Leyenda 122

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO CXXII

DESCUBRIENDO EL PASADO

        Denonte caminó por aquella vereda escarpada y difícil que lo condujo hasta una oscura montaña donde sus muros disimulaban la entrada a una gruta. En ella había dos columnas talladas en la misma roca. Entró al interior y recorrió un túnel de piedra que se iba estrechando a medida que avanzaba por éste. Era un sendero tenebroso que parecía no tener fin donde sólo reinaban las tinieblas. Escenas pintadas de colores vivos decoraban las paredes donde horribles figuras humanas con colas de reptil se retorcían y le pedían que regresara. Un viento helado soplaba a su alrededor. Cualquier otra persona hubiera preferido dar media vuelta y salir de ahí, pero ese no era el caso de Denonte. Él era un miembro del Consejo de los Centinelas y por lo tanto tenía plena conciencia de su deber. El viento susurraba a sus oídos lamentos de dolor y sonidos que se convertían en palabras. Denonte se detuvo y sonrió.

        —”Abandonad toda esperanza aquellos que caminan por aquí”, un sarcasmo innecesario ya que no es la primera vez que recorro este sendero.

        —Pero sabes que hasta aquí puedes llegar, no más —repuso una voz que en cada palabra sonaba terriblemente a dolor y sufrimiento, pero aun así, Denonte no manifestó ningún temor—. Ir más lejos implicaría perder algo más que la vida, pues caerías en la oscuridad donde tu carne y tu mente quedarían expuestas a mi mirada.

        —Sabes bien que mi nombre significa “el que no teme” —dijo el Centinela.

        —Tal vez no conoces el verdadero temor, sigue adelante y lo conocerás —lo retó la voz cavernosa que surgía de las tinieblas—. Insensato, deberías recordar que te encuentras ante la presencia del rey de los espíritus y de la Existencia, el lucero de la mañana y de la noche.

        —No has dejado de ser melodramático —replicó Denonte—. No pienso discutir porque no vine a probarte nada, sino a establecer algunos asuntos pendientes.

        —Sé perfectamente a que has venido, pero no puedes intervenir. No es tu momento, ni se ha roto el pacto. Los Centinelas deben mantenerse al margen de lo que está ocurriendo como siempre lo han hecho. Es lo que cualquiera calificaría como una deliciosa ironía.

        El Centinela miró fijamente hacia la oscuridad.

        —Nuestro trabajo no se limita a mantener a los Primordiales encerrados. La armonía del universo se ve afectado por tus acciones. Sabemos que eres tú la fuente de la inspiración de N´astarith.

        —¿Así que piensas que N´astarith es el único? —dijo la voz haciendo temblar la gruta y toda la montaña—. Tengo muchos servidores esparcidos por toda la Existencia esperando una oportunidad. En donde quiera que haya discordia, guerra, egoísmo, ira, codicia, rencor, soberbia, envidia, asesinato, avaricia, hambre o dolor siempre habrá un hijo mío.

        —Y muchos de ellos han caído ya —le recordó Denonte—. Lo sabes bien, pero han provocado mucho dolor donde quiera que han actuado.

        —¿Acaso es mi culpa que los hombres posean una voluntad tan endeble? Sólo les ofrezco la posibilidad de convertirse en dioses si me adoran y desdeñan al Creador que los hace sufrir. Yo no hago que pasen las cosas, simplemente preparo todo y espero pacientemente. Los Centinelas deberían darme las gracias por ayudar a los hombres a conocer la evolución espiritual.

        —No he venido a discutir nuevamente sobre lo que entendemos por evolución espiritual. Tú representas lo contrario, pero mientras se mantenga el pacto, no intervendremos a no ser que tú lo provoques y sabes a que me refiero. Le temes a los hijos del caos primigenio como cualquier otro y eso no te hace diferente

        —Yo, que he desafiado al mismo Creador y a Mediador, soy incapaz de sentir temor como los seres inferiores. Mi objetivo es gobernar la Existencia entera y N´astarith me permite hacerlo con sus obras. Ahora habla, ¿qué es lo que quieres?

        —Lo de siempre —contestó Denonte—. Cualquier indicio de intervención directa tuya será interpretado como un rompimiento del pacto e intervendremos.

        Una carcajada maligna se hizo escuchar por todas partes.

        —¿Me amenazas? ¿Acaso mi intervención no ha sido tan directa como la de ustedes? ¿Qué les da derecho a violar el pacto y ahora exigir el cumplimiento de mi parte? ¿No fueron ustedes quienes sabían que el Guerrero Káiser despertaría?

        —Tú también y eso era lo que querías —afirmó el Centinela—. Tu objetivo es y siempre fue que el Guerrero Káiser despertara. Eso traería la conflagración apocalíptica que siempre has buscado, pero como dije, cada uno sabe muy bien las intenciones que nos mueve y no voy a discutirlo. Sólo te pido que dejes que las cosas sigan su curso como hasta ahora. Limitaremos nuestra intervención a aliviar el dolor y el sufrimiento de los mundos afectados e incluso haremos evacuaciones.

        —Vaya, que bien —se mofó la voz en medio de una risilla—. Los compasivos Centinelas tratarán de ayudar a sus semejantes. Me pregunto si eso no constituye una intervención directa.

        —Tómalo como quieras, pero eso se hará o mejor dicho ya se está haciendo.

        —¿Acaso enviarás a ese centinela llamado Kay Namura?

        Denont asintió.

        —Esa es una decisión que me compete.

        —Me hartan con sus pretensiones —repuso la voz—. Nadie me dice lo que tengo que hacer, nadie me amenaza. Soy el lucero de la mañana y de la noche, soy el soberano de la Existencia, ¿qué te hace pensar que cumpliré con el pacto?

        —Tú conoces el precio, ese fue el tuyo —dijo el Centinela.

        Una serie de imágenes aparecieron en las paredes de la gruta mostrando a las tropas de Abbadón devastando Mystacor sobre los cadáveres de los Centinelas. Denonte observaba la visión con incertidumbre. Las imágenes cambiaron de repente y en éstas aparecía N´astarith coronándose como el señor de toda la Existencia. La voz habló nuevamente de una forma que helaba las venas.

        —Quizá, pero veo que aún no comprendes todo lo que está en juego. El poder que encierra la fuerza del aureus está más allá de lo que imaginas y podría provocar el fin de los centinelas e incluso de los hijos del caos primigenio. No hay nadie en toda la Existencia capaz de detener lo que ocurrirá y pronto te darás cuenta de ello. Gracias a N´astarith podré cumplir mi anhelo y quedar libre de ese ridículo pacto. Construiré mi palacio sobre la estrella del Creador. Pondré mi trono sobre la montaña sagrada que está al final del norte. Subiré a la nube más alta y entonces seré el rey de reyes.

        Denonte dio media vuelta y se retiró en completo silencio en tanto que la ominosa presencia desaparecía entre lejanas risas y voces de dolor.

Astronave Churubusco.

        Las Outer Senshi se encontraban reunidas en los jardines de la nave. Estaban paradas a la sombra de los árboles disfrutando del fresco. Mientras el agua de la fuente corría abundantemente produciendo un agradable sonido, Sailor Pluto y Sailor Saturn escuchaban atentamente el relato de Sailor Uranus. Ésta les estaba contando sobre el breve encuentro con N´astarith, así como de los poderes de Fobos y la destrucción del planeta donde habían estado. Cuando Haruka terminó de hablar, Michiru y Hotaru volvieron la mirada hacia Setsuna para escuchar su parecer.

        —Mucho me temo —comenzó a decir Sailor Pluto—, que la fuerza de este enemigo es mucho mayor de lo que habíamos imaginado en un principio. Nuestros poderes no son lo suficientemente fuertes para enfrentarlo, mucho menos para derrotarlo.

        —Me cuesta trabajo reconocerlo —admitió Sailor Uranus—. Pero ni aunque todas las Sailor Senshi lucháramos al mismo tiempo podríamos vencer a los guerreros de N´astarith. Su fuerza y sus poderes se hallan en unos límites incomparables.

        —¿Qué es lo que podemos hacer? —inquirió Michiru sin dirigirse a nadie en particular—. Jamás dudaría en luchar hasta el final con tal de salvar el mundo o la vida de la princesa, pero de nada serviría perder nuestras vidas si no logramos vencer al enemigo. Para ganar esta difícil batalla necesitaremos algo más que valor.

        —Necesitamos apoyarnos en los demás.

        Sailor Saturn era consciente de que su idea tal vez no iba a ser del agrado de Haruka, pero dada la situación no parecía haber otra salida. Las cuatro Outer Senshi habían atestiguado el inmenso poder de los enemigos a los que enfrentaban y todas estaban de acuerdo en que no podrían vencer por sí solas. Para Sailor Saturn la solución radicaba en confiar en los guerreros de las otras dimensiones. Sólo peleando todos juntos podrían tener posibilidades reales de proteger sus mundos.

        —No me gustaría hacer eso —murmuró Sailor Uranus, atrayendo la atención de Sailor Saturn—. Siempre hemos luchado solas para defender a nuestro mundo y jamás hemos permitido que alguien más interfiera en nuestros asuntos.

        —Pero, Haruka, tú misma lo dijiste —le recordó Sailor Neptune—. La fuerza de este enemigo está más allá de nuestras posibilidades. A mí tampoco me gusta depender de nadie más, pero entiende que no tenemos otra salida más que ésa.

        —Lo sé, Michiru —asintió Uranus de mala gana—. He estado pensando en una forma para que no tuviéramos que involucrarnos con los demás, pero por más que he tratado siempre llego a la misma conclusión.

        —¿Entonces lo aceptas? —inquirió Sailor Pluto.

        Haruka bajó la mirada un instante.

        —La seguridad de la princesa y de la Tierra es más importante que lo que yo pudiera pensar o querer. No me simpatizan los Caballeros Celestiales, ni tampoco confío en ninguno de ellos, pero tenemos que luchar a su lado sí queremos sobrevivir.

        —La princesa confía en ellos —señaló Sailor Pluto.

        —Sailor Moon posee un buen corazón —repuso Haruka—. Ella siempre confiara en todas las personas porque es su naturaleza. A veces no entiendo cómo es que puede ser tan inocente. No todas las personas tienen buenas intenciones.

        —Ese corazón es su gran fortaleza —dijo Sailor Saturn—. Finalmente fue eso lo que derrotó el caos que había dentro de Sailor Galaxia. Tal vez demostrar un poco de confianza no sea tan malo después de todo.

        Resistiendo la tentación de sonreír, Haruka desvió la mirada hacia la fuente de agua como si quisiera olvidar aquella conversación, y después lanzó un suspiro. Aunque había aceptado luchar junto a los otros guerreros, no le resultaba fácil reconocer que necesitaban la ayuda de los demás. Eso estaba bien para Sailor Moon y las Inner Senshi o incluso Hotaru, pero no para ella.

        —Quién diría que sentiría nostalgia por los desafíos del pasado.

Universo-20,017,659
Planeta Mystacor

        Cinco personas integraban el Consejo de los Centinelas, un grupo de veteranos y sabios que procuraban orientar al resto de los miembros de la orden con el objetivo de dirigirlos por la senda adecuada. Los cinco consejeros —El majestuoso Zodiac, el sabio Denonte, el esbelto Jaak, la bella y delicada Estalia y el noble Kurite— se hallaban reunidos para recibir a Kay Namura. Los asientos de los miembros formaban un semicírculo en el centro del enorme recinto y reflejaban la creencia de los Centinelas de que todos los seres eran iguales. Kay entró por la puerta de entrada y dirigió su mirada hacia Denonte y Kurite a sabiendas de que ambos eran dos de los miembros más respetados de todo el Consejo.

        —Paz y dicha, hermanos en el espíritu —lo saludó Kay.

        —Es un placer estar frente a ti nuevamente, Kay Namura —dijo Kurite.

        —He de pensar que nos has llamado por los asuntos surgidos últimamente, ¿no es verdad? —dijo Estalia—. Creemos que toda la Existencia está atravesando un momento crítico. La ambición de N´astarith podría provocar una destrucción como no se ha visto nunca.

        —El Consejo piensa bien —asintió Kay—. Supongo que si bien saben el motivo, conocen también mis intenciones, ¿verdad?

        “Tus intenciones son bastante claras —replicó Jaak a través de un mensaje telepático—. Eres agua, Kay Namura”.

        —Y como agua debo correr, fluir.

        “Los diques lo pones tú mismo —afirmó Jaak—. No nosotros”

        —¿No me lo prohíben entonces? —inquirió Kay.

        Jaak miró a sus compañeros por un momento antes de responder. Todos los miembros del Consejo habían albergado alguna vez dudas respecto a Kay. Temían que éste pudiera excederse en sus funciones como centinela y terminara involucrándose en un asunto ajeno, pero afortunadamente eso nunca había ocurrido. Aquél no era uno de esos Consejos donde los miembros imponían sus dictados a la orden. Los Centinelas elegían a los más sabios para que los dirigieran, y estos tomaban sus decisiones con el consentimiento de todos.

        “No somos una instancia superior, damos consejo y por eso nos llamamos así, pero todos somos iguales”

        —Jaak habla con certeza —murmuró Denonte—. Jamás te hemos prohibido actuar y muy pocas veces has pedido consejo, pero ésa es nuestra función. ¿Quieres un consejo, Kay Namura?

        —Por favor.

        —Haz lo que tu corazón te dice, pero elige el momento.

        —¿Y ustedes? —preguntó Kay.

        —El plan de ayuda ya está en marcha —repuso Zodiac—. ¿Por qué no te haces cargo? Así podrás estar cerca y observar cómo se van desarrollando todo los acontecimientos, pero debes tener mucho cuidado.

        Kay se mostraba dudoso.

        —¿No es eso invitarme a romper el pacto?

        —Tenemos la convicción de que has sido formado bien —lo reconfortó Denonte—. Sabrás respetar las reglas como se debe. Confiamos en tus instintos y en tus acciones, mi amigo, pero es mi deber prevenirte de no subestimar los poderes de N´astarith.

        —¿Cómo he de empezar? —inquirió Kay.

        Denonte y Zodiac intercambiaron una significativa mirada.

        —¿Por qué no empiezas como la primera vez que llegaste a ese lugar? —la aconsejó Zodiac en forma afable—. Estuviste en ese universo hace mucho tiempo y conoces la situación.

        Kay sonrió y se despidió con una reverencia.

Armagedón (Sala del trono)

        Todas las miradas estaban fijas en la pantalla principal y observaban atentamente algunos de los videos que las fuerzas imperiales habían tomado durante las batallas libradas a través de las dimensiones donde se encontraban las gemas sagradas. En aquellas grabaciones digitales estaban contenidos varios de los combates librados entre los aliados de los Celestiales y los guerreros de Abbadón y Megazoar. Los militares abbadonita habían hecho aquellas grabaciones siguiendo el protocolo habitual de recabar toda la información posible sobre cualquier enemigo del imperio. De pronto, Seiya apareció en la pantalla lanzando su Pegasus Ryuu Sei Ken sobre Leinad de Levitán, seguida por una de Son Gohan transformándose en súper saiya-jin. La imagen se congeló mostrando la furia del chico en sus ojos.

        —Creo que con eso es suficiente —murmuró N´astarith—. Como pueden darse cuenta, estos nuevos amigos de la Alianza Estelar son realmente un fastidio. Algunos tienen un nivel aceptable de poder y otros son simples molestias. Han estado siguiéndonos de universo en universo tratando de impedir que nos apoderáramos de las joyas sagradas de los Titanes. Afortunadamente, logramos reunir ocho de éstas mientras que ellos solamente lograron quedarse con tres.

        Astarte dejó escapar una pícara sonrisa y avanzó unos pasos hacia la pantalla.

        —Algunos de ellos son bastante guapos, lástima que tengamos que matarlos.

        —Yo soy mejor que todos esos imbéciles —declaró Sombrío al tiempo que doblaba los brazos para exhibir sus bíceps, pero Astarte ni siquiera lo miró—. Quisiera ponerle mis manos encima a algunas de esas lindas jovencitas. Algunas de ellas estarían muy bien para mi harén personal.

        Aquel comentario provocó la hilaridad de algunos de los presentes. Liria no pudo ocultar su repulsión ante la burlesca actitud de Sombrío, pero sabía que sus compañeros e incluso ciertos militares eran capaces de los actos más viles que alguien pudiera concebir. Para algunos de los Khans, el hecho de que pudieran matar, destruir, robar y raptar personas era un incentivo que los estimulaba a ofrecerse voluntariamente para ciertas misiones y a mantenerse fieles al imperio.

        —Basta de estupideces —exclamó Mantar—. Recuerden lo que les sucedió a Lilith, Sepultura, Belcer y Odrare. Tenga presente eso en vez de estar pensando en tonterías. Acabar con los Caballeros Celestiales será algo muy fácil, pero no podemos olvidar que el Guerrero Káiser ha despertado finalmente y que se encuentra aliados a nuestros enemigos.

        José lanzó un bostezo. No entendía por qué Mantar había hecho referencia al legendario guerrero Káiser. Había escuchado sobre esa historia por primera vez en Endoria hacía muchos años atrás, pero nunca había encontrado evidencia que lo llevara a pensar que aquel mito fuese verdad. Sí bien el Portal Estelar existía, eso no quería decir que también el supuesto Káiser fuera una persona de carne y hueso.

        —¿El Guerrero Káiser? —inquirió José extrañado—. ¿Se puede saber de qué están hablando? Eso no existe, no es más que un cuento de niños inventado por algún ocioso. ¿Qué tiene que ver ese mito ridículo?

        N´astarith no pudo evitar sonreír un poco. Durante años, José Zeiva había sido una de las personas más cercanas a Jesús Ferrer sin siquiera imaginar que éste era en realidad el guerrero legendario mencionado por los antiguos. En verdad se trataba de algo bastante irónico.

        —El guerrero Káiser vive, mi amigo —le aseguró N´astarith—. De hecho, tú lo conoces personalmente desde hace mucho tiempo. Se trata de tu mejor amigo: el príncipe Jesús Ferrer de Megazoar.

        José arqueó ambas cejas, visiblemente sorprendido ante la revelación. Por unos segundos trató de asumir el hecho de que Jesús fuera el legendario Káiser. ¿Cómo podía ser posible? En ese momento, recordó la extraña manifestación de energía que había sentido hace poco y entonces se dio cuenta de lo que ello significaba.

        —No puedo creerlo —alcanzó a murmurar—. Eso-eso no puede ser.

        —En realidad fueron pocos los que lo conocían la verdad —dijo N´astarith, pensando en voz alta—. Creo que ya es hora de revelarles a todos el misterio del guerrero legendario. El sumo sacerdote de Megazoar me contó que el primogénito de Francisco Ferrer sería el gran guerrero Káiser, pero lo que nadie imaginaba fue que la emperatriz meganiana daría a luz a trillizos. Este inesperado hecho provocó que las almas que formaban el espíritu del Káiser se alojaran en los tres hijos de Francisco y por eso los poderes de Jesús permanecieron sellados —comenzó a reír a carcajadas—. Yo sabía que sí el guerrero legendario aparecía, no podría llevar a cabo mis planes y por eso ayudé a ciertos meganianos que odiaban a Francisco. La guerra civil de Megazoar me permitió separar a la familia real y evitar que Jesús se convirtiera en el Káiser.

        —¿Tú interviniste en esa guerra? —preguntó José, aunque ya imaginaba la respuesta.

        —Sólo apoyé al bando que se oponía a Francisco Ferrer —repuso N´astarith, recuperando la seriedad—. Desgraciadamente, la mayoría de los meganianos permaneció fiel a Francisco Ferrer y eso lo ayudó a conservar su corona, pero de todas formas obtuve lo que quería. Sin embargo, sabía que Jesús tarde o temprano descubriría su origen y eventualmente se convertiría en el Káiser, así que luego de alejarlo de su familia, decidí hacer que trabajara para mí.

        José bajó la cabeza mientras ordenaba sus ideas.

        —Ahora comprendo todo. Las piezas encajan perfectamente —alzó el rostro y lanzó una mirada de odio contra N´astarith—. Tú fuiste quién mató a la familia de Jesús y devastó todo el planeta Adon, ¿no es así?

        —Tardaste mucho en descubrirlo, terrestre —intervino Mantar—. Era imprescindible ganarse la confianza de Jesús y qué mejor manera de hacerlo que ayudándolo en un momento tan difícil como la muerte de su familia. Gracias a ti logramos llegar a Jesús.

        —Pero no era necesario asesinar a Kayla y a Kim —replicó José en un arrebato de furia—. ¿Cómo pudiste hacer eso, N´astarith? Le hiciste creer a Jesús que yo había destruido Adon y matado a su familia.

        —Deja de lamentarte por el pasado —resopló la regordeta Cyntial—. Los planes del emperador salieron como esperábamos y tu amigo se convirtió en un buen aliado durante cierto tiempo.

        —Y supongo que también sabían que los traicionaría, ¿no? —murmuró José.

        —En realidad eso fue algo inesperado, pero conveniente —dijo N´astarith con una sonrisa—. Cuando los hermanos de Jesús murieron, éste por fin se convirtió en el guerrero legendario. Ahora posee el poder contenido en las almas del Káiser, pero no le servirá de nada y pronto lo descubrirá.

        —¿Ese guerrero del que hablan es muy poderoso? —inquirió Bórax.

        —Peligroso tal vez, pero no invencible —le respondió Tiamat—. Digamos que no ha tenido el tiempo suficiente para desarrollar sus poderes y esa es una terrible desventaja. Cualquiera de nosotros podría acabar con él en una batalla.

        —¿Creen que Jesús aún está en la flota enemiga? —preguntó Isótopo.

        N´astarith cerró sus ojos y se sumió en sí mismo. Usando el poder de su percepción, el oscuro señor de Abbadón se concentró para localizar la presencia de Jesús Ferrer dentro de su conciencia. Ahora que el meganiano también portaba la fuerza del aureus en su ser, no le sería difícil encontrarlo aunque estuviera del otro lado del universo conocido. Abrió los ojos de pronto y dijo:

        —Que interesante, todo parece indicar que nuestro amigo Jesús Ferrer se encuentra nada más y nada menos que en el planeta Niros. Esto podría confirmar las sospechas de Aicila con respecto a los videntes.

        —Le dije que debíamos tener cuidado, mi señor —se apresuró a decir la Khan de la Arpía—. De seguro fue a ese lugar para consultar a esos videntes. Sí se descubren nuestras intenciones, todos los planes que tenemos se vendrán abajo.

        —Concuerdo con eso, mi señor —convino Malabock.

        La habitación volvió a sumirse en el silencio mientras todos se miraban mutuamente, preguntándose qué es lo que N´astarith haría. Los ojos de los Khans volvieron a posarse en su emperador.

        —Esto nos obliga a actuar con prontitud —El rostro de N´astarith se volvió hacia el Khan de Caribdis—. Allus, ve al planeta Niros inmediatamente y elimina a todos los videntes que encuentres ahí. Sí Jesús Ferrer se cruza en tu camino, entonces quiero que lo mates de una vez por todas.

        Mientras Allus hablaba, José se quedó sumido en sus pensamientos. Estaba quieto, como si nada lo que acababa de escuchar lo hubiese perturbado en lo absoluto, más por dentro sentía enormes deseos de desenvainar su espada y hundirla en el pecho de N´astarith hasta verlo morir. No podía dominar la rabia que le producía descubrir que lo habían utilizado como un peón sólo para llegar hasta su amigo Jesús Ferrer y al mismo tiempo debilitar a la Alianza. Aprovechando que todos tenían puesta su atención en Allus y nadie lo miraba, José se dio la vuelta y se dirigió hacia el ascensor.

Astronave Churubusco.

        Azmoudez miró los ojos de Sailor Jupiter y sonrió con satisfacción. El corazón de Makoto comenzó a latir con fuerza, pero ésta se esforzaba por ocultarlo a pesar de que su rostro lo decía todo. Azmoudez notó que Sailor Mars no les quitaba la vista de encima y cogió a Sailor Jupiter del brazo para conducirla a otro lugar. Los dos caminaron algunos metros sin que Rei dejara de seguirlos insistentemente con la mirada. Makoto volvió el rostro por encima del hombro sin entender por qué su amiga adoptaba aquella actitud tan huraña.

        —¿Te sucede algo, Sailor Mars? —le preguntó Eclipse a Rei.

        —Ese sujeto no me inspira confianza —repuso ella con seriedad.

        —¿Qué es lo que no te simpatiza de él? —inquirió Umi.

        Sailor Mars miró hacia donde estaba su amiga una última vez antes de responder. Makoto no apartaba la vista de Azmoudez y ambos se susurraban cosas de forma intima, acercándose mucho el uno al otro. El general dijo algo que hizo que la Sailor Senshi se riera.

        —Digamos que hay algo en él que me resulta falso —repuso Rei—. Pareciera que estuviera guardando una pose. Tal vez estoy exagerando un poco, pero me parece un hipócrita.

        Sailor Moon le dio unos suaves codazos.

        —¿No serás qué estás celosa?

        —¡Ni que estuviera loca! —dijo Sailor Mars con cierta hostilidad—. Tú tal vez no te des cuenta de lo que pasa a tu alrededor, pero eso es porque tienes la cabeza llena de aire.

        —Eres muy cruel —repuso Sailor Moon a punto de llorar—. ¡Me odias!

        —Cielos, alerta de inundación —murmuró Eclipse.

        Antes de que alguien pudiera decir algo más, Usagi se deshizo en un mar de lágrimas sobre el hombro de Eclipse. Éste le ofreció un pañuelo que Sailor Moon no dudo en usar. La chica se llevó el pedazo de tela blanca con motas rojas a la nariz y produjo un sonido similar al de una trompera descompuesta mientras se sonaba. Cuando Sailor Moon estiró la mano para devolver el pañuelo sin dejar de llorar, Eclipse lo cogió con la punta de los dedos, lo miró con un gesto de repulsión y rápidamente lo arrojó hacia atrás.

        —¡Todos me odian!

        En ese momento, Hikaru se acercó a Sailor Moon y le dio un abrazo. Parecía como sí las lágrimas de Usagi hubieran conmovido a la Guerrera Mágica al tal punto que ésta también iba a llorar. Al ver tan patética escena, Umi se llevó una mano a la frente mientras trataba de contener su indignación. Fuu forzó una sonrisa con mucho trabajo y Rei murmuró algo entre dientes que nadie pudo escuchar.

        —¡Por favor, no llores! —exclamó Hikaru—. Me haces sentir mal.

        —Que tipas tan ridículas —dijo Eclipse con desdén.

        —Oye, ¿qué tú nunca has llorado? —le preguntó Sailor Venus, molesta.

        —¡Por supuesto que no! —replicó Eclipse con los brazos en jarra—. Los hombres no lloramos nunca. Somos fuertes cuando la situación lo requiere y jamás nos derrumbamos ante la adversidad. No lloré ni siquiera cuando mi mascota mordió ese cable eléctrico de alto voltaje —se le quebró la voz y enseguida cayó de rodillas al suelo—. ¡No! ¡Frambuesa! ¡Debí haber sido yo!

        Llena de fastidio, Sailor Mars se cruzó de brazos, bajó la cabeza y se tomó la frente mientras respiraba pausadamente. El comportamiento de Eclipse no hacía sino reafirmar su punto de vista sobre el género masculino. Rei se dio la vuelta para evitar ver al enmascarado llorar a moco tendido.

        —Hombres, son jóvenes una vez, pero se comportan como niños todo el tiempo.

        —Y no son confiables —añadió Umi.

        —Así es —terció Shampoo.

        Ajena a la vergüenza que Eclipse causaba entre sus compañeras, Sailor Jupiter estaba conversando animadamente con Azmoudez. La plática giraba en torno a las hazañas que éste había realizado para convertirse en un general. Aunque Azmoudez tenía varias decenas de años encima, aún era un joven de acuerdo a la cronología unixiana. A Makoto poco le importaba que su nuevo amigo fuera mucho mayor que ella mientras la siguiera tratando tan cordialmente.

        —Cuando capturé a esos piratas espaciales, la gente de mi mundo se sintió muy agradecida y por eso recibí varias condecoraciones —dijo Azmoudez, y con ello terminó su relato—. Dime, Jupiter, ¿cómo fue que te convertiste en Sailor Senshi?

        Makoto desvió la mirada. Aquella era una pregunta un tanto íntima que no estaba segura de responder. Azmoudez bien podía haber usado su habilidad telepática para hurgar en la mente de Sailor Jupiter sin que ésta se enterara, pero realmente no le interesaba saber cómo se había convertido en Sailor Senshi. Lo único que deseaba averiguar era hasta que punto se había ganado la confianza de la chica.

        —Fue gracias a Sailor Moon —reveló Makoto finalmente—. Creo que ya estaba destinada a convertirme en una guerrera, pero eso no tiene mucha importancia. Todas hemos decidido defender la Tierra para preservar la paz.

        —Un objetivo nada desdeñable —murmuró Azmoudez pensativo—. Es una lástima que en ocasiones uno luche incansablemente por alcanzar sus metas sólo para descubrir que es algo inútil.

        Makoto lo miró nuevamente.

        —¿Por qué dices eso?

        —Porque así es la vida, Jupiter —dijo Azmoudez—. Tú y tus amigas han peleado para defender la Tierra, pero eso no pudo evitar la amenaza que N´astarith representa. Eres muy joven y admiro que veas la vida con idealismo, pero la gente no vive sólo de ideas.

        —Creo que no entiendo.

        Azmoudez dejó escapar una sonrisa.

        —No te preocupes, a veces ni yo mismo me entiendo, pero tengo que hacerte una pregunta y quiero que contestes con sinceridad.

        Sailor Jupiter lo observó con atención y asintió con la cabeza.

        —Adelante.

        —¿Sí tuvieras la posibilidad de remediar todos los males que existen lo harías a pesar de lo que dijeran? Es decir, sin importar el precio que tuvieras que pagar para lograrlo. Es algo que a menudo me pregunto y quiero conocer otro punto de vista.

        —Creo que sí —repuso Makoto—, digo, siempre y cuando ayudara a las demás personas. ¿Por qué me preguntas eso?

        —Quisiera que nos conociéramos más.

        Azmoudez la tomó de la barbilla y la miró directo a los ojos. Sailor Jupiter no pudo evitar sonrojarse y separó los labios sin resistirse. El general se acercó a ella con la clara intención de besarla, pero Cadmio apareció de pronto para interrumpir el momento.

        —Sailor Jupiter.

        Makoto se volvió hacia donde estaba Cadmio y se apartó de Azmoudez, que no pudo disimular la frustración que sentía. El Celestial y el general intercambiaron miradas, como los rivales furiosos que eran.

        —¿Qué ocurre, Cadmio? —preguntó la Sailor.

        —¿Puedo hablar contigo un segundo? —hizo una pausa y volvió a mirar a Azmoudez con hostilidad—. Si no te molesta, quisiera hacerlo en privado.

        —Te veré luego, Sailor Jupiter —dijo Azmoudez para anunciar que se retiraba.

        —Claro —repuso ella.

        Apenas Azmoudez se dio la vuelta, Makoto se giró hacia Cadmio.

        —¿Pasa algo malo? —inquirió Sailor Jupiter.

        —Deberías tener cuidado con ese tipo —El Celestial notó que aquel comentario incómodo a Makoto, de modo que trató de evitar que aquello pareciera un sermón—. Mira, yo sé que no soy nadie para darte consejos, pero creo que deberías… .

        —Para tu información sé cuidarme sola —le interrumpió ella en forma hosca.

        Cadmio dejó escapar un suspiro. Sabía que la chica desconfiaba de él por la rivalidad que sostenía con Azmoudez, pero aun así sentía que era su deber prevenirla de alguna forma. Estaba convencido de que el general sólo estaba jugando con Makoto y no iba a permitirlo.

        —Lo lamento, creo que no me expliqué bien.

        —Descuida, yo también me dejé llevar —repuso Makoto un poco más calmada—. No me lo tomes a mal, y te agradezco tu preocupación, pero es obvio que me dices todo eso porque Azmoudez no te simpatiza y lo entiendo. 

        —Tal vez yo sea demasiado terco —concedió Cadmio—. Pero esto no tiene que ver con la rivalidad que tengo con ese inútil. Simplemente ten cuidado con lo que haces, eso es todo. A veces las cosas no son lo que parecen.

        Sin esperar a que Jupiter dijera algo más, Cadmio se giró sobre sus talones y se marchó.

        Saori Kido contempló las armaduras de bronce de Seiya y los otros por unos momentos y luego volvió la mirada hacia Mu de Aries. Éste simplemente negó con la cabeza para indicar que los cloth estaban demasiados dañados como para poder repararlos. Las batallas contra los guerreros de Asgard, Poseidón y los Khans habían ocasionado que las armaduras estuvieran llenas de grietas.

        —¿Qué opinas, Mu? —le preguntó Seiya—. ¿De verdad no puedes hacer nada?

        —Seiya, creo que ya te había dicho que los ropajes de los Santos de Bronce están demasiados dañados. Repararlos me tomaría mucho tiempo y ustedes quedarían desprotegidos en caso de que nos enfrentáramos a los guerreros de Abbadón.

        Hyoga se cruzó de brazos mientras analizaba la situación. Sí Mu no podía ayudarlos, entonces debían encarar la posibilidad de pelear contra los Khans en desventaja. Sin los ropajes sagrados que los protegieran, los santos de bronce podían convertirse en presas fáciles de sus enemigos. El santo del Cisne echó la cabeza hacia atrás.

        —No puedo creer que la fuerza del aureus sea tan poderosa. Aunque hayamos logrado despertar el séptimo sentido a través de las batallas que hemos tenido, nuestro poder no es suficiente para derrotar a los guerreros de N´astarith. Quisiera saber si la fuerza de nuestros cosmos podrá equipararse al aureus o sí es algo imposible.

        —Vamos, Hyoga, no seas pesimista —Seiya no estaba dispuesto a desanimarse—. Recuerda que Shiryu pudo derrotar a uno de esos guerreros. Estoy seguro que podremos ganarle usando la fuerza de nuestros cosmos.

        —No olvides una cosa, Seiya —dijo Shiryu—. Yo pude vencer a Belcer porque descubrí su punto débil, pero no creo que podamos usar la misma estrategia con todos los Khans. Es evidente que ellos poseen un poder superior y no debemos ignorar ese hecho.

        Mientras los santos seguían hablando entre sí, Saori bajó su cabeza y se miró las manos sin dejar de pensar en los ropajes de Seiya y los demás. Los santos de bronce habían arriesgado sus vidas varias veces para salvarla del peligro y eso la hacía sentirse en deuda con todos ellos. Entonces recordó que la sangre podría restaurar las armaduras de sus santos. Jamás se había sabido que una diosa hiciera el máximo sacrificio de derramar su sangre divina por sus guerreros, pero Saori no podía dejar que nada malo le ocurriese a los santos de bronce, especialmente a Seiya.

        —Tal vez yo pueda ayudar —murmuró ella, atrayendo la atención de todos los santos.

        —¿A qué te refieres, Atena? —le preguntó Milo.

        —Todos aquí sabemos que las armaduras de bronce fueron restauradas gracias a la sangre vertida por los santos de oro tras la batalla de las Doce Casas —Saori se levantó de su asiento y volvió la mirada hacia sus guerreros—. He decidido ofrecer mi vida para reparar las armaduras de Seiya y los otros.

        Se hizo un silencio absoluto. Saori estaba dispuesta a ofrecer su vida para darles más vida a los ropajes de los santos de bronce. Sin embargo, ninguno de los guerreros sagrados que luchaban por ella podía aceptar semejante idea. Aún cuando Atena fuera una diosa, su cuerpo era el de una humana. El derramar gran parte de su sangre la colocaría al borde de la muerte y eso era algo que nadie quería ver.

        —Atena, no puedes hablar en serio —murmuró Mu.

        —De ninguna manera —se negó Seiya—. No importa lo que digas, Saori-san. Jamás permitiría que hicieras algo como eso. La obligación de los Santos es proteger a Atena sin importar nada más. No voy a aceptar que arriesgues tu vida por nosotros.

        —Pero, Seiya, ¿no lo entiendes? —repuso Saori vehementemente—. Sí pelean sin las armaduras podrían morir. Todos se están arriesgando en esta difícil batalla y no quiero ser la excepción. No podría soportar que algo malo te pasara.

        Mu se estaba dando cuenta que la preocupación que Saori exhibía por Seiya parecía ser mucho mayor que la que demostraba por los demás santos. Bastaba con leer la mirada de Saori para comprender que estaba reprimiendo un cúmulo de sentimientos confusos que se agitaban en su interior por el Santo de Pegaso.

Armagedón.

        Apenas estuvo en sus cuarteles, José golpeó la pared con el puño sin dejar de maldecir. Ahora que conocía toda la verdad no podía dejar de despotricar contra el maldito N´astarith y sus endemoniados guerreros. Su rabia se desbordaba. Deseaba liberarse a como diera lugar de aquella sensación y comenzó a gritar con todas sus fuerzas hasta desgañitarse. Por unos instantes, dejó de ser un ser humano y se transformó en un huracán de odio incontrolable que destruía todo. Usando sus manos hizo añicos sus medallas y todas sus condecoraciones de emperador.

        Después un silencio de muerte se apoderó de la estancia. José respiraba agitadamente, pero su furia aún no había desaparecido. Alzó una mano y se juro a sí mismo que se vengaría de todos sus enemigos.

        —¿Estás enojado? —le preguntó una gentil voz femenina.

        José se giró sobre sus talones y lo que vio a continuación lo dejó helado. Ante sus ojos estaba una mujer joven, una Celestial de rostro hermoso que había visto fallecer en el planeta Noat luego de acabar con Lilith de Selket.

        —Yo puedo ayudarte a triunfar —dijo la joven con una sonrisa perversa.

        —Ahora si sucedió —musitó José mientras se tomaba la frente—. Me he vuelto completamente loco. Es eso o alguien le puso algo a mi comida.

        La joven lo observó fijamente, pero José no tardó en descubrir que algo extraño sucedía. Ella poseía una mirada terriblemente dura y despedía una presencia que le causaba calosfríos. Había algo diferente en ella y se notaba. No era la misma mujer que había luchado para salvar a Asiont y a los otros. El cabello de la Celestial era de un rubio más oscuro y sus ojos no eran azules como recordaba, sino grises.

        —No estás loco, mi amigo —repuso la joven con suavidad—. Yo sé lo que te ocurre y he venido a mostrarte el camino. La única forma en que lograrás cumplir tus metas es acabando con N´astarith, pero necesitas ayuda para lograrlo y los Celestiales son una buena opción.

        José sacudió la cabeza y bajó su mano hasta la espada.

        —Espera un momento, antes que nada quiero saber quién eres realmente. No eres la Celestial que murió combatiendo con Lilith. Podré estar loco, pero no imbécil. ¿Quién o qué eres en realidad? ¿Por qué tomas esa forma? Será mejor que me lo digas porque no pienso repetirte la pregunta. ¡Habla ahora!

        La joven sólo se limitó a sonreír

Continuará… .

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