Leyenda 099

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO XCIX

DURA REALIDAD

         Astronave Churubusco
         Sala del Consejo de Líderes

         El doctor Dreyfus era por mucho el mejor científico de la Alianza Estelar, pero incluso él se había visto imposibilitado para comprender el funcionamiento de los campos de fuerza abbadonitas. Durante meses se había entregado en cuerpo y alma al diseño de alguna arma que pudiera neutralizar la principal defensa de los Devastadores Estelares, pero sus esfuerzos siempre habían resultado infructuosos. Afortunadamente la llegada de los profesores Dhatú, de la GAU, y Ochanomizu, de la Tierra, le habían ayudado a que sus investigaciones mejoraran considerablemente.

         Los científicos de la Alianza Estelar poco sabían de la tecnología abbadonita y lo que conocían era muy vago. Dado que era imposible derribar o capturar una nave enemiga, los aliados sólo podían hacerse de alguna de ella luego de algún accidente. Pero en la mayoría de los casos, o bien nunca quedaban suficientes restos que pudieran ser analizados o los agentes del imperio se las arreglaban para recuperar o destruir la nave caída. Sin embargo durante la batalla de Marte habían tenido un inesperado golpe de buena suerte. En medio de un terrible combate aéreo sobre la superficie del planeta rojo, la princesa Mariana de Lerasi había conseguido que una de las naves imperiales chocara accidentalmente contra un crucero de batalla lerasino que se retiraba.

         Los pilotos imperiales habían muerto con la colisión, pero el caza no había sufrido daños de consideración, lo cual permitió a los científicos aliados estudiar por primera vez una nave de combate enemiga. Muchos de los líderes del Consejo guardaban la esperanza de que la nave capturada revelaría de una vez por todas el tan codiciado secreto de los escudos impenetrables.

         Antes de comenzar su exposición, Dreyfus accionó el proyector holográfico central y esperó un momento. Una imagen tridimensional de un caza abbadonita apareció sobre el centro de la habitación dando vueltas sobre sí misma. Lazar se inclinó un poco más hacia delante y estudió atentamente la proyección.

         —Nuestra investigación arrojó datos bastante interesantes que me gustaría compartir con todos ustedes si me lo permiten —empezó a decir Dreyfus—. Al examinar la superficie de la nave con un microscopio encontramos finas líneas y poros. Esto significa que la nave ha sido cubierta con una especie de tejido orgánico. Desconocemos cómo lo hacen, pero tenemos la teoría de que emplean ingeniera genética y de alguna forma manipulan el ADN.

         Dhatú estudió las caras de los presentes y observó las distintas reacciones. Algunos parecían consternados, otros, curiosos, y otros murmuraban entre ellos.

         —Es alguna clase de tecnología orgánica —le susurró Jesús a sus hermanos.

         —Y ya que hablamos de ingeniera genérica  —continuó Dreyfus—, la autopsia que se les realizó a los cadáveres encontrados dentro de la nave demostró que estos poseían el mismo tipo de código genético, lo cual, desde luego, demuestra que eran clones.

         —¿Clones? —repitió Andrea, que no le quitaba la vista de encima a Dreyfus.

         —Eso quiere decir que la mayoría de sus soldados y pilotos son clones —concluyó Saulo por su parte—. Ahora entiendo porque jamás ha existido el más mínimo brote de descontento entre las tropas de Abbadón. N´astarith tiene un ejército totalmente leal, incapaz de traicionarlo.

         Dreyfus suspiró.

         —Todo lo anterior es una clara muestra de que los abbadonitas han dedicado gran parte de sus esfuerzos a crear una tecnología militar muy superior a la de cualquier otra cultura conocida.

         Hasta el momento todo lo dicho por el científico resultaba interesante, pero no había tocado al punto que todos deseaban escuchar: los escudos, su funcionamiento y una posible manera de neutralizarlos.

         —Doctor Dreyfus —le interrumpió el almirante Cariolano—. Su exposición es por demás fascinante, pero, y creo que hablo por todos, nos gustaría saber sí descubrieron algo que nos pudiera ayudar a vencer al enemigo.

         Dreyfus sonrió nerviosamente. En su emoción por anunciar los resultados de su investigación había olvidado hablar de lo más importante. Para todos aquellos que lo conocían de tiempo atrás como Saulo o Andrea, no era extraño que Dreyfus hiciera algo semejante. De hecho, el científico tenía fama de darle mil vueltas a cualquier asunto antes de abordar el tema de mayor interés.

         —Sí, claro, los escudos —asintió Dreyfus, como recordando que ése era el tema real de la investigación—. Bueno, como todos saben, existen diferentes tipo de campos de fuerza como el energético, el magnético, el cinético, el gravitatorio o el deflector, pero el escudo de la nave imperial resulta muy superior a cualquiera de estos.

         En ese momento, el profesor Dhatú decidió intervenir en la exposición.

         —El campo de fuerza de la nave abbadonita comparte algunas semejanzas con los escudos del tipo deflector, magnético y gravitatorio. Nuestra teoría es que se trata de un escudo de distorsión gravitatoria con potencia deflectora —Dathú comprendió que la mayoría de los presentes no entendían del todo lo que estaba diciendo—. Como saben, la fuerza de gravedad es la que hace que los cuerpos se atraigan entre sí. Pues bien, de alguna manera las naves enemigas generan un campo de energía gravitacional de polaridad inversa.

         —¿Polaridad inversa? —murmuró Hikaru, fastidiado de tantos tecnicismos.

         —Disculpe, profesor Dhatú —Andrea alzó una mano para llamar la atención del científico zuyua—. Sí se trata de escudos gravitatorios, ¿por qué ninguna de nuestras armas parece afectarlos? Algunos mundos han desarrollado diferentes tipos de armas que pueden neutralizar casi todo tipo de escudos y supongo que el doctor Dreyfus ya le ha de haber contado sobre nuestros mísiles con cabeza de dispersión magnética.

         —¿Mísiles con cabeza de dispersión magnética? —inquirió el capitán Black.

         Andrea se giró hacia Joseph y asintió con la cabeza.

         —Se usan principalmente para neutralizar escudos electromagnéticos —le explicó Andrea—. Cuando una nave usa algún tipo de escudo magnético para defenderse, podemos anularlo simplemente disparando varios mísiles de dispersión.

         Misa estaba impresionada, lo mismo que su esposo e incluso el mayor Kageyama. La tecnología que aquellos extraterrestres dominaban era muy superior a la de los gigantes zentraedis o a la de cualquier otra que hubieran visto antes. El desarrollo de los escudos como medio de defensa era un terreno donde ellos apenas habían empezando a incursionar luego de que la naveMacross se estrellara en el planeta Tierra de su universo.

         —Lo que sucede es que no se trata de un escudo gravitatorio —les aclaró el profesor Ochanomizu mientras se rascaba la sien—. Sin embargo, creemos que es posible debilitarlos mediante la irradiación de partículas gravitatorias de carga contraria.

         —¿Cómo sería esa irradiación? —preguntó Cariolano abruptamente.

         Dreyfus se acarició la barbilla y meditó un momento.

         —Bueno, ahí está lo difícil del asunto. Supongo que podríamos diseñar un misil anti-blindaje y hacerlo explotar delante de las naves enemigas. Eso debería bastar para disminuir la fuerza de sus escudos y dejar sus naves al alcance de nuestras armas.

         —¿Disminuir la fuerza de los escudos? —inquirió Rodrigo con un marcado énfasis—. Entonces el enemigo aún gozaría de cierto margen de protección frente a nuestras naves. Esto es demasiado arriesgado, doctor.

         —Evidentemente —repuso Dreyfus sin perder la compostura—. Pero no tendrían mayor protección que proporciona cualquier otro escudo convencional, es decir, un impacto directo bastaría para dejar fuera de combate cualquier caza enemigo o dañar la superficie de un Devastador Estelar.

         El almirante Cariolano estudió el holograma de la nave abbadonita y empezó a reflexionar en lo expuesto por Dreyfus. Si lo que los científicos les aseguraban era verdad, la armada de N´astarith, que hasta ese momento había resultado invencible, podría ser vulnerable por primera vez a un ataque. Sin embargo, aunque los escudos pudieran ser debilitados, ello no quería decir que lograrían derrotar al ejército de Abbadón. Aún sin su principal sistema de defensa, el enemigo todavía los superaba en armamento y recursos.

         —Parece que no tenemos muchas opciones —murmuró Lazar, apesadumbrado—. En estos momentos N´astarith ya controla la mayor parte de la galaxia. Es verdad que hemos logrado reunir un gran ejército con ayuda de muchos amigos, pero ignoro si eso bastara para derrotar a Abbadón.

         —Majestad, no podemos darnos por vencidos —le dijo Andrea con ímpetu—. Recuerde que ahora tenemos el apoyo de la GAU y del imperio meganiano. Además, cada ciclo solar se nos unen más y más grupos de resistencia.

         —¡Pero cuantas tonterías dicen! —estalló Rodrigo—. Aún cuando pudiéramos organizar un ataque, Armagedón es una fortaleza inexpugnable y está protegida por más que Devastadores Estelares, Executors y androides de batalla. Hasta donde sabemos, el planeta Megazoar fue destruido por una estación espacial lo que significa que existe al menos otra estación parecida aArmagedón.

         Joseph Black arrugó el ceño y se cruzó de brazos. Sí no fuera porque sabía que sus superiores lo reprenderían nuevamente, le habría gritado a Rodrigo que se callara de una vez por todas. Al igual que los demás, él también entendía perfectamente lo serio que era la situación, pero le fastidiaban las actitudes tan derrotistas mostradas por el comandante Carrier.

         —¿Armagedón? —murmuró Misa, extrañada—. ¿Acaso se trata de alguna nave?

         —Es una estación espacial —precisó Andrea—. Tiene la capacidad para destruir un planeta entero y es la base de operaciones desde donde N´astarith coordina las fuerzas militares de su imperio. Por mucho tiempo hemos estado estudiando la posibilidad de lanzar un ataque para destruirla.

         Al oír aquello, Hikaru recordó lo sucedido con el planeta Génesis. Sí tres Devastadores Estelares habían podido hacer explotar un planeta, de seguro esa estación a la que llamabanArmagedón debía poder hacer cosas mucho peores. Parecía que si comparaban al ejército Abbadón con los zentraedis, estos últimos se veían como un grupo de milicianos mal armados.

         —Aunque no me gusta hacerlo, debo aceptar que Rodrigo tiene razón —declaró Jesús Ferrer de repente—. N´astarith no ha escatimado esfuerzos en crear un ejército tan poderoso que incluso los más valientes se la pensarían dos veces antes de iniciar un ataque. No debemos olvidar que N´astarith también cuenta con aliados que están dispuestos a luchar por la causa de Abbadón.

         Andrea intuyó que Jesús se estaba refiriendo a las razas asociadas con Abbadón entre las que destacaban los rigelianos, los nosferatus y los licántropos. Todos ellos ayudaban a N´astarith a afianzar su dominio sobre la galaxia y también luchaban contra la Alianza Estelar cada vez que tenían oportunidad. En cuanto N´astarith supiera que habían encontrado una manera de neutralizar los escudos defensivos de sus naves, no había duda que llamaría a sus aliados a la batalla.

         —¿De qué hablan ustedes dos? —preguntó el comandante Antilles y luego intercambió una rápida mirada con el profesor Ochanomizu, que se veía igual de desconcertado—. Me parece que no nos han dicho nada al respecto sobre ese asunto.

         Saulo tomó la palabra para explicarlo.

         —Existen algunas razas que se han aliado con N´astarith en la conquista de la galaxia. Sus planetas han pasado a convertirse en satélites de Abbadón y sus líderes son generales de N´astarith. Sin embargo no deben sentirse alarmados por eso. La mayoría de ellos no representan una amenaza seria por sí solos.

         —No estoy seguro de eso —disintió Jesús, atrayendo las miradas de todos—. Tal vez sean débiles si se les compara con Abbadón, pero debemos tener en claro que lucharán con todas sus fuerzas.

         —¿Qué sucede, meganiano? —le preguntó Saulo en forma sarcástica—. ¿No me digas que de repente te dio miedo? Sí unos cuantos nosferatus y licantropos te atemorizan, entonces no posees el valor necesario para enfrentar a N´astarith.

         —¿Cómo te atreves, insolente? —reclamó Armando, mientras David le sujetaba el brazo derecho para impedir que las cosas fueran más lejos—. Mi hermano sólo está diciendo lo que piensa, pero tiene más valor que tú.

         Jesús permaneció indiferente ante las provocaciones, pero sus colaboradores lo vieron cerrar los puños con fuerza. Jesús tuvo el impulso de ir hacia Saulo para luego tomarlo por el cuello y azotarlo contra el piso. Sin embargo sabía que no podía hacer algo así por mucho que lo quisiera. Una afrenta como esa bastaría para terminar con la frágil unión entre los meganianos y la Alianza Estelar y sí de verdad quería mantener la alianza, debía aprender a soportar las insolencias de Saulo.

         —No es cuestión de valor o cobardía —repuso Jesús en un tono severo, pero controlado—. Se trata de ver la realidad. De nada sirve consolarnos con pensar que la pelea con N´astarith será algo fácil.

         El general MacDaguett no cabía en sí de gozo. Pese a los constantes esfuerzos de los dirigentes aliados, se notaba que aún existían serios conflictos dentro del seno de la misma Alianza Estelar. Se volvió hacia los agentes de MID y les soltó una sonrisa de confianza.

         —Tal vez no tengamos que preocuparnos después de todo, general —musitó K divertido—. Da tanta satisfacción cuando las cosas marchan bien.

         —Y que lo digas, K —convino J—. Que divertido es esto.

         La discusión prosiguió su curso sin que nadie pudiera impedirlo. Saulo acusó a los meganianos de haber ayudado a N´astarith y Armando amenazó con romper las negociaciones a menos que se les pidiera una disculpa pública. Misa miraba de un extremo a otro sin entender el porqué de las diferencias entre Saulo y los meganianos mientras que Antilles, sencillamente, echó la cabeza hacia atrás para desatenderse de lo que sucedía.

         —¡Es suficiente! —se escuchó decir al rey Lazar.

         Poco a poco todos fueron guardando silencio hasta que la paz por fin regresó al recinto del Consejo. Lazar se veía molesto y no era para menos. De nada servía esas reuniones sí todos acababan inmersos en estériles discusiones que no llevaban a ninguna parte. El monarca de Adur dirigió una mirada impasible hacia Saulo y luego hacia los meganianos. Muchos supusieron que iba a reprender a todos, pero en vez de eso se puso de pie.

         —Creo que lo mejor será reunirnos nuevamente hasta que los científicos logren desarrollar el misil anti-blindaje. Hasta entonces debatiremos sí lanzamos el contraataque o no.

         Andrea pudo observar que el rostro de Lazar denotaba cansancio. Tal vez todo ese ajetreo estaba empezando a fastidiar al rey. Mientras los delegados comenzaban a ponerse de pie para retirarse, la reina decidió ir hacia Saulo. Quizás había llegado el momento de poner en orden las cosas con él.

         La Casa Blanca (Washington D. C.)

         Durante varios minutos, el general Walter Scott se dedicó a hablar sobre unos reportes elaborados minuciosamente por la CIA, los agentes de MID y el FBI. En dichos informes se afirmaba que la Alianza Estelar tomaría represalias contra la Tierra por haber firmado la paz por separado con el imperio de Abbadón. También dijo que N´astarith había sido injustamente difamado por la Alianza Estelar. Cuando el general terminó su alegato, Alexander se talló los ojos mientras pensaba en cuáles serían las verdaderas intenciones del vicepresidente Jush.

         —¿Qué opina de todo esto, general? —le preguntó el secretario de defensa.

         —La verdad no lo sé, señor —repuso Alexander, alzando la vista—. No entiendo de donde salieron todos esos informes y la verdad no me parecen muy confiables. Díganme la verdad, ¿de qué se trata todo esto?

         Jush se sentó en un sillón y guardó silencio, titubeando antes de exponerle al Jefe del Estado Mayor los verdaderos motivos por los que se estaba celebrando aquella reunión en la Casa Blanca. El vicepresidente paseó su mirada por todos, sonriendo levemente. A sus espaldas se encontraba la bandera de los Estados Unidos de América, flameando con todo su esplendor de franjas rojas y blancas.

         —¿Sabe, Alexander? —dijo, como meditando en voz alta—. Hubo un tiempo en que los Estados Unidos fue el país más poderoso de toda la Tierra. De hecho, éramos la única súper potencia y no había nadie que pudiera evitar que hiciéramos lo que quisiéramos en cualquier parte. Sin embargo, vinieron malos tiempos y lentamente fuimos perdiendo la supremacía que disfrutamos por tantos años. Afortunadamente —sonrió—, logramos recuperarnos gracias al todopoderoso y ahora estamos a punto de recuperar nuestro liderazgo en el mundo. Lo malo es que existen países que tratarán de impedirlo y que amenazan nuestros intereses y nuestra seguridad.

         —Señor, con el debido respeto, no sé a que viene todo esto —repuso Alexander, mirando a Jush directo a los ojos—. Conozco perfectamente la historia de este país, pero no sé… .

         —General Alexander —lo interrumpió Jush—. Lo que trato de decirle es que este país fue elegido por el todopoderoso para regir el destino de la Tierra, pero para lograr esto primero es necesario aliarnos con el imperio de Abbadón, aliarnos a N´astarith.

         —¿Disculpe, señor? —Alexander se quedó petrificado sin poder creer en lo que había escuchado de los labios de su vicepresidente—. ¿Dijo que debemos aliarnos con N´astarith y con el imperio de Abbadón? No puede hablar en serio.

         —¿Por qué tanto asombro, Alexander? —le preguntó el general Scott—. Piensa un poco en las posibilidades. Los abbadonitas pueden darnos los medios necesarios para someter a cualquier nación de la Tierra. También podríamos obtener vacunas para las enfermedades que hoy en día son incurables sin mencionar toda la tecnología que poseen.

         En ese momento Alexander al fin empezó a comprender todo. Sus sospechas habían sido confirmadas abruptamente, aunque no de la forma en que él esperaba. Los altos dirigentes de la nación habían estado en tratos con el imperio mucho antes de que la Alianza Estelar negociara con la Tierra y por esa razón la flota estadounidense se había quedado Venus en vez de participar en la defensa de Marte.

         —N´astarith ha prometido darnos lo que queramos —le aseguró Jush con vehemencia—. Con su ayuda y la de nuestros aliados lograremos derrotar a cualquier país que trate de interponerse en nuestro camino. Los Estados Unidos de América volverán a ocupar el sitio que le corresponde en el mundo. Ha llegado la hora de ajustarles las cuentas a los rusos y acabar de una vez por todas con esos chinos comedores de arroz.

         Alexander sintió un escalofrío le recorría el cuerpo. Por un segundo tuvo la impresión de que haber estado viviendo en una especie de sueño que de súbito se había transformado en una horrible pesadilla. Aparentemente Jush y sus cómplices no sólo habían pactado con N´astarith para obtener beneficios, sino que también estaban insinuando la posibilidad de atacar a Rusia y quizás también a China con ayuda extraterrestre.

         —Tengo que hablar inmediatamente con el presidente.

         —Oh, el presidente sabe de todo —afirmó Jush con serenidad, como sí hablara de algún asunto sin importancia—. Además, dentro de poco él se convertirá en el nuevo Canciller del Congreso Mundial y yo ocuparé su lugar al frente de la nación.

         —¿Qué cosa? ¿El presidente va a renunciar? —Alexander no podía creerlo. A pesar de lo que había escuchado aún guardaba la esperanza de que Wilson fuera un hombre bienintencionado, incapaz de involucrarse en una conspiración como aquella, pero también acababa de descubrir que estaba equivocado respecto a eso.

         —El presidente apoya completamente este plan, general —afirmó el secretario de defensa con voz robusta—. Sin embargo, como bien es sabido, no se puede recibir nada sin dar algo a cambio. Es decir, para que los abbadonitas nos apoyen en nuestros planes de dominación es preciso favorecer a N´astarith.

         —¿A qué se refiere exactamente con “favorecer”? —inquirió Alexander con suspicacia.

         —Simple, amigo mío —repuso Jush—. Vamos a atacar la flota de la Alianza Estelar y a eliminar a todos sus dirigentes de un solo golpe. De esta forma N´astarith quedará en deuda con nosotros y nos dará los medios necesarios para controlar el planeta.

         Alexander se quedó pasmado. Lo que estaba escuchando superaba por mucho sus más fantasiosas especulaciones sobre la conspiración. De repente tuvo la impresión de que el tanto el vicepresidente Jush como las demás personalidades congregadas en la Casa Blanca habían perdido completamente el juicio. Lo que para Jush era el camino hacia la supremacía estadounidense, para Alexander era la destrucción de la nación y probablemente del planeta entero.

         El Jefe del Estado Mayor tragó saliva mientras en su interior se revolvía una lucha interna. Sabía que su vida estaba por cambiar a partir de la decisión que tomara en ese momento. Bien podía quedarse callado, apoyar los planes de Jush y hasta aprovechar la situación para obtener beneficios personales, pero ésa no era su forma de actuar. Siempre se había enorgullecido de sus principios y despreciaba a los corruptos sin escrúpulos que se servían de sus puestos para enriquecerse.

         —Señor, yo… —titubeó como sí no supiera que decir. Atrás del general, un miembro del Servicio Secreto se llevó la mano bajó el saco para tomar su arma—… yo no comprendo por qué están haciendo esto. No pueden ver que están mancillando el espíritu de la nación y traicionando la confianza del pueblo sin mencionar que sus acciones violan la constitución.

         Jush meneó la cabeza en sentido negativo.

         —Tenía esperanzas de que comprendiera nuestro punto de vista, general, pero ahora veo que estaba equivocado. Lo lamento, pero no me deja otro camino que relevarlo de su puesto y ponerlo bajo custodia.

         Alexander se levantó bruscamente de su asiento, pero al instante varios miembros del Servicio Secreto sacaron sus armas y le apuntaron a la cabeza. Jush frunció una sonrisa y se puso de pie para aproximarse más a Alexander.

         —Creí que sería más inteligente, general, lástima que no sea así.

         —Sí por inteligente debo entender ambicioso, entonces me alegra haberlo decepcionado, señor —replicó Alexander en tono desafiante—. Sólo el presidente puede removerme de mi cargo y lo sabe perfectamente.

         —Puede demandarme si le place, general.

         Jush hizo una seña con la cabeza a los hombres del Servicio Secreto para indicarles que se llevaran al general. Cuando Alexander dejó la habitación custodiado por dos agentes, el vicepresidente se acercó a un tercer miembro del Servicio Secreto de mandíbula cuadrada para darle instrucciones.

         —Llévenlo a su casa y asegúrense de que parezca un suicidio.

         El agente asintió con la cabeza y luego abandonó el despacho oval.

         Astronave Churubusco.

         Kanon estaba caminando por un solitario pasillo. Como no le agradaba la idea de convivir con los otros Santos ni con los demás, prefería recorrer los alrededores de la sala de entrenamiento. Durante su caminata había estado meditando sobre la pelea en el santuario contra los Khans y en los objetivos reales de N´astarith. Lo que aún no podía comprender era que Shaka de Virgo hubiera sido derrotado por uno de los guerreros de Abbadón.

         Él poseía el mismo poder que su difunto hermano Saga y eso lo hacía uno de los guerreros sagrados más fuertes. Pero aún con sus poderes sabía que no la tendría nada fácil si tuviera que enfrentarse con alguien como el Santo dorado de Virgo. Para nadie era un secreto que Shaka era el más cercano a un dios, que poseía un cosmos inigualable y que incluso, tal vez, había sido el primero en desarrollar el octavo sentido.

“La fuerza del aureus de la que habló Asiont parece ser alguna clase de poder totalmente diferente a lo que conocemos”, pensó Kanon. “Sí los Khans poseen esa fuerza será muy difícil vencerlos”.

         —Es cierto, Kanon, no existe esperanza.

         Sin perder un segundo, el Santo se volvió hacia el sitio de donde había venido aquella voz, pero lo que vio lo dejó boquiabierto. Frente a sus ojos se encontraba su hermano Saga, vistiendo la armadura dorada de Géminis. Kanon dio un paso hacia atrás sin saber a ciencia cierta sí lo que estaba viendo era el espíritu de su hermano muerto o alguna clase de ilusión.

         —¿Cómo es esto posible? —murmuró Kanon—. ¿Acaso tu espíritu no ha podido alcanzar el descanso eterno?

         —Kanon, deben abandonar esta lucha —le aconsejó Saga—. No existen posibilidades de que puedan vencer a los guerreros de Abbadón. Ellos son muy superiores a los Santos y no tendrán ninguna oportunidad —hizo una pausa y cerró los ojos—. Atena y todos morirán sí persisten en esto.

         —¿Qué dices, Saga? ¿Has venido del otro mundo a pedirme que abandone a Atena?

         Saga abrió sus ojos y asintió. Su mirada proyectaba una profunda tristeza.

         —Es una lucha perdida que no nos concierne. ¿No lo puedes ver, Kanon? Durante la batalla con los Khans no lograron evitar la destrucción del santuario. Dime, ¿cómo crees que podrán derrotar a un ser que es superior a los mismos dioses? La fuerza de N´astarith está más allá de toda imaginación.

         Kanon bajó la cabeza, abrumado por el peso de las palabras de Saga. La sorpresa de ver a su hermano nuevamente ante él lo había dejado atónito, pero su determinación era inquebrantable. Tal vez el espíritu de Saga quería prevenirlo de un enemigo poderoso y salvarle la vida. Sin embargo, ni el temor al mismo infierno lo haría dar un paso atrás. Él pelearía por Atena con todas sus fuerzas y con todo su corazón hasta el final de ser necesario.

         —¡No importa! —replicó con fuerza—Nosotros somos guerreros de Atena y para eso es que hemos nacido. Tú deberías saberlo mejor que nadie, Saga, ¿o no es así? Incluso sí todos morimos, habrá valido la pena sí logramos derrotar a N´astarith.

         —Es curioso que alguien que quiso matar a la diosa Atena demuestre tal devoción por ella ¿Acaso eres un hipócrita, Kanon? —Saga soltó una risita malévola y alzó un brazo para señalar a su hermano—. ¿Piensas que Atena salvó tu vida porque se interesa en una persona con tú? Sí crees eso te engañas a ti mismo. La verdad es que ella te salvó sólo porque desea utilizarte en su provecho.

         —No me importa si muero o si esta es una batalla pérdida, pero lo que resulta extraño es que digas eso de Atena. —Kanon dio un paso al frente y endureció su mirada ante lo cual Saga titubeó—. Admito que tu intento de hacerte pasar por mi hermano Saga casi logró engañarme, pero cometiste un error.

         —¿Qué has dicho?

         —Saga jamás se habría dado por vencido pasara lo que pasara y mucho menos hubiera dicho esa clase de mentiras respecto a Atena. Mi hermano ciertamente trató de matar a la diosa Atena, pero en el último momento ofreció su propia vida para salvarla.

         El cosmos de Kanon empezó a salir de su cuerpo, causando que la armadura de Géminis brillara con un gran esplendor. Saga, o quien quiera que fuera que estuviera suplantándolo, levantó una mano para protegerse los ojos ante la luz tan intensa que irradiaba la poderosa energía de Kanon. Preso de la desesperación, el falso Saga frunció los labios dejando entrever sus dientes.

         —Sea quién seas llego la hora de terminar con esta ilusión… —Kanon movió sus brazos por el aire para concentrar el poder en sus manos, las cuales extendió hacia delante para realizar un ataque. Parecía como sí la luz de varias galaxias estuviera concentrada en las manos del Santo de Géminis—… ¡¡Galaxian Explosion!! (¡¡Explosión de Galaxias!!)

         El ataque de Kanon envolvió la figura del falso Saga y lo hizo desaparecer en medio de un enorme destello de luz cegadora. Cuando el efecto de la Galaxian Explosion terminó, no había nadie más. Kanon bajó las manos y empezó a inspeccionar el pasillo en busca de alguna pista que le ayudara a descubrir quién había sido el autor de aquel engaño.

         —No tengo ni la menor idea de quién estuvo detrás de todo esto —murmuró para sí mientras miraba de un lado a otro—. Pero sea quién sea debe ser muy hábil ya que fue capaz de enviar su cosmos desde alguna parte fuera de la nave. Lo que no puedo entender es cómo supo sobre la existencia de Saga y de cómo Atena salvó mi vida.

         Intrigado por lo sucedido, Kanon decidió ir hacia la sala de entrenamientos. La persona que había suplantado la identidad de Saga quería hacerlo dudar de Atena y de los Santos, pero había fallado en su intento. Sin embargo Kanon presentía que quien estuviera detrás de aquella ilusión de seguro volvería a tratar de engañarlo.

         Planeta Adur.

         Cuando los soldados lerasinos terminaron de cerrar la tapa, Mariana revisó los monitores de la cápsula de éxtasis y comprobó que los signos vitales de Rafaruto seguían iguales. En cuanto la nave de transporte aterrizó, la princesa de Lerasi solicitó a los soldados que bajaran una cámara de éxtasis para poner en su interior al Guerrero Dragón. No tenía la menor idea de cómo tratar las heridas de Rafaruto, pero al menos la cápsula lo mantendría estable hasta que pudieran subirlo a la Churubusco.

         —No sé sí estemos haciendo lo correcto —comentó Kunrinrin.

         —Te entiendo perfectamente, Kurinrin —asintió Mariana mientras terminaba de revisar las lecturas en uno de los monitores de la cápsula—. Pero Rafaruto no es en realidad una mala persona o de lo contrario no habría salvado la vida de Umi.

         Poppu, que no entendía nada de tecnología, miró detenidamente la cápsula éxtasis sin entender bien qué era o para qué servía. A simple vista le pareció alguna clase de enorme ataúd e imaginó que Mariana en realidad estaba preparando un funeral para Rafaruto.

         —Bueno, Kunrinrin, admito que Rafaruto hizo hecho cosas malas, pero eso no impide que le hagamos un funeral.

         —¿De qué rayos estás hablando? —preguntó el Guerrero Zeta con los ojos bien abiertos—. Oye, por lo que veo aún no comprendes bien las cosas. La cápsula mantendrá vivo a Rafaruto para que podamos transportarlo a la nave.

         Dai se rascó la mejilla sin entender.

         —¿Y cómo harán eso?

         —Digamos que es como una especie de caja mágica —le explicó Marina y luego le quiñó un ojo—. La usamos cuando las personas quedan muy lastimadas mientras encontramos una manera de ayudarlos.

         —Pero no comprendo, Mariana —murmuró Dai—. Leona o Fuu podrían curar a Rafaruto con sus hechizos. No veo la necesidad de usar esa caja mágica para ayudarlo.

         —Dai tiene razón —convino Umi—. ¿Por qué lo ponen en esa cápsula?

         —Porque no podemos cometer errores, linda —dijo Casiopea. Cuando Umi y Dai volvieron la vista hacia la Celestial, ésta agregó—: Sí usan la magia para ayudar al fortachón, recuperara sus fuerzas en un momento y podría tratar de escapar. Pero sí lo mantenemos en la cápsula nos aseguraremos que no intente nada. Recuerden que debemos averiguar cómo fue que Baran llegó hasta este planeta.

         A pesar de que Umi se sentía agradecida con el Guerrero Dragón, también reconocía que Casiopea hablaba con la verdad. Usando su magia, Fuu o Leona habrían podido sanar las heridas de Rafaruto en cuestión de segundos, pero cabía la posibilidad de que éste tratara de huir o decidiera atacarlos nuevamente. La Guerrera Mágica esbozó un rostro de tristeza y desvió la mirada hacia la cápsula de éxtasis mientras se acariciaba el codo izquierdo.

         —Es algo duro —reconoció Hotaru, volviendo la mirada hacia Setsuna—. Pero sin duda debemos hacerlo.

         —Lo que me gustaría saber es a dónde se fue Baran —murmuró Sailor Pluto con la vista puesta sobre el horizonte—. ¿Habrá regresado al mundo de Dai o todavía permanece en este planeta?

         Mariana oprimió una última tecla y la compuerta donde se encontraban los controles en la cápsula éxtasis se cerró, dejando todo listo. Los soldados utilizaron los dispositivos antigravedad de la cápsula para conducirla hasta la nave de transporte mientras su princesa iba a reunirse con las Sailor Senshi.

         —Sí Baran se encuentra todavía en este mundo, los soldados lo encontrarán pronto.

         —No lo creo —dijo secamente Hyunkel—. Baran es muy hábil y esos soldados no podrán hallarlo por mucho que lo intenten. Es por eso que sí aún está cerca de aquí, yo lo encontraré.

         Poppu enarcó una ceja.

         —¿De qué estás hablando, Hyunkel?

         —No regresaré con ustedes, pienso quedarme en este lugar para buscar a Baran —El Caballero Inmortal ladeó ligeramente la cabeza para mirar a Poppu—. Debo convencerlo de que olvide ese odio tan grande que siente por los humanos.

         —¿De verdad crees poder lograr eso, guapo? —le preguntó Casiopea no muy segura de que aquello fuera una buena idea—. ¿Por qué piensas que ese tipo te escuchará a ti?

         —Baran salvó la vida de Poppu —repuso Hyunkel—. Eso significa que todavía existen esperanzas para él y es mi deber intentar convencerlo —hizo una pausa y se volvió hacia los demás mientras el aire sacudía su cabello—. No creo que Baran haya vuelto con el rey Ban, así que lo más seguro es que aún permanezca en este mundo.

         —Tienes razón, Hyunkel —convino Dai, dando un paso al frente—. Yo te ayudaré… .

         —No, Dai —le interrumpió el Caballero Inmortal—. Esto es algo que debo hacer yo solo. No debes olvidar que nuestra principal razón para estar aquí es derrotar a N´astarith y por eso será mejor que vayas con los demás mientras yo me ocupo de eso —Hyunkel notó que Dai no estaba del todo convencido, de manera que sonrió para tranquilizarlo—. Descuida, ahora poseo la armadura de Rafaruto y ésta es mucho más poderosa que la que usaba antes.

         —Al menos deja que alguna de nosotras te ayude —le suplicó Hikaru.

         —Gracias, pero creo que tendré más suerte si actuó solo —replicó Hyunkel alzando una mano para despedirse—. Ustedes mejor ocúpense en informarles de todo esto a los otros. Presiento que Rafaratu tardará un poco en recuperarse de la batalla, así que tengan paciencia.

         —¡Pero, Hyunkel, ni siquiera conoces este planeta! —le recordó Kurinrin con un grito.

         —Tal vez, pero no creo tener muchos problemas con eso.

         Así, con el sol ocultándose en el horizonte y la primera estrella de la tarde brillando en los cielos, Hyunkel echó a andar hacia el bosque con la firme intención de encontrar al líder del Batallón de los Dragones. No sabía sí de verdad lograría convencer a Baran de olvidar todo ese odio, pero sentía que al menos debía intentarlo.

         Dai siguió a Hyunkel con la mirada hasta que éste desapareció entre los enormes árboles del bosque aduriano. Mientras veía a su amigo alejarse no pudo evitar preguntarse si realmente su padre podría hacer las paces con los humanos. A su lado se encontraba la pequeña Hotaru, quien sorpresivamente le puso una mano en el hombro para llamar su atención y luego le obsequió la mejor de sus sonrisas.

         —Debemos tener confianza, Dai —le dijo ella—. Sí tu padre pudo sentir algo de compasión por un ser humano, entonces también existe la esperanza de que su corazón encuentre la paz.

         El pequeño guerrero sonrió ante las palabras de Hotaru y finalmente asintió con la cabeza.

Continuará… .

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