ustedes, aunque no creo que tengan tiempo para hacerme un juicio. N´astarith no tardará mucho en encontrar el resto de las doce gemas.

       —No todas, príncipe —le advirtió Asiont, mostrándole la gema de “Iod” en su mano—. No pudieron llevarse esta gracias a ti.

       Jesús alzó ambas cejas con sorpresa al escuchar la noticia. Aquel era sin duda un golpe de suerte, quizás el primero en mucho tiempo.

Santuario de Atena.

       Conforme se iban acercando al quinto templo, Aicila y sus compañeros vislumbraron que, a diferencia de lo que había sucedido en los templos anteriores, el Santo de Oror de Leo los estaba esperando pacientemente en la entrada de su Casa.

       Sombrío se detuvo un momento y alzó el brazo para señalar al Santo que los aguardaba más adelante.

       —¡Oigan, vean eso! —exclamó en voz alta, deteniendo al grupo—. Ahí está el miserable guerrero del siguiente templo. Tal parece que nos está esperando en la entrada —hizo una pausa y llevó su mano hasta el escáner visual para encenderlo mientras sonreía—. Vaya, su nivel de combate es… más elevado que el de un Caballero Celestial.

       Ogitál volvió el rostro hacia el Khan del Lobo y frunció el entrecejo, extrañado con aquellas palabras.

       —La verdad a mí no me parece tan fuerte como dicen —murmuró despectivamente—. Sí tienes miedo de enfrentarlo, yo me haré cargo de él.

       Sombrío soltó una risita y miró al meganiano de reojo.

       —Yo no le temo a ese miserable imbécil —Subió un escalón con evidente determinación—. Lo mataré en menos de tres patadas —Se golpeó una palma con el puño—. Sólo vean como… .

       —Espera, Sombrío —lo interrumpió Aicila súbitamente—. Dejemos que Ogitál pelee esta vez —hizo una pausa y volvió la mirada hacia el meganiano, quien le sonrió confiadamente—. No queremos que los poderosos guerreros de Megazoar se queden mirando nada más.

       El Khan del Lobo se volvió furioso contra Aicila, inconforme con la decisión.

       —De ninguna manera, ustedes ya se divirtieron, ahora es mi turno. Yo acabaré con él.

       —Aún quedan más guerreros en el camino —replicó la Khan de la Arpía—. Mu está a punto de llegar al templo de Cáncer. Además, acabo de percibir otras presencias de energía que se dirigen hacia este Santuario. Se paciente.

       Sombrío bajó la mirada y reflexionó un poco. Para asegurarse de que lo que Aicila le decía era verdad, volvió a encender su escáner y espero un momento. Al cabo de unos segundos, el aparato le informó que al menos otras trece personas se acercaban al Santuario desde diferentes puntos lo que significaba que sí pelearía después de todo.

       No muy convencido con al decisión tomada por la Khan de la Arpía, el Khan del Lobo alzó el rostro y la observó de manera desafiante.

       —Esta bien, Aicila, está bien —aceptó de mala gana, apretando los puños con furia—. Lo haremos a tu modo por está vez —Se volvió hacia Ogitál y lo miró fríamente—. No creo que hagas un buen papel, pero qué más da.

       Ogitál puso cara de inconformidad en el acto.

       —Insolente, nosotros los guerreros de Megazoar somos respetados en la galaxia, ten cuidado con lo que dices —se volvió hacia la Casa de Leo—. Yo derrotaré a ese santo y los alcanzaré más adelante —alzó un brazo, señalando al frente y comenzó a gritar—. ¡Escucha tú, quien quiera que seas! ¡Hazte a un lado si no quieres morir!

       El Guerrero Sagrado bajó algunos escalones, mirando a los invasores con un gesto impasible.

       —Mi nombre es Aioria y soy el Santo de Oro de Leo. No intenten pasar por aquí o morirán en mis manos.

       Sombrío hizo un gesto con las manos mientras se burlaba.

       —Mira como tiemblo, mira como tiemblo —Se giró hacia sus soldados que aguardaban—. Este tipo es solamente un bravucón —hizo una pausa y alzó el brazo para indicarles que avanzaran—. Vamos, adelante todos, Ogitál se hará cargo de él.

       Varios de los soldados de la tropa asintieron con la cabeza y echaron a correr rumbo al templo de Leo, seguidos de cerca por los Khans y Kadena. Los guerreros imperiales confiaban en que el Santo de Oro los ignoraría para concentrarse en Ogitál, quien se había quedado parado en el mismo lugar, dando a entender que lo desafiaba. Sin embargo, para su desgracia, estaban a punto de descubrir que eso no sería así.

       Contrario a lo que esperaban, Airoria miró a los invasores que venían y extendió su puño, haciendo aparecer una esfera de luz que arrojó contra ellos. Los soldados que iban al frente abrieron sus ojos con terror antes de que la descarga de luz los abatiera.

       —¡Lightning Bolt! (Relámpago de Voltaje)

       El rayo de Airoria golpeó a cuatro soldados abbadonitas y los arrojó hacia atrás, matándolos en el acto. Los Khans, Kadena y los shadow troopers restantes se apartaron a ambos lados del camino, esquivando los cuerpos de los soldados muertos por muy poco.

       Los cadáveres cayeron a los pies de Ogitál con sus armaduras de batalla hechas añicos. El guerrero de Megazoar estaba impresionado por el poder del aquel Santo, quien evidentemente se había movido en una fracción de segundo.

       —Les dije que mataré a todo aquel que ose querer pasar por la casa de Leo —insistió Airoia con voz firme.

       Talión se giró hacia Airoia y le lanzó una mirada asesina. Deseaba con toda el alma que repitiera la maniobra para darle un motivo que le permitiera desobedecer las disposiciones de Aicila y así poder atacarlo.

       —Vamos, maldito, quiero que lo hagas de nuevo.

       Antes de que Talión hiciera algo más, Ogitál dio un salto en el aire y se colocó frente a sus compañeros decidido a enfrentarse con Airoia. Ciertamente, el guerrero meganiano estaba bastante confiado.

       —Aioria de Leo, yo soy Ogitál y te derrotaré. No seas cobarde y pelea conmigo.

       El Santo de Leo lo miró con indiferencia.

       —Acepto el reto —respondió secamente—. No importa quiénes sean. ¿Ustedes creen que dejaría pasar al enemigo por esta Casa de Leo?

       Ogitál frunció el entrecejo y soltó una risita. A continuación desapareció de la vista de Aioria, transformándose en un borrón. Comprendiendo claramente las intenciones del guerrero meganiano, Aicila se volvió hacia todos y los instó a atravesar la Casa de Leo rápidamente.

       —¡Es ahora o nunca! —gritó fuertemente—. ¡Vamos!

       Aioria estaba desconcertado. Cuando se percató de que los demás invasores corrían hacia el templo de Leo, levantó el puño derecho con la intención de atacarlos nuevamente. Pero de pronto el extremo de un látigo de energía se abalanzó hacia él desde su costado y se enroscó en su brazo, impidiéndole atacar como quería.

       Aprovechando el eventual desconcierto del Santos de Oro, los imperiales se introdujeron en el templo de Leo rápidamente. Mientras sus enemigos corrían, Aioria volvió la mirada hacia su costado derecho y descubrió la figura de Ogitál parado junto a uno de los pilares que había a los costados del camino.

       —Mis látigos pueden hacerte pedazos, Aioria. Observa muy bien esto. —Acto seguido alzó el brazo izquierdo y sacó a relucir un segundo látigo con el cual azotó un pilar a lado izquierdo de Airoria, destrozándolo en miles de fragmentos que se esparcieron por el aire—. Una pequeña muestra de mi poder, Santo de Oro de Leo.

       Airoria comprendió el mensaje velado que su adversario le mandaba con esa demostración. Aquellos látigos de energía tenían la suficiente fuerza para cortar su cuerpo. Observó al meganiano de reojo y le dijo:

       —Es hora de que conozcas el rugido del león.

       El Santo alzó sus puños y desplegó una poderosa aura dorada que le permitió liberarse del látigo energético que lo sujetaba. Una vez que estuvo libre, se giró hacia el meganiano con la intención de atacarlo con todo su poder. Su puño derecho se iluminó totalmente.

       —¡Lightning Bolt! (Relámpago de Voltaje)

       Ogitál dio un rápido salto hacia arriba, eludiendo por muy poco el ataque de Aoiria. Tal como había podido darse cuenta durante el combate entre Aldebarán y Aicila, el meganiano sabía perfectamente de que los Santos de Oro podían moverse a una velocidad increíble y por ello sabía que tenía que actuar con cuidado. El imperial aterrizó en el extremo contrario del camino y contraatacó desplegando los mortales látigos energéticos contra su adversario.

       —¡Muere ahora!

       Aioria permitió que uno de los látigos se enroscara en su brazo izquierdo a propósito y luego jaló a Ogitál hacia él con una fuerza impresionante. El puño del Santo de Oro se estrelló sobre el pecho del guerrero de Megazoar, descargándole a quemarropa un Lightning Bolt y destrozándole el pectoral de la armadura.

       Ogitál salió disparado hacia atrás mientras gritaba de dolor. La fuerza del impacto lo lanzó contra uno de los pilares del camino al pie del cual cayó. El guerrero meganiano se levantó lentamente del suelo. Sin embargo, no fue necesario que Aioria lanzará otro Lightning Bolt. Antes de que Ogitál pudiera dar más de dos pasos hacia delante se desplomó en el suelo y falleció.

       Una vez que se cercioró de que Ogitál estuviera derrotado, Aioria se giró hacia la entrada del templo de Leo en busca de los demás enemigos, pero ya todos se habían ido. Habían aprovechado la batalla para pasar por la quinta casa y seguir hacia delante.

       —¿Quiénes serán todos ellos? —se preguntó—. Ciertamente, no tenían aspecto de Marine Shoguns o dioses guerreros. Ahora comprendo porqué el maestro nos ordenó quedarnos en el Santuario durante la batalla contra Poseidón —Llevó su rostro hacia el camino escalonado—. El cosmos de Aldebarán ha desaparecido del templo de Tauro y puedo sentir que el cosmos de Mu se dirige hacia el templo de Cáncer.

       Aioria se debatió entre la idea de ir hacia la Casa de Virgo o permanecer en su templo a la espera de Mu para que éste le explicara lo que estaba pasando. De repente, el santo de oro percibió múltiples presencias que se dirigían hacia el Santuario por lo que quedó más confundido que antes.

       —Mu no está lejos —se dijo—. Será mejor que lo espere y luego iremos juntos hacia el templo de Virgo.

Casa de Cáncer.

       Entretanto, el Santo de Oro de Aries finalmente penetró en el templo de Cáncer. Mu vio que no había nadie y se dirigió rápidamente hacia la salida. Iba a abandonar el templo cuando de pronto percibió la presencia de un extraño cosmos a su alrededor. Se giró hacia atrás lentamente, escudriñando con la mirada todo el interior del templo. Definitivamente había alguien más en la Casa de Cáncer.

       —Sal, quien quiera que sea. No tiene caso que te ocultes ante mí —dijo en voz alta—. Sí quieres pelear conmigo, hazlo ahora mismo.

       En ese momento, Shield, el guerrero meganiano del Escudo, salió de detrás de una de las columnas caminando tranquilamente.

       —¿Sabes? Este templo realmente es tenebroso —comenzó a decir, mirando todo a su alrededor—. Pero lo que me más intriga es que cuando recién llegamos no encontramos a ningún Santo protegiéndolo.

       —¿Quién eres tú? —le preguntó Mu secamente, ignorando sus comentarios.

       El meganiano volvió la mirada hacia el Santo y le sonrió.

       —Mi nombre es Shield, guerrero imperial de la Casa Real de Megazoar y el encargado de derrotarte.

       Mu se colocó en guardia y examinó con la mirada a su nuevo oponente. Tras darse cuenta de que, a diferencia de lo ocurrido con Tiamat, en Shield sí podía percibir un cosmos, el Santo sabía que estaba pisando un terreno más seguro.

       —¿Cuál es su verdadero objetivo al atacar el Santuario? —le preguntó.

       Shield se llevó una mano a la espalda y sacó un reluciente escudo de oro.

       —Nosotros servimos a N´astarith, emperador de un mundo conocido como Abbadón —empezó a explicarle—. Él nos ha enviado a este planeta en busca de una de las doce gemas sagradas que se encuentran dispersas en doce dimensiones diferentes. Ya hemos obtenido cinco de ellas y venimos por la que se encuentra aquí.

       —¿Las doce gemas sagradas? —repitió el Santo, extrañado—. ¿Y eso que tiene que ver eso con nosotros?

       —El emperador afirma que hay una vieja leyenda donde dice que, en los lugares donde se encuentren las gemas sagradas, también existirán guerreros que podrían obstaculizar nuestros planes —continuó Shield—. Una vez que tengamos las doce gemas en nuestro poder, el emperador se convertirá a sí mismo en el dios de todos los dioses y finalmente podrá alcanzar su sueño que es dominar la existencia. No habrá ser vivo o dios en ninguna dimensión o universo que pueda oponérsenos.

       Mu alzó ambas cejas, sorprendido.

       —Estás loco, no puedo permitir que hagan eso. —Empezó a concentrar sus cosmos, formando una aura dorada en torno a su persona—. Nadie tiene el derecho de ponerse por encima de los dioses —extendió su mano contra Shield—, toma esto… ¡Stardust Revolution! (Revolución de Polvo Estelar).

       Shiled levantó su brazo, exhibiendo su escudo dorado. El ataque del Santo de Aries golpeó la coraza del meganiano y desapareció tras un fuerte destello de luz.

       Mu abrió los ojos de par en par sin dar crédito a lo que veía.

       —¡No puede ser! —exclamó—. ¿Qué fue lo que sucedió?

       Shield soltó una risita maliciosa y bajó su escudo levemente, mostrando su rostro.

       —Este es el Escudo sagrado de Megazoar —declaró orgullosamente—. Este pequeño tiene la capacidad de absorber todos los ataque, pero eso no es todo… —hizo una pausa y levantó su escudo nuevamente, lanzando el Stardust Revolution contra Mu—. También tiene el poder de regresarlos a sus dueños.

       El Santo de Aries no pudo evitarlo a tiempo y fue alcanzado por su propio ataque. La fuerza del impacto arrojó a Mu de espaldas contra uno de los muros del templo, donde se estrelló con fuerza.

       —No puede ser —musitó el Santo, alzando la vista con dificultad—. ¿Cómo es posible que pueda hacer eso?

       Shield formó una esfera de luz en su mano izquierda y se preparó para atacar.

       —Vaya, esta victoria no tendrá sabor a nada —se burló, levantando su mano con la palma vuelta hacia delante, exhibiendo la esfera de energía—. ¡Muere!

       Pero Mu estaba listo y extendiendo sus manos hacia delante, formó la Crystal Wall protegiéndose enseguida. La ráfaga de luz de Shield golpeó la barrera defensiva y estalló sin causar ningún daño.

       Al ver eso, el meganiano frunció el entrecejo con rabia. Realmente suponía que la batalla ya estaba de su lado.

       —No por nada aceptaste combatir contra Tiamat, ¿eh?

       El Santo de Aries se puso de pie listo para contraatacar. Levantó un brazo e hizo un pequeño ademán con la mano. De pronto una de las columnas se desprendió de su lugar y se lanzó contra Shield.

       El meganiano apenas podía creer lo sucedido. Sin siquiera pensarlo, alzó su mano lanzando una segunda ráfaga de energía que destruyó la columna, provocando una lluvia de escombros y polvo en todas direcciones.

       —¿Qué fue lo que hiciste, Mu? —le inquirió—. ¿Acaso posees telepatía o algo así?

       Lentamente, la imponente figura del Santo de Aries emergió del humo como sí se tratara de un espectro del más allá.

       —En telequinesis yo soy él más fuerte entre los Santos dorados —declaró Mu.

       Shield frunció el entrecejo y soltó una carcajada.

       —Aunque poseas la telequinesis no podrás ganarme —declaró con seguridad, levantando su arma defensiva—. Mi escudo puede rebotar todos tus ataques.

       —¿Eso creer? —le preguntó Mu, indiferente—. Veamos sí lo que dices es cierto, Shield —moviéndose a la velocidad de la luz, el Santo se arrojó contra su adversario y antes de que este pudiera evitarlo, tocó el escudo dorado de Megazoar con la punta de su dedo índice derecho, provocando un destello intenso.

       El guerrero meganiano observó desconcertado como Mu retiraba la punta de su dedo lentamente. Sonrió maliciosamente creyendo que el ataque del Santo había fracasado, pero de pronto se dio cuenta de que era así. Sorpresivamente, el escudo dorado comenzó a cuartearse y algunos fragmentos cayeron al suelo ante la mirada horrorizada de Shield.

       —¡No puede ser! ¡Has destrozado el escudo sagrado de Megazoar!

       Mu retrocedió algunos pasos.

       —La primera vez que te ataque no use todo mi poder ya que mi intención era sólo conocer tus habilidades. Pero ahora que ya las conozco no hay razón para contenerme… prepárate por que ahora irá en serio.

       Shield apretó los dientes con furia creciente.

       —¡No es cierto! ¡Mientes! —negó con la cabeza violentamente, elevando su aura a su máximo nivel—. Sí crees que podrás engañarme, estas muy equivocado, mi escudo es indestructible. —Levantó el escudo dorado, colocándolo frente a su rostro—. Vamos, atácame, bocón.

       Mu concentró la fuerza de su cosmos y nuevamente se lanzó al ataque. Alzó el brazo y extendió su mano contra el meganiano, lanzando su poderoso ataque.

       —¡Stardust Revolution! (Revolución de Polvo Estelar).

       La energía de Mu golpeó varias veces el escudo de Shield y tras unos instantes, lo rompió en mil pedazos como sí fuera de vidrio. El rayo de luz continuó su camino y atravesó el peto de la armadura del meganiano, hiriéndolo gravemente.

       Todavía Shield no había asimilado lo sucedido cuando Mu le descargó un segundo Stardust Revolution en el rostro, arrojándolo hacia arriba. La armadura de Shield se resquebrajó por completo tras el segundo ataque y el cuerpo ensangrentado del orgulloso guerrero meganiano desapareció en una explosión de luz.

       En ese instante, Shiryu atravesó la entrada del templo de Cáncer, encontrándose con Mu de Aries.

       —Mu —lo llamó, deteniendo su carrera—. ¿Te encuentras bien?

       El Santo de Oro volvió el rostro hacia él.

       —¡Shyriu! —exclamó.

       —¿Quién es ese sujeto? —preguntó el Santo del Dragón, refiriéndose el cuerpo de Shield—. ¿Acaso otro más de los guerreros que están atacando el Santuario?

       —Así es, sin embargo hay cuatro más que se dirigen hacia el templo de Leo, debemos detenerlos.

       Shiryu asintió con la cabeza y enseguida ambos Santos salieron de la Casa de Cáncer, dirigiéndose hacia el templo de Airoia.

Casa de Aries.

       El templo había quedado reducida a un montón de escombros. De repente, varios rayos de luz brotaron de entre los enormes bloques de piedra amontonados y, un segundo después, los fragmentos salieron despedidos por los aires, descubriendo la figura de Tiamat.

       —¿Habré terminado con ese maldito Santo de Libra? —se preguntó a sí mismo mientras miraba los alrededores en busca de Dohko—. ¡Demonios! No detectó su asquerosa presencia. Sí al menos tuviera mi escáner visual podría saber si efectivamente sigue con vida —hizo una pausa y alzó la mirada para contemplar la montaña—. Las presencias de Shield y Ogitál ya han desaparecido del Santuario. Eso sólo puede significar que los han de haber derrotado en alguna batalla. Aicila, Talión, Sombrío y Kadena continúan subiendo a través de la montaña. No podemos perder más tiempo peleando, debemos recuperar la gema sagrada antes de que la situación se complique más. Mu y ese tal Shiryu van tras mis compañeros y no sólo eso, también percibo la presencia de ese tal Seiya acercándose al Santuario rápidamente.

       Se detuvo en el cielo y luego desplegó un aura de energía.

       —Creo que he subestimado el poder de los Santos del Santuario. Sí todos llegan a pelear contra nosotros, entonces la situación quizás podría tornarse muy peligrosa. Expulsaré todo el poder que duerme en mi interior para romper la barrera de energía que protege el Santuario. Así podré ir volando a reunirme con los demás.

       El Khan cerró los puños fuertemente y después levantó levemente los brazos; de pronto alzó la cabeza hacia atrás y, dando un fuerte grito, liberó una gran cantidad de energía con el objeto de romper el poderoso cosmos que protegía todo el Santuario.

       Un nuevo terremoto recorrió todo el Santuario de Atena, provocando el sobresalto y la sorpresa de todos los que ahí se encontraban. En la entrada del séptimo templo de Escorpión, Milo levantó su mirada al cielo y contempló una resplandeciente esfera de luz sobre el templo de Aries.

       —¿Qué es lo que está sucediendo? —se preguntó en voz alta—. ¿Qué son todos estos terremotos? Alguna especie de fuerza poderosa ha bloqueado por completo el cosmos de Atena que protegía al Santuario. Sí es así, entonces esos guerreros que están invadiendo las doce casa podrían llegar al Salón del Gran Maestro en cualquier momento.

       El Santo de Escorpión meditó sobre sus posibles opciones. Podía quedarse en su templo y esperar a que el enemigo llegara para así poder combatirlo, pero sí en realidad los invasores habían conseguido neutralizar el cosmos que impedía atravesar las doce casas de otro manera que no fuera caminando, entonces nada les impediría saltarse las casas restantes y llegar hasta donde se encontraba Atena.

       Tras unos momentos de reflexión, el Santo de Oro se dio la media vuelta y se internó en su templo. “Iré al cuarto del Gran Maestro”, pensó mientras desaparecía en la oscuridad. “Será más fácil proteger a Atena con ayuda de Kanon”.

       En el camino que llevaba al templo de Virgo, los Khans se detuvieron un momento y volvieron la mirada hacia atrás con desconcierto. Una poderosa energía estaba afectando todo el lugar.

       —Esa energía pertenece a ese tonto de Tiamat —observó Talión, refiriéndose a la bola de luz que brillaba en los cielos—. ¿Qué rayos está haciendo ahora?

       —Tal parece que va a destruir la energía que protege este Santuario —sugirió Sombrío, esbozando una gran sonrisa de alegría—. Al fin podremos volar.

       En ese momento, Aicila pareció recordar quien era y donde se encontraba. Se giró hacia sus compañeros de armas y les hizo una seña con el brazo para que continuaran el avance.

       —El siguiente templo esta a unos pasos, dense prisa.

Casa de Leo.

       Al mismo tiempo, Airoia se percató de la misma sensación que Milo y los Khans.

       —¿Pero que rayos está sucediendo? —se preguntó.

       En unos cuantos segundos, el poder que había protegido el Santuario de Atena por mucho tiempo se desvaneció completamente. Poco a poco, los diferentes Santos dorados que aún protegían las doce casas se iban dando cuenta de lo ocurrido. Era algo imposible.

       —Esto no puede ser —murmuró Mu estupefacto, deteniendo su improvisada carrera hacia el templo de Leo—. El poder que protege al Santuario de Atena ha sido corrompido por alguna especie de fuerza poderosa.

       —¿De qué hablas, Mu? —le inquirió el Santo del Dragón.

       Él se volvió hacia Shiryu, mostrándose muy preocupado.

       —Desde la época del mito, el cosmos de la diosa Atena ha sellado el Santuario —explicó—. Para evitar que algún enemigo rehúya pasar por las doce casas del zodiaco, el cosmos de Atena neutraliza cualquier tipo de poder que permita trasladarse instantáneamente. Sin embargo, ahora que ese poder ya no existe, esos miserables podrían llegar hasta la cima.

       Shyriu levantó un puño.

       —No debemos permitirlo, vayamos hacia el templo de Leo cuanto antes.

       Mu asintió con la cabeza y enseguida, ambos retomaron su camino para reunirse con Aioria.

Casa de Aries.

       —Ahora que el poder que protegía a este Santuario finalmente ha sido destruido, podré ir hasta donde se encuentran Aicila y los demás —murmuró Tiamat sintiendo como la satisfacción lo invadía—. No importa lo que Mu y los demás intenten. Nadie evitarán que consigamos la gema “Lamed”.

       Sin perder un solo segundo más, el Khan del Dragón se lanzó por los aires en dirección al templo de Virgo dejando tras de sí una estela de energía que desapareció rápidamente.

       A los pocos minutos que Tiamat se hubo marchado de ahí, Cadmios, Dai, Casiopea, Astro y los demás aparecieron sobre los cielos del Santuario.

       —Es ese lugar —advirtió Cadmio, señalando la montaña—. Todas las presencias que percibo vienen de esa montaña.

       Astro entornó los ojos para mirar mejor y descubrió la presencia de las doce casas.

       —Haya una especie de templos antiguos —observó—. Parecen una especie de ruinas.

       Lance ajustó la visión de su casco de batalla y comprobó lo que Astro decía. Iba a hacer un comentario, referente a lo interesante que sería conocer algo sobre la cultura de ese planeta, cuando de pronto sus detectores le indicaron de la presencia de una persona.

       —Mi radar de poder indica que hay una persona herida cerca de este lugar —se dijo, observando los alrededores hasta que sus ojos se posaron sobre las ruinas de la Casa de Aries—. Es ahí, no puedo equivocarme —hizo una pausa y llevó su rostro hacia Casiopea para gritarle—. Esperen, hay una persona herida.

       Casiopea, Eclipse, Cadmio y Astro se detuvieron en el aire y llevaron la mirada conjuntamente hacia Lance.

       —¿Qué dices? —le preguntó Eclipse, enarcando una ceja.

       —Dije que hay alguien herido —repitió Lance, señalando los escombros del templo de Aries—. Debemos ayudarlo, sus signos vitales están por debajo de lo normal.

       Cadmio frunció el entrecejo con enfado.

       —Ahora no tenemos tiempo para eso, debemos seguir adelante en busca de los imperiales.

       Casiopea, Leona, Astroboy y Eclipse miraron a Cadmio. Aun cuando la gema estelar y los guerreros de Abbadón era lo más importante, no podían pasar por alto que en aquellas ruinas podía haber alguien con vida.

Continuará… .

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