Leyenda 018

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPITULO XVIII

“ESTA ES UNA LUCHA DE TODOS”

       Tokio-3, Japón

       —¿Tú eres Ikari Shinji, no?

       Shinji volvió la mirada hacia la chica desconocida que se había acercado. Tenía un rostro hermoso y una mirada angelical como no la había visto en ninguna otra muchacha de su edad. Su cabello color castaño oscuro y las delicadas facciones de su cara eran una serie de detalles que Shinji difícilmente podía dejar de apreciar. Era una alumna nueva que acababa de llegar procedente de otra ciudad.

       —Sí —titubeó el chico, ligeramente sonrojado—, yo soy… ¿quién eres tú?

       La chica lo miró tiernamente.

       —Kirishima Mana —se presentó—. He oído mucho de ti.

       Shinji sonrió nerviosamente. No tenía la menor idea de que demonios decir. Se llevó una mano a la nuca y trató de entablar una conversación. Se sentía nervioso y lo peor de todo es que lejos de disimularlo sus movimientos lo delataban.

       —¿En serio? —preguntó con nerviosismo—. Debe… ser por el trabajo de mi padre… creo.

       —Entre otras cosas, Shinji —comentó ella casi divertida—. Sé que trabajas para Nerv y que hace poco derrotaste a varios de esos monstruos que atacaron la ciudad. Creo que eso es algo muy valiente para alguien de tu edad, lindo.

       Él la miró por unos instantes antes de hablar.

       —¿Los shintos? Ah, sí… . Fue algo difícil —tartamudeó—. Había decidido no volver a pilotar… .

       —¡¡Shinji!! —gritó una chica pelirroja a lo lejos—. ¿Dónde rayos estás?

       Shinji se giró lentamente hacia atrás. Había algo de preocupación en su rostro.

       —Me parece que te están buscando, ¿no? —observó Mana divertida—. ¿Acaso es tu novia?

       Shinji se volvió hacia ella y repuso tímidamente:

       —Asuka es una buena amiga… .

       No pudo terminar la frase, Mana se acercó y lo besó suavemente en la mejilla. Shinji se quedó prácticamente sin habla mientras su ritmo cardíaco se aceleraba rápidamente. Se sentía volando entre las nubes.

       —En ese caso no creo que haya problemas sí nos volvemos a ver, ¿no?

       —Eh… no, creo que no —alcanzó a decir Shinji.

       Mana comenzó a caminar hacia atrás mientras sonreía dulcemente.

       —Bueno, quizás pueda visitarte en tu lugar de trabajo, ¿quién sabe? —guardó silencio, se dio la media vuelta y finalmente se alejó.

       Extrañado, Shinji se acarició la mejilla que su nueva amiga le había besado y sonrió levemente. Estaba reviviendo aquellos hermosos momentos en su mente cuando Asuka llegó hasta él, rompiendo el encanto con sus preguntas.

       —¿Dónde estabas, idiota? —le preguntó Asuka a sus espaldas—. Sí no hubieras estado coqueteando como un estúpido te habría encontrado más rápido. ¿Qué demonios crees que estabas haciendo?

       Shinji se volvió hacia ella.

       —Hola, Asuka… yo.

       —No digas nada —le interrumpió la chica ásperamente—. ¿Quién era esa zorra?

       El chico bajó la mirada algo sonrojado.

       —Es… una amiga que… .

       —¿Amiga? —Asuka rió sarcásticamente—. ¿Quién querría ser amiga de alguien como tú?

       Shinji alzó el rostro, compungido. Las palabras burlescas de su “amiga” habían caído como una daga fría en su corazón. En ese momento, una joven de cabello color azul y mirada serena se acercó hasta donde ambos estaban conversando. Tan pronto Asuka la vio llegar, guardó completo silencio y se dio la vuelta para darle la espalda.

       —Ayanami —murmuró Ikari, reconociendo a la chica—. ¿Vienes con nosotros?

       La joven de cabello azul asintió levemente con la cabeza.

       —Sí.

       El trío de chicos echó a caminar por la calle. A lo lejos, el general Kymura estaba sentado en un automóvil negro, observándoles con una sonrisa malévola. Dio una última calada al cigarrillo y lo arrojó a la calle. La ventanilla eléctrica del coche subió, y el general se alejó.

       Águila Real 1

       Siguiendo las indicaciones del príncipe Saulo, la flota de naves aliadas redujo su velocidad dentro de las fronteras del sistema estelar Adur. Aquel lejano sistema binario estaba compuesto por cinco enormes planetas. Sólo uno de ellos estaba habitado, pero todos eran dominados por N´astarith.

       —¡¿Qué diablos estás pensando, Saulo?! —gritó Rodrigo exaltado—. Este sistema esta dentro de los dominios del imperio de Abbadón. Sí nos quedamos aquí nos matarán.

       Dai, que como todos sus amigos no entendía ni una sola palabra de lo que decía Rodrigo, se rascó la mejilla . Simultáneamente, Andrea y los otros, con excepción de Cadmio, llevaron sus miradas hacia el príncipe en espera de su reacción.

       Saulo alzó una mano y repuso tranquilamente.

       —Calma, no todo es como parece —se levantó de su puesto y comenzó a caminar hacia la ventana del puente, dando la espalda a todos—. El rey Lazar de Adur nos ha proporcionado el mejor escondite para resguardarnos del imperio. El tercer mundo de este sistema esta deshabitado y es ahí donde se encuentra el Consejo de Líderes de la Alianza Estelar.

       Andrea echó una rápida mirada al primer planeta que se mostraba ante ellos.

       —De manera que contrario a lo que el imperio cree, los habitantes de Adur están con la Alianza Estelar, ¿no? —hizo una pausa—. Bien —añadió—. Pero ¿acaso no hay presencia militar en este lugar?

       Saulo se giró hacia ella.

       —La presencia imperial es temporal en este sistema. Los adurianos han sabido como ganarse la confianza del imperio y es por esta razón que las fuerzas de N´astarith sólo realizan inspecciones cada dos ciclos lunares estándar. Eso nos da tiempo para mantenernos escondidos.

       Las naves continuaron avanzando hasta llegar al cuarto planeta del sistema. Conforme se iban acercando al lado dominado por la noche, todos pudieron contemplar con lujo de detalles una gigantesca nave espacial de treinta kilómetros de largo.

       Rodrigo se talló los ojos sin dar crédito a lo que veía. Aquella inmensa fortaleza espacial era más grande que un Devastador imperial. Flotando en torno a ella había cientos de cruceros, destructores, acorazados, Águilas Reales y cientos de tipos de cazas estelares.

       —La astronave Churubusco, la más grande de todas la flota —dijo Saulo orgullosamente—. Su nombre significa “El hogar de los dioses guerrero”. Ahí es donde se aloja el Consejo de Líderes y el cuartel general de la Alianza Estelar.

       —¡Es tan enorme! —murmuró Dai.

       Poppu, Leona y Marine corrieron hacia la ventana frontal para mejorar su visión. A pesar de que Lance y Eclipse ya les habían explicado varias veces por que el espacio exterior era oscuro como la noche, ninguno de ellos todavía podía acostumbrarse a no ver un cielo azul.

       —Esa cosa es inmensa —masculló Poppu colocando sus manos sobre el ventanal.

       Leona lo imitó y, tras un instante, se volvió por encima del hombro para mirar a Saulo.

       —¿Es ahí a donde vamos?

       Saulo le regaló la mejor de sus sonrisas y asintió.

       —Sí, una vez que lleguemos los llevaré a conocer nuestro Santuario.

       El Águila Real 1 disminuyó su velocidad y se introdujo en uno de los muelles de la astronave Churubusco. Las demás naves y destructores tomaron diferentes posiciones dentro de la flota aliada y se estacionaron.

       La nave plateada se posó sobre el hangar de descenso con una suave sacudida y sus abrazaderas antigravitatorias se cerraron sobre ella. Saulo hizo un gesto con la mano para indicarles a todos que había llegado la hora de descender.

       La escotilla se abrió, la rampa de abordaje descendió y Dai, Hyunkel, Leona, Marine, Andrea, Mariana, Saulo, Poppu, Rodrigo y Cadmio salieron. Dai, como el resto de sus amigos, dedicó los primeros minutos en concentrarse para no quedar abrumado por lo que veía, lo que fuera de la nave resultaba doblemente difícil.

       Tres hombres vestidos con ropajes distintivos se acercaron a recibirlos, flanqueados por un contingente de guardias. Saulo miró al dignatario de rostro bondadoso y ojos llenos de preocupación. El Rey Lazar, el monarca de Adur, se inclinó ante él, con las manos entrelazadas bajó su túnica verde azulada.

       —Nos alegramos de volver a verlos, príncipe Saulo —declaró con una sonrisa mientras se erguía—. Veo que habéis vuelto con la reina Andrea. Permítanme presentarles a Uriel, uno de los miembros de más reciente admisión dentro del Consejo de la Alianza.

       Uriel era un joven de tres mil años de edad, aunque gracias a su ascendencia meganiana aparentaba una edad terrestre de veinte años. A diferencia de Lazar, portaba una armadura azul que cubría casi la mayor parte del cuerpo.

       —Encantado de conocerlo, Uriel —dijo Saulo con una leve sonrisa—. Dada nuestra situación, estoy seguro que sabrá ser un apoyo para todos nosotros.

       Uriel le sostuvo la mirada sin moverse ni un milímetro.

       —Es posible, príncipe, pero quizás no le agrade saber que no comparto su opinión de como se originaron los trágicos sucesos que ahora envuelven a nuestra galaxia.

       —Pues creo que será interesante conocer vuestra postura —respondió Saulo al cabo de unos momentos. Se volvió por encima del hombro hacia la princesa Leona y le hizo un gesto con la mano para indicarle que se acercara—. Princesa, permítame presentarle al rey Lazar, a Uriel y al general Cariolano, éste último es el almirante en jefe de todas las fuerzas aliadas.

       Cariolano era un hombre alto, de cabello oscuro y con una presencia que intimidaba. Su porte y voz eran imponentes.

       —Encantado de conocerla, princesa Leona. Bienvenida al Churubusco.

       Leona asintió con una leve sonrisa.

       —Gracias… .

       —La princesa y sus amigos son unos visitantes muy especiales —señaló Saulo—. No quisiera que esto sonara tan drástico, pero me temo que debo solicitar que el Consejo de Líderes de la Alianza de inicio a una sesión especial.

       Lazar reflexionó en silencio antes de responder.

       —¿Una sesión especial? —preguntó intrigado—. ¿Se puede saber el motivo?

       Esta vez fue la reina Andrea quien intervino.

       —Su majestad, quizás esto le parezca una locura, pero N´astarith ha descubierto el legendario Portal Estelar y en este momento se encuentra reuniendo las doce sagradas.

       Lazar la miró fijamente.

       —¿Estáis segura de lo que afirmáis? Es algo un tanto difícil de creer.

       —Eso es verdad —convino Uriel—. ¿Cree que vamos a aceptar todo lo que nos diga como cierto a sabiendas de usted que ha ocultado muchas cosas? Me parece una tontería.

       —La única tontería es escucharlo a usted —se oyó decir a Eclipse mientras éste bajaba por la rampa de abordaje seguido de cerca por Lance—. ¿Quién es este tipo tan extraño? —preguntó, acercándose por atrás de la reina de Lerasi—. ¿Acaso un burócrata más?

       Uriel le dedicó una mirada cargada de desprecio. Iba a responderle enseguida, pero la intervención del soberano de Adur lo obligó a aguardar.

       —¿Quién es él? —preguntó Lazar dirigiéndose a Andrea—. ¿Acaso es de los vuestros?

       —Él es Eclipse, su majestad —respondió Andrea tranquilamente—. Un Espía Estelar que me ha traído información referente a los planes de N´astarith. Él junto con Lance viajó a otra dimensión y es testigo de todo lo que he expuesto.

       Saulo se volvió hacia Eclipse y Lance. Sabía que la única manera de convencer a Lazar era mostrándole aunque fuera una sola prueba, algo tangible.

       —¿Tuvieron éxito en descifrar la información del cartucho?

       Lance y Eclipse se miraron un momento y luego volvieron la vista hacia el príncipe de Endoria. El Espía Estelar fue el primero en tomar la palabra.

       —Sí. Dentro del cartucho existe toda un complicado banco de datos codificado en lenguaje binario. Nos tomó algo de tiempo traducirla, pero finalmente pudimos hacerlo gracias… .

       —Habla en cristiano —le interrumpió Rodrigo fastidiando como de costumbre.

       —La información contenida dentro del cartucho consiste una serie de claves que nos pueden servir para calibrar nuestros rastreadores y detectar cualquier clase de ondas transwarp que emitan las puertas dimensionales formadas por el Portal Estelar.

       —¿Y eso de que demonios nos va a servir? —Rodrigo estaba harto de todo aquel tecnicismo científico—. Pensé que la información contenida en ese mugroso cartucho serviría para impedir que el imperio consiguiera las dichosas gemas.

       Lance sonrió. Esa pregunta le daba oportunidad para lucirse un poco.

       —Cada vez que nuestros enemigos usan el Portal Estelar se crea una puerta dimensional de casi cien kilómetros de diámetro, ¿verdad? —continuó—. Estas puertas son tan enormes que producen leves disturbio en el campo cuántico. Con la información del cartucho podremos averiguar el destino de esas puertas.

       Saulo se acarició levemente la barbilla en un gesto pensativo.

       —Ya entiendo y de esta forma podremos saber hacia que dimensión se dirigen nuestros enemigos, ¿no? —hizo una pausa y se giró hacia Lazar, Uriel y Cariolano—. ¿Qué opina, majestad? Mi intención es exponer todo esto ante el Consejo de Líderes de la Alianza.

       Cariolano y Lazar aún guardaban muchas dudas al respecto. Les costaba trabajo creer que todo ese asunto del Portal Estelar y las doce gemas era una terrible realidad, pero sí lo que Saulo, Andrea y los demás decían era cierto, era la hora de iniciar la acción.

       —De acuerdo, convocaré a una sesión especial —anunció Lazar—. Expondrán todo esto frente al Consejo y ruego al Creador que las cosas salgan bien.

       Lazar y Saulo continuaron hablando por unos momentos, y Dai, que estaba detrás de Lance, se preguntó que habría sido de aquel otro joven herido durante la batalla en Noat.

       Cuando la enfermera entró en el camarote, Asiont ya había terminado de cambiarse de ropa. Vestía el mismo tipo de prendas que Cadmio y Astrea. La enfermera se acercó por detrás de él.

       —Disculpe, joven, pero me temo que aún no esta dado de alta.

       Asiont se volvió para mirarle por encima del hombro.

       —Le agradezco sus cuidados —sonrió mientras se cerraba el cinturón negro—. Pero tengo asuntos urgentes y mientras más pronto me dedique a ellos mejor.

       La jovencita lo miró fijamente y al cabo de un instante dijo:

       —Esos atuendos… ¿tú eres uno de los Caballeros Celestiales, verdad?

       Él se volvió hacia ella.

       —Aprendiz —le corrigió—. Pero eso cambiará pronto con el favor del Creador —hizo una pausa y se miró un hombro—. Mis heridas están restablecidas por completo, creo que esa cámara de recuperación hizo un excelente trabajo.

       —Pues por un momento pensamos que usted no sobreviviría. Cuando lo trajeron a bordo estaba muy mal. Sé que se enfrentó a los Khans. El fue algo muy valiente.

       —Sí… valiente —Asiont bajó la mirada por un momento y recordó lo sucedido. Realmente no había sido de mucha ayuda a la batalla y sentía culpable. Sí estaba vivo era gracias a su amada Astrea—. Disculpa, ¿no trajeron también a una joven de cabello rubio vestida con estos atuendos?

       La enfermera lo miró .

       —¿No lo sabes? —preguntó temerosa—. Durante la batalla en Noat… —titubeó. No sabía sí era lo más conveniente decirle la verdad—. Yo… .

       —Astrea murió, ¿verdad? —dijo Asiont, terminado la frase por ella con los ojos enrojecidos—. Tu mirada dice más que tus palabras… 

       Se sentía abatido, derrotado. Durante su recuperación había rogado por que todos salieran a salvo de aquella batalla. Apretó los puños mientras algunas lágrimas escurrían de su rostro, pero se dio la vuelta para que no lo vieran.

       La enfermera no supo que decirle. Se le quedó mirando por un momento y luego bajó la cabeza.

       La cápsula funeraria ya había sido lanzada al espacio llevando dentro de sí el cuerpo sin vida de Astrea. Delante de una enorme ventana que iba del suelo al techo, todos observaban como la cápsula funeraria se dirigía hacia uno de los dos soles del sistema. La reina Andrea permanecía inmóvil junto a su hija Mariana, Dai, Rodrigo, Lance, Cadmio, Hyunkel, el príncipe Saulo, el rey Lazar, la princesa Leona, Marine, Eclipse, Poppu, el capitán Arenth y una guardia de honor compuesta por veinte soldados endorianos.

       Una Celestial de nombre Casiopea presidía el funeral. Ella era hija del rey Eolo del planeta Francus y era una de las guerreras más respetadas debido a su sabiduría y habilidad. Su joven rostro reflejaba una gran hermosura.

       Asiont estaba sumido en sus recuerdos. Toda su vida había convivido con Astrea y nunca se había atrevido a confesarle sus verdaderos sentimientos hasta el último momento. Ahora ella se había ido y aunque sabía que volvería a verla en otra existencia más pura y espiritual, no podía dejar de sentirse mal.

       Armagedón

       En el laboratorio principal de la enorme estación espacial, Zocrag y dos científicos más permanecían inmóviles ante un holograma de N´astarith. Los ayudantes de Zocrag evitaban mirarlo directamente.

       —¿Qué demonios sucede ahora, Zocrag? —preguntó el señor de Abbadón—. La expedición de Sombrío ya debería haber vuelto. Sabes que detesto las demoras.

       El científico descubrió que tenía la garganta tan seca que por un instante fue incapaz de hablar.

       —Eh, bueno, lo que sucede es que hubo una falla en los generadores de energía con los que alimentamos al Portal Estelar, gran señor.

       —¿Una falla? —repitió N´astarith con un tono suave y tranquilo—. Repárala enseguida. No tenemos tiempo que perder con esas tonterías.

       Zocrag tragó saliva con dificultad y dijo con un hilo en la voz;

       —No es tan fácil, señor. Tenemos energía suficiente para regresar a la última expedición, pero me temo que luego deberemos esperar al menos nueve ciclos solares antes de volver a usar el Portal Estelar.

       —¿Qué estás diciendo? —siseó amenazadoramente el emperador—. Arreglen esa falla cuanto antes.

       —Haremos lo posible, pero debemos tener cuidado o de lo contrario podríamos producir una falla mayor. Necesitamos al menos nueve ciclos solares para restablecer las conexiones —respondió Zocrag con una voz estrangulada por la tensión—. Se lo aseguró, gran señor.

       —De acuerdo, Zocrag —asintió N´astarith—. Abre la puerta para que Sombrío y los demás regresen… No quiero más errores.

       El holograma tembló y desapareció, sumiendo en silencio el laboratorio.

       Astronave Churubusco

       Tan pronto como el funeral terminó, Saulo condujo a Dai, Andrea y los otros, con excepción de Asiont, hasta uno de los tantos laboratorios de la inmensa nave. El doctor Dreyfus era el director de investigaciones al servicio de la Alianza Estelar. Aparentaba la edad terrestre de cuarenta y cinco años, pero en realidad tenía unos quinientos años. Su abundante pelo gris le llegaba a la altura de los hombros.

       —Bienvenido, príncipe —dijo cordialmente—. Como lo ordeno, ya analizamos la información que nos proporcionó.

       —Excelente, doctor —respondió el príncipe al tiempo en se volvía hacia todos—. Tal como dijiste, Lance, la información contenida en el cartucho nos ha ayudado a programar nuestras computadoras. Ahora podremos detectar cuando N´astarith accione el Porta Estelar nuevamente por medio de las ondas transwarp.

       —Disculpen —intervino Poppu—. Pero no entendemos nada. ¿Serían tan amables de explicarnos un poco de lo que están hablando?

       Lance giró el rostro hacia el joven mago.

       —Es sencillo, amigo, cuando nuestros enemigos vayan en busca de las demás gemas, estas máquinas nos lo indicarán… .

       Mientras Lance recurría a miles de metáforas comparativas para explicarle a Dai y su grupo como funcionaban aquellos artilugios que llamaban computadoras, Eclipse empezó a husmear en los ordenadores del laboratorio. Una luz roja e intermitente en un panel de control atrajo su atención. Unos monitores se encendieron de golpe mostrando una cantidad increíble de datos.

       —Vaya ¿qué será esto? —preguntó para sí. Alargó el brazo y se dispuso a experimentar con los botones y las palancas—. Vemos que pasa sí… .

       Apenas se dio cuenta de lo sucedido, Dreyfus apartó violentamente a Eclipse para luego mirar los controles con una mezcla de detenimiento y ansiedad. No había ningún error, la computadora estaba registrando perturbaciones en el campo cuántico. Otros científicos se arremolinaron alrededor de Dreyfus.

       —¡Oiga, no me empuje, viejito! —exclamó Eclipse molesto.

       Dreyfus se volvió furioso contra el Espía Estelar. Ciertamente le molestaban los comentarios sobre su edad.

       —Viejos los cerros, ignorante —guardó silencio y se giró apresuradamente hacia Saulo y los otros. Su corazón se aceleraba de emoción—. Príncipe, están usando el Portal… .

       —¿Tan pronto? —preguntó Andrea desconcertada—. Esos infelices sí que trabajan rápido.

       Saulo se aproximó a los ordenadores, luego de observarlos detenidamente por unos momentos se volvió hacia Dreyfus para interrogarlo.

       —¿Está seguro, doctor? ¿No habrá una falla?

       El científico se volvió hacia los controles donde tecleó una secuencia numérica y asumió el control de varias antenas receptoras. Al leer los datos de entrada, las antenas volvieron a la posición exacta en la que estaban al inicio de la perturbación.

       —Esta confirmado, príncipe. En estos momentos se está abriendo una puerta a otro universo —se hizo a un lado para que todos pudieran mirar los ordenadores—. Los datos que recogen los monitores nos muestran las ondas transwarp que emite la puerta.

       Saulo permaneció en silencio con las miradas puestas en él. Al cabo de un momento concluyó:

       —Sí tenemos las coordenadas exactas, entonces sería posible enviar una Águila Real a realizar una misión de reconocimiento… .

       —Perfecto —exclamó Cadmio, que acababa de entrar—. Envíame a mí, tengo deseos de buscar a un Khan para partirle la cabeza en dos.

       El príncipe de Endoria giró el rostro hacia su viejo amigo y lo miró fijamente. Había un destello de odio en sus ojos.

       —Olvídalo, Cadmio —negó con la cabeza—. No voy a enviarte en esas condiciones… .

       —¿Ah no? —le interrumpió bruscamente—. ¿A quien enviarás? ¿A ese idiota de Asiont?

       —Yo podría ir —todos se volvieron hacia la joven princesa de Lerasi para mirarla—. Envíenme a mí.

       —¡Por el Creador! —exclamó Andrea—. Hija, esto es demasiado peligroso.

       Mariana suspiró.

       —Es sólo una misión de reconocimiento —dijo, echando una mirada a Leona, que la observaba preocupada—. No vamos a entrar en batalla ni nada por el estilo, ¿ vale ?

       —Eso es verdad —asintió Saulo—. No tenemos la manera de saber sí sólo están regresando a una de sus naves o enviándola hacia esa dimensión. La misión sólo iría a recabar datos y a averiguar sí en realidad están tras las gemas de la leyenda.

       —Yo iré —insistió Cadmio—. Soy el más apto para esta misión.

       Poppu miró con enfado a aquel pedante engreído.

       —Oye, quizás te olvidas de nosotros.

       El Celestial le dedicó una mirada llena de desdén. Algo parecido a una sonrisa burlona se asomó en sus labios.

       —¿Ustedes? Por favor, no me hagan reír. Son sólo estorbos y lo mejor que pueden hacer es hacerse a un lado

       El joven mago cerró los puños con furia y avanzó un paso inmediatamente.

       —¿Cómo que estorbos? —preguntó desafiante—. Por sí no lo sabes, Dai pudo hacer huir a uno de esos guerreros. Creo que sólo eres un hablador.

       Cadmio se dirigió hacia Poppu para encararlo. Había algo amenazador en aquel hombre y Poppu sintió que se le secaba la garganta. Tragó saliva.

       —Muy bien, mocoso. Quizás no lo entiendas todavía, pero esos guerreros llamados Khans pueden destruir planetas enteros. Uno solo de ellos tiene el suficiente poder para volar esta estúpida nave con todos nosotros adentro y mandarnos al mismo infierno —Y acercándose hasta casi rozarse con él, continuó con burlona cortesía—. Me imagino que alguien tan “poderoso” como tú sabrá entender esto, ¿no?

       Poppu estaba a punto de mojarse en los pantalones. Había algo en Cadmio que le decía que era capaz de matar a cualquiera de ocho maneras diferentes sólo con mover las cejas. Y que no sólo era capaz, sino que lo haría llegado el momento. Poppu se estremeció.

       —Oye, tú, deja a Poppu en paz.

       Tanto Cadmio como el mago se giraron para observar a la princesa de Papunika.

       —Vaya, ahora viene tu hermanita a defenderte —se burló el Celestial—. No puedo creerlo ¿cómo es que trajeron a estos inútiles con ustedes?

       Eclipse frunció el entrecejo, irritado.

       —Oiga, cálmese… usted se cree el papá de los pollitos —dijo, uniéndose a la discusión—. Quizás ellos no sean tan fuerte como usted, pero son muy valientes… .

       Cadmio alzó las manos en un gesto de burlona provocación.

       —¡Fantástico! Ahora resulta que un imbécil Espía Estelar nos va a decir cómo ganar esta maldita guerra. ¡Esto es genial!

       Saulo no replicó. Eclipse, en cambio, exclamó con indignación:

       —¡Te estás pasando de la raya, payaso!

       Cadmio no le hizo el menor caso. En realidad le importaba muy poco lo que aquel enmascarado pudiera opinar de él.

       —Hermano —Lance avanzó unos pasos hacia él.

       Sin embargo Cadmio no se arredró y siguió hablando.

       —No sé cómo rayos se les ocurrió incluir en esta guerra a un montón de mocosos que no sirven para nada. Esta bien que necesitamos voluntarios, pero por el Creador, ¿cómo se les ocurren estas estupideces?

       La princesa Leona se plantó delante de él.

       —¡Ya cierra la boca, presumido!

       El Celestial dejó escapar una carcajada despectiva y se dio la media vuelta.

       Hyunkel, que hasta ese momento había permanecido indiferente a la situación, avanzó unos pasos y exclamó en forma de amenaza:

       —Quizás quieres que te muestre que no somos tan inútiles.

       —¿En serio quieres probar? —masculló Cadmio, volviéndose lentamente hacia el Caballero Inmortal  mientras formaba una esfera de luz en una de sus manos—. Voy a regresarte de vuelta a tu dimensión en pedazos.

       La situación había llegado demasiado lejos. Saulo entró a detenerlos.

       —¡Cadmio, basta! Ya estuvo bueno, comprendo que te duela la muerte de Astrea. A mí también me duele, pero ese no es motivo para que te comportes así. Eres un Caballero Celestial antes que nada. ¡Compórtate! Aunque no sean guerreros poderosos no tienes porque discriminarlos. Esta es una lucha de todos.

       El príncipe de Endoria agitó su dedo frente al rostro del orgulloso Celestial, quien lo miraba ferozmente. Mariana, dándose cuenta de lo que podría suceder, caminó hasta ellos y agarró a Cadmio.

       —Por favor, cálmate —le susurró Mariana.

       La intervención de la princesa de Lerasi probablemente evitó una batalla campal en el laboratorio. Verla apartar a Cadmio hizo que todos olvidaran su ira por unos momentos. Saulo sabía que era hora de volver a lo importante. Tomó aire, respiró hondo y dijo:

       —Bueno, Mariana ¿podrías hacerte cargo de la misión?

       La princesa lo miró y asintió con la cabeza.

       —¿Puede venir Cadmio conmigo? Quizás necesite ayuda.

       Aquella pregunta pilló por completo a Saulo, quien no sabía que responder. Estaba convencido de que su viejo camarada estaba alterado por la pérdida de Astrea y que sí lo dejaba ir podía cometer una estupidez. Sin embargo, también estaba consciente de que sí le negaba participar en esa misión, probablemente le daría muchos problemas hostigando a cuantos se cruzaran en su camino, un problema que no podría atender ya que debía prepararse para comparecer ante el Consejo Supremo. Quizás no era tan mala idea dejarlo ir, después de todo, Mariana podría necesitar ayuda sí se topaba con algún imperial.

       —De acuerdo, Mariana, pero tú irás al frente —hizo una pausa y miró fijamente a Cadmio—. Es sólo una misión de reconocimiento.

       Cadmio desvió la mirada hacia un costado. Era como sí de pronto hubiera entendido lo terrible de su comportamiento y quisiera evitar aquella mirada de reproche que Saulo le estaba lanzando.

       —Esta bien, sólo reconocimiento —fue lo único que dijo, pero sin volver la vista.

       El príncipe se dio la vuelta para dirigirse al doctor Dreyfus.

       —Preparen el Aguila Real 16 para una misión.

       Dreyfus asintió levemente con una inclinación y se volvió a sumergir en los ordenadores.

       —Yo también quisiera ir —terció Hyunkel, dando un paso al frente—. Quisiera conocer más acerca de sus máquinas y también poder ayudar en algo.

       Saulo giró el rostro hacia él. Aunque no era tan poderosa como la de Dai, el aura de Hyunkel denotaba una gran fuerza de voluntad.

       —Está bien, pero ten cuidado, los guerreros de N´astarith son extremadamente poderosos. No te confíes.

       Cadmio se cruzó de brazos y alzó los ojos en señal de hastío. Eclipse y Lance lo miraban detenidamente en espera que de un momento a otro protestará nuevamente por la decisión de incluir a Huynkel en la misión. Sin embargo los segundos transcurrieron sin que nada ocurriera.

       Armagedón

       Las puertas de acceso al salón del trono se abrieron dando entrada al emperador Zeiva y a Sepultura. N´astarith ya los estaba esperando. Sentado en su trono, con Tiamat a un costado y el almirante Mantar en el otro, el emperador de Abbadón aguardaba pacientemente a que los recién llegados subieran por las escaleras que subían al trono mientras los observaba fijamente.

       —¿Qué noticias me traen del plantea Noat? —preguntó N´astarith con voz lenta y silbante—. ¿Han matado a los Celestiales?

       José tragó saliva con dificultad. Debía cuidar bien lo que dijera o de lo contrario corría el riesgo de cargar con toda la culpa de lo ocurrido durante la batalla en Noat.

       —Logramos aniquilar a una , gran señor —José sabía que debía empezar por lo bueno, dejando al último las malas noticias. Resaltar lo conveniente y minimizar los errores debía ser su estrategia. Después de todo, llevaba años practicando la política en Endoria y sabía cómo actuar en momentos como esos—. Había otro Celestial que quedó con vida, pero lo dejamos al borde la muerte. Lo más seguro es que ya este muerto para este momento.

       N´astarith no dijo nada y continuó mirando fijamente a José, quien estaba sin saber qué hacer.

       —¿Que ha sido de las naves fugitivas? 

       —Destruimos a una, gran señor, pero en el último momento sufrimos una deserción. Una de nuestras naves se puso en nuestra contra en el instante en que cientos, quizás miles de naves aliadas llegaron a rescatar a sus compañeros en una batalla terrible… .

       Sepultura no pudo evitar fruncir el entrecejo mientras escuchaba al emperador de Endoria hablar de miles de naves enemigas. José mintió. En realidad no habían pasado de treinta el número de naves atacantes.

       —… y así fue como pudimos escapar, gran señor, pero antes de eso, logramos infringirles miles de bajas —dijo José, y con ello terminó un relato que bien podría ser calificado como fantasioso por cualquiera que no fuera tonto.

       Tiamat y Mantar se miraron entre sí sin creer una sola palabra del cuento expuesto por el terrestre. El líder de los Khans volvió la vista hacia Sepultura, quien permanecía impasible a lado de José.

       —Lilith y Sigma están muertos, ¿no? 

       El Khan de la Muerte avanzó un paso y asintió.

       —Sí, parece que Lilith murió durante la batalla contra la Celestial —hizo una pausa y volvió la mirada hacia José por un momento—. Como dijo el emperador Zeiva, sólo había dos Celestiales en el planeta. La chica era la más fuerte y fue quien se enfrentó a Lilith. Aunque parezca difícil de creer, esa Celestial tenía un nivel de batalla similar al de Lilith. Para combatirla, Lilith recurrió a la técnica Darkness Reborn para incrementar sus poderes. En el último momento, la Celestial la derrotó.

       —¿Qué sucedió con el otro? —preguntó Mantar sin darle ninguna importancia a la suerte de la Khan de Selket.

       —Quedó sumamente herido durante la batalla. De hecho es probable que este muerto —respondió Sepultura con naturalidad—. Sin embargo, hay algo más que debo decirle. Durante la lucha con los Celestiales, apareció un niño con un gran poder.

       —¿Un niño de gran poder? —repitió Tiamat—, ¿acaso se trata de otro Celestial?

       N´astarith, por su parte, permanecía en completo silencio mientras escuchaba atentamente.

       —No, no era un Celestial —dijo Sepultura en tono pensativo—. Según escuché de Sigma, ese niño era un guerrero proveniente de la dimensión en donde se encontraba la gema sagrada. Junto con él había un Espía Estelar, un sujeto en armadura de batalla y otros cuatro con habilidades diferentes.

       Mantar se giró hacia N´astarith.

       —Los mismos que describió Isótopo. Al parecer no los mataron como supusieron y vinieron hasta nuestro universo con ayuda de esos gusanos de la Alianza Estelar.

       N´astarith reflexionó unos segundos antes de hablar. Cuando finalmente lo hizo, todas las miraras estaban puestas en él.

       —Lilith y Sigma pagaron el precio de su estupidez con la muerte —siseó despectivamente—. No importa que los miembros de la Alianza Estelar hayan escapado de Noat, su fin puede demorar un poco más.

       Entretanto, José Zeiva tragó saliva con dificultad y se limpió el sudor de la frente. No podía acabar de creerlo, pero milagrosamente había conseguido salvar su vida una vez más.

       Continuará… .

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