Leyenda 068

LA LEYENDA

por Asiant y Uriel

CAPÍTULO LXVIII

¡¿SERÁ GOHAN EL LEGENDARIO GUERRERO KÁISER?!

        Astronave Churubusco.

        Luego de subir algunos turboascensores y caminar por varios pasillos, Mariana y Cariolano condujeron a Saori y a los santos ante la presencia del rey Lazar de Adur y el embajador Akinit, quienes habían estado debatiendo sobre lo difícil que le sería al Consejo Aliado tomar una decisión definitiva con respecto a Jesús Ferrer. Al ver a Mariana y a Saori acercarse, los dos hombres dejaron de hablar entre ellos para atenderlas.

       —Majestad —dijo Mariana, inclinando la cabeza levemente—. Le presentó a Saori Kido, ella es la encargada de velar por la paz en el planeta Tierra de su universo. Su santuario, el lugar más sagrado en su mundo, fue atacado y destruido por los guerreros del imperio de Abbadón.

       —Sea bienvenida, Saori Kido —dijo Lazar mientras una sonrisa iluminaba sus adustas facciones—. Es un verdadero honor conocerla y lamento profundamente que su planeta haya sido atacado por N´astarith. Como podrá darse cuenta, estamos reuniendo todas nuestras fuerzas para desbaratar los planes del imperio de Abbadón.

        Saori miró fijamente al rey del planeta Adur y asintió.

       —Le agradezco su preocupación, majestad, y le aseguró que los ayudaremos en todo lo que sea posible. Sí es necesario, arriesgaremos nuestras propias vidas con tal de que N´astarith sea detenido.

        Después de dirigir un saludo a los santos, Lazar y Akinit comenzaron a contarle a Saori sobre los planes que tenía la Alianza para iniciar un ataque contra la estación Armagedón y lo importante que era para ellos que N´astarith no consiguiera reunir las gemas estelares. Mientras Saori escuchaba atentamente a los dirigentes aliados, los Santos, que se hallaban detrás de ella con sus cascos y coronas en las manos, observaban fijamente a todos los presentes, uno a uno, siempre alertas y vigilantes.

        En lo que el rey Lazar continuaba hablando, la princesa Mariana dirigió su atención hacia los Santos de Bronce y comenzó a examinarlos uno por uno. Para ser guerreros se veían demasiados jóvenes, y más sí se les comparaba con los imponentes Santos dorados. Luego de observar a Seiya y a sus amigos por algunos segundos, volvió la mirada hacia Shaina y Marin, las únicas mujeres en el grupo además de Saori Kido.

       “¿Por qué ellas usan máscara y los demás Santos no?”, pensó. “Ellos mencionaron que Saori es la reencarnación de Atena, una especie de diosa que vela por la paz en su mundo. Ahora que recuerdo, mi madre me contó que en su planeta natal hubo una civilización antiquísima que desarrolló toda una mitología llena de héroes y dioses. Entre esos dioses había una tal Atenea, la cual era la diosa de la Sabiduría y del combate justo. Me pregunto sí Saori será la misma Atenea”.

       —Mariana —la voz de Lazar llamó su atención—, tal parece que la señorita Saori se encuentra cansada al igual que sus Santos. Cariolano se encargará de llevarlos hasta sus habitaciones, ¿por qué no vas a ver como están Casiopea y los demás? Estoy seguro que ellos tienen mucho que contarnos luego de lo que sucedió en el mundo de nuestros nuevos visitantes.

       —Sí, majestad.

       La princesa de Lerasi dirigió una leve inclinación de la cabeza a Saori, quien le correspondió de la misma manera. Justo cuando estaba por salir de la habitación, Mariana escuchó hablar a Seiya por lo que se detuvo un momento y volvió la mirada hacia él.

       —Vaya, este lugar debe ser inmenso, me pregunto en dónde estará la comida.

       —Yo me dirijo a uno de los comedores de la nave —le informó la princesa al Santo de Pegaso—. Sí gustas puedes acompañarme con tus amigos.

       —Ah, no gracias, de verdad —repuso Seiya un tanto avergonzado de que le hubieran escuchado decir eso—. La verdad es que no tengo tanta hambre, princesa, gracias.

       Hyoga le dio un suave codazo en el estómago a su amigo.

       —¿Estás seguro de lo que dices, Seiya? —bromeó, provocando la risa de algunos de sus camaradas—. Recuerda que estás en presencia de reyes y princesas, no mientas.

       El Santo de Pegaso frunció una especie de sonrisa mientras aniquilaba a Hyoga con la mirada. En realidad estaba muriéndose de hambre y lo que más deseaba en ese momento era poder comer algo; no obstante, antes que sus necesidades estaba su deber para con Atena. Aun cuando Saori también era custodiada por los Santos dorados, Seiya sentía que no por ello podía darse el lujo de bajar la guardia; después de todo estaban a bordo de una astronave en medio de un universo desconocido.

       —¿Por qué no van a comer algo? —les dijo Aioria de pronto—. Nosotros nos encargaremos de cuidar a la diosa Atena.

       —Aioria —murmuró Seiya.

       —Es cierto, Shiryu, vayan a comer —convino Dohko de Libra para sorpresa de su propio discípulo—. Seguramente deben estar hambrientos y un poco de descanso no les vendría nada mal.

       Seiya aún dudada. Instintivamente buscó con los ojos la mirada de Saori; sí ésta asentía a darle permiso entonces iría, de lo contrario no habría manera de convencerlo de que se alejara de ella.

       —Pueden ir, Seiya —dijo Saori al fin—. No quiero que se preocupen de más. Aioria y Dohko tienen razón, tomen un descanso y luego nos veremos de nuevo.

       —¿De verdad, Saori? —preguntó Seiya, esperanzado—. Que bueno porqué la verdad siento que voy a desfallecer por el hambre.

       Shiryu se cruzó de brazos y miró a su amigo desaprobatoriamente.

       —¿De verdad creíste que no nos dimos cuenta, Seiya?

       —Será mejor que tengan bastante comida en este lugar o Seiya podría terminar con todas sus reservas en un dos por tres —dijo Hyoga mientras Mariana y Saori reían divertidas.

       —Ni que comiera tanto —se quejó Seiya por su lado.

       Mariana les hizo una seña a los Santos de Bronce con la mano para que la siguieran.

       —Bien, sí todos están de acuerdo hagan el favor de venir conmigo.

       Antes de seguir a la princesa de Lerasi, Seiya volvió a mirar una vez más a Saori. Al menos sabía que estaría segura con los Santos dorados y eso le daba un poco de seguridad, aunque, ciertamente, no podía dejar de desconfiar de Kanon, el nuevo Santo de Géminis.

       Mientras los Santos de Bronce se alejaban, Aioria aprovechó la ocasión para girarse hacia Marin y Shaina. No había hablado con ellas desde que se habían embarcado en la nave de los Caballeros Celestiales y sentía que quizás también estaban cansadas por el viaje.

       —¿No quieren ir con ellos? —les preguntó.

       —No, Aioria —dijo Marin secamente—. Nosotras preferimos quedarnos con ustedes.

       —¿Estás segura de eso?

       —Completamente.

       El Santo de Leo se encogió de hombros, y se dispuso a seguir a Saori una vez que el almirante Cariolano les pidió a todos que lo siguieran hasta sus habitaciones asignadas. Antes de alejarse de las mujeres guerreras, Aioria volvió la mirada hacia Marin un momento por encima del hombro y le sonrió afablemente.

       —Me alegra que estés con nosotros, Marin, y tú también Shaina.

       Marin sonrió por debajo de su máscara y espero a que el santo se alejara.

       —A mí también me da gusto estar contigo, Aioria.

        Palacio de Céfiro.

       Una vez que terminó de explicarles todo lo referente a su misión y de darles a conocer de dónde venían Marine y las Sailor Senshi, Uriel guardó silencio y esperó a que los defensores de Céfiro asimilaran la información.

       —¿Entonces ustedes son marcianos? —inquirió Umi con curiosidad.

       Uriel acabó alzando los ojos al cielo como implorando ayuda. “¿Por qué todos los habitantes de la Tierra creen que los extraterrestres somos marcianos?, pensó. “Existen infinidad de mundos en el universo y siempre escogen el Planeta Rojo”.

       —Eh, más o menos, pero yo no vengo de Marte, sino de un mundo llamado Unix.

       Lantis, el espadachín mágico más poderoso de todo Céfiro, había escuchado el relato de Uriel en completo silencio y con cierto escepticismo al principio. A simple vista toda aquella historia de que varios eran universos estaban en peligro le pareció algo increíble, inaceptable, pero el reciente ataque de los Khans al palacio de Céfiro confirmaba en parte lo dicho por los extranjeros. Además estaba Blastar, el biodroide destruido durante la batalla y que era prueba tangible de la avanzada tecnología que el nuevo enemigo poseía.

       —De manera qué ese emperador llamado N´astarith pretende controlar toda la existencia mediante una máquina llamada Portal Estelar, ¿eh? —dijo Lantis luego de meditar bien sus palabras—. Esa es la razón por la que esos guerreros insistían una y otra vez en preguntarnos dónde teníamos oculta la gema estelar que se llevaron.

       —Así es, Lantis —repuso Uriel, mirando fijamente al guerrero—. Una vez que N´astarith obtenga las doce gemas podría organizar una invasión a gran escala y conquistar cualquier planeta en el universo que desee. Nadie estaría a salvo.

       Luego de deslizar una mano por su cinturón, el unixiano sacó un diminuto proyector holográfico e hizo aparecer delante de Lantis y Ferio un holograma de la estación espacial Armagedón. El rey de Céfiro se acercó un poco más y estudió atentamente la proyección.

       —¿Qué es eso? Parece una especie de luna.

       —Digamos que es el planeta desde donde N´astarith planea llevar a cabo sus planes, majestad. Como podrán darse cuenta por la imagen, nuestros enemigos cuentan con una tecnología muy sofisticada y por eso estamos solicitando cualquier tipo de ayuda en todos los universos a los que vamos.

       Uriel esperó a que todos vieran la imagen de Armagedón, y luego apagó el proyector holográfico y se lo guardó en el cinturón nuevamente.

       —Creo que entiendo lo que dicen —asintió Guru Clef con una expresión sombría—. Los ejércitos de N´astarith son tan poderosos que ni siquiera ustedes tienen la fuerza suficiente para derrotarlos por sí solos, ¿no es así?

       —Aunque nos cueste reconocerlo me temo que así es.

       Asiont, que acababa de volver del árbol a donde se había retirado a meditar, esperó a que el mago de Céfiro y los demás volvieran la vista hacia él antes de seguir hablando.

       —Es por eso que necesitamos de toda la ayuda que puedan brindarnos, amigos. Solamente entre todos podremos derrotar a N´astarith y con ello devolverle la paz a nuestra galaxia.

       En ese momento, Hikaru bajó la mirada al suelo mientras un terrible sentimiento de impotencia se iba apoderando de ella. Sí sus poderes mágicos habían resultado totalmente inútiles en contra de los guerreros Khans, entonces ¿cómo podrían ayudarlos a derrotar a N´astarith? Sencillamente aquellos enemigos estaban fuera de sus posibilidades.

       —Pero cómo podremos ayudarlos —musitó con la voz entrecortada—. Ellos nos derrotaron muy fácilmente y ni siquiera pudimos impedir que se llevarán la gema estelar que había en Céfiro.

       —Hikaru, no digas eso ni de broma, por favor —Umi no podía soportar la idea de que su amiga pensara de esa manera—. Estoy segura de que encontraremos una manera de vencerlos, digo, yo sé que no será fácil, pero no debemos darnos por vencidos.

       —Bien dicho, amiga —la apoyó Sailor Jupiter—. La esperanza es lo último que debemos perder en una batalla de esta naturaleza.

       —¡Pero, ¿acaso no vieron como nos trataron?! —exclamó Ascot, envuelto en una frazada y apoyándose en el hombro de Presea—. ¡No pudimos hacer nada y creo que es inútil luchar contra un enemigo tan poderoso como el que nos describen!

       —¡¿Cómo puedes decir eso, Ascot?! —le recriminó Umi a punto de perder los estribos.

       —¿Y qué es lo que sugieres, muchacho? —intervino Marine, un tanto disgustada con aquella actitud tan derrotista—. ¿Quedarnos aquí parados sin hacer nada?

       Uriel no dijo nada al respecto, pero entendía perfectamente el enojo de Marine y Umi. Había visto situaciones similares durante sus viajes por la galaxia y aún no podía entender ese tipo de actitud en algunas personas. ¿Cómo podían quejarse de que el imperio los tuviera esclavizado cuando, ni siquiera por una vez en sus vidas, habían tenido el valor suficiente para desafiar a los abbadonitas?

       A menudo se encontraba planetas dominados por el imperio durante años, mundos en donde sus habitantes se quejaban una y otra vez de los malos tratos a los que eran sometidos. Sin embargo, cuando él u otro miembro de la Alianza les proponía que se levantaran para luchar contra N´astarith, siempre encontraba la misma apatía entre la gente. “Son guerreros muy poderosos”, “No les haremos nada” y frases por el estilo que denotaban que aquellas personas preferían sufrir mil humillaciones antes que levantar un solo dedo para defenderse.

       Asiont, a su vez, también compartía la misma indignación que Uriel, sólo que, a diferencia de su aliado unixiano, él no estaba dispuesto a quedarse callado. Aunque se ganara la antipatía de aquel hechicero al menos iba a decirle todo lo que pensaba sobre su actitud.

       —Escucha, amigo, sé que el N´astarith es un sujeto muy poderoso y que tal vez algunos podríamos morir durante la lucha, pero sí no hacemos nada para evitar que lleve a cabo sus intenciones nos convertiremos en cómplices de su maldad.

       —¿Cómplices? —repitió Ascot, frunciendo el ceño—. ¿De qué hablas?

       —Sí le dejamos a N´astarith llevar a cabo sus planes tendremos que cargar con el peso de esa decisión para toda la vida. Sí nos quedamos sin hacer nada, viendo como los demás mueren, tienes razón, viviremos, o al menos por un corto tiempo y entonces, cuando nos llegué la hora de morir y recuerdes este momento, te aseguro que estarás dispuesto a cambiar toda tu vida por una oportunidad, una sola oportunidad de poder pelear a lado de todos aquellos que prefirieron dar sus vidas antes que quedarse sin hacer nada.

       Ascot bajó la cabeza y se mordió el labio inferior. Aquellas palabras habían tocado una parte en su interior que lo hicieron sentirse sumamente mal por expresarse de aquella manera tan temerosa. Después de todo, ese joven tenía razón en lo que afirmaba; jamás podría volver a vivir en paz a sabiendas de que personas como Umi o cualquiera de sus demás amigos hubieran muerto mientras él se quedaba sin hacer nada.

       —Tienes razón —murmuró luego de un momento—. Sí supiera que alguno de mis amigos murió luchando con esos Khans, no podría vivir en paz conmigo mismo —hizo una pausa y alzó el rostro para encarar a Asiont—. Cuenten conmigo.

       —Ascot —musitó Umi mientras observaba al hechicero con admiración.

       —El enemigo es poderoso, pero estoy segura de que sí ponemos todo de nuestra parte encontraremos alguna manera de vencerlo —dijo Fuu con determinación—. Recuerden que además contamos con los Mashin.

       —¿Los Mashin? —murmuró Sailor Mercury, alzando una ceja.

       —¡¡Tienes razón, Fuu!! —exclamó Hikaru entusiasmada—. ¡Estoy segura de que con su ayuda podremos hacer algo! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

       —¿Qué o quiénes son los Mashin? —inquirió Sailor Mars.

       Guru Clef volvió la mirada hacia la Inner Senshi.

       —Son los Espíritus guardianes de Céfiro, ellos obedecen a las Guerreras Mágicas.

       —¿Espíritus guardianes de Céfiro? —Sailor Mars había quedado más confundida que antes—. Me imagino que podrás explicármelo con mayor detalle.

       —Ahora no hay tiempo para eso —intervino Uriel antes de que Guru Clef pudiera hablar nuevamente—. Debemos regresar a la Churubusco cuanto antes, el enemigo podría volver a atravesar el espacio dimensional y debemos reportar todo lo que sucedió aquí al Consejo de Líderes.

       En lo que Uriel estaba hablando, Sailor Mars notó que Sailor Jupiter estaba como distraída y de nuevo tenía esa cara de hipnotizada que solía poner cuando se hallaba frente a alguien parecido al sempai del que, según contaba ella, se había enamorado tiempo atrás.

       —Makoto, ¿qué es lo que te está pasando ahora? —le preguntó en voz baja.

       —Ese muchacho llamado Lantis se parece mucho al muchacho que me rechazó.

       —Lo reiteró una vez más, Makoto Kino, no tienes remedio —masculló Mars con resignación.

       Ignorante de lo que las Inner Senshi hablaban, Lantis fue hacia donde estaba su espada mágica, la recogió del suelo y luego volvió la mirada hacia Uriel.

       —Sí ese imperio del que hablas amenaza no solo a Céfiro sino también a todas las dimensiones. Entonces debo conseguir ayuda de los demás planetas vecinos.

       Uriel frunció el entrecejo.

       —¿De qué hablas, Lantis?

       —Céfiro no tiene la tecnología suficiente para ayudarlos, pero los otros planetas vecinos sí —A continuación elevó su espada mágica por encima de la cabeza e hizo aparecer en medio de estruendos un caballo hecho de energía mágica—. Iré hasta Autozam para exponerles el problema y solicitarles su ayuda.

       Frente a todos, el caballo negro comenzó a relinchar hasta que Lantis se acercó a él y le acarició la crin con cuidado.

       —¡¡Es un caballo mágico!! —observó Sailor Moon con emoción en sus ojos.

       —Gracias por la información —repuso Sailor Mars, mirándola con aburrimiento.

       —Lantis, ¿estás seguro de lo que haces? —le preguntó Hikaru mientras el guerrero montaba sobre el corcel y sujetaba las riendas—. ¿Irás de nuevo a Autozam?

       —Hikaru, lo que Uriel y sus amigos dicen es cierto. Necesitamos conseguir toda la ayuda posible sí de verdad queremos derrotar al imperio de Abbadón. Por eso primero iré a Autozam y luego a los demás planetas, más tarde me reuniré con ustedes.

       Asiont deslizó la mano por su cinturón y extrajo un cristal de datos, luego se aproximó a Lantis y alargó el brazo para entregárselo.

       —Este cristal de datos tiene toda la información que necesitan saber para llegar hasta nuestra dimensión; también tiene un código de seguridad especial que les permitirá identificarse como amigos ante el comando aliado. Ignoro por completo sí ese planeta llamado Autozam posee la tecnología necesaria para ayudarnos a pelear, pero sí pueden llegar hasta nuestra dimensión con los datos que te he dado, entonces quiere decir que sí así es.

       —Entiendo.

       Lantis examinó por unos segundos el cristal de datos que Asiont le había entregado y luego se lo guardó en el pecho. Después de darle las gracias al guerrero Celestial, volvió la mirada hacia el rey Ferio y se preparó para partir.

       —Majestad, le prometo conseguir toda la ayuda que me sea posible.

       —Sé que lo harás, Lantis, cuídate mucho, por favor. No sólo eres uno de nuestros mejores guerreros, también eres nuestro amigo, recuérdalo.

       —Descuide, majestad, sé cuidarme bien. —Guardó silenció y giró el rostro hacia donde estaba Hikaru para mirarla a los ojos por un momento que le pareció toda una eternidad. Habían pasado dos largos años desde que ambos se habían confesado su amor mutuamente, y ahora que estaban juntos nuevamente apenas y habían cruzado algunas cuantas palabras. No era que sus sentimientos por ella hubieran cambiado en esos años. No. Lo que sucedía era que mientras Céfiro estuviera en peligro sentía que no podía darse el lujo de disfrutar de ese amor; antes debía encargarse de liberar a su mundo de aquella nueva amenaza.

       —Lantis —musitó Hikaru, dando un paso al frente.

       —Hikaru, tú y tus amigas son las Guerreras Mágicas —repuso Lantis sin desviar su mirada—. No olvides que la gente de Céfiro cuenta con ustedes para defenderlos.

       La Guerrera Mágica miró al espadachín con ternura y, tras un instante, asintió con la cabeza. La sola mención de la gente de Céfiro le hizo recordar brevemente como ésta había sufrido en el pasado y lo importante que era asegurarse de que todos ellos pudieran vivir en paz.

       Lantis jaló las riendas de su corcel mágico y dándole vuelta comenzó a cabalgar hacia el cielo rápidamente ante la mirada de todos. Con las dos manos sobre su pecho, Hikaru lo vio partir y exhaló un profundo suspiro mientras recordaba todo lo que habían hablado unos minutos antes.

       Una vez que Marine terminó de aplicarle el Bejoma a Lantis retiró sus manos y se volvió hacia Hikaru, quien esperaba ansiosamente a un costado de ella.

       —Listo, ya he curado tus heridas y restablecido tu energía.

       —Te lo agradezco —murmuró Lantis—. Aunque siento que no era necesario.

       Hikaru tomó una de las manos de la Sabia de Papunika y cerró los ojos a la vez que esbozaba una cándida sonrisa de agradecimiento.

       —Yo también te lo agradezco.

       —Mi nombre es Marine.

       Hikaru abrió los ojos.

       —Marine, es un bonito nombre, gracias.

       Después de devolverle la sonrisa a la chica, Marine fue hacia donde estaba Lafarga para ver en qué podía ayudarlo. Fuu, entre tanto, estaba curando a Ferio con su magia y Umi se hallaba junto a Guru Clef escuchando atentamente a Uriel.

       Hikaru estaba mirando a las Sailor Senshi y aquel individuo de smoking y antifaz cuando, de repente, escuchó la voz de Lantis.

       —Hikaru…

       —Lantis, no hables —repuso ella, volviendo el rostro hacia el espadachín.

       —No debieron volver a Céfiro, ustedes ya han sufrido mucho por este lugar.

       —No digas eso, por favor, tú mejor que nadie sabe lo que este mundo significa para nosotras tres. Además, no podíamos permitir que algo malo les pasara y… .

       Antes de que la chica terminara de hablar, Lantis pasó una mano por su mejilla con ternura y le habló en voz baja sin dejar de mirarla. El corazón de Hikaru latió rápidamente.

       —Me alegra ver que no has cambiado desde que te fuiste…

        —Lantis —musitó la chica para sí mientras se acariciaba la mejilla y su rostro se iluminaba con un leve rubor—. Vuelve con bien, por favor.

        —¿Adónde dijo Lantis que iría? —preguntó Sailor Jupiter, entornando los ojos para protegerlos del sol mientras contemplaba como el guerrero se alejaba con su caballo—. ¿Autozam?

       —Es Ootozamu —le corrigió Caldina—. Es uno de los mundos vecinos de Céfiro. Quizás ellos puedan ayudarnos en la batalla. Los habitantes de Ootozamu tienen una tecnología más avanzada que la nuestra.

       —Se fue volando en un caballo, ahora sí que lo he visto todo —comentó Asiont.

       —Un caballo volador —murmuró Sailor Moon extasiada—. Ah, que divino sería que pudiera dar un paseo en uno de ellos… y quizás mi amado Tuxedo Kamen me acompañaría y… .

       Sailor Mars, Asiont, Marine, Ascot y Presea se le quedaron viendo a Sailor Moon con extrañeza, pero su desconcierto aumento más cuando descubrieron que la chica aún no había terminado de narrar su fantasía.

       —Tal vez nos daríamos un abrazo y luego un beso en medio de las estrellas y… ¡Huy! ¡Ja, Ja! ¡Qué cosas se me ocurren!

       Sailor Jupiter se cruzó de brazos y bajó la cabeza experimentando vergüenza ajena.

       —Ay, Usagi.

       A unos pasos de ahí, Tuxedo Kamen no se animo a decir nada, pero tampoco pudo dejar de sonrojarse con la cantidad de cosas que Sailor Moon estaba diciendo.

       Seguro de que ya no quedaba nada más por hacer, Uriel presionó la hebilla de su cinturón para enviar una señal a la Águila Real que los había llevado hasta Céfiro. Mientras aguardaba a que la nave llegara por ellos, dirigió una mirada fugaz hacia Sailor Uranus y Sailor Neptune, quienes aún se mantenían alejadas de todos hablando solamente entre sí.

       “Ellas dos siempre están lejos de los demás y nunca nos dicen lo que planean hacer”, pensó. “No sé por qué, pero no me dan confianza”.

       Shinden (Templo de Kami-Sama)

       Nauj-vir se le quedó viendo a Trunks por unos momentos y luego usó su ojo cibernético para calcular su poder de pelea. Su nivel de combate era alto, no tanto como el de Gohan, pero sí lo suficientemente elevado como para darles una buena batalla.

       —Vaya, pero qué tenemos por aquí —se burló Sorlak, escudriñando a Trunks de arriba abajo con detenimiento—. Un chico con delirios de grandeza. Je, quizás necesitas que alguien te dé una lección, niño.

       —Puedo sentir un Ki impresionante —murmuró Ten-Shin-Han—. Quién demonios son todos estos sujetos.

       —A todos aquellos que quieran molestarnos les costará la vida —declaró Leinad con prepotencia—. ¿De verdad quieren arriesgarse?

       —Ellos no pertenecen a la raza de los saiya-jins —musitó Kurinrin y sus ojos temblaron—. Pero tengo un mal presentimiento de todo esto.

       Leinad, Sorlak y Belcer soltaron una risita colectiva en un susurro apenas audible, no así Nauj-vir, quien volvió a dirigir la mirada hacia Gohan para estudiarlo en silencio; por alguna razón sentía que el poder que había dentro de ese chiquillo superaba todas sus expectativas.

       De pronto, Kurinrin, Ten-Shin-Han y Trunks se colocaron en guardia. Era evidente que estaban dispuestos a jugarse el todo por el todo con tal de vencer a los Khans.

       —Jurarle lealtad a su emperador —repitió Yamcha con absoluto desprecio, mirando a Leinad en una actitud desafiante—. Voy a hacer que se coman todas sus palabras.

       Sorlak, el Khan del Grifo, esbozó una sonrisa burlona y alzó un dedo para señalar a Yamcha a la vez que fingía tener miedo. Le fascinaba a hacer rabiar a sus oponentes.

       —¿Tú y qué ejército, hablador?

       En ese momento, Trunks, Ten-Shin-Han, Kurinrin y Yamcha se arrojaron sobre los guerreros imperiales para atacarlos con ferocidad. Nauj-vir, por su parte, se quedó inmóvil en su lugar sin dejar de mirar a Gohan; parecía como sí nada de lo demás importara.

       Casi simultáneamente, Belcer, Leinad y Sorlak saltaron por encima del Khan del Cíclope dispuestos a enfrentarse a los Guerreros Zeta. Piccolo, Gohan, No. 18, Dende y Mr. Popo, en tanto, se quedaron sus respectivos lugares viendo todo lo que sucedía a su alrededor.

       Decidido a tomar la iniciativa, Trunks se lanzó contra Sorlak y comenzó a acosarlo con una serie de ráfagas de energía que surcaban los aires a gran velocidad. El Khan del Grifo, a su vez, se cruzó de brazos mientras esquivaba todos los ataques moviéndose de un lado a otro con rapidez.

       —Necesitarás más que eso para vencerme, niño —dijo Sorlack mientras un rayo pasaba zumbando a escasos centímetros de su rostro—. Aunque admito que no lo haces nada mal.

       —Maldito seas —masculló Trunks a la vez que le lanzaba una mirada asesina al Khan y apretaba los puños con rabia. A continuación desplegó su aura y voló a toda velocidad en un intento por tomar por sorpresa a Sorlak.

       Pero lo que el Guerrero Zeta ignoraba era que el Khan ya se había anticipado a esa acción, de manera que justo cuando Trunks estaba a punto de golpearlo, los ojos de Sorlak destellaron con una intensa luz azul que lo paralizó por completo.

       —¡¿Qué demonios me sucede?! ¡No puedo moverme ni un centímetro!

       —Bien, niño, muy bien —masculló el Khan del Grifo mientras se aproximaba a Trunks en forma amenazante—. Vamos a ver que hay en esa cabecita tuya. ¡¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!!

       Yamcha se sujetó la mano derecha por la muñeca, y concentró una gran cantidad de poder hasta que, finalmente, una esfera de energía brotó de su palma abierta. Luego alzó sus dedos índice y cordial hacia arriba provocando que la esfera saliera volando en la misma dirección.

       —Soukidan!!

       Bajó sus dedos hacia abajo con violencia, y la esfera siguió la misma dirección con rapidez. Moviendo sus manos de un lado a otro, Yamcha llevó la esfera de luz de un lado a otro. De repente ésta pasó volando a unos centímetros del rostro de Leinad, quien ni siquiera se inmutó aunque fuera un poco.

       —¿Crees qué con esa técnica vas a vencerme? —se mofó el imperial—. Debes saber que yo soy uno de los Khans más poderosos que existen en todo Abbadón. No podrás hacerme nada.

       El Guerrero Zeta no vaciló. La esfera de luz continuó moviéndose de un extremo para otro y surcando los aires hasta que Yamcha alzó sus dedos hacia el frente con lo que el Soukidan se estrelló en el pecho del guerrero imperial y provocó una explosión.

       Todavía no había desaparecido el humo del estallido cuando, súbitamente, la figura de Leinad emergió de éste volando en dirección a Yamcha. El Guerrero Zeta levantó los puños y arrojó el brazo hacia delante dispuesto a asestarle un golpe en la mandíbula a Leinad, éste esquivó el puño con suma facilidad, cogiendo a Yamcha por sorpresa. Entonces arremetió contra él y le dio dos fuertes golpes en las costillas.

       Yamcha se tambaleó hacia atrás y cayó al suelo.

       —Eres valiente, muchacho, pero no tienes mucho poder —murmuró el Khan mientras contemplaba el cuerpo inconsciente de su oponente.

       Belcer esquivó una patada de Ten-Shin-Han y bloqueó un puñetazo de Kurinrin con el brazo izquierdo sin siquiera mirarlo. Aún cuando estaban poniendo todo de su parte, los Guerreros Zeta parecían ser incapaces de tocar a su adversario, quien se mostraba muy confiado en sus propias habilidades.

       De repente, Ten-Shin-Han colocó sus manos a ambos costados de su rostro y emitió un intenso resplandor para cegar momentáneamente a Belcer. El rayo de luz le dio al Khan de lleno en toda la cara.

       —Taiyouken!!

       Por increíble que pareciera, la estrategia tuvo el éxito esperado ya que el Khan del Golem, ciertamente, no esperaba un ataque de esa naturaleza. Mientras maldecía a ambos Guerreros Zeta por igual, Balcer se tomó el rostro y apretó los párpados.

       —¡¡Malditos!!

       Antes de que su adversario pudiera recuperar la compostura, Kurinrin le asestó una fuerte patada en la nuca que lo hizo irse hacia delante. Justo hacia donde Ten-Shin-Han lo estaba esperando. Usando sus dos manos, Ten-Shin-Han le dio un fuerte golpe en la cabeza que lo envió directo al suelo.

       —¡Bien hecho, Ten-Shin-Han! —le felicitó Kurinrin.

       Sin embargo, aquellos golpes no había hecho más que enfurecer a Belcer, que se levantó del piso a la vez que su cuerpo emitía una poderosa aura de energía de color verde esmeralda que llamó la atención de los dos peleadores terrestres.

       —¡Estúpidos! ¡¿Cómo se atreven a tocarme?!

       A continuación, varios rayos de luz similares a cuerdas líquidas abandonaron el cuerpo de Belcer y comenzaron a reunirse frente a él, creando una esfera de luz que comenzó a crecer de tamaño rápidamente. De pronto, la esfera luminosa comenzó a cambiar de forma hasta que un gigante de dos metros de altura con un par de ojos alargados de color rojo hizo su aparición.

       —¡¿Qué demonios es eso?! —inquirió Kurinrin con temor.

       —Es un golem, ignorante —declaró Belcer con orgullo—. Ahora sabrán lo que es sufrir de verdad. El golem es un guerrero creado por mi propia energía, de manera que es incapaz de sentir dolor o sufrir daño alguno.

       —¡¿Qué dices?!

       —Kurinrin, no puedo creerlo —dijo Ten-Shin-Han sin poder disfrazar su asombro frente a lo que acababa de escuchar—. Ese monstruo está formado por el Ki de ese guerrero.

       El golem lanzó un rugido y se golpeó el pecho varias veces con ambos puños. Enseguida, miró a los Guerreros Zeta y se dirigió hacia ellos mientras Belcer observaba todo desde su posición con una sonrisa en los labios.

       Ten-Shin-Han fue el primero en atacar. Con una ferocidad insólita, el Guerrero Zeta le descargó una feroz lluvia de potentes puñetazos, pero el gigante color esmeralda ni siquiera se inmutó. De repente, Ten-Shin-Han suspendió su ataque para recuperar el aliento, instante que el monstruoso golem aprovechó para asestarle un fuerte manotazo en el rostro que lo dejó fuera de combate.

       Al ver aquello, Kurinrin alzó un brazo hacia arriba con la  mano abierta e hizo aparecer un disco giratorio hecho de pura energía. Belcer, a su vez, soltó una carcajada de burla; el terrícola estaba poniendo todo su esfuerzo en la batalla, de eso no le cabía la menor duda.

       —No importa lo que hagas, jamás podrás vencer al golem.

       Pero Kurinrin no pensaba igual. Tras fruncir el entrecejo con determinación arrojó el disco contra el gigante de energía, el cual emitió un fuerte rugido y volvió a golpearse el pecho con los puños.

       —Kienzan!!

       El Kienzan de Kurinrin voló directamente hacia el cuerpo del golem a toda velocidad. Sin embargo, antes de que pudiera llegar a su blanco, el gigante alargó el brazo para tomarlo con su mano sin hacerse el menor daño. Acto seguido, sujetó el Kienzan con su mano izquierda también y luego empezó a hacer presión hasta que lo partió en mil pedazos ante la mirada horrorizada del Guerrero Zeta.

       —¡¡Esto no puede ser!! —exclamó Kurinrin casi muerto por la impresión.

       Belcer lanzó una nueva carcajada.

       —Te lo dije, enano calvo, nada de lo que hagas podrá vencer a mi golem.

       El gigantesco monstruo de Belcer rugió con fuerza nuevamente. Moviéndose a gran velocidad, el gigante se convirtió en un borrón y desapareció de la vista de Kurinrin. El Guerrero Zeta volvió la mirada de un extremo a otro para tratar de ubicar al enemigo, pero antes de que pudiera darse cuenta, el gigante reapareció a un costado de él y lo derribó con una letal patada.

       Al ver lo sucedido, los ojos de No. 18 temblaron y por unos momentos tuvo el impulso de ir a defender a aquel muchacho tonto que la había ayudado anteriormente, pero al final se contuvo cuando vio que Piccolo y Gohan habían decidido sumarse a la lucha. Quizás su intervención no iba a ser necesaria.

       —¡Malditos! —gritó Piccolo al mismo tiempo que se lanzaba sobre Leinad seguido de cerca por Gohan. No obstante, antes de que el valeroso guerrero pudiera golpear al Khan, Nauj-vir apareció en su camino y le propinó un fuerte puñetazo en el estómago que lo hizo doblarse hacia delante.

       —¡¡Señor Piccolo!! —exclamó Gohan con fuerza mientras el Namek caía al suelo.

        —¡No, señor Piccolo! —gritó Dende, mientras Mr. Popo lo sujetaba de los hombros para impedir que corriera hacia Piccolo.

       —Tú —dijo Nau-vir, atrayendo la atención de Gohan—. Quiero conocer el verdadero poder que guardas en tu interior. Déjame ver la verdadera naturaleza de tus poderes de guerrero ahora mismo.

       Gohan frunció el entrecejo con desconcierto.

       —¿Por qué están haciendo todo esto?

        —Haz lo que te digo o les ordenaré a mis compañeros que maten a tus amigos.

        —¿Qué? —La mirada de Son Gohan fue de Piccolo a Kurinrin, y de Kurinrin a Trunks. No podía permitir que sus amigos sufrieran las consecuencias de su indecisión, tal como había ocurrido con su padre. No, está vez no lo iba a permitir. Apretó los puños y dio un fuerte grito, un grito de furia que hizo retumbar todo el Shinden en medio de un poderoso estruendo. A continuación, Gohan comenzó a cambiar de aspecto; el cabello se le erizó por encima de la cabeza y se tornó dorado al mismo tiempo que sus ojos se volvieron verdes. Un aura amarilla surgió de su cuerpo, rielando con fuerza mientras una serie de pequeñas cargas eléctricas chisporroteaban a su alrededor.

        En los cielos, las nubes comenzaron a moverse rápidamente como sí fuera a dar inicio una tormenta. Una violenta corriente de aire emanó del cuerpo de Gohan y provocó que algunas de las palmeras del Shinden se doblaran.

       Nauj-vir se quedó completamente paralizado sin dar crédito a lo que sus ojos veían. Su ojo cibernético captó un poder de 27,500,000 que emanaba del chico, aunque más que el poder que detectaba con su implante era la transformación de Gohan lo que lo había dejado perplejo.

        —No puede ser posible —farfulló el Khan, dando un paso hacia atrás—. ¡¿Es que acaso tú eres un guerrero Káiser?!

       Continuará… .

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