Leyenda 082

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXXXII

DE REGRESO A LA CHURUBUSCO

          Devastador Estelar Hécate.

          Cuando los técnicos terminaron de escudriñar los asteroides usando los más avanzados instrumentos de la nave, Kali tuvo que empezar a aceptar la idea de que el enemigo había conseguido escapar con vida. Los datos arrojados por los ordenadores mostraban que ninguna nave enemiga había sido alcanzada por la explosión que acababa de destruir el planeta Génesis. Tan sólo se habían encontrado unos cuantos fragmentos metálicos pertenecientes a varios Lightnings y a dos astronaves flotando entre los restos de Génesis. En un principio se creyó que estos pertenecían a alguna de las naves que habían intentado seguir a la nave Tao por la puerta dimensional, pero cuando descubrieron los restos de varios cazas endorianos en el mismo lugar, los técnicos dedujeron que en realidad se trataba de naves abatidas por sus propios combatientes durante la batalla con las fuerzas que defendían a la Megaroad-01.

          La Khan de la Destrucción se sentía molesta y a la vez intrigada. Aún cuando habían conseguido apoderarse de la gema estelar sin demasiados problemas, no podía entender cómo es que sus enemigos gozaban de semejante suerte. Había decidido dejarlos ir cuando estaban en Génesis con la idea de aniquilarlos una vez en el espacio, pero sus planes habían fallado garrafalmente y eso era algo que no podía tolerar.

          —Es inconcebible que guerreros tan endebles como Saulo, Lis-ek o Karmatrón nos estén dando tantos problemas —se dijo a sí misma—. Ahora que los tripulantes de esas naves se han aliado con ellos, es posible que consigan fortalecer a la Alianza Estelar. Debí haberlos matado a todos cuando tuve la oportunidad.

          —Parece que tu estrategia falló, amiga mía —la voz de Liria la hizo volverse hacia atrás—. Pese a que tenía todo en contra, Karmatrón pudo transportar a todas las naves a través de ese portal dimensional justo a tiempo.

          —Eso no es mi culpa —se defendió Kali rápidamente—. La información de nuestro espía no precisaba que ese Kundalini pudiera abrir un portal dimensional lo suficientemente grande como para trasladar a tantas naves de un universo a otro.

          La Khan de la Naturaleza caminó hacia la ventana frontal del puente y observó con detenimiento los miles de asteroides que flotaban en medio de la nada. Un sentimiento de desconsuelo se apoderó de ella casi al instante.

          —Entonces no sirvió de nada destruir ese hermoso planeta —musitó ella con un halo de aflicción en su voz—. Cuando me alié al emperador creí que con ello ayudaría a proteger la vida del universo, no que la destruiría.

          —Sólo era un simple planeta —dijo Kali, tratando de restarle importancia a lo ocurrido. Liria apoyó una palma en la ventana y bajó su mirada—. Además no olvides que cuando el emperador consiga hacerse de las doce gemas, tendrá el poder necesario para restaurar todo lo que haya sido destruido. Tal vez lo que hagamos pueda parecerle malo a algunas personas, pero eso cambiará cuando obtengamos la victoria. En el futuro la historia nos mencionará como héroes.

          —Héroes —repitió Liria en voz baja.

          Extrañada, la Khan de la Destrucción enarcó una ceja. Jamás había visto que ningún Khan se comportara de esa manera a causa de la destrucción de un planeta. Lo poco que sabía de Liria era que ésta peleaba por el imperio ya que pensaba que N´astarith terminaría con todas las guerras una vez que se hiciera del control de la galaxia, pero jamás le pasó por la mente imaginar que la destrucción de un planeta le incomodaría. Ahora comprendía mejor que antes el porqué es que Liria era la Khan de la Naturaleza.

          —Lo mejor será regresar a Armagedón ahora mismo —sugirió Kali antes de girar el rostro hacia el capitán de la nave, quien esperaba pacientemente a un costado—. Capitán, prepare todo para volver a nuestro universo. Sí no calculo mal, en unos cuantos ciclos más usarán el Portal Estelar para abrir la puerta de regreso.

          El oficial imperial asintió con la cabeza y se volvió hacia sus subalternos para asignarles diferentes tareas. Liria, por su parte, no prestaba la menor atención a lo que sucedía atrás de ella; estaba absorta en sus propios pensamientos, repasando mentalmente el día en que había decidido convertirse en la Khan de la Naturaleza.

          Aquel día había estado lloviendo de forma copiosa, pero sin llegar a ser una tormenta. Las copas de los árboles se mecían ligeramente con el vaivén del viento y los animales aguardaban pacientemente a que dejara de llover para salir de sus escondites. Cuando la lluvia terminó y las nubes despejaron los cielos, aquel gigantesco estrato de vida empezó a recibir los primeros rayos del sol y se coronó con un arco iris, lo cual convertía al bosque en una agradable visión para los amantes de la naturaleza.

          Liria estaba embelesada con la vista y empezó a pensar que no había nada más perfecto y bello en todo el universo como aquel paisaje. Desde que era niña había aprendido a contemplar la hermosura de la naturaleza con verdadera fascinación.

          —¿Es algo hermoso, no es cierto? —preguntó una voz a sus espaldas.

          La joven se dio la media vuelta y descubrió la figura de N´astarith. El emperador abbadonita sonrió levemente y continuó caminando hasta colocarse a un costado de ella.

          —Maestro, no sabía que usted estaba… .

          —¿Aquí? En ocasiones a mí también me gusta observar como cae la lluvia.

          Liria asintió con una sonrisa y llevó su mirada de regresó al cielo para contemplar el arco iris nuevamente. El saber que su maestro también gustaba de contemplar la naturaleza había sido una agradable sorpresa. En ocasiones había llegado a pensar que N´astarith sólo se preocupaba por convertirla en una guerrera que pudiera llegar a sentir el aureus y que no le prestaba importancia a otras cosas. Ahora sabía que había estado equivocada y que realmente conocía muy poco de N´astarith

          —Es bueno saber que a usted también le agrada la paz de este bosque, maestro.

          N´astarith frunció una sonrisa y cerró los ojos un momento.

          —Sí, la naturaleza es algo hermoso sin duda, pero desgraciadamente está sujeta a algo tan terrible como la muerte y eso es algo trágico.

          Liria giró su rostro hacia N´astarith y alzó una ceja.

          —¿Qué dice, Maestro? La vida y la muerte forman parte de la naturaleza.

          —Tienes razón, Liria, la muerte es un elemento que forma parte de la misma naturaleza, pero eso no debería ser así. Dime, ¿acaso es justo que esos árboles tan hermosos tengan que morir algún día? La muerte es algo que destruye todo lo que amamos y por lo mismo no debería formar parte de la naturaleza.

          Liria desvió la vista hacia un árbol cercano. Lo que el emperador de Abbadón aseguraba tenía sentido; algún día ese hermoso árbol se secaría y moriría. De igual modo, aquel magnífico bosque en el que se encontraban también desaparecería.

          —Entiendo lo que dice, Maestro, pero ¿acaso es posible desterrar a la muerte?

          —Un día me juré a mí mismo que sería el ser más poderoso de la existencia y eso fue porque comprendí que el universo es injusto —declaró N´astarith, alzando el rostro hacia el cielo—. La única manera de hacer que las cosas sean diferentes es usando el poder, Liria. El poder del aureus es capaz de reformar la creación, librándola de la muerte y de la eterna contienda entre el bien y el mal.

          Liria cerró los ojos y empezó a pensar en lo que N´astarith estaba diciendo. Efectivamente, todo viviente estaba destinado a morir. Esa era la ley de la vida y todos estaban sujetos a ella desde el origen mismo del universo. Sin embargo, a su entender, la muerte y el sufrimiento eran elementos que rompían con la armonía de la naturaleza y no tenían razón de ser. Los aceptaba porque creía que era imposible desterrarlos, pero sí N´astarith afirmaba que esto era posible entonces… .

          —La muerte no debería existir —declaró la joven, abriendo los ojos. Su mirada reflejaba ahora una enorme determinación—. Quienquiera que diga que este universo guarda armonía está equivocado. ¡La única manera de alcanzar la verdadera armonía será cuando hayamos erradicado la muerte y el sufrimiento!

          Una sutil sonrisa de satisfacción se insinuó en los labios del emperador de Abbadón. A pesar de que aún le faltaba mucho por aprender, Liria tenía una cualidad que la haría convertirse en una excelente guerrera: la combatividad.

          —Tú eres como la naturaleza, Liria. Cuando reflexionas sobre algo eres tranquila y serena, pero cuando es necesario sabes dejarte llevar por lo que sientes. Los Caballeros Celestiales creen que el poder debe usarse para servir, pero yo digo que el poder debe usarse para dirigir.

          —Tiene toda la razón, Maestro.

          En ese momento, de pronto, un conjunto de destellos de color verde, que parecían surgir del lago cercano, iluminaron los alrededores. Instintivamente, Liria se cubrió la cara con el brazo derecho sin entender qué era lo que pasaba.

          —¿Qué es lo que sucede?

          —Tranquilízate, Liria —murmuró N´astarith—. Es el momento de que seas honrada con la armadura de la Naturaleza.

          Liria bajó su brazo lentamente y vio como un enorme objeto de color verde salía del lago. Tras unos segundos de incertidumbre, pudo distinguir claramente que se trataba de una estatua metálica con la forma de una mujer que oraba de rodillas. Liria se quedó inmóvil.

          —Esta armadura que ves sido forjada por las fuerzas negativas de esta y otras dimensiones —comenzó a explicar N´astarith—. Es inmune a la magia y puede resistir algunos ataques. Sin embargo, no es indestructible y sí alguna vez recibe algún daño entonces deberás repararla con tu propia sangre.

          —Es hermosa —mencionó la joven con fascinación.

          De repente la estatua se dividió en varios fragmentos, los cuales empezaron a cubrir cada una de las partes del cuerpo de Liria en medio de intensas, pero breves, ráfagas de luz. Cuando la chica quedó revestida con la armadura de color esmeralda, N´astarith la miró y luego sonrió con beneplácito.

          —Desde ahora serás la Khan de la Naturaleza y me ayudarás a proteger la vida.

          —La vida… .

          Mientras los enormes Devastadores Estelares surcaban el espacio hacia el sitio en donde se abriría la puerta dimensional que los llevaría a Armagedón, Liria continuó mirando los restos del planeta Génesis. En su interior, empezó a experimentar un mar de dudas que vinieron a agudizar un conflicto que ya existía en la parte más profunda de su alma.

          Astronave Churubusco (Puente de mando)

          El almirante Cariolano, Andrea Zeiva y un puñado de oficiales aliados estaban delante de la pantalla principal del puente. En el interior de ésta, había una imagen del emperador Zacek, Lis-ek, Uller, Saulo y Areth. A pesar de que tenían enormes problemas por delante y estaba sumamente cansada, Andrea no pudo evitar acudir al puente de mando cuando le comunicaron que Saulo y los demás habían vuelto; sabía que sus amigos estaban efectuando misiones muy arriesgadas y por ello no podía dejar de sentirse aliviada cuando le avisaban que estos regresaban con bien.

          —Que gusto que hayan vuelto con bien —murmuró Cariolano sonriendo.

          —A nosotros también nos da gusto verlos, almirante —respondió Saulo, asintiendo levemente con la cabeza—. Lamentablemente, el imperio ha conseguido apoderarse de otra gema estelar y eso nos coloca en una situación cada vez más precaria.

          —Esto no puede ser cierto —renegó Andrea con frustración—. ¿Qué diablos es lo que pasa? ¿Por qué no podemos evitar que estos infelices se queden con esas malditas piedras?

          —Me temo que por el momento enfrentamos otro problema aún más importante, amigos —declaró Zacek de pronto—. Cuando llegamos a nuestro destino, descubrimos que las fuerzas imperiales estaban atacando una flota de naves que orbitaban el planeta donde estaba oculta la gema estelar. Cuando los ayudamos a repeler a las fuerzas enemigas, nos enteramos que esas naves estaban tripuladas por los terrícolas de esa dimensión, los cuales se encontraban en una misión de colonización.

          —¿Terrícolas? —inquirió Cariolano, igual de sorprendido que Andrea—. ¿Cómo es eso posible? No puedo creer que todo esto sea una coincidencia. La mayoría de los aliados que hemos encontrado en las diferentes dimensiones son terrícolas.

          —Nosotros también reaccionamos con sorpresa al entéranos de esto, almirante —confesó Lis-ek, incorporándose a la conversación—. Sin embargo, estos terrícolas poseen un grado de evolución tecnología equiparable al de los terrestres de esta dimensión.

          —Fascinante —murmuró el almirante aliado, acariciándose la barbilla y entornando la mirada—. Pero, ¿cuál es el problema que se nos presenta urgente, emperador Zacek?

          —La nave terrícola de mayor tamaño recibió daños considerables durante la batalla y ahora la vida de todos sus tripulantes se encuentra en peligro. Debido a esto y a un ataque enemigo, los terrícolas se vieron en la necesidad de venir con nosotros hasta esta dimensión.

          —Comprendo —asintió Andrea, echando un rápido vistazo a uno de los diversos monitores del puente—. De manera que la flota que aparece en los radares del planeta Adur es en realidad el grupo de naves terrícolas de las que hablan, ¿eh?

          —Sí la vida de todas esas personas se encuentra en grave peligro, entonces no debemos perder ni un nanociclo más —reflexionó Cariolano. Acto seguido, se giró hacia uno de los oficiales del puente y dijo—: Enenth, informales a todos nuestros técnicos de abordo que se preparen de inmediato.

          —Creo que lo mejor será que les digan a los terrícolas que se dirijan a nuestra posición cuanto antes —opinó Andrea con premura—. Sí están cerca de la Churubusco será más fácil auxiliarlos.

          Lis-ek y Zacek se miraron por un segundo y asintieron conjuntamente con la cabeza, apoyando la idea de la reina de Lerasi. Saulo, en tanto, había preferido quedarse al margen de la conversación y permanecía en absoluto silencio. A pesar de lo mucho que sus maestros le habían insistido en hacer a un lado sus rencores contra los terrícolas, el príncipe aún no podía olvidar que había sido un habitante de la Tierra quien le había causado tanto mal a su mundo. El rencor que sentía contra José Zeiva y algunos de sus familiares como Luis Carrier le hacía sentir una furia irracional contra todos los terrestres, fuera de su propia dimensión o de otra.

          Pero lo que Saulo ignoraba era que los Guerreros Kundalini poseían la habilidad de percibir las emociones de los demás, de manera que aunque se esforzaba en ocultar sus verdaderos sentimientos, estos no pasaban desapercibidos para Zacek y Lis-ek en ningún momento. Por otra parte, Areth también podía sentir los sentimientos de su maestro y aunque no hubiera podido hacerlo, sabía por experiencia propia que Saulo destetaba a los terrestres como a nadie, así que no le extrañó para nada que decidiera adoptar aquella actitud.

          —¿Te encuentras bien, Saulo? —le preguntó Zacek, volviendo la mirada por encima del hombro—. Te noto algo callado.

          El príncipe de Endoria alzó levemente la cabeza y asintió.

          —Claro, estoy bien, Zacek, ¿Por qué la pregunta?

          Antes de que el emperador Zuyua pudiera decir algo más, la reina Andrea hizo uso de la palabra nuevamente, obligándolo a regresar la vista hacia el monitor y a dejar su conversación con Saulo para después.

          —Tenemos a varios técnicos listos, Zacek, además de decenas de androides que pueden trabajar en el espacio. Lo mejor será que les digan a sus amigos que se acerquen.

          —De acuerdo, Andrea, calculo que llegaremos en poco tiempo.

          La pantalla se oscureció. El almirante Cariolano dedicó los siguientes segundos a repartir instrucciones entre sus oficiales con el objeto de preparar todo para la llegada de Megaroad-01 y las demás naves. Andrea, por su parte, empezó a pensar en lo que implicaba que hubiera más naves engrosando el tamaño de la flota; no podía pasar por alto que el sistema Adur estaba dentro de los territorios controlados por el imperio de Abbadón y que a medida que llegaran más naves, las posibilidades de ser descubiertos eran mayores.

          —¡Majestad! —exclamó uno de los técnicos sorpresivamente, provocando que Andrea olvidara de momento lo que estaba pensando—. Recibí una señal de diez naves Águila Real que se aproximan a nuestra posición. Creo que se trata del señor Uriel.

          —¿Uriel? —repitió Andrea—. Abran un canal de comunicación.

          Al instante, una imagen del regente del planeta Unix tomó forma dentro de la pantalla principal. Casi simultáneamente, Cariolano dejó de dar indicaciones a los oficiales y técnicos del puente y alzó la mirada para contemplar el rostro de Uriel, quien lucía bastante serio.

          —Bienvenidos, Uriel, me da gusto saber que han podido volver —lo saludó Andrea, aliviada de ver que todas las naves que participaban en la misión habían regresado—. ¿Están todos bien?

          —Todos estamos bien, majestad, y quizá le agrade saber que conseguimos algo de ayuda en el universo a donde fuimos —repuso Uriel—. Desgraciadamente, la mayor parte de esa ayuda no vino con nosotros en este momento.

          —¿Encontraron ayuda? Eso me da mucho gusto la verdad —repitió Andrea y su rostro se iluminó por un momento—. ¿Qué pasó con la gema estelar? ¿Lograron impedir que los agentes del imperio se apoderaran de ella?

          —No —acabó diciendo el regente—. No pudimos evitarlo y francamente es un hecho que me ha estado molestando. Los guerreros de Abbadón son demasiado poderosos incluso para mí.

          —Comprendo —asintió la reina apenas disimulando su preocupación—. ¿Cómo se encuentran Asiont, Marina y las Sailor Senshi?

          —Todos estamos bien, aunque algo cansados por el viaje. Después de atravesar el túnel de luz creado por Karmatrón, aparecimos cerca de un planeta al que sus habitantes llaman Céfiro.

          —¿Es ahí dónde se encontraba la gema estelar? —inquirió Cariolano.

          —Exactamente, almirante. La gente de Céfiro no posee un desarrollo tecnológico avanzado, pero sabe utilizar las artes mágicas. No obstante esto, uno de sus habitantes se comprometió a pedir la ayuda de los mundos vecinos para formar una enorme flota, la cual se nos unirá próximamente.

          —Suena interesante —murmuró Cariolano, sonriendo ligeramente—. Pero lo mejor será que nos cuenten todo una vez que hayan llegado a la astronave Churubusco. Por cierto, le agradará saber que el príncipe Saulo y el emperador Zacek han vuelto de su misión y también consiguieron ayuda.

          —¿En serio? En ese veo que tenemos mucho de que hablar.

          —Me parece bien, Uriel —concordó Andrea—. También es importante que todos estemos presentes en la audiencia final de Jesús Ferrer. El Consejo Aliado está listo para emitir su fallo.

          La pantalla volvió a oscurecerse. Cariolano respiró hondo y luego se volvió hacia la reina, quien en ese momento había vuelto a quedarse pensando en lo peligroso que era que hubiera tantas naves aliadas reunidas en un solo lugar.

          —Tal parece que N´astarith aún nos sigue llevando la delantera en esto de las gemas.

          —Eso me temo —alcanzó a murmurar Andrea.

          Planeta Namek.

          Porunga lucía impaciente, o al menos esa era la impresión que Hotaru, Casiopea y los demás tenían de él. Ahora que el primer deseo había sido cumplido, aquel enorme ser con aspecto de reptil estaba esperando a que le formularan los dos últimos deseos que debía conceder antes de retirarse. La alegría de ver a Son Gokuh vivo otra vez había provocado que tanto los Guerreros Zeta como los namek se olvidaran momentáneamente de Porunga. Pero cuando el inmenso dragón habló de nueva cuenta preguntando por el segundo deseo, todos volvieron a dirigir sus miradas hacia el cielo.

          —¿Entonces podemos pedir otro deseo? —preguntó Eclipse emocionado.

          Dende llevó su mirada hacia el espía enmascarado.

          —¿Eh? Sí, señor Eclipse, aún podemos pedir dos deseos más.

          Aquellas palabras fueron más que suficientes para que Eclipse empezara a reír maquiavélicamente. Ahora que había visto con sus propios ojos que las esferas del dragón eran capaces incluso revivir a los muertos, no tenía ninguna duda de que éstas podrían ayudarlo a volverse infinitamente rico.

          —Oye, ¿qué es lo que estás pensando ahora? —preguntó Seiya, adivinando de antemano las intenciones de Eclipse—. ¿No estarás planeando usar las esferas para algún deseo egoísta?

          —¿Egoísta dices? —musitó Eclipse sin borrar aquella ambiciosa sonrisa de su rostro enmascarado—. Vamos, ahora que Gohan revivió a su padre no hay razón para no sacarle provecho a esas esferas. Es nuestra oportunidad para volvernos asquerosamente ricos.

          ¿Ricos? Al escuchar aquello, todos contemplaron a Eclipse con los ojos bien abiertos. Las intenciones del enmascarado no fueron del todo bien acogidas por los ancianos nameksianos, quienes creían por sobre todo que las esferas del dragón debían ser utilizadas con fines más sublimes. Pero a quien más incomodó aquella idea sin duda fue a Ryoga, que deseaba usar las esferas del dragón para liberarse de la odiosa maldición de Jusenko que pesaba sobre él.

          —No puedo dejar que pidan otro deseo —murmuró Ryoga—. Sí lo hace perderé para siempre mi oportunidad de ser normal”.

          —Espera un momento, Eclipse —intervino Casiopea de repente—. No me parece correcto usar las esferas para algo así. Antes de estar pensando en el dinero debemos analizar las cosas con más cuidado.

          —Ah, claro, lo que tú deseas es pedir un deseo para ti nada más, ¿no?

          —Pues a decir verdad sí estaba pensando en pedir un deseo —admitió la Celestial, atrayendo la mirada de todos por un instante—. Pero sólo lo haré sí los habitantes de este mundo me conceden el permiso de hacerlo.

          —¿Qué clase de deseo quieres pedir, Casiopea? —le preguntó Yamcha movido por su curiosidad.

          Antes de responder, la princesa se giró hacia donde estaba el Gran Patriarca del planeta y luego cerró los ojos al tiempo que inclinaba la cabeza. No. 18, por su parte, frunció la mirada, intrigada por lo que Casiopea iba a decir.

          —Sí me lo permite, Gran Patriarca, quisiera usar las esferas del dragón para regresar a nuestro universo. La batalla que tuvimos en el planeta Tierra de esta dimensión nos demostró que nuestros enemigos son más poderosos de lo que pensábamos. Tenemos que prepararnos sí es que de verdad queremos derrotarlos.

          Eclipse dejó caer su quijada al instante. Casiopea tenía que estar bromeando sí es que de verdad pretendía usar las esferas para algo como eso. Incapaz de guardarse sus comentarios, el enmascarado empezó a gritar a los cuatro vientos.

          —¡¡Pero cómo se te ocurre desperdiciar las esferas con algo así!! ¡¿No te das cuenta de lo que podríamos pedir?! Podríamos usar las esferas para… no sé, ¿qué tal revivir a su amiga Astrea?

          —¿Astrea? —musitó Son Gohan.

          —No creo que los poderes de Porunga puedan revivir a una persona que haya muerto en otro universo diferente —repuso Casiopea de inmediato, volviéndose hacia el Espía Estelar—. Lo que importa ahora es regresar cuanto antes a nuestra dimensión.

          —¿No quieres revivir a tu amiga? —insistió Eclipse con ímpetu. Después de ver lo que Porunga era capaz de hacer, el espía no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad; estaba decidido a convencer a sus amigos de hacer uso de los deseos restantes—. Podemos revivirla y luego hacernos ricos, piensa en eso.

          —Te repito que no creo que ella pueda volver a la vida —declaró Casiopea, aunque parte de ella deseaba estar equivocada—. Estoy segura que la magia de las esferas debe estar limitada a este universo.

          —Ella tiene toda la razón —intervino el Gran Patriarca antes de que Eclipse pudiera decir algo más—. Las esferas del dragón no pueden revivir a alguien que haya muerto en otra dimensión. —Guardó silenció un momento, giró la cabeza hacia donde estaban Son Gokuh, Piccolo, Son Gohan y los demás y finalmente añadió—: Por lo mismo, sí alguno de ustedes muere estando en cualquier otro universo no podrá revivir ni con las esferas del dragón de la Tierra ni con estas.

          —¡¿Qué cosa ha dicho?! —exclamó Kurinrin de golpe—. ¿O sea que sí esos tipos nos asesinan no podremos volver a la vida nunca más?

          —Me temo que así es —sentenció el Gran Patriarca con una sombra de preocupación velando sus oscuros ojos—. Por esto deben tener mucho cuidado.

          La noticia cayó como un balde de agua fría sobre los Guerreros Zeta. Piccolo dedicó unos segundos a meditar en lo dicho por el Gran Patriarca; ciertamente, aquella nueva limitación al poder de las esferas del dragón era un elemento con el que no contaba y convertía la batalla con los Khans en algo aún más peligroso.

          —Sí me muero, esta vez será para siempre —musitó Yamcha crispando los puños.

          —¡Rayos! —renegó Ten-Shin-Han.

          Leona bajó la mirada y se mordió el labio inferior. Por unos instantes había imaginado que sí alguien llegaba a morir durante la lucha con los guerreros de Abbadón, entonces podrían regresar a aquel universo y usar las esferas del dragón nuevamente. Pero ahora que sabía la verdad no tuvo otra opción más que descartar la idea.

          —Oigan, amigos, no se preocupen —dijo Son Gokuh con una sonrisa bondadosa—. Estoy seguro que sí entrenamos un poco más, podremos vencer a esos guerreros sin importar que tan fuertes sean. Además, no deben olvidar que cuando pelearon con ellos habían agotado sus energías previamente en la lucha con Cell.

          —Gokuh tiene razón —convino Piccolo alzando la mirada—. Cuando luchamos con los Khans estábamos débiles por la pelea con Cell. La próxima vez que los enfrentemos las cosas serán muy diferentes.

          —¿Estás seguro de eso, Piccolo? —inquirió Kunririn con desanimo—. No olvides que esos sujetos poseían unos kis verdaderamente impresionantes —hizo una pausa y bajó la mirada—. Me da pena admitirlo, pero no creo que ninguno de nosotros pueda derrotarlos.

          —¿Y qué piensas hacer entonces? —la súbita pregunta de Hyunkel hizo que Kurinrin levantará la cabeza. El Caballero Inmortal lo observaba con severidad—. Una vez que N´astarith tenga todas las gemas en su poder, nada le impedirá volver a nuestros mundos y arrasarlos por completo. Yo también llegué a pensar que los Khans eran invencibles, pero cuando supe que Shiryu pudo derrotar a unos de ellos en el templo donde estuvimos peleando supe que es posible vencerlos. Nos costará trabajo, pero lo lograremos.

          Kurinrin no supo que decir. Se decía fácil, pero después de presenciar las habilidades de los guerreros de Abbadón, no podía sentirse seguro de que lograrían vencerlos por mucho que lo intentaran. Sin embargo, él y sus amigos ya habían enfrentado amenazas increíbles en el pasado y casi siempre habían logrado salir adelante cuando unían sus esfuerzos. Quizás sí existía una remota posibilidad de ganar después de todo.

          —Como les gusta estar perdiendo el tiempo con estupideces —murmuró Vejita con hastío—. Es ridículo que piensen que seres tan insignificantes como ustedes podrán hacer algo. Los únicos que tenemos posibilidades de derrotarlos somos nosotros los saiya-jins.

          Seiya estaba empezando a hartarse de escuchar a Vejita. Sencillamente los comentarios llenos de prepotencia del saiya-jin ya le habían colmado el plato por completo. La energía interna de Vejita era poderosa, no podía negarlo, pero durante la batalla en el templo de Kami-sama, los Khans lo habían dejado fuera de combate como a todos los demás.

          —¿Ah, sí? Pues parece que olvidaste que también a ti te vencieron.

          —¡¿Qué estás diciendo, insecto?! —Vejita sintió como la sangre se le subía a la cabeza. Agitando su brazo en un ademán violento, el saiya-jin agregó—: ¿Acaso quieres que te muestre lo que puedo hacer cuando me lo propongo?

          —Me encantaría verlo —respondió el Santo de Pegaso dando un paso al frente. Shiryu alargó un brazo para evitar que su amigo siguiera avanzando. Seiya giró el rostro hacia donde estaba Shiryu y vio como éste meneaba la la cabeza en sentido negativo.

          Trunks, por su parte, le cerró el paso a Vejita interponiéndose en su camino, pensando que lo que menos necesitaban en ese momento era una pelea innecesaria. Casiopea no deseaba decir algo más que ayudara a empeorar la situación, pero la verdad es que el saiya-in ya la estaba cansando también con sus comentarios y sospechaba que ese sentimiento era compartido por muchos de sus amigos.

          —¡Fuera de mi camino, Trunks!

          —Ahora lo que menos necesitamos son peleas innecesarias —declaró Trunks, mirando a su padre con severidad—. Lo cierto es que esos guerreros llamado Khans son más fuertes que cualquiera y la única manera de vencerlos es aumentando nuestra fuerza.

          El príncipe de los saiya-jin se le quedó viendo a Trunks por unos momentos con el entrecejo fruncido. Realmente hubiera sido muy fácil para él apartarlo de su camino con un golpe para luego ir donde Seiya y ajustarle las cuentas. Sin embargo tenía que admitir que lo que su hijo del futuro afirmaba tenía bastante de verdad; en nada le serviría barrer el suelo con Seiya o derrotar a su odiado rival mientras existiera un grupo de guerreros que lo podían vencer fácilmente. Harto con la situación, Vejita se cruzó de brazos, lanzó un bufido y enseguida volteó el rostro en otra dirección.

          Trunks suspiró con agobio. Sabía que era imposible que su padre pidiera disculpas, pero se daba por bien servido sí éste no volvía a tratar de golpear a alguno de sus nuevos aliados. Leona, en tanto, estuvo tentada a decir algo contra Vejita, pero Astroboy le hizo un gesto para que guardara silencio. Finalmente, fue Porunga quien hizo que todos olvidaran el asunto.

          —Díganme, ¿cuál será su siguiente deseo?

          “Ahora es mi oportunidad”, pensó Ryoga. “Volveré a ser normal”.

          —Creo que Casiopea tiene razón —declaró Piccolo enseguida—. Sí nadie más tiene una mejor idea, entonces lo mejor será usar el segundo deseo para ir al universo donde está ese tal N´astarith y los Khans.

          “Akane, al fin podré decirte mis verdaderos sentimientos”, pensó Ryoga sin prestar atención a lo que los demás hablaban. Por unos momentos, el chico se desligó del mundo real y empezó a imaginarse a sí mismo declarándole su amor a Akane Tendo. Más tarde imaginó la manera en que se burlaría de Ranma una vez que éste se enterara de que había conseguido liberarse de la maldición de Jusenko. “Sí, todo será perfecto a partir de ahora”.

          —¿Y qué hay con el tercer deseo? —preguntó Eclipse sin dirigirse a nadie en particular—. Al menos deberían dejarme pedir una gran fortuna.

          —Ese deseo lo usará Dende para regresar a la Tierra —señaló Piccolo.

          —Es cierto —convino Dai—. Dende debe regresar a su hogar.

          —Es un completo desperdicio lo que proponen —se apresuró a decir Eclipse, cruzándose de brazos—. Fácilmente podríamos volver a nuestro universo con ayuda de Zaboot y al mismo tiempo ayudar a Dende a regresar a la Tierra. Lo que debemos hacer es aprovechar esos dos deseos de una manera inteligente.

          —¿Cómo puedes ser tan ambicioso en un momento como este? —le reclamó Casiopea en un tono de voz que no admitía discusión—. ¿No te das cuenta de que sí N´astarith gana no importará cuanto dinero tengamos?

          Eclipse estaba listo para seguir insistiendo en que lo dejaran usar las esferas, pero al observar las miradas fastidiadas de los demás desistió de sus intenciones y guardó silencio muy a su pesar. En su opinión, Casiopea y los demás se tomaban muy a pecho su papel de defensores y olvidaban que en ocasiones también había que saber disfrutar la vida.

          —Está bien, está bien, ya me callo.

         Son Gokuh no pudo evitar sonreír de buena gana y luego se volvió hacia Dende.

          —Estamos listo, Dende, puedes pedir el deseo.

          Consciente de que estaban a punto de ser trasladados a otra dimensión, Kurinrin se giró hacia donde estaba No. 18. Aún no estaba muy convencido de que la androide quisiera involucrarse con ellos en aquella peligrosa aventura y deseaba averiguar qué es lo que ella iba a hacer a partir de ese momento.

          —¿Qué harás entonces, 18? —le preguntó, tomándose la nuca—. ¿Vendrás con nosotros? Tus habilidades no serían de ayuda.

          La androide miró Kunrinrin y luego se acomodó los cabellos en un gesto de indiferencia. A juzgar por los datos que le había proporcionado el doctor Maki Gero, sabía que un guerrero con las habilidades de Kunrinrin no era rival para aquellos poderosos sujetos que habían invadido el templo de Kami-sama y eso la mortificaba levemente. Por otra parte, ¿de qué le serviría regresar a la Tierra sí es que ese tal N´astarith pretendía conquistarla o tal vez destruirla?

          —Ya te dije que había decidido ir con ustedes —declaró 18, mirando a los Guerreros Zeta de forma altanera—. Pero no quiero que vayan a malinterpretarme. Iré porque me interesa saber qué es lo que va a pasar con la Tierra y no porque me importe lo que suceda ustedes.

          Al oír aquello, Trunks se quedó literalmente petrificado. Era lo último que hubiera pensado que vería. Ahora resultaba que iban a luchar al lado de uno de los dos androides que habían convertido su futuro en un infierno, y lo más irónico de todo es que: ¡pelearían para salvar a la Tierra! “Esto debe ser una locura”, pensó.

          Dende, por su parte, alzó los brazos al cielo y empezó a hablar nuevamente en idioma namek. Mientras todo esto sucedía, Ryoga continuaba construyendo castillos en el aire sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor.

          —Nacarapto Poporunga Pupiripo Parcato. Porunga, queremos que transportes a Gokuh y a los demás a la dimensión de donde vienen Casiopea, Eclipse y los demás.

          —Eso es un deseo muy fácil de hacer —repuso Porunga, juntando los dedos índice y pulgar de su mano derecha. De pronto, los enormes ojos del dragón se iluminaron y acto seguido los Guerreros Zeta, los Santos de bronce, Casiopea, No. 18, Dai, Leona, Poppu, Eclipse, Astroboy, Hyunkel y Ryoga se desvanecieron.

          Armagedón (Sala del trono)

          N´astarith contempló la gema triangular que Nauj-vir le acababa entregado y luego sonrió con satisfacción. Con cada gema que tenía en su poder, se acercaba un poco más a su sueño de dominar la existencia. Aún cuando muchos pensaban que el Khan del Cíclope tenía unas ideas extrañas sobre el honor y las batallas, N´astarith sabía que Nauj-vir era un guerrero altamente competente y por ello pasaba por alto sus extravagancias.

          —¿Así que Belcer fue derrotado, eh? —murmuró.

          —Sí, mi señor —repuso Leinad con la mirada puesta sobre el piso—. Lo mató uno de los santos del santuario donde Tiamat, Aicila, Sombrío y Talión combatieron hace poco. Me parece que su nombre era Shiryu.

          —Shiryu, ahora sé que nombre le pondré a su maldita tumba —sentenció Odrare apretando los puños con furia—. Quisiera ver sus recuerdos para observar cómo es que mi hermano fue derrotado por ese infeliz.

          —Claro, para nosotros será un honor —dijo Sorlak tocándose la frente—. Tan solo cierra tus ojos y prepárate a disfrutar.

          —Aguarda un momento, Sorlak —dijo N´astarith de repente—. Aunque sé que Odrare se muere de ganas por saber las causas de la derrota de Belcer, debemos esperar a que Liria, Kali y José estén aquí también. Según tengo entendido, ellos ya llegaron.

          —Pero, mi señor —se apresuró Odrare a protestar.

          —Paciencia, mi amigo —le calmó N´astarith—. ¿Estará menos muerto ese infeliz que mató a tu hermano sí esperas un poco más? Pronto tendrás tu venganza, eso te lo puedo asegurar.

       Continuará… .

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